- Introducción
En 1913, Leopoldo Lugones dictará una serie de conferencias en el teatro Odeón. Dichas conferencias, luego compiladas y ampliadas en la obra El Payador de 1916, se constituirán en un punto de inflexión de nuestro proceso de formación cultural, dado que en las mismas se entronizará al Martín Fierro[1] de José Hernández como texto canónico de nuestra nacionalidad, depositario excluyente del alma de nuestra raza, cimentando el arraigo definitivo del mismo en las páginas de nuestra cultura.
Es central dimensionar la importancia de esta operación y para hacerlo, señalar que, al momento de dictarse estas conferencias, el Martín Fierro era una obra que, por un lado, no gozaba de una valoración positiva en el círculo letrado de la élite del 80 y 90, donde el poema era valorado meramente como una lectura para los sectores populares, en línea con el lenguaje gauchesco asociado a los sectores del campo (Terán, 2012, p. 175). Respecto a este hecho, Borges manifestará “cuando yo era chico leí el Martín Fierro on the sly[2] porque en casa no querían que yo leyera esa lectura propia de compadres, de hoodlums[3]” (Borges, 2024, p. 125). Por otra parte, la obra había recibido elogiosos comentarios tanto de los españoles Marcelino Menéndez y Pelayo y Miguel de Unamuno, como de figuras locales como Pablo Subieta, Martiniano Leguizamón y Ricardo Rojas. La popularidad que la obra suscitó también se deja entrever en el hecho de que para 1874, sólo dos años después de la publicación de El gaucho Martín Fierro, ya había aparecido su 8° edición (Chávez, 1959, p. 69).
Cabe preguntarse, entonces ¿En dónde reside la originalidad de las conferencias de Lugones? ¿Qué es lo novedoso en la propuesta de sus exposiciones? La operación que Lugones llevará adelante con mucha originalidad, el elemento disruptivo de sus recordadas disertaciones se encontrará en posicionar por primera vez al Martín Fierro como nuestro gran poema épico nacional. Al realizar esta trascendental intervención, Lugones trastocará para siempre el devenir de nuestra cultura, situando al poema gauchesco como depositario excluyente de nuestra tradición nacional. En palabras del propio Lugones, el propósito que persiguió fue “sacar la obra magnífica de la penumbra vergonzante donde permanece a pesar de su inmensa popularidad” (Lugones, 2009, p. 140.).
Las conferencias suscitaron voces a favor y en contra de la propuesta. Se plegaron a la misma figuras de renombre como Ricardo Rojas, Manuel Gálvez, Manuel Ugarte, Martiniano Leguizamón y Emilio Alonso Criado, que veían en la consagración de un poema épico nacional la consolidación de la educación patriótica iniciada años atrás y una verdadera expresión del arte nacional[4] (Devoto, 2002, p. 102). Por otra parte, no faltaron las reacciones de sorpresa y críticas hacia su propuesta. Lugones dará cuenta de ellas en un célebre pasaje en el prólogo de la citada obra
La plebe ultramarina, que a semejanza de los mendigos ingratos, nos armaba escándalo en el zaguán, desató contra mí al instante sus cómplices mulatos y sus sectarios mestizos. Solemnes, tremebundos, inmunes con la representación parlamentaria, así se vinieron. La ralea mayoritaria paladeó un instante el quimérico pregusto de manchar un escritor a quien nunca habían tentado las lujurias del sufragio universal (Lugones, 2009, p. 41).
Alrededor de esta disputa por el significado y la interpretación del Martín Fierro girará la propuesta de este trabajo. Para llevar adelante la misma, centraremos nuestro análisis en las reflexiones vertidas por dos pensadores argentinos con opiniones encontradas al respecto. Por un lado, Juan José Hernández Arregui, genuino representante de la corriente de pensamiento nacional y latinoamericano del siglo XX. Nacido en Pergamino, este escritor del interior bonaerense de formación marxista ha realizado notables aportes al desentrañamiento de nuestro ser nacional, compatibilizando su formación intelectual de izquierda con la realidad política nacional. Por el otro, Jorge Luis Borges, escritor argentino nacido en Buenos Aires, de renombre mundial, considerado uno de los más grandes escritores en lengua hispana.
