Compañero, (una) revista de la transición

Julián Otal Landi

Para fines de 1982, salía en los kioscos una revista denominada “Compañero” (haciendo alusión a la jerga militante peronista) donde en su tapa predominaba un pulgar invertido y en letras rojas destacadas: “El proceso…”. Arriba, destacado también, el nombre del director de dicha publicación: José María Rosa. Toda esa serie de significancias construía un código de identificación hacia el lector quien tan solo observando la tapa podía asumir que se trataba de la popular revista política Línea que estaba intentando burlar la censura dictatorial.

“Línea” salía en los kioscos desde junio de 1980, convirtiéndose en un medio categóricamente opositor a la dictadura militar (1976-1983), reivindicando por sobre todo al derrocado gobierno peronista a través un golpe cívico militar que instalaba el autodenominado “Proceso de reorganización militar”. La aparición de Línea respondía a la aparición de voces disidentes que hasta entonces se encontraban marginadas de la expresión pública. Enseguida, dentro de la multiplicidad de publicaciones emergentes Línea se constituiría en una voz de autoridad y en una referencia político partidaria. La misma se encontraba bajo la dirección del historiador revisionista José María Rosa. El ´Pepe´ era una figura popularmente destacada por su exitosa colección de Editorial Oriente titulada “Historia Argentina” que había alcanzado un nivel de ventas sin precedentes durante los setenta, además de ser autor de numerosas publicaciones exitosas y de amplia repercusión como “Rosas, nuestro contemporáneo” y “La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”. Desde 1955 que su vínculo con el peronismo se fortaleció a partir de su participación en distintas conspiraciones. En noviembre de 1972 formó parte del chárter de regreso de Perón a la Argentina y durante el tercer gobierno peronista fue designado Embajador del Paraguay. Por estas cuestiones y más, su identificación política partidaria lo postulaba como una personalidad ideal para afrontar la temeraria tarea de hacerle frente a la dictadura.

Línea se presentaba como una revista política de características tradicionales, al mejor estilo de las clásicas Primera Plana o Panorama, de las que la diferenciaba su identificación con el peronismo. A Rosa lo acompañaba un grupo de jóvenes militantes, encabezado por Rubén Contesti, que habían tenido experiencia en las luchas políticas de la JP de los setenta. Quien fuera el principal biógrafo de Rosa, Enrique Manson, refiere que Rubén “Chacho” Contesti era un diputado nacional de 26 años cuando había acontecido el golpe.

Desaparecida su agrupación de origen, y muertos la mayoría de sus dirigentes, volvió a Rosario. No pasó mucho tiempo cuando empezó a viajar a Buenos aires para retomar contactos. Pero estos viajes eran decepcionantes. Los dirigentes que no estaban presos le comentaban que “las cosas están muy mal”, y no eran pocos los que se habían alineado con Viola o Massera, lo que no era exclusivo de los peronistas. Pero los jóvenes que lo recibían a su regreso le preguntaban: ¿Cuándo empieza la resistencia? De esos grupos surgió la idea de los cursos de Historia. Pronto invitaron a Fermín Chávez, quien sugirió: “Hay que invitarlo a Pepe Rosa”. Chacho lo llamó por teléfono y se quedó asombrado de que el propio Pepe lo atendiera. De inmediato aceptó y lo llevaron a Rosario. El viejo luchador se asombró de la asistencia de un público masivo, y así surgió la idea de publicar una revista. Sería de Historia, desde luego, porque la política estaba más que prohibida[1].

“Línea” se caracterizó por la provocación. Tanto las tapas como las contratapas eran osadas, siempre al borde de la censura por su carácter denuncialista. Finalmente sería clausurada por primera vez en mayo de 1981, a raíz de una tapa titulada “La Argentina Secreta”. La ilustraba el rostro vendado y amordazado de un hombre joven.

En enero de 1982, el presidente de facto se había sentido molesto por la tapa de Línea que decía “Galtieri presidente, el pueblo que reviente”, enviando a la Secretaría de Prensa de Presidencia a revisar los originales de la publicación para ser censurados.  Sin embargo, en octubre de 1982 sufriría la clausura definitiva. En dicha edición, número 30 de Línea, el editorial de Rosa era directamente acusatorio dando cuenta del carácter “cívico militar” (por su política que favorecía a la oligarquía nacional y a los intereses extranjeros). Además, resaltaba que la decisión de la cúpula por entregar el gobierno a civiles respondía a un tendal de fracasos en donde se destacaban la agudización de la pobreza y la vergüenza acaecida por la derrota bélica que habían sufrido en abril. Para Rosa, todo su decadente accionar solo se lo podía identificar como “los últimos días de Pompeya”, para luego realizar un comentario en donde azuza el tema hasta entonces silenciado en los medios que era la problemática de los “desaparecidos”:

Se instruye a los medios de comunicación para que no mencionen “ciertas cosas” (que todos conocemos”

El 2 de noviembre el titular del Poder Ejecutivo, general Bignone, decretaba el secuestro de la edición de Línea, prohibiendo su impresión, distribución y clausurando sus oficinas. Línea se convertía en la única publicación política prohibida en siete años del denominado Proceso[2].

Burlando al burlador

Ni lerdos ni perezosos, el equipo editorial dirigido por José María Rosa, lanzaba en diciembre de 1982 la primera (y única) edición de la revista “Compañero”. La misma se editaba por la Editorial de la Tercera Posición (reemplazando a la Editorial de la Doctrina Nacional) en las mismas oficinas de Línea: Rivadavia 2057. La distribución y la impresión estaban a cargo de los mismos agentes. También contaba con las ilustraciones de Héctor Beas y varios de los asiduos colaboradores. Únicamente como director ejecutivo aparecía Juan Manuel Palacio (figura destacada del Pensamiento Nacional e hijo además del reconocido revisionista Ernesto Palacio), manteniéndose (aparentemente) ajeno a “Compañero” al (otro) responsable político del emprendimiento: Rubén “Chacho” Contesti. En definitiva, “Compañero” era en realidad una edición de “Línea” encubierta. Habían burlado al burlador.  

Los investigadores Marcelo Borrelli y Eduardo Raíces habían observado la importancia de las tapas y contratapas de “Línea”. Inclusive, el uso estratégico de las mismas serían los principales motivos del malestar de la Dictadura hacia la revista peronista[3]. “Compañero” también se destacaba por su tapa con formato a color, acompañado por un tipo de diseño que buscaba causar impacto a partir de un titular destacado y un cromatismo primario de gran visibilidad. Por otro lado, la contratapa contenía un rasgo destacado, donde se apelaba a la ironía emulando un mapa del trazado subterráneo de la Ciudad de Buenos Aires. En la misma se cambiaban muy corrosivamente los nombres de las estaciones, como por ejemplo, “Callao y Sinchistar” y “Facultad sin Pueblo” en la Línea D; “Malaria” y “Pueyrredón Corleone” en la Línea B; “San Juan Domingo” y “Lesvalle Garlahora” en Línea C; “Avenida La Plata Ajena”, “Urquiza y Brasil” y “Estación Robemos” en Línea E y “Plaza Misereria”, “Quéasco” y “Ultima Junta. Ojalá” en Línea A. La originalidad de la imaginaria “Red subterránea de la Capital Argentina” representaba una crítica aguda hacia la política económica y social de la Dictadura acompañada de una retórica nacional, justicialista y peronista.

La Editorial del Pepe Rosa

La clásica e imperdible editorial del historiador revisionista notaba a las claras la continuidad con Línea. De hecho, no hace ninguna alusión a la nueva revista. En la misma descarga la crítica hacia el Proceso, remarcando la responsabilidad cívico militar.

Descartamos que los militares no lo hicieron a conciencia. Ellos pusieron la soberbia; otros las ideas. Lo hicieron a conciencia sus asesores políticos y económicos al servir con estusiasmo los intereses foráneos”.

Rosa descarta la inminente entrega del gobierno de facto hacia un nuevo orden democrático. Sin embargo, destaca que la misión del Proceso había alcanzado su cometido: disciplinar a la sociedad. Lo que restaba ahora era plantear una “concertación” en el tránsito de la dictadura a la democracia. Rosa denuncia el entramado y alerta:

“… entre nosotros un dirigente político no se impone por prestigio personal. En una democracia no hay esos “dirigentes”; hay solamente “dirigidos” que ganaron su calidad de jefes al interpretar con fidelidad la opinión de su agrupación partidaria.

“No es con los “dirigentes” con quienes debe tratar el gobierno militar.

“Debe tratar exclusivamente con el pueblo”.

En la página siguiente se expresa la declaración de la revista, titulada “De Compañero a los compañeros”. Allí se manifiesta el objetivo de convocar al peronismo para la organización del movimiento para acabar con el Proceso y “retomar el camino de la liberación nacional”. Luego aclara que “Compañero” surge a partir de la colaboración de más de diez mil compañeros que se habían solidarizado con José María Rosa, poniéndose como meta a corto plazo en constituirse en un órgano de expresión doctrinario, político e informativo. Finalmente, la revista ponía como meta “construir nuestra propia voz”: interesante misiva que encerraba una continuidad con la revista Línea, cuyo subtítulo era “La voz de los que no tienen voz”. Un objetivo, en definitiva, ambicioso pero necesario en un contexto donde la apertura de las urnas era inminente.

Palabras claves

“Compañero” como “Línea” atendía la agenda política desde diversos frentes: el histórico, social, económico y cultural. No obstante, en “Compañero” se pone en vista los desafíos. Se reconoce el “Proceso” ha sido derrotado, motivo por el cual urgía el reordenamiento del movimiento peronista para la toma del poder.  En ese sentido, la nota de tapa era lapidaria al considerar que “éste ha sido el peor gobierno que tuvo el país en toda su historia… A partir de este gobierno no es posible construir nada”. No obstante, el mandato histórico que inevitablemente debería recaer en el peronismo no estaba asegurado. “Compañero” advertía la falta de organización y de liderazgo que acaecía dentro del Movimiento. Únicamente contaba con su esencia que lo hacía providencial para el destino de la Nación, ya que el peronismo era la única fuerza con “vocación y esencia democrática, (de) raíz nacionalista (y) filosofía cristiana”.

Para Compañero, solamente el peronismo podría convocar a la unión nacional como ya lo había realizado Perón en su regreso a la Patria. Pero para tener esa vocación de servicio, debería dejar de ser el “furgón de cola” del radicalismo y del desarrollismo económico.

El desafío, evidentemente, era enorme: el peronismo se encontraba “patas para arriba” y la solución no estaba en buscar candidatos y disputar nombres. Por el contrario, debería organizarse internamente, “hegemonizar un frente nacional de liberación, elaborar un programa de reconstrucción para todos los argentinos”. Una vez ahí, ordenado, el movimiento debía elegir a sus compañeros que los representen. En definitiva, “Compañero” ponía sobre la mesa una discusión interna que aún no ha sido saldada…

En relación al principal adversario electoral, “Compañero” advertía la intromisión de una retórica socialdemócrata que empezaba a desplegar Raúl Alfonsín. La advertencia también establecía una denuncia: se empezaba a asomar un enorme despliegue publicitario y propagandístico a favor del radical que aportes foráneos como el Deutsche Bank así como también de empresas importantes como Loma Negra y Ford Motor Argentina quienes, luego de sacar jugosos dividendos con la política económica y represiva del Proceso ahora apostaban fuertemente al candidato de una “nueva” democracia.

Claro, las malas lenguas de los correligionarios radicales se espantan cuando escuchan que, después de un encuentro con miembros de la Embajada de los Estados Unidos en el cual se habría llegado a un acuerdo político para el nombramiento del alfonsinista González del Solar (actual embajador argentino en Washington), la agrupación de don Raúl habría recibido un suculento sobrecito. Los correligionarios no quieren imaginar los restantes verdes que podrían arribar a la tesorería de Renovación y Cambio si las encuestas que los norteamericanos ya están haciendo van asegurando el triunfo del candidato de la “izquierda” radical”.

La vuelta de Línea

En enero de 1983 volvía a las calles la revista dirigida por José Maria Rosa. En el editorial (esta vez firmado en conjunto con Contesti), afirmaba que la clausura de Línea había dejado un saldo favorable ya que había posibilitado un mayor fortalecimiento del peronismo. Afirmaban que continuarían denunciando “todas y cada una de las maniobras que el régimen intentará armar para impedir el regreso del pueblo”.

En el mismo número, Línea especulaba que su clausura y persecución respondía a los intereses del Proceso y de sus colaboradores civiles en tratar de silenciar las denuncias para poder establecer un “régimen neocolonial” que intentaría perpetuar por la vía democrática la continuidad del modelo político, económico y cultural instaurado por la dictadura. No se habían equivocado.

La campaña electoral había acentuado las advertencias que había llevado a cabo Línea a lo largo de sus años y especificado en Compañero: el apoyo del establishment y de la izquierda hacia la propuesta socialdemócrata de Alfonsín lo llevaría a la presidencia mientras que el peronismo se encerraba en su laberinto interno, por no haberse detenido en las advertencias que había recuperado Compañero de los principios doctrinarios enarbolados por Perón: solo la organización vence al tiempo… y en las urnas, también.

Referencias:

BORRELLI, Marcelo  y  RAICES, Eduardo. “Que se vayan: La revista peronista Línea frente a la dictadura militar a través de sus tapas y contratapas (1980-1982)”. Trama comun. [online]. 2018, vol.22, n.2

LUCERO, MARIO “La voz de los que no tienen voz”, las editoriales de José María Rosa en la revista Peronista Línea durante la última dictadura militar” en VI Congreso de Estudios sobre el Peronismo. Agosto de 2018 [En línea]

MANSON, Enrique. “La revista Línea y la libertad de expresión” en Paso de los Libres.com.ar. Noviembre de 2013 [en línea]

MANSON, Enrique. José María Rosa, el historiador del Pueblo. Buenos Aires, Ciccus.

RAICES, E. y BORRELLI, M. (2016). “Un ‘juego solitario’. La revista peronista Línea y el ‘diálogo político’ durante la dictadura militar (1980-1981)” en Postdata, nº 21, pp. 453-487


[1] Manson, Enrique. “La revista Linea y la libertad de expresión” en Paso de los Libres.com.ar. Noviembre de 2013 [en línea]

[2] “Compañero” compartía la declaración pública de repudio que hacía el Partido Justicialista, sumado a una carta abierta de denuncia realizada por escritores pertenecientes al campo nacional y popular. Firmaban, entre otros, José María Castiñeira de Dios, Fermín Chávez, Salvador Ferla, Luis Alberto Murray, Eduardo Astesano y Elbia Marechal.

[3] Borrelli, Marcelo  y  Raíces, Eduardo. “Que se vayan: La revista peronista Línea frente a la dictadura militar a través de sus tapas y contratapas (1980-1982)”. Trama común. [online]. 2018, vol.22, n.2

Julián Otal Landi
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