Introducción
¿Cómo se forja nuestra nacionalidad? ¿Cuál es nuestra misión como nación? ¿Cuál es nuestro destino? son algunas preguntas claves desde el advenimiento de nuestro pueblo en la historia. El concepto de cultura surge como amalgama o hilo conductor de la misma que permite encaminar una respuesta y situar en un espacio de disputa el sentido de esta. Sobre esta línea se encuentran autores como Alberto Baldrich, Fermín Chávez y Arturo Jauretche, entre otros, que, desde diferentes aristas señalan que ya desde el siglo XIX este fue un campo de tensiones y disputas. Así, la política, la educación y la fuerzas armadas, son instituciones que se vieron fuertemente atravesadas por la inserción de ideas foráneas positivistas, iluministas y liberales que las vacían de sentido histórico en una lucha que llega hasta nuestros días.
Nuestra nación se asienta sobre una tradición que parte de los valores de la civilización grecorromana que tiene arraigo en el sentido heroico, en la fe católica y que es parte del proceso de mestizaje hispanoamericano. Tiene Historia y un sentido de existencia que fundamenta las luchas de nuestro pueblo. Estos son los valores culturales que intenta destruir la intromisión del iluminismo europeo del siglo XIX. La adopción de este sistema de ideas por parte de la élite rioplatense es la que va a sustentar la balcanización territorial de ese siglo y determinar la disputa entre liberación y dependencia.
En palabras de Chávez, “fuimos modelados por la inteligencia no nacional para el renunciamiento territorial, para el arbitraje, para ser una provincia granja, para sentirnos pueblo inferior, por hispano, por mestizo y por católicos” (1981, p.4). Es la política de los “ideólogos” según Jauretche. De esta manera, retomando los conceptos de tradición, cultura, espíritu, y Política Nacional, podemos encontrar el sentido que transforma a las instituciones armadas en el puntal de nuestra nacionalidad y que permitió bajo la categoría de Defensa Nacional que nuestro país asome hacia la soberanía política y económica. Este hilo conceptual constituye el sustento para la única política auténtica sobre la que puede sostenerse el engrandecimiento de la nación.
Alberto Baldrich en su militancia y desarrollo intelectual, generó los aportes necesarios para darle forma al nacionalismo popular de la primera mitad del siglo XX. Si bien tiene su principal desempeño en el ámbito académico, en la década del 30 realiza aportes fundamentales para pensar el rol de las Fuerzas Armadas en la formación de la conciencia nacional. Sus trabajos abordan elementos filosóficos y sociológicos que constituyen la idea de Nación y un férreo posicionamiento frente a los sectores políticos y sociales que son fruto del hombre económico, arquetipo social que sostiene los resortes de la dependencia cultural y económica.
En su ponencia en la Revista Militar (1937) ubica en el campo de la cultura el lugar principal de disputa, porque ella es la expresión de lo humano y es misión: determina el destino irrenunciable del hombre en la tierra, el cual es libre para realizarlo o defraudarlo. El hombre vive para crear un mundo propio, producto de su espíritu, que es el mundo de la cultura. Por eso, el espíritu con el que nuestra nación entra a la historia es propia de la esencia de los hombres que la forjaron como tal y se sostiene en un determinado sistema de valores: religiosos, estéticos, intelectuales. Cada pueblo tiene su propio sistema de pensar y, por eso, la cultura es diferencial, aunque hayan existido sociedades selectas y rectoras como la griega y la romana (Baldrich, 1937).
Baldrich, sin embargo, marca una diferencia sustancial entre estos valores según los cuales cada pueblo “exterioriza su manera de realizar la santidad, la belleza, la harmonía, la gracia, la bondad, la justicia y el conocimiento” y los valores utilitarios asociados al desarrollo capitalista. Estos últimos son comunes, internacionales, a-nacionales, y fácilmente transferibles (…) no diferencian a los pueblos y no dependen de la personalidad espiritual del hombre” (Baldrich, 1937).
De cada esfera de valores se desprende un determinado arquetipo social y grupos sociales vinculados que encarnan distintas concepciones del mundo. Los valores utilitarios engendran al hombre económico, que tiene una mirada materialista de la vida y la historia, la cual se reduce únicamente a intereses económicos. Tanto el liberalismo como el marxismo son fruto de este arquetipo social, que cree posible internacionalizar el mundo. Para ambos, “los otros valores no existen; pues lo santo, lo bello, lo justo, lo verdadero, es aquello que es económicamente útil”.
Esta lógica de progreso continuo que subyuga la espiritualidad y la sabiduría de los pueblos es la que se introduce, según expone Baldrich, con el avance en el sistema educativo de la ciencia positiva, la cual admite un criterio único de verdad que internacionaliza los principios del saber. Se desvaloriza así cualquier etapa anterior de la cultura, “y se descoyunta la unión con las generaciones anteriores que lucharon y murieron, ungiendo la tierra y las cosas para dar personalidad a una patria y redimir a un pueblo en la dignidad de la soberanía política” (Baldrich, 1937).
La tradición está vinculada al espíritu del hombre que, a su vez, está ligada a los valores esenciales de su cultura. Por eso, es que el hombre económico no tiene tradición. Frente a él, “las instituciones armadas ascienden como un aspecto típico del poderío, de la capacidad y don de mando de un pueblo, de la capacidad de imperar de una Nación”. Se originan en el sentido heroico de la vida, cuyo arquetipo es el héroe. Por eso, las instituciones armadas llevan el acervo cultural de nuestra nación argentina, que a la vez nos integra a la tradición compartida con los pueblos de este continente y que llevan el linaje hispanoamericano.
Los ideólogos y la política de facción
El historiador Fermín Chávez en su libro Los militares de la soberanía (1981) afirma que las Fuerzas Armadas jugaron un papel protagónico en la historia de los países que surgieron de la crisis del imperio español. Por eso mismo, no estuvieron exentas de las contradicciones, cambios y transiciones que atravesaron las propias comunidades. Las tensiones y las disputas dentro del campo de la cultura y la política influyeron en esta institución alejándola en distintos períodos de la autoconciencia nacional. Chávez ubica en la década de 1820 la división definitiva entre dos ejes culturales, uno de liberación y otro de dependencia. Al primero lo venimos describiendo con Baldrich y se define ontológicamente en la tradición católico-hispana y en el proceso de mestizaje; es el que expresa la voluntad nacional con el General San Martín a la cabeza. El otro, es alimentado por las ideas de la ilustración introducidas de la mano de Rivadavia y difundidas por la Universidad de Buenos Aires y la élite porteña, a través de las cuales “los argentinos fuimos, desde entonces, deformados antropológicamente según el modelo racional importado” (Chávez, 1981, p.3).
Esta ideología tiene como característica hacer tabula rasa con toda historia, el pasado y las creencias fundamentales del pueblo. Con el tiempo, al oficializarse como modelo cultural impulsado no desde nuestras necesidades sino desde el interés colonial británico, el sistema educativo argentino fue moldeado desde esta matriz iluminista y consolidado por la generación positivista del 80. Por eso, luego de Caseros, las instituciones armadas fueron un reflejo de esta formación cultural y así lo señala Chávez: “en lo político, la inteligencia británica modeló varias generaciones de dirigentes civiles y militares. Y la pedagogía castrense no pudo quedar fuera del modelo”.
Arturo Jauretche en Ejército y Política (2008)define esta línea como la de los ideólogos, quienes han sacrificado la conservación del espacio original “al triunfo de preocupaciones de orden ideológico”. Por eso, los define como una política de Patria Chica que operó para la disgregación del territorio del Virreinato del Río de la Plata y centrar el comercio de importación desde el puerto de Buenos Aires en desmedro de la economía artesanal del interior. Así la define:
“La Patria Chica se llamó progresista y puso su acento en la profundidad haciendo predominar la idea del progreso acelerado por sobre la extensión. Corresponde a esa idea “progresista” un descastamiento cultural que los desvincula y los opone a lo hispanoamericano en la servil imitación de lo anglosajón en su afán de reproducirlo a contrapelo”. (Jauretche, 2008, p.24)
Esta concepción posterga al ser de la nación y destaca su visión sobre las instituciones y gobiernos por sobre los objetivos nacionales. En ese sentido, prima su mirada ideologizada y partidista por sobre una visión de interés nacional. Y en pos de esos objetivos, las Fuerzas Armadas son el instrumento del cual se sirven para poder cumplirlos. Por ejemplo, cuando intentan traer a los ejércitos de la frontera para sus propios intereses interiores, privilegiando los fines interiores por sobre la independencia. La respuesta a esta política de facción fue la desobediencia histórica de San Martín en 1819.
Por ello, este desenganche con toda tradición hispanista opera directamente para la vinculación y alineación con los intereses foráneos.
“(…) cegados por la pasión facciosa, por el deslumbramiento ideológico, y muchas veces por la venalidad, recurrieron al apoyo extranjero, sirviendo sus intereses para obtener apoyos eventuales en desmedro de los intereses permanentes del país. Hecho lamentable que veremos reiterar en la historia de la Patria Chica”. (Jauretche, 2008, p.47)
Caseros es la muestra de cómo opera la política de facción en alianza con intereses foráneos para la destrucción del espíritu nacional.