El trabajo se encontrará estructurado en tres ejes. En una primera instancia, abordaremos las distintas lecturas que realizarán los autores respecto al Martín Fierro y la entronización de este a poema épico realizada por Lugones, rescatando los distintos argumentos que refuerzan cada una de las posturas. En una segunda instancia, daremos cuenta de las reflexiones vertidas por ambos autores acerca de la interpretación del poema de José Hernández como un producto de la creación inconsciente, profundizando en las consecuencias que se desprenden de aquella aseveración. En tercer lugar, nos adentraremos en las consideraciones que estos dos grandes pensadores harán sobre la figura de José Hernández. Finalmente, cabe mencionar que los tres ejes anteriormente citados, estarán transversalmente atravesados por muchos de los argumentos esbozados por Lugones en su libro El Payador.
Para llevar adelante esta tarea, nos apoyaremos en dos obras claves de Borges que darán cuenta de la opinión que el autor mantenía acerca del Martín Fierro. Esas obra son Curso de literatura argentina y, en segundo lugar, El Martín Fierro. Respecto a Hernández Arregui, nos serviremos del análisis que desarrollará en su libro Imperialismo y Cultura, donde dedicará un apartado específico a abordar estos temas.
Destacar los puntos de encuentro y desacuerdo entre ambos autores es también el propósito de este trabajo, dejando constancia de la polémica, aún hoy vigente, desatada alrededor de la interpretación de esta gran obra de la literatura nacional. Sin más preámbulos, iniciemos el camino.
- Entre la poesía épica y el caso vulgar
¿Poema épico o caso vulgar? ¿Cómo debemos leer al Martín Fierro? ¿Existe una única lectura acerca del mismo? ¿Qué significado tiene para el devenir de nuestra cultura el poema de José Hernández? Para intentar responder todas estas inquietudes, comencemos por señalar cuáles son las miradas en disputa alrededor de la interpretación del Martín Fierro. Algo hemos dicho ya, pero acudamos a Borges para comprender de manera más cabal cuál es la controversia suscitada alrededor del poema, y los juicios emitidos en torno al mismo.
Una recopilación simbólica podría reducirlos a dos: el de Lugones, para quien el Martín Fierro es una epopeya de los orígenes argentinos; el de Calixto Oyuela, para quien el poema sólo registra un caso individual. “Justiciero y libertador” es la definición del protagonista que ha estampado Lugones; “hombre con visible declinación hacia el tipo moreiresco de gaucho malo, agresivo, matón y pelador con la policía”, la que Oyuela prefiere (Borges, 1965, p. 60)
Pongamos en blanco sobre negro entonces la posición de Borges. Él será muy claro al respecto. Para él, el poema de José Hernández no representará una epopeya en absoluto. Una epopeya es una género basado en la memoria legendaria de hechos muy antiguos, mientras que el Martín Fierro narra un hecho contemporáneo, de fines de siglo XIX, por lo tanto, no puede ser un poema épico. Respaldándose en Calixto Oyuela, afirmará
En las notas de su Antología, Calixto Oyuela, con mejor acierto, escribió: “El asunto del Martín Fierro no es propiamente nacional ni menos de raza ni se relaciona en modo alguno con nuestros orígenes como pueblo ni como nación políticamente constituida. Trátase en él de las dolorosas vicisitudes de la vida de un gaucho en el último tercio del siglo anterior, en la época de la decadencia y próxima desaparición de ese tipo local y transitorio nuestro ante una organización local que lo aniquila”. (Borges, 1965, p. 59)
Tampoco el Martín Fierro será para Borges un poema que represente en su totalidad al pueblo argentino. Representa, aclarará, a un solo tipo, que es el gaucho, y dentro de ese tipo ni siquiera representa al tipo común, sino al gaucho malo. Por lo tanto, no será Borges quien compartirá el juicio de Lugones. La entronización del Martín Fierro a la categoría de poema épico sólo fue una imaginaria necesidad de comprimir la historia de la patria al caso individual de un cuchillero de mil ochocientos setenta.
