“La vida de un pueblo es una realidad tejida de historia y cultura”
Saúl Taborda
Introducción
El siguiente trabajo se propone establecer que la visión histórica de los partidos de izquierda tradicionales partía de una lectura liberal mitrista de los sucesos nacionales, donde el amor por el libre cambio y el deseo por ser el espejo de Europa en América eran el motor de toda representación válida del pasado. Por este motivo, es que se dirá que lo que comparten con aquel “padre fundador” de la historiografía nacional es también un profundo desdén por lo acontecido hacia el interior de las provincias, con una incomprensión total sobre la relación pueblo-caudillo.
El eje “Civilización y Barbarie”, nacido de la pluma de Domingo F. Sarmiento y anclaje posterior de toda representación sobre el “deber ser” de una Nación, en la visión de la historiografía liberal de izquierda en su aventura positivista, tendrá entre sus principales enemigos a estos líderes provinciales, que se alzaron con mayor o menor suerte contra la prepotencia porteña durante gran parte del siglo XIX.
Entre ellos, el prototipo de barbarie por excelencia será el caudillo riojano Facundo Quiroga, líder natural y leyenda entre los suyos, representación del salvajismo en todas sus formas para la visión estrecha de quienes veían en la vieja Europa un modelo exacto para copiar en estas tierras.
Como forma de pensar otras representaciones del citado caudillo es que el trabajo evocará tres películas que lo tuvieron como protagonista. Serán citadas Facundo, el tigre de los llanos (1952, Paulino Tato), Yo maté a facundo (1973, Hugo del Carril) y finalmente Facundo, la sombra del tigre (1995, Nicolás Sarquís). El objetivo será reflexionar qué imagen de líder y su relación con el pueblo brinda cada una de estas expresiones audiovisuales, en un intento de ruptura o sumisión a la lectura histórica “oficial” reinante de Mitre y sus herederos historiográficos del partido Socialista y Comunista.
El mitromarxista, una cruzada iluminista: historias de sarmientismo y sarmientudos[1]
“Cuando sea una sombra, ¿quién me invocara?”
Facundo, la sombra del tigre
Domingo F. Sarmiento encontrará en la evocación de la figura de Facundo Quiroga una forma más de enfrentarse al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Desde el exilio chileno, en tiempos de esplendor rosista, redactará Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas (1845). Un libro que si bien tenía escasos valores desde lo estrictamente historiográfico y en donde el mismo autor admite que su obra sufre de “algunas inexactitudes […] en un trabajo hecho de prisa, lejos del teatro de los acontecimientos”[2], pasará a formar parte de los textos imprescindibles de la cultura al instituir una representación de la situación nacional en dos ejes bien claros y diferenciados. En esta tierra se era “civilizado” o se era “bárbaro”, así, sin medias tintas.
Desde esta concepción dual se podrían desprender otras que también buscaban sostener esa síntesis original de lo nacional. Si todo partía de la dicotomía “civilizado o bárbaro”, también se era del “campo o de la ciudad”; se era fruto del oscurantismo que apenas dejaba lugar para tradiciones menores y desaliñadas o se era producto de una educación superior a la última moda europea.
Toda esta dualidad expresada en un fervoroso positivismo del sanjuanino tendrá, a pesar de las oposiciones en vida entre Sarmiento y Mitre, un sustento brindado por este último en el origen de su cruzada historiográfica: la conocida “Historia Oficial”. La misma será sostén y justificativo de muchas de las acciones que condenaron a la marginación de las provincias bajo el yugo de Buenos Aires. Será así que para la historiográfica liberal mitrista, es por llevar “civilización” donde abunda la “barbarie” que la ciudad puerto arrasa con los caudillos y gran parte de los pueblos gauchos que los apoyaba; es para sacar del oscurantismo medieval en que viven las provincias el motivo por el cual se las ahoga hasta la miseria con aperturas comerciales que solo benefician a Buenos Aires y su aduana; es traer la civilización europea a América el destruir el esfuerzo genuino por ser una Nación soberana del Paraguay durante los gobiernos del Dr. Francia y los López, con una guerra cruel que arrasa a su población, cultura e industrias dejando el terreno libre para los negocios de la Europa, tan civilizadoramente imperialista.
Será entonces todo este esquema de dualidad, donde o todo es “civilizado”, foráneo y elevado o es “bárbaro”, nacional e ignorante el sostén desde donde construirán su visión historiográfica los partidos tradicionales de izquierda, El Socialismo de Juan B. Justo fundado en 1896 y su desprendimiento posterior, el partido Comunista en 1918.
La negativa por lo nacional no escondía otro propósito que sostener la sujeción al interés y capital extranjero, especialmente Inglaterra, en una ilusión de una Argentina pastoril y “granero del mundo” que solo enriquecía a una minoría. El socialismo de Justo de esta manera no será positivista ni evolucionista, será simplemente un socialismo cipayo como afirmará Jorge Spilimbergo en su estudio Juan B. Justo o el socialismo cipayo publicado en 1960 bajo el sello de la editorial Coyoacán.
Citado dentro del mismo texto podemos ver sintetizado el pensamiento del Partido Socialista respecto al habitante, tradiciones y formas de vida del criollaje habitante de nuestro suelo al decir Juan B. Justo, desde las páginas de La vanguardia del 7 de Abril de 1894, que “junto con la transformación económica del país[…] han llegado un millón y medio de europeos, que unidos al elemento de origen europeo ya existente, forman hoy la parte activa de la población, la que absorberá poco a poco al viejo elemento criollo, incapaz de marchar por sí solo hacia un tipo social superior”.[3]
Ya desde aquella editorial de La vanguardia quedará plantada la semilla del desdén sufrido por la izquierda tradicional por la identidad nacional. En sus palabras aflora el positivismo sarmientino que avanza inexorablemente barriendo con las formas de vidas locales y los hombres que las representan. Es así que “para el “maestro” del socialismo argentino, para el abanderado de los trabajadores, querer salvar al criollo de la extinción final, es algo así como ponerle vallas al mar”.[4]
Lo que Justo y el partido Socialista representaban era a “los proletarios e intelectuales europeos que formaron el primer contingente del socialismo argentino (con predominio de alemanes y franceses sobre italianos y españoles, que eran más bien anarquistas)” que “creyeron que Buenos Aires, con sus atributos de ciudad europea, era el país, y que la estrategia de la lucha revolucionaria repetía lo que traían aprendiendo de la realidad europea”.[5]
Esta realidad ajena – producto de las primeras colectividades europeas que llegaron al país y encontraron en sus vínculos internos una manera de proteger su idioma, costumbres e idiosincrasias (pensemos en la cantidad de periódicos de la época publicados en lenguas extranjeras) – será posteriormente en las huestes de Justo un pecado mortal de desconocimiento y rechazo no solo de la cultura nacional sino de las masas trabajadoras.
El mismo Justo afirmará que si hubiera un símbolo de progreso en este país sería porque “en estos pagos ya no va quedando un criollo”[6] , y esa línea de pensamiento seguirá su recorrido en los sucesores del patriarca socialista. Indicará esto mismo Spilimbergo cuando se refiera al recorrido de Nicolás Repetto por el norte argentino a principios del siglo XX (retratado en su libro Mi paso por la política) en busca de adeptos para el partido. Derrotado ante la poca permeabilidad de los obreros de los cañaverales y los ingeniosantesus planteos concluirá que “se trata de gente muy ignorante, envilecida en una vida casi salvaje, que llegaría tal vez, después de un ímprobo trabajo de propaganda a sentir vagamente la explotación de que es víctima”.[7]
Norberto Galasso será otro de los historiadores que se encargarán de rastrear el origen del desapego emocional por lo nacional de la izquierda tradicional en numerosos estudios y publicaciones. Preocupado por sostener la posibilidad de un socialismo con retórica patria, retrucará el significado tradicional de “civilización y barbarie” presente en las corrientes históricas liberales por una versión significativamente opuesta. De esta forma, dirá que “Justo adhiere a los mitos que la oligarquía implanta a través de diarios, libros y escuelas, como reaseguro de su concubinato con el imperialismo: la “civilización” importada de Europa, el rechazo del nacionalismo como manifestación de “barbarie”.[8]
A su vez, la reformulación de la antinomia “civilización y barbarie” le permitirá hacer a Galasso una revalorización de los pueblos y sus conductores naturales donde el concepto patria era “expresión del rechazo ante la invasión del capital extranjero”.[9] De acuerdo a esta concepción, la supuesta “civilización” sería una desviación de los “principios colonialistas”[10] donde “la europeización cultural, el liberalismo económico, el antilatinoamericanismo, la democracia fraudulenta para beneficio de las minorías y la historia mitrista”[11] estarían en consonancia con los intereses de las potencias extranjeras imperialistas.
La alternativa propuesta por Galasso requiere primero de un autorreconocimiento como país atrasado, colonial o semicolonial donde la posibilidad de un socialismo “debe ser necesariamente nacional”[12], posibilidad que estará dada solamente si “asume una posición antiimperialista”.[13]
En otro de sus libros, La larga lucha de los argentinos y como la cuentan las diversas corrientes historiográficas, Galasso analizará el rol cumplido por los historiadores que respondían tanto al partido Socialista como al Comunista.
Sobre la dependencia mitrista de los historiadores de izquierda dirá que “sometidos ideológicamente al liberalismo conservador […] estos historiadores se limitaron a celebrar a los mismos próceres y maldecir a los mismos réprobos que eran celebrados y maldecidos, respectivamente, por la historia liberal”.[14] De esta manera, “la versión de los historiadores socialistas y comunistas se diferencia solo en la fraseología: los caudillos son señores feudales, defensores de formas atrasadas de producción y enfrentan a los políticos porteños, expresión de intereses vinculados a la economía mundial, cuyo proyecto es quebrar el orden feudal del interior y promover el progreso en el orden del desarrollo capitalista”.[15]
Para dar significancia a su planteo, individualiza su ataque en algunos personajes concretos que fueron las voces reconocidas como “legítimas” de los partidos de Izquierda. Dentro del partido Comunista, dirá que “Leonardo Paso, […] descalifica a los caudillos federales como expresión de “feudalismo” y categoriza a los rivadavianos como fuerzas del progreso histórico.”[16] También atacará en su misma investigación a Álvaro Yunque (“un poeta metido en la Historia bajo la orientación de Vittorio Codovilla”)[17], de quien dirá que, como buen liberal encubierto, “se preocupaba en su Breve historia de los argentinos en maldecir a Rosas y brindar una desmesurada apología de Mitre”.[18]
Rodolfo Puiggrós en su Estudio crítico de los partidos políticos también recargará contra la herencia sarmientina de Juan B. Justo. Del mismo dirá que “se ubicaba en la línea liberal, en la línea de los unitarios contra los caudillos y las montoneras de la “civilización” importada opuesta a la “barbarie nativa”[19]. Su crítica definía que si se “perdía de vista el problema nacional por excelencia, el de la construcción de una economía que superara a la colonización capitalista”[20] terminaría siendo impracticable un “socialismo en una economía agroexportadora subordinada al mercado capitalista mundial”.[21]
De este modo, siguiendo la línea del fundador del socialismo argentino será toda la izquierda tradicional presa de una conciencia colonial al querer “aplicar a la Argentina la teoría creada por la conciencia de los países capitalistas industrializados generalizando los hechos de la realidad de esos países”.[22]
Facundo Quiroga y la perpetuidad del feudalismo provincial según la versión mitromarxista de Leonardo Paso
En su libro Los caudillos y la organización nacional, Leonardo Paso se preocupará por dar una imagen de aquellos líderes lejos de los intereses de sus pueblos. En una suerte de “autocracia lugareña”[23] serían las masas las que permanecían “acomodadas a los intereses económicos y políticos de sus jefes“[24] resultado de que “en casi todos los caudillos se reiteró igual origen. “El caudillo no emana de la masa, es buscado por ella en una capa social superior”.[25]
Partiendo de este análisis, intentará hacer un rastreo del origen del liderazgo de alguno de los caudillos federales desde una concepción de clase. Es así como se referirá a Juan Felipe Ibarra, referente santiagueño, diciendo que “fue electo por los hombres más prominentes de la ciudad y de condición latifundista y ganadera”.[26]
En cuanto a Facundo Quiroga, ideal del caudillo medieval para la lectura mitrista, tendrá en cuenta algunas precisiones más. Sobre su origen dirá que “era de familia de rancio abolengo”[27] y que el mismo se “crio en la mejor sociedad”[28] siendo siempre “íntimo amigo de las principales familias de la provincia”.[29]
De esta manera, la relación con las masas riojanas será explicada desde la sujeción del poderoso ante un pueblo ignorante de sus propios intereses. Para Leonardo Paso, si “pertenecía Quiroga a familia muy principal y gozaba de holgada posición económica”[30] donde “la mitad del ganado de La Rioja lleva su marca”[31], no solo no era un “gaucho desheredado”[32] sino que también era la clara representación de una clase social acomodada aprovechando sus recursos para imponerse sobre un pueblo inculto y desconocedor de sus reales necesidades.
De esta forma, considera que el ejército de gauchos de Quiroga, los llamados “Llanistas”, tenían con su líder una relación “señor y vasallo” donde la “gratificación consistió la más de las veces, en el pillaje al vencido, en el reparto del botín, de sus tierras y sus ganados”.[33] ya que estos mismos se “constituyen por la compulsión a la que se veían sometidos los habitantes que de ellos dependían”.[34]
En su visión positivista de la historia rechaza las realidades provinciales al considerarlas partes de un atraso donde “la lucha contra el despotismo español o el bonaerense no significaba la libertad de las masas, sino la sumisión social al caudillo”.[35]
La compulsión por “el progreso” y su avance arrollador desde “la culta elite de Buenos Aires” será entonces para Leonardo Paso, un paso ineludible ya que “el desarrollo nacional exigía, como una de sus garantías la eliminación del caudillaje, y los caudillos comenzaban eliminándose entre ellos”.[36]
Lo que se omitirá señalar este autor es que el “avance arrollador civilizatorio”, aquel que teñirá de rojo las tierras provinciales – sangre no solo de caudillos sino de todo un pueblo que lo acompaña- no es producto de las peleas entre líderes del interior por instaurar “autocracias feudales provinciales” sino un plan deliberado desde la “iluminada ciudad puerto” para fundar un desarrollo nacional dependiente de las grandes potencias europeas.
En otro de sus textos, Raíces históricas de la dependencia argentina, Leonardo Paso hará un análisis de la época de Rosas y del Federalismo (etapa de algunos de los caudillos que se vienen tratando, por ejemplo Facundo Quiroga) en los siguientes términos: “La autonomía de las provincias, mal caracterizada como régimen federal, era relativa. Económicamente eran dependientes del gobierno bonaerense […] En esas condiciones Buenos Aires se convertía en opresora de las provincias”.[37]
De esta manera, la renuencia de Rosas al dictado de una Constitución Nacional sería consecuencia de un “seudo federalismo”[38] fruto de “la barbarie” instalada por el gobierno rosista donde “la falta de una organización nacional, […] reflejaba, en definitiva, que los resabios de una estructura feudal eran las características principales dentro de la evolución económica que se operaba en Buenos Aires”.[39] Se pintaba en definitiva el “cuadro de una sociedad que se estancaba frente al desarrollo mundial del capitalismo”.[40]
En una polémica de la época, y en respuesta a un texto de Fermín Chávez que buscaba rescatar las expresiones culturales en la época de Rosas, afirma que este último promulgaba un “nacionalismo de medios”[41] donde “en un país colonial, ante todo importan “los medios”, los instrumentos, las instituciones concretas, que permiten alcanzar los fines nacionales”[42]. Leonardo Paso responderá que aquella denominación de Chávez solo podía representar “el pragmatismo rosista”[43] fruto de que “la educación de la masa del pueblo era inexistente y lo que se enseñaba correspondía a la sociedad que imperaba”.[44]
Será en definitiva para Leonardo Paso la “barbarie” en que estaba sumergida la sociedad de la época de Rosas y los caudillos provinciales una muestra cabal de lo lejos que se estaba de lograr las condiciones para ser una “Gran Nación” a la última moda europea. Pero en definitiva, si el destino manifiesto e ineludible del progreso argentino estaba en marcha, poco importaría las singularidades y pretensiones provinciales protegidas por aquellos líderes naturales de sus pueblos, la sumisión del interior sería un “precio justo” por ingresar a “la civilización”.
Facundo Quiroga y la cristalización del revisionismo histórico en torno a su figura en el cine nacional
David Peña, en una serie de conferencias brindadas en 1903 en la Facultad de Filosofía y Letras que luego fueron recopiladas en un libro llamado Juan Facundo Quiroga, será una de las primeras voces en revisar la herencia sarmientinadel caudillo antes citado. A poco más cincuenta años de la publicación de la obra del sanjuanino, advertirá sobre los efectos de un texto que “ha recorrido los limites de nuestro continente y ha pasado hasta Europa como una bella muestra de ingenio de América”[45], teniendo gran aceptación “por la crítica de los países que ha recorrido”[46] y que en nuestras tierras moldeo a varias generaciones que “se han servido de él para formar sus ideas y sentimientos con relación a una larga época”[47]. De esta manera reafirma el carácter de “oficial” que obtuvo la visión del Facundo de Sarmiento a partir de que su visión fue difundida por la historia mitrista.
Las representaciones audiovisuales sobre la vida de Facundo Quiroga se iniciaron unos pocos años más tarde que las conferencias de David Peña antes citadas. Según nos indica el autor Agustín Neifert en su investigación publicada con el nombre Rosas y su época en el cine argentino, la primera experiencia que retrata al caudillo data de 1909 con un film dirigido por Julio Raúl Alsina de la cual no queda copia alguna. De la misma Neifert dirá que “se presume que se filmó entre 1909 y 1910, porque fue incluida en un programa de películas nacionales exhibidas los días 22 y 23 de mayo en el Biógrafo Colón, situado en avenida de Mayo y Lorea, según sendos avisos publicados en esas fechas en el diario La Prensa”[48] .
Posteriormente tendremos otros tres films que se encargar de retratar al mismo personaje pero “en distintas épocas y con escenarios históricos de los rodajes también muy diferentes”.[49]. Durante el segundo mandato de Juan D. Perón verá la luz la película Facundo, el tigre de los llanos (1952) dirigida por Miguel Paulino Tato. Luego, la revisión de las figuras históricas y su incorporación a la cultura popular a partir del cine, típicas de los sesenta y principios de la década siguiente, traerá a Quiroga desde una perspectiva novedosa, el de su ejecutor, en Yo mate a facundo (1973), última película de Hugo del Carril. Finalmente en plena época menemista llegará la última de las representaciones del caudillo, “Facundo, la sombra del tigre (1995), “un proyecto que demoro más de veinte años en concretarse”.[50]
Origen y mito del Caudillo
Félix Luna comenta en su libro Los caudillos que “cuando lo mataron, el mito de Facundo era mucho más importante que la persona del General Quiroga. Por eso el mito siguió viviendo muchos años en la imaginación ferviente de sus paisanos”.[51]
De esta manera, ser un “mito” responde a varias cuestiones. En primer lugar, una imagen mitificada puede representar una cierta lejanía con quienes lo veneran, la distancia puede dar pie a interpretaciones diversas sobre la figura de un hombre. Será importante ver en los films que representan a Facundo, qué tipo de reconstrucción hacen del personaje, del vínculo con su gente y su forma de liderazgo; y de esta forma saber si la intención es humanizar a un personaje que solo habitaba en leyendas, en la “imaginación ferviente de sus paisanos”, como dirá Félix Luna, o si parten de lecturas positivistas donde será fácil encasillarlo en la figura de “tirano”. Si el personaje representado es un señor feudal fuera de época o un paisano afortunado con don de mando será crucial para dilucidar la intención con la que se narra. Pero optar por la segunda opción, la que escapa de la versión positivista, también tiene sus riesgos si se permanece en el Facundo que habita las leyendas. Nos quedaremos ante un personaje vedado, un Dios, un héroe o un santo son tan venerados como indiscutibles, no hay lugar para conocerlos interiormente.
En cambio, si se opta por quitar el velo del mito para llegar al hombre, interpretar sus deseos y frustraciones, entenderlo capaz de dudas, sufrimientos y miedos, capaz de actos de generosa entrega como de extrema violencia, estaremos un poco más cerca de conocer al Quiroga individuo.
Cargar con el peso de ser una leyenda en vida no debe ser fácil, exige llenar constantemente las expectativas de los otros. De allí que Sarmiento inicie su libro “invocando la sombra terrible” de Quiroga y sea muchos años después el mismo Facundo, representado en la película de Nicolás Sarquís por un inolvidable Lito Cruz, quien responda a ese llamado cuando le pregunte a su compañero de viaje, el fiel Ortiz, “¿Cuando sea una sombra, ¿quién me invocara?”.
Facundo la sombra del tigre, la película de Nicolás Sarquís trabajara el concepto de ser mitificado como un peso para el protagonista. En el inicio del film ya se ratifica la frase antes citada de Félix Luna, la cual expresaba la posición del mito por encima del hombre, al comenzar diciendo que “Hay hombres que inducen a imaginar, en pueblos riojanos se sigue hablando como si todavía existiera”.
Al acercarse su final, Quiroga es consciente tanto de su enfermedad, lo aqueja el reuma, como de la imagen mítica que sobrevuela su propia humanidad. La película propondrá una figura que entiende ese rol como un privilegio pero a la vez una responsabilidad que supera el propio interés personal. En la intimidad del coche mientras viaja junto a Ortiz, en una de sus tantas conversaciones le pedirá que “no invoque mi leyenda, soy un hombre de carne y hueso”.
El ser mítico o humano, el quedar en la memoria popular o ser recogido por la historiografía será una duda que surgirá en el mismo Facundo. En este momento la película se inclina por el hombre, es la humanidad de Quiroga la resaltada al permitirle dudar sobre cómo, por quiénes y con qué intenciones será contada su intensa vida. Anticipando el eje sarmientino de los intelectuales positivistas es que sentenciará “los cagatintas van a decir que Quiroga era un bárbaro”
A su vez, a la angustia de cómo será recordado, propia de los hombres grandes pero hombres al fin de cuentas, a la pregunta “¿quién va a escribir sobre nosotros?”, la película da un brillante respuesta al poner el recuerdo del “caudillo” en la voz del pueblo, en una copla, donde prevalece la memoria, la resistencia del boca en boca, rescatando tal vez no la carnalidad del hombre, pero sí evitando enterrar a la leyenda. Será tal vez una forma de anunciar que hasta que no se haga justicia historiográfica con los líderes populares, es ese mismo pueblo el que se encarga de mantenerlos vivos y presentes.
Características de un caudillo
Para pensar la siguiente categoría será útil dar primero una definición que se acomode mejor al modo en que vera ejemplificada en cada uno de los films que serán analizados. Si algo comparten las tres visiones audiovisuales sobre Facundo Quiroga es una concepción similar en lo que respecta a ser un “caudillo”. La misma puede ser definida por José María Rosa de la siguiente manera: “Caudillo” se llama entre nosotros, al conductor de los grandes movimientos populares, al hombre que guía a una multitud porque siente como ella”[52]. El mismo autor muestra la diferencia notable de la definición que brinda respecto a la que se puede hallar en un diccionario dado que este último “lo da como sinónimo americano del cacique español, patrón electoral de un distrito, hombre ducho en triquiñuelas de baja politiquería”[53]; en conclusión, para el diccionario el “caudillo” es “un tirano, es decir quién gobierna contra derecho”. [54]
Sobre esta misma reformulación del término “caudillo” es que serán reconstruidos los aspectos formales del liderazgo de Quiroga en cada uno de los tres films escogidos para analizar su vida.
En Facundo, la sombra del tigre, se establecerá una distinción entre “caudillos legítimos”, entre los que están presentes Quiroga, Rosas, Ibarra, que responden a la formulación de J.M. Rosa y los denominados “caudillos menores”, como es el caso de los Reinafé en Córdoba, con un gobierno que responde más a las cualidades provistas por la definición del diccionario, unos tiranos que gobiernan contra derecho al ser indicados como los ejecutores intelectuales de la muerte de Quiroga.
Las definiciones sobre la legitimidad del liderazgo está representada en una escena de la película de Sarquís donde se recrea un supuesto encuentro entre Rosas, su mujer Encarnación, Quiroga y Juan B. Alberdi.
Allí Alberdi definirá que los “caudillos rurales” son símbolo del orden y representantes naturales del pueblo. De esta manera, y jugando con la definición ya trabajada de Sarmiento, dirá que la democracia en tiempos rosistas será “bárbara pero no ilegitima”. De la misma conversación se desprende una característica que debe tener quien este al mando. En palabras de Rosas, un líder primero debe “preparar al pueblo, crear hábitos de orden y de gobierno”. En conclusión el “caudillo” debe ser un actor visible y transformador de su entorno, que guíe a los pueblos representados en la sanción de una Constitución que constituya un Estado “reflejo de la realidad del país no de soñadores”.
Otra de las características que señala el film como característico de Quiroga es su capacidad letrada. En este sentido Félix Luna señala que “pocos protagonistas de nuestra historia han escrito con tanto vigor y precisión como Quiroga”[55] , en referencia a su vasta correspondencia cuyo “archivo […] se conserva íntegramente”.[56]
Podemos ver en varias escenas del film citado que durante largo tramos del viaje, Quiroga y Ortiz reflexionan sobre la historia griega haciendo un paralelismo con el presente. La oposición con los Reinafé se acentúa también al definirlos en la película como semi analfabetos. De esta forma, cuando “uno lee a otro, y se turnan en ello, un texto clásico de la antigüedad griega: el viaje de Anacarsis relativo a la guerra del Peloponeso, donde hay una crítica al devenir bárbaro de la civilización cuando está en guerra”[57]; se produce también “una suerte de ensayo de “desbarbarizacion” del gaucho, que deliberadamente elabora una figura del héroe contra el sentido construido por Sarmiento”.[58]
Es así como en su búsqueda de “redención intelectual del caudillo”[59], “la película no solo presenta así un gaucho letrado – en el acto mismo de la lectura y de las reflexiones que ella promueve-, sino que incluso busca darle una talla intelectual como la de su biógrafo y oponente póstumo”. [60]
Respecto al arte de la guerra, el caudillo no es un guerrero nato pero sí alguien con don de mando y capacidad para la lucha. Luego de una derrota, como es el caso de la batalla de La Tablada en 1829contra las fuerzas de José María Paz, Quiroga es capaz de sufrir por la suerte de sus hombres caídos y de reflexionar sobre los próximos pasos a seguir. La duda y la búsqueda de certezas son propias también de los grandes conductores.
La capacidad de sufrir por quienes están a su mando, corre el aire de mitificación que envuelve al hombre. También el conocer los nombres de quienes forma su escolta, como sugiere la escena previa al ataque de Santos Pérez, sugiere que Quiroga no se siente al enfrentar su inminente muerte superior a los demás hombres que lo acompañaran en su destino y suerte.
El film, Facundo, el tigre de los llanos también dejará una definición propia de lo significa ser “caudillo”. Trabajará también en este caso con la denominación de “bárbaro” pero relacionándolo a la valentía y la capacidad de mando de las milicias.
Sobre el origen de Facundo, la película se preocupará por ponerlo cerca del pueblo que lo rodea a pesar de tener un pasar económico privilegiado. El enemigo en su provincia natal será una elite temerosa del poder de convocatoria del “caudillo” sobre el gauchaje que lo sigue como si fuera un “padre”. Quiroga será para estos hombres de la aristocracia riojana un mal necesario, no solo porque posee la capacidad de enfrentar a los enviados de Buenos Aires como Lamadrid o el Gral. Paz, sino porque en la convocatoria a las milicias puede poner en peligro la propia vida o bienes de esta clase privilegiada.
Al momento de organizar las tropas, la película muestra que no todos los convocados se suman por propia elección y que Quiroga no duda en fusilar desertores. También que ante la necesidad de caballos, los mismos serán arrebatados a las clases altas y que si estos se niegan a acompañar la defensa provincial contra Buenos Aires, muchos serán pasados a degüello o terminarán exiliados y despojados de todos sus bienes.
El caudillo es de esta manera “bárbaro y valiente” porque es la única manera de nuclear a un pueblo bajo su mando y defenderlo de los atropellos de los intereses foráneos como de sus aliados locales. Los “Llanistas” de Quiroga no tienen vocación militar como se muestra en una escena donde la práctica de un ejercicio de formación táctica se ve interrumpida porque sus integrantes no distinguen la izquierda de la derecha pero el caudillo confía en ellos porque comprende que la victoria solo se alcanzaría si prevalecía la voluntad del pueblo que lo sostenía como líder. La fidelidad de la milicia será a su vez demostrada cuando las campañas militares se realicen en medio de penosas condiciones y privaciones, pero siempre teniendo a Facundo en primera línea, jugándose la vida con y para el pueblo que lo escogió como su representante.
Otro rasgo que representa la conexión “caudillo” y pueblo en la película de Miguel Paulino Tato será la protección de los recursos naturales de la provincia al mostrar una escena donde Facundo como “voz y voluntad de su pueblo” se niega a la explotación de las minas de Famatina por ingenieros ingleses enviados por Buenos Aires. Los mismos serán enviados de vuelta a la ciudad puerto montados en burros ante la mirada cómplice y agradecida del gauchaje que reconoce en ese accionar un acto de soberanía.
En la película Yo maté a Facundo de Hugo del Carril, la caracterización del caudillo se hará por oposición. El personaje de Santos Pérez es un gaucho errante y analfabeto a quien le llega una propuesta que le permitirá acceder a una posición de poder impensado, pero que finalmente lo condenará a perder hasta la propia vida. En este caso no se indica que los Reinafé sean también analfabetos como en la película de Nicolás Sarquís, sino que en este film el poder ser letrado de los gobernantes de Córdoba permite el engaño que llevará a Santos Pérez a ejecutar a Quiroga, líder a quien admira por la conducción sobre los paisanos, al mostrarle un supuesto documento escrito por Juan Manuel de Rosas donde se pedía la ejecución del caudillo riojano.
Santos Pérez, acostumbrado a obedecer, será seducido por la oportunidad de dictar órdenes sin tener la capacidad de liderazgo. Cuando luego de su crimen lo nombran Capitán de milicia, comprenderá que ser la ley no es saber mandar ni ser reconocido como un “caudillo”; es así como sabrá rápidamente que su suerte está echada. De esta manera reflexionará solo y encarcelado, luego de que las tropas federales avancen sobre Córdoba en búsqueda de los responsables del crimen, diciéndose: “Vas a morir Santos, igual que el otro, pero al menos él era como un padre para la gente y vos Santos no sos más que un pobre gaucho”.
Liderazgo y representación de los pueblos
La película Facundo, la sombra del tigre trabajará la concepción de líder de Facundo partiendo de la presunción que dice que para poder liderar a un grupo humano, primero hay que conocer que es lo que los une como tal. De esta manera, la presentación de las imágenes previas a las batallas donde las milicias “Llanistas” enarbolaban banderas con la inscripción “religión o muerte”, serán un punto a tomar en cuenta en la conformación de la identidad de los pueblos representados por los “caudillos”.
La religión como vínculo emocional y constitucional conformará parte de una cultura popular que tomará bajo su patrocinio Juan Manuel de Rosas y Facundo Quiroga entre otros, no solo para nuclear a sus seguidores sino también para diferenciarse de sus enemigos.“¿Se imaginan a Rivadavia armando un pesebre?”, dice risueñamente Encarnación Ezcurra un ocho de Diciembre mientras se dedica a esta actividad ante la mirada atenta y aprobación de familiares y pares.
En otros momentos del film, entra en juego el concepto de pueblo como “nación”, donde un grupo humano vivencia una misma identidad al compartir tradiciones, costumbres, formas de actuar y pensar. Es de esta manera, que en una escena se muestra una reunión en casa de Rosas. Cuando Encarnación exclama que “los unitarios desconocen al país”, Facundo replica que “lo que desconocen es al pueblo”, refiriendo que lo que desdeñan los unitarios son las costumbres y tradiciones populares.
La educación como factor de soberanía tendrá también su espacio de debate y confrontación en el film en una escena donde charlan un jovencísimo Juan B. Alberdi con Quiroga. Este último sostiene que la única enseñanza posible es la que se practica a partir de las creencias, tradiciones y costumbres propias. De este modo, ante la necesidad de alcanzar el progreso como fuente de realización nacional solicitado por Alberdi, Quiroga sostendrá que dicho propósito solo será posible a partir de la fuerza de la religión. De este modo, la fe compartida es símbolo de soberanía, idea reforzada cuando Quiroga diga que “Rivadavia quería un país sin religión para entregárselo a los mercaderes”.
El vínculo entre caudillo federal y pueblo tendrá en el film una significación que rompe con el eje de clases sociales propuesto por algunos historiadores de la izquierda tradicional. La unidad del pueblo y el líder tendrá una relación donde determinadas prácticas culturales compartidas forjarán una identidad común más fuerte que la distinción del origen socioeconómico entre el “caudillo” y el sujeto pueblo representado. De esta forma, cuando Manuela Rosas, hija de Juan Manuel, le solicite ir al Candombe, su padre le responderá afirmativamente diciendo que “es bueno acostumbrarse a la vida de los pobres porque con ellos contamos”.
En el film Facundo, el tigre de los llanos, también se trabaja el eje vincular líder y pueblo. En este caso, habrá una lectura más esquemática, donde el enemigo es la elite riojana que desprecia a Quiroga porque este comparte un origen común con el pueblo que representa. En tanto esa clase acomodada le teme y necesita, mientras discuten si darle poder de mando a pesar de su origen, Quiroga ya estará forjando la unión con sus paisanos expresando que “yo soy uno de esos gauchos, por eso me siguen”.
De esta fusión con el pueblo y no del apoyo de la “aristocracia riojana”, vendrán las victorias militares que irán haciendo de Quiroga y los suyos una leyenda del federalismo provincial en su lucha contra los generales unitarios y las provincias que aún no eran adeptas al sistema propuesto por Juan Manuel de Rosas. El mismo que se había iniciado “cuando los gobernadores de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos firman lo que la historia llamará el “Pacto Federal de 1831”[61] considerado como el instrumento que “expresa el propósito de constituir la Nación bajo el sistema que desean los pueblos”[62], será en Quiroga una tarea y un destino ineludible porque, como dirá en una escena luego de una de sus tantas victorias en el campo de batalla, “el triunfo es mío porque oigo la voz del pueblo”.
De esta manera, el anclaje del caudillo con el pueblo que representa, estará basado en la concepción de que un “héroe no liberal, como Facundo Quiroga, ingresa al cine por medio de su captura en el campo semántico que lo concibe como gaucho militar”[63] . Los mismos son reconocidos como “héroes patrios, ya hayan luchado en las montoneras, ya en el ejercito”[64] poniendo el foco del antagonismo en las elites tanto riojanas como las de Buenos Aires.
Es por este motivo que el film inicia con las siguientes palabras que los describen al caudillo y sus seguidores sin distinción de clase, tomando en cuenta un mismo origen: “ignorados, hijos de una América primitiva, bravos e indómitos como su tierra arisca”, donde sin importar si combatieron en las montoneras o en los ejércitos de línea sufrieron el mismo destino donde “ciegos en su ideal, unos y otros dejaron su sangre mezclada al suelo de nuestra patria”. Es así como para el film “los gauchos militares son básicamente nobles y es su nobleza la que, en última instancia, siempre preside sus actos aún criminales o fuera de la ley”.[65]
El conflicto bélico es entonces un modo irónico de supervivencia para el gaucho sin distinción de origen de clase y no una elección, donde como dirá en una escena Quiroga, “ha sido el destino el que me ha empujado hacia la guerra”.
En la película Yo maté a Facundo el don de mando será también un factor fundamental en la construcción de la trama. Santos Pérez reconoce en Quiroga todo lo que quisiera ser y tener, lo que tanto ansiaba pero a la vez temía obtener, porque si bien como dirá en el film “alguien tiene que mandar”, cuando se lidera también se puede caer en la peor de las desgracias.
De este modo, “Del Carril describe las motivaciones psicológicas y el perfil humano del hombre que se hará celebre, a costa de la desaparición física de un líder, a lomo de la trascendencia mítica de su víctima”[66] y la desdicha para Santos será entonces la elección de “eliminar a un hombre que, sin embargo, el, interiormente, admira y respeta”.[67]
De esta forma, el punto de vista elegido por Hugo del Carril desde “el efecto de la culpa”[68] representando “la figura de Judas”[69] , al saber que “traiciona a quien lo liberó cuando sus gauchos lo apresaron y a quien le ofreció generosamente formar parte de sus tropas”.[70]
Lo que unirá irremediablemente a estos personajes es compartir un trágico destino común: la muerte los alcanza de manera violenta. La diferencia estará entonces en cómo serán recordados una vez desaparecidos. Vale la pena repetir aquí la frase que dice Santos Pérez al final de la película al conocer lo que le deparará el futuro: “Vas a morir Santos, igual que el otro, pero al menos él era como un padre para la gente y vos Santos no sos más que un pobre gaucho”.
A modo de cierre y reflexión del trabajo
Las diversas escuelas historiográficas, sus rechazos y aceptaciones, sus relecturas o confirmaciones no hacen otra que demostrar que la historia es un campo de batalla. En este trabajo se expusieron las distintas motivaciones que tuvo la izquierda tradicional para desarrollar una versión del pasado que, apoyándose en la tradición liberal mitrista, continuaba abogando por un camino de dependencia nacional. La mirada puesta en copiar modelos ajenos perpetuando la dicotomía “Civilización o barbarie”, propulsada por Juan B. Justo y seguida al pie de la letra por muchos de sus seguidores, no hará más que alejar a los partidos Socialista y Comunista del trabajador organizado, quedándose afuera de los grandes movimientos nacionales y populares del siglo XX. De este modo, el llamado a una identidad de clase por sobre una identidad nacional no hará más que mermar cada vez más a la inserción de la izquierda en el sujeto trabajador, supuesto destinatario natural de su representación.
Así es también que al considerar parte del atraso que dificultaba a la formación de la Nación en “modo europeo” a todos los movimientos populares del siglo XIX, no les será difícil caer en el mismo error de interpretación al analizar a los posteriores yrigoyenismo y peronismo, los cuales serán señalados por la izquierda tradicional como una suerte de “barbarie reload”.
Las representaciones audiovisuales escogidas de Facundo Quiroga tienen su origen durante o luego de los grandes movimientos populares antes citados, de forma tal que al retratar la figura de un caudillo representante de masas del siglo XIX, también se hacía referencia obligada a lo sucedido en el campo popular durante el siglo XX. La experiencia próxima les brinda a las películas que retratan la vida del líder riojano una bocanada de aire fresco que, sirviéndose a su vez de otros análisis pertenecientes a escuelas historiográficas opuestas a la liberal mitrista, renuevan la visión de una etapa fundamental de la historia Argentina y de uno de sus personajes más discutidos.
[1] Términos utilizados en Galasso, N, “Sarmiento, ¿civilizado o bárbaro”?, Cuadernos para la otra historia, Centro cultural Enrique Santos Discépolo, 2003
[2]Sarmiento, D.F, Facundo, Narrativa argentina, Agebe, Buenos aires, 2004, pág. 9
[3] Spilimbergo, J. E, Juan B. Justo o el socialismo cipayo, Editorial Coyoacán, Buenos Aires, pág.19.
[4] Ibídem, pág. 9.
[5] Ibídem, pág. 12.
[6] Ibídem, pág. 20.
[7] Ibídem, pág. 7
[8] Galasso, N, ¿Qué es el socialismo nacional?, Ediciones Ayacucho, Buenos Aires, 1973, pág.33
[9] Ibídem, pág. 31
[10] Ídem
[11] Ídem
[12] Ibídem, pág. 31
[13] Ibídem, pág. 51
[14] Galasso, N, La larga lucha de los argentinos y como la cuentan las diversas corrientes historiográficas, Ediciones del pensamiento nacional, Buenos Aires, 2001, pág.13
[15] Ibídem, pág. 48
[16] Ibídem, pág. 14
[17] Ídem
[18] Ídem
[19] Puiggrós, R, Historia critica de los partidos políticos, Hyspamerica, Buenos Aires, 1986, pág. 42
[20] Ibídem, pág. 48
[21] Ibídem, pág. 46
[22] Ibídem, pág. 53
[23] Paso, L, Los caudillos y la organización nacional, Ediciones silaba, Buenos Aires, 1970, pág.73
[24] Ibídem, pág. 72
[25] Ibídem, pág. 71
[26] Ibídem, pág. 66
[27] Ídem
[28] Ibídem, pág. 67
[29] Ídem
[30] Ídem
[31] Ídem
[32] Ídem
[33] Ibídem, pág. 72
[34] Ídem
[35] Ibídem, pág. 73
[36] Ibídem, pág. 103
[37] Paso, L, Raíces históricas de la dependencia argentina, Biblioteca política Argentina, Centro editor de América latina, Buenos Aires, 1985, pág.57
[38] Ibídem, pág. 55
[39] Ibídem, pág. 57
[40] Ídem
[41] Chávez, F, La cultura en la época de Rosas, Aportes a la descolonización mental de la argentina, Biblioteca de ensayistas contemporáneos, Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1973, pág. 10
[42] Ídem
[43] Paso, L, Raíces históricas de la dependencia argentina, Biblioteca política Argentina, Centro editor de América latina, Buenos Aires, 1985, pág.58
[44] Ídem
[45] Peña, D, Juan Facundo Quiroga, Memoria Argentina, Emecé, Buenos Aires, 1999, pág.17
[46] Ídem
[47] Ídem
[48] Neifert, A, Rosas y su época en el cine argentino, Ediciones Fabro, Buenos Aires, 2012, pág. 272
[49] ídem
[50] Neifert, A, Rosas y su época en el cine argentino, Ediciones Fabro, Buenos Aires, 2012, pág. 297
[51] Luna, F, Los caudillos, Editorial Planeta, Argentina 1988, pág.125
[52] Rosas, J.M, Estudios revisionistas, Editorial Sudestada, Argentina, 1967, pág.11
[53] Ídem
[54] Ídem
[55] Luna, F, Los caudillos, Editorial Planeta, Argentina 1988, pág.138
[56] Ibídem, pag.137
[57] Campodónico, Raúl Horacio (2010), El cine cuenta nuestra historia, 200 años de Historia. 100 años de cine, INCAA, Buenos Aires, pág. 232
[58] Ibídem, pag.231
[59] Ibídem, pag.232
[60] Ídem
[61] Luna, F, Los caudillos, Editorial Planeta, Argentina 1988, pág.132
[62] Ídem
[63] Campodónico, Raúl Horacio (2010), El cine cuenta nuestra historia, 200 años de Historia. 100 años de cine, INCAA, Buenos Aires, pág.218
[64] Ídem
[65] Ídem
[66] Cabrera, Gustavo (1989), Hugo del Carril, un hombre de nuestro cine, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, pág. 154
[67] ídem
[68] Campodónico, Raúl Horacio (2010), El cine cuenta nuestra historia, 200 años de Historia. 100 años de cine, INCAA, Buenos Aires, pág.225
[69] Ibídem, pág. 226
[70] Ibídem, pág.225