En sintonía con lo planteado por Jorge Abelardo Ramos, en la historia política del Ejército argentino se suceden dos figuras que aparecen según sean las relaciones de fuerza dentro de las mismas: la milicia facciosa y el Ejército del pueblo al servicio de la nación. Este último es el que toma forma cuando sirve a una Política Nacional, la cual trabaja para una política del espacio cuya principal preocupación son las fronteras. Por eso, las gestas de San Martín se inscriben en esta línea, porque se conciben en términos continentales, lo que Jauretche llama Patria Grande. Nuevamente aparece acá la tradición y la herencia cultural en términos de Baldrich como el eje conductor que le da coherencia histórica. En ella encontramos al arquetipo del héroe, que nuevamente se impone como la oposición al Hombre Económico que define a los ideólogos liberales.
“El espíritu de la Patria Grande se sostiene en los pueblos y en su ejército, y en esos conductores surgidos de su voluntad que se sienten depositarios de una heredad que deben transmitir íntegra a las generaciones futuras: hijos de alguien y padres de alguien, no librescos aprendices que pretenden inventar algo y sólo son instrumentos de otros jugando a las luces en el Río de la Plata”. (Jauretche, 2008, p.30)
La Política Nacional se constituye en torno a un interés compartido de la comunidad frente a la política ideológica de partido. Como vimos, está última usa al ejército como policía de ocupación para sus propios intereses en el plano interno. En cambio, este es nacional cuando su carácter está dado por una estrategia, la cual abarca una totalidad que comprende el desarrollo de las economías, las conexiones internas y necesidad de bastarnos a nosotros mismos como dirá el coronel Vicat.
Por eso, esta política del espacio solo se puede realizar de la mano de una política hacia el interior de integración. La economía de importación que el iluminismo porteño impulsó basada en la idea de libertad de comercio imposibilitó la evolución de una economía nacional, empujando a las provincias a la pauperización. Como señala Jauretche, “el capitalismo de los ideólogos es exclusivamente extranjero; y su misión no es crear riquezas sino extraerlas, importando a la vez productos industriales, que destruyen con la competencia la artesanía local” (Jauretche, 2008, 48).
La integración de la economía de las provincias es un punto clave hacia el autoabastecimiento, factor clave para desarrollar una política de defensa. Paraguay fue un ejemplo de esto para su resistencia durante la guerra de la Triple Alianza. “Toda planificación que depende de factores extraños, ajenos a nuestra autosuficiencia, limita la autodeterminación de una Política Nacional”, sentencia Jauretche (2008, p.88). Esta línea la van retomar los militares intelectuales que en el siglo XX van a pensar la soberanía de mano del desarrollo industrial y la Defensa Nacional.
La maduración de la conciencia nacional en las Fuerzas Armadas
Lo que se ha tratado de trazar hasta acá es la línea encarna la verdadera cultura nacional de la cual es parte constitutiva el Ejército. Esta línea es aquella que es capaz de crear un verdadero programa del pueblo, como expone Baldrich, donde están identificados artistas, militares, religiosos, hombres de ciencia, artesanos: “porque el militar emerge -como ellos- de la unidad espiritual básica de su pueblo”, y agrega, “y aquí está la grandeza de las Instituciones Armadas, en el tipo, en la anchura de la idea a servir”. (Baldrich, 1937)
Por eso, la maduración de la conciencia nacional se manifiesta, tal como lo expresa Chávez, “en áreas claves de la nación: soberanía económica, soberanía política, y soberanía cultural, en un todo abarcante donde se afirman las líneas defensivas de lo nacional, como respuestas al llamado “proyecto del 80”, que la inteligencia británica desplegó en esta patria del cono sur”. Al hacer un breve repaso, el historiador destaca la misión no colonial de San Martín que, para cumplir con su objetivo en esta etapa fundacional del Ejército Argentino, realiza un verdadero desarrollo industrial para acompañar su campaña en los Andes. Esta tradición es la que despliega con profundidad de visión y concepción nacional la generación de militares durante la etapa yrigoyenista que encontraría el punto más alto de maduración con la revolución que pone fin a la Década Infame.
