El concepto de Multiverso no es solamente un recurso pochoclero explotado sobremanera por Marvel, sino que encierra una cantidad innumerable de interpretaciones y posicionamientos. No es necesario recurrir al Doctor Strange para ir saltando de un universo a otro: en nuestro mundo posmoderno nos podemos chocar con líneas temporales de interés, puntos de inflexión y versiones en conflicto.
Hay que aclarar, en primer lugar, que Argentina no pertenece a la “Tierra 616”; no es una realidad oficial. Esto significa que existen tantas versiones del pasado como interpretaciones académicas o populares, y todas coexisten influyendo en cómo vemos nuestra realidad. Hubo un punto de inflexión en nuestra Historia (uno de tantos) que generó un vacío dimensional que, hasta los setenta, era indiscutible y formaba parte de nuestra idiosincrasia. De nuestra identidad.
Fermín Chávez, en el periodo de transición de la dictadura a la democracia, entrevió que nuestro problema venía de una raíz ontológica y que solo desarrollando una epistemología propia generaríamos los anticuerpos ante posibles incursiones de universos foráneos.
Después de la noche más larga a manos de la dictadura cívico-militar, con su epílogo en la derrota de Malvinas, llegamos a la imposición de un relato que se congraciaba con la retórica socialdemócrata; algo así como un perro que ladra pero no muerde porque ni siquiera tiene colmillos. No obstante, detrás de la gran cortina de humo sostenida por la intelligentsia y los grupos de poder que se acomodaron bajo un nuevo pacto social a partir del 83, permanecía latente un multiverso de narrativas donde el pasado no era una simple línea recta, sino un mapa infinito de capas que se superponen.
Crónicas y postales desde Malvinas
¿Cuántas probabilidades habría de que se crucen Juan Rattenbach y Federico Lorenz en las mismas Malvinas? La causa Malvinas es clave para reflexionar en torno al multiverso: a diferencia de otros “asuntos crispados” (como los numerosos posicionamientos que existen en relación al Proceso), con respecto a Malvinas subyacen, como en un caleidoscopio, diversas perspectivas. Algunas son imperceptibles. El problema es que aquellas que se presumen inocentes terminan siendo las más nocivas, ya que contribuyen al proceso desmalvinizador. Desmalvinizar no es negar la existencia del territorio, sino quitarle todo atisbo de sentimiento identitario.
El año pasado, el docente, abogado y magíster en Economía Juan Rattenbach presentaba su reciente libro, donde relataba en clave de crónica su visita a las Islas Malvinas. En dicha obra, que no tiene desperdicio, no solo se sumerge en la historia, sino que da cuenta —como un verdadero cronista de época— de cómo es el comportamiento tanto de los nativos como de los visitantes circunstanciales. Dentro de sus crónicas, se encuentra con otros camaradas que quieren conocer la realidad sin intermediarios; ellos son a quienes más se les complica la “incursión” porque, como Juan, no fueron invitados. Es que los británicos no son ingenuos como nosotros, que leemos las crónicas de los viajeros ingleses del siglo XIX como si fueran simples científicos y “protomochileros”… y eran servicio.
En un apartado, Juan nos cuenta: “Noté un grupo extraño de cinco o seis personas de menos de 30 años que andaban a la par. Parecían estar en un viaje programado. Y efectivamente lo era: jóvenes que viajaban a Malvinas financiados por la embajada británica…”.
Dentro de ese contingente, de seguro no lo vio, o probablemente no lo reconoció, pero estaba Federico Lorenz. ¿Es posible? En efecto, Lorenz ganó otro concurso, una de las tantas becas financiadas por fundaciones internacionales, principalmente británicas. El referente del “tema Malvinas” en el multiverso academicista, además de formar parte del Center of Latin American Studies de Cambridge, obtuvo en 2013 ayuda financiera de la Fundación Guggenheim para visitar las islas. Algo así como si te usurparan la casa y los okupas luego te ofrecieran una visita guiada.
Pero, si la obra de Lorenz es anterior, ¿cómo se pudo haber cruzado con Rattenbach? Lo que ocurre es que, en realidad, Malvinas no forma parte de la Tierra 616 y hay “muchas Malvinas”. Las Malvinas que reivindica Rattenbach es la que no fue intervenida por incursiones de otros universos que promovieron la desmalvinización. Por el contrario, Lorenz proviene de uno de esos universos desmalvinizados; uno bastante inconsistente y contradictorio. Habla e investiga sobre ellas con rigor, pero sin concebirlas dentro de un destino nacional.
A Federico Lorenz no se le puede objetar nada desde el campo disciplinar. Sin embargo, como sucede con muchos historiadores reconocidos, no puede evitar manifestar reparos cuando le toca abordar temas sensibles para nuestra nación. ¿Pero cómo abordar Malvinas sin posicionarse?
En 2021 publicaba por Editorial Norma el libro Postales desde Malvinas, una obra destinada a estudiantes de nivel primario que es resultado de aquella beca británica. “Hace un tiempo presenté un proyecto para obtener una beca que me permitiera viajar…”, dice el autor. Aquel comentario inocente elude precisamente quién fue el que financió la visita a un territorio que es nuestro.
Volvamos a Rattenbach. En un momento del relato, se encuentra con la animadora del contingente británico. Juan intenta comprender por qué otra ciudadana argentina opta por trabajar para el invasor. El relator decide llamarla “Bernie”, no solo para proteger su identidad, sino para identificarla como una expresión del multiverso narrativo cuyo máximo exponente de mirada colonial fue Bernardino Rivadavia.
Lo que sigue en el relato es aún más interesante: “¿Es legal que una embajada tenga vínculos tan estrechos, dinero mediante, con periodistas locales?”. La respuesta es sí. Aun así, la pregunta se extiende al caso de Lorenz: ¿Es ético que fundaciones extranjeras (particularmente británicas) financien estos trabajos? Dentro de la actual concepción universalista de la ciencia, algo de ruido le habrá hecho a Lorenz para omitir quién le financiaba el viaje.
El otro asunto es el desarrollo del texto donde emergen estos eslabones de alienación cultural. Se reconoce —vaciando el relato de toda retórica reivindicativa— que actualmente las Islas Malvinas están usurpadas por Gran Bretaña; sin embargo, se desprende del mismo una especie de resignación culpógena cuya raíz proviene de nuestra propia formación, donde el mayor exponente fue Sarmiento con su obra Civilización y Barbarie. Según esta lógica, la verdadera libertad está en la “civilización”, pero nosotros somos los “bárbaros”. Por lo tanto, para alcanzarla, deberíamos resignar nuestra identidad y construir una nueva para “encajar” en el modelo cultural dominante.
Es ahí donde Lorenz (quizás excusándose en que es una obra “para chicos”) prefiere no mencionar la defensa de Rivero y los gauchos, ni la geopolítica nacional emprendida por los militares nacionales. En su lugar, se centra solamente en aquel sector militar liberal que fue el principal responsable no solo de la guerra, sino de la entrega de nuestra soberanía a través de los Tratados de Madrid en los 90. ¿Acaso no hay “postales” para los chicos que traten el problema de las consecuencias?
Desde el inicio, Lorenz retacea información. No reconoce siquiera el principio de uti possidetis iuris de 1810 al inferir que no fueron los españoles los primeros que avistaron las islas, sino simplemente “barcos europeos”. Más adelante, incluso alienta la confusión:
“Con el paso del tiempo, reyes españoles, franceses e ingleses enviaron expediciones a la zona y, lentamente, marinos, comerciantes y exploradores fueron dando forma a los mapas que usamos en la actualidad”.
El relato omite a Rosas y a Rivero, pero, en cambio, sí menciona a Charles Darwin cuando visitó las islas en 1834: “Aunque no era geólogo, como todos los científicos del siglo XIX, era un estudioso curioso y muy preparado”. Es decir, no se explica para qué ni por qué se le ocurrió al autor de El origen de las especies visitar las islas, ni quién lo financiaba. Es la misma omisión que hace Lorenz sobre sí mismo; ¿será que “cae de maduro”?
Por otro lado, el hecho bisagra y nuestro punto de inflexión en torno a la “cuestión Malvinas” —la guerra— aparece apenas como una “nota de color”. No se explica por qué estalló el conflicto, ni por qué se perdió, ni (peor aún) cuáles fueron sus consecuencias. Solo se refiere a la contienda para justificar que su pasión malvinera viene de un interés de la infancia, apareciendo en el relato solo en momentos donde es inevitable, como al visitar el cementerio o las zonas donde quedaron restos de la guerra.
La aparente neutralidad que esconde el principio desmalvinizador de dicha obra se manifiesta casi sobre el final:
“Deseo que ahora sepan un poco más sobre nuestras Malvinas, el archipiélago que Argentina reclama”.
En dicha oración se encuentra una mezcla de pertenencia y alejamiento. No queda claro si habla de “nuestras” en función de nuestra soberanía o si se refiere a ellas como su objeto de estudio compartido con los lectores. Especialmente si somos “malpensados” y lo relacionamos con lo que sigue, donde su voz ya no se incorpora en un “nosotros”. Por el contrario, lo presenta como una nota aséptica e informativa: es lo que “Argentina reclama”; o sea, ellos.
Dentro de ese multiverso de narrativas, en el núcleo de nuestra raíz como pueblo argentino —categoría que, por cierto, no parece ser una variable científica aceptable para algunos, cada 2 de abril late en lo profundo de nuestra cultura una herida que no está cerrada. En torno a la misma conviven muchos enfoques, siempre y cuando no busquemos sincerarnos sobre qué entendemos por soberanía y qué entendemos por Patria. Es imperativo, entonces, desprendernos de los pruritos científicos que objetan la pasión y el sentimiento.
*Imagen extraída del sitio: https://www.infobae.com/sociedad/2022/04/02/malvinas-2-de-abril-dos-soldados-enemigos-una-foto-iconica-que-recorrio-el-mundo-y-la-vida-despues-de-la-guerra/