Para nosotros, el tema del Martín Fierro ya es lejano y, de alguna manera, exótico; para los hombres del mil ochocientos setenta y tantos, era el caso vulgar de un desertor, que luego degenera en malevo. (Borges, 1965, p. 56)
¿A qué respondía, según Borges, esta imaginaria y forzosa necesidad de canonizar al Martín Fierro? Si bien Borges aceptará la originalidad de la propuesta lugoniana y admitirá que nadie hasta ese momento había realizado una lectura del Martín Fierro como un poema épico, opinará, sin embargo, en un intento por bajarle el precio a la propuesta del poeta cordobés, que éste sólo buscaba un mayor acercamiento a la gente, cuyo reconocimiento había perdido como resultado de su compleja y enrevesada estética literaria.
Lugones siempre había sentido lo criollo; pero su estilo barroco y su vocabulario excesivo lo habían alejado del público. Pensó, sin duda, que una exaltación de la obra de Hernández lo acercaría a la gente, y escribió – con toda sinceridad, desde luego – el libro El payador. (Borges, 1965, p. 57)
Ahora bien, será Hernández Arregui quien responderá a dichas afirmaciones, y compartirá la revalorización que Lugones hizo del poema de José Hernández. Situará a Borges como un clásico exponente de extranjerismo y deformación cultural, expresión de una literatura apagada y fría desarrollada de espaldas al país, incapaz de comprender la profunda tragedia nacional narrada en las páginas de la obra de José Hernández. El desapego al drama nativo y el desdén hacia las masas coloniales serán moneda corriente en Borges, según Hernández Arregui
La intención de Borges ha sido desvalorizar el contenido social del poema, su significado histórico y reducirlo a mera expresión estética. Detrás de esto hay, además, el propósito de despojar al arquetipo de toda connotación colectiva, de transformarle en un hecho humano accidental. Y es que, con toda razón, percibe en Martín Fierro la conciencia de una clase social oprimida y desplazada por la misma cultura de cuyos valores parte Borges para enjuiciarlo (Hernández Arregui, 2005, p. 135).
Para el intelectual bonaerense, los temas tratados en el Martín Fierro no serán los temas eternos propuestos por Borges en su interpretación: el mal, el destino, la desventura. Son estos lugares comunes que Borges busca imponer, sumido en su abstracción y al calor de su europeísmo, y cuyo propósito no es otro que la desvinculación del poema épico respecto del marco histórico y el suelo que lo vio nacer. Nada se inscribe en el vacío. La poesía es representación y expresión precisa de una geografía y un tiempo histórico. Desestimando toda tradición nacional, planteará Hernández Arregui, encorsetando al poema como un despliegue de temas universales, es como se lo despoja de su raigambre profundamente nacional.
El argumento, así presentado, es una iniquidad. Nadie se engaña con relación a los períodos culturales en que Goethe – o Shakespeare- trataron sus problemas eternos insertos en el vendaval de la Historia. Lo que interesa – y esa es la finalidad del Arte – es que los problemas eternos se encarnen en lo humano. Y lo humano es el hombre. […] Borges, en este orden, es la soberbia sin fuerzas, la humillación sin fe, el drama impotente de una generación intelectual avergonzada del país. (Hernández Arregui, 2005, p. 137)
La línea argumental sostenida por Borges, lo llevará a afirmar que hay que buscar a Lugones en aquellos lugares de su obra no maculados de polémica, es decir, buscar al poeta y fundador del nacionalismo argentino por fuera de aquellos pasajes de su obra reivindicatorios del ser nacional. Hernández Arregui postulará, por el contrario, que es precisamente en la poesía que ahonda en el alma colectiva de la patria donde reside el mayor acierto de la obra de aquél y su definitiva permanencia y arraigo en la historia de nuestras letras.
Los lugares polémicos de Lugones, eran precisamente su afirmación de lo argentino, amén de que fue el “descubridor” del Martín Fierro. En otras palabras, la polémica era el país. Pero Borges prefiere al poeta, ya nada seductor de Lunario Sentimental, y no al historiador de La Guerra Gaucha, casi genial desde el ángulo de la reconstrucción histórica. Que también es arte. Lugones es el historiador de las multitudes sin apellido de la tierra americana. Las mismas que execró Mitre cuya tradición continúa en literatura Jorge Luis Borges (Hernández Arregui, 2005, p. 135).
- La creación inconsciente
Otra de las tantas polémicas desatadas está vinculada al fenómeno de la creación inconsciente que muchos le atribuyen a la obra de José Hernández. Según esta visión, la producción de la obra hernandiana será un episodio de invención aislado, una creación inconsciente en la vida de José Hernández, un acto extraño a la vida normal del poeta. Apenas un intérprete, ese será el lugar asignado por Lugones al autor del Martín Fierro. Dirá Lugones
Porque en ninguna obra es más perceptible el fenómeno de la creación inconsciente […]. Hay que ver sus respuestas a los críticos de lance que comentaron el poema. Ignora tanto como ellos la trascendencia de su obra. Pídeles disculpa, el infeliz, para su deficiente literatura. Y fuera cosa de sublevarse con toda el alma ante aquella miseria, si la misma ignorancia del autor no justificara la extrema inopia de sus proyectores (Lugones, 2009, p. 139).
Este argumento será compartido por Borges, quien no reconocerá en José Hernández una intención racional de haber dado lugar al poema.
El Martín Fierro puede haber sido para Hernández y para los lectores de su tiempo una obra de tesis, y es verosímil y aun probable que no habría existido sin el estímulo de ciertas convicciones. Éstas, sin embargo, no agotan el valor del poema, que, como todas las obras destinadas a la inmortalidad, tiene raíces hondas e inaccesibles a las intenciones conscientes del hacedor (Borges, 1965, p. 25).
En este sentido, uno de los rasgos que definen la poesía épica, según la interpretación lugoniana de la misma, radica en la inspiración religiosa, es decir, en la apelación a entidades superiores “a las cuales se atribuye la dirección trascendental del mundo” (Lugones, 2009, p. 51). Ahora bien, Borges sostendrá que tales invocaciones, presentes en el Martín Fierro, proceden de una convicción instintiva de que lo poético no es obra de la razón, sino el dictado de poderes ocultos. Encontramos aquí, una vez más, aquella vieja tesis de la creación inconsciente.
Acaso uno de los hechos notables sobre Hernández es que se sepa tan poco sobre él. […] fue un hombre olvidado, la gente recordaba su obra, pero no lo recordaba a él. El mismo Lugones en ese libro, El payador, […] dice que Hernández era un hombre común, con las ideas comunes de su época, pero que fue genial -no vacila en usar esa palabra- cuando escribió el Martín Fierro. Podríamos agregar: como si lo hubiera visitado la musa o el Espíritu Santo (Borges, 2024, p.103).
¿Cuál es el significado de todas estas afirmaciones? ¿Da igual, acaso, despojar al autor del Martín Fierro de intención y racionalidad al momento de escribir su obra más trascendental? Hernández Arregui tiene claro el propósito que esconden estas interpretaciones. El vocablo inconsciente, reclamará, debe ser definido con claridad, Borges no lo utiliza casualmente y es necesario precisar su significado, más aún al abordar disquisiciones que tienen que ver con el campo psicológico y estético. En este sentido, en una crítica a la falta de claridad e imprecisiones de Borges, expresará
Pero ya sabemos que lo inconsciente, para Borges, es una categoría mística, no una vía para explicar el poliédrico fenómeno poético, o la comunicación entre la obra de arte y el público, aunque sí para probar que José Hernández no sabía lo que escribía (Hernández Arregui, 2005, p. 144).
Todos los grandes poetas han reconocido que las impulsiones que acarrea la creación artística son de carácter inconsciente. Pero esta es una verdad a medias, ya que lo inconsciente no es una categoría aislada de la naturaleza. Lo inconsciente es solidario con la naturaleza del hombre, con su historia y no nace de manera independiente en el proceso de creación artística. Por estas razones
La intención de Borges al usar la palabra “inconsciente” sin precisar su sentido, es hacer conciencia en el lector de que el máximo poema argentino fue un producto del azar, un accidente de la naturaleza desvinculado del mundo real que inspiró al “inconsciente” de Hernández en la narración de la aniquilación “consciente” del gaucho como clase social bajo la arremetida brutal de la oligarquía terrateniente en ascenso. Todos los escritos no artísticos de Hernández hacen referencia directa a este hecho histórico. Y la tesis de Borges queda así convertida en humo (Hernández Arregui, 2005, p. 140).
- El autor del Martín Fierro
Posemos finalmente nuestra mirada sobre la ponderación que Borges y Hernández Arregui tendrán acerca del autor del Martín Fierro.
Destaquemos, en principio, que la posición adoptada por Borges será una muy similar a la manifestada por Lugones en El payador, es decir, una posición de descrédito hacia la figura de José Hernández. Recordemos que son escasas las referencias o menciones que existen en esta última obra hacia uno de los grandes poetas de nuestra patria. La razón de ser de estas reiteradas y para nada involuntarias omisiones por parte de Lugones radican en que el poeta cordobés no considerará a José Hernández como una figura a ser rescatada.
El ignoró siempre su importancia, y no tuvo genio sino en aquella ocasión. Sus escritos anteriores y sucesivos, son páginas sensatas e incoloras de fábulas baladíes, o artículos de economía rural. El poema compone toda su vida; y fuera de él, no queda sino el hombre enteramente común, con las ideas medianas de su época (Lugones, 2009, p. 139).
Este menosprecio y desdén hacia la figura de uno de nuestros grandes poetas nacionales encontrará en Borges una caja de resonancia para su continuación. Señalará, incluso, que en alguna conferencia dada en el pueblo de San Martín, supo de buena fuente que José Hernández era espiritista.
El destrato hacia la figura de nuestro gran poeta nacional no se detiene ahí. Luego de señalar el carácter federal, aunque no rosista de aquél, señala que este último, en una Buenos Aires donde todo el mundo se conocía, no impresionó mucho a sus contemporáneos. Y pasará luego a recordar un tristemente célebre pasaje de Paul Groussac, en donde, describiendo algunos pormenores de la visita de este último a la casa de Víctor Hugo, buscará con su relato disminuir la figura de José Hernández. Dice Borges acerca de Groussac
Estaba esperando en el vestíbulo; era un muchacho joven; la idea de visitar a Hugo, el escritor más famoso del mundo, un escritor genial, ciertamente tenía que emocionarlo, y él se decía a sí mismo: “’Estoy en casa del maestro, del genio; estos muebles, esta percha, estos sillones, estos libros, son parte de sus hábitos, son parte de su memoria’. Yo decía todo eso para estimular mi fervor literario, y sin embargo me sentía tan tranquilo como si estuviera en casa de José Hernández, autor del Martín Fierro”. Y eso no lo dijo contra Hernández, lo dijo para que se entendiera claramente que no se sintió emocionado, ya que pensaba que a nadie podía emocionarlo estar en casa de José Hernández (Borges, 2024, p. 103).
Hernández Arregui adoptará, como se verá, una posición en las antípodas de Lugones y Borges. En defensa de la figura de José Hernández, responderá a la caracterización de espiritista mencionada anteriormente, y argumentará respecto a Borges
Finalmente, reforzando el efecto, dirá que Hernández era espiritista. La observación, innecesaria y calculada, provoca la asociación entre el poema y la supuesta incultura del autor. En contraste, elogia la “memoria” de Hernández, esa facultad que aisladamente considerada es la esperanza de las madres que destinan sus hijos al mostrador del tendero. Únicamente se sale de ese tono, en un arranque repentino de simpatía, cuando anota el antirrosismo de Hernández. (Hernández Arregui, 2005, p. 138).
Hernández Arregui conoce las investigaciones de Borges sobre el máximo poema nacional argentino, los intentos por rebajar la figura de José Hernández a la de un pobre tipo, los ensayos para ceñir el significado de su obra como una obra inculta, de carácter infantil, divorciada de la realidad histórica que le tocó atravesar. Es conocida, incluso, la recomendación de Borges hacia la interpretación que Ezequiel Martínez Estrada ha hecho acerca del Martín Fierro, que Hernández Arregui criticará con dureza, al señalar que Borges
Llega a insinuar que la exégesis del Martín Fierro de E. Martínez Estrada, para las generaciones futuras, será tan esencial como el poema. Lo que en buen romance quiere decir que Martínez Estrada ha superado a Hernández, al menos ante un público que ni lee a Hernández ni entiende a Martínez Estrada. Pero ese público sabe que Borges lo ha dicho. Y Borges es una “superstición” (Hernández Arregui, 2005, p. 147).
- Conclusión
A lo largo del presente trabajo se buscó dejar constancia acerca de los distintas disputas de sentido vertidas alrededor de una obra capital para la cultura argentina como es el Martín Fierro. Con este propósito en mente, centramos nuestro análisis en las reflexiones vertidas por Jorge Luis Borges y Juan José Hernández Arregui acerca de la obra de José Hernández, acompañando la mirada de estos dos autores fundamentales con las consideraciones realizadas por Lugones en su libro El payador, algunas décadas atrás.
Creemos que la revisión de los grandes dramas nacionales que nuestra patria ha sabido atravesar es fundamental para la construcción de una cultura nacional. La revalorización de una obra fundamental como es el Martín Fierro procura colaborar en ese sentido.
Las temáticas tratadas y en las cuales se estructura el presente trabajo no agotan, por supuesto, los análisis y las controversias que giran en torno al Martín Fierro, sino que, por el contrario, pretenden ser un aporte más a la necesaria reflexión que merece una obra de tal envergadura.
* Imagen de portada. Fuente: https://diarioalfil.com.ar/contenido/18905/caras-y-caretas-cordobesas
[1] Bajo el nombre Martín Fierro, estamos haciendo referencia a la popularización del nombre que adquirieron las dos obras de José Hernández El gaucho Martín Fierro, publicada en 1872 y La vuelta de Martín Fierro, publicada en 1879.
[2] A escondidas, disimuladamente
[3] Matones
[4] El programa de educación patriótica iniciado 1908 tenía como propósito lograr, mediante una pedagogía cívica de culto a las tradiciones y a los héroes nacionales, y mediante la enseñanza de la historia y el idioma nacional, la consolidación de una conciencia patriótica a lo largo de toda la geografía del país, para ser transmitida de generación en generación.
Bibliografía
Borges, Jorge Luis, Curso de literatura argentina, Ciudad autónoma de Buenos Aires, Sudamericana, 2024.
Borges, Jorge Luis, El Martín Fierro, Buenos Aires, Editorial Columba, 1965.
Chávez, Fermín. José Hernández. Periodista, político y poeta, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1959.
Devoto, Fernando, Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2002.
Hernández Arregui, Juan José, Imperialismo y cultura, Buenos Aires, Continente, 2005.
Lugones, Leopoldo, El Payador, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2009.
Terán, Oscar, Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales, 1810 – 1980, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2012.