Esta generación de intelectuales militares la describe Piñeiro Iñiguez focalizando en sus principales exponentes. Escapa a este trabajo mencionar a cada uno de ellos, pero si resaltar su preocupación en temas vinculados con la política, la economía, los recursos naturales, los ferrocarriles, la industria y la defensa nacional, que darán base al peronismo. Incluso el propio Perón fue parte de esta generación: “Lo interesante es que las necesidades de la defensa nacional –rol específico de las Fuerzas Armadas en el mundo moderno– y las de la estructura económica y cultural del país signado por la decadencia del modelo agroexportador, confluyeron para producir la chispa que encendió un pensamiento revolucionario en el seno de las Fuerzas Armadas, que se materializaría con el peronismo.” (Piñeiro Iñiguez, 2010, p. 281)
Ese pensamiento lo encontramos en el coronel Luis E. Vicat, quien alerta sobre la necesidad de lograr el autoabastecimiento como único camino de desarrollo de la defensa nacional. Esta tiene distintas fases, señala, como “la económica, la industrial, la de los transportes, y aún la fase de la educación patriótica y social que no debemos descuidar desde el tiempo de paz para no tener que lamentarnos en caso de guerra”. En esa misma conferencia de 1925 sentencia que la agricultura y la ganadería tiene mucho para darle al país, pero si solo se dedica a ello “aumentará también, y en alarmantes proporciones, nuestra dependencia económica, financiera e industrial, dependencia que hace que toda nuestra vida nacional, incluso su defensa armada, dependa de lo que nos pueda venir del extranjero, ya que todo lo compramos y vendemos fuera de fronteras”. En este concepto de bastarnos a nosotros mismos, explicita un programa de acción para el desarrollo de la soberanía sobre la base del espíritu nacional. (Vicat, 1925/2011)
De esta manera llegamos a la conferencia que dictó el coronel y ministro de Guerra J.D. Perón en 1944 en la inauguración de la Cátedra de Defensa Nacional de la Universidad Nacional de La Plata. En ella encontramos la elaboración de una verdadera doctrina de defensa nacional en la cual confluye el trabajo y el aporte intelectual de los militares que se destacaron en el mencionado período entre el gobierno de Yrigoyen y la irrupción del GOU. Por mencionar muy brevemente a alguno de ellos: Olascoaga con los estudios topográficos y la dimensión estratégica de los ferrocarriles; el marino Lauro Lagos, quien se opuso a la creación de una marina mercante panamericana; Mosconi y Alonso Baldrich en la aviación y la autonomía nacional del petróleo; Savio en el desarrollo de la siderurgia y la metalurgia; el brigadier San Martín en la aeronáutica; Sarobe, con los problemas y desafíos de la región.
Perón señala que el nuestro es un país pacifista, de objetivos confesables, que aspira a su natural engrandecimiento mediante la explotación de sus riquezas, pero que la mejor manera de asegurar la paz es prepararse para la guerra. Por eso, es necesario el desarrollo de una poderosa industria pesada para proveer con antelación lo necesario a sus fuerzas armadas y no improvisar a último momento; orientar con fin político y estratégico las vías de comunicación terrestres y fluviales; establecer una verdadera solidaridad social, política y económica; lograr la paz en todos los ámbitos internos y desarrollar en la población sentido de disciplina y responsabilidad. En síntesis, la Defensa Nacional es un problema integral en el cual son parte de la misma todas las fuerzas vivas del país y que se desarrolla en todo momento, ya que su movilización contribuye al engrandecimiento de la patria.
En esta doctrina podemos encontrar una coherencia histórica en la cual se integran los elementos que constituyen la soberanía patria: la misión de Baldrich, la Política Nacional de Jauretche y el bastarnos a nosotros mismo de Vicat. Es una visión amplia que, bajo el concepto la Nación en armas, involucra a “todos los habitantes, todas las energías, todas las riquezas, todas las industrias y producciones más diversas, todos los transportes, vías de comunicación, etc.”. (Perón, 1944).
Retomando a Baldrich, las Fuerzas Armadas son la institución puntal de nuestra nacionalidad porque ellas logran conjugar el espíritu, la tradición y los valores como sustrato cultural necesarios para definir nuestra misión como pueblo. En la disputa por la soberanía, el único ideal válido es aquel que conjuga el interés nacional; aquel que trabaja por una verdadera Política Nacional. Por el contrario, toda ideología se vuelve un concepto cerrado y de facción que fragmenta la unidad necesaria para la Defensa Nacional.
En el recorrido histórico, quedan plasmadas las dos matrices culturales que estructuran la vida política argentina desde 1820 y que en esa disputa influyeron en las instituciones armadas en momentos en la que cada una de ellas prevaleció. Cuando fueron estas fueron influenciadas por el liberalismo iluminado y ahistórico, se convirtieron en un ejército de facción, ejecutor de objetivos partidarios hacia el interior de las fronteras. En cambio, al servir al interés nacional se enraizan en los valores heroicos de la tradición hispano católica, la cual no se reconoce en una ideología importada, sino en un sentimiento arraigado en el suelo patrio.
En definitiva, cuando las Fuerzas Armadas retoman su misión histórica como brazo de la totalidad, logran conjugar los elementos necesarios para consolidar la doctrina de la Defensa Nacional elaborada por Juan Domingo Perón y continuar escribiendo las páginas más gloriosas de nuestra historia.
Baldrich, A. (1937). Las instituciones armadas y la cultura. Revista Militar.
Chávez, F. (1981).Los militares de la soberanía. Pueblo entero.
Jauretche, A. (2008). Ejército y política. Corregidor.
Perón, J. D. (10 de junio de 1944). Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar[Conferencia]. Universidad Nacional de La Plata.
Piñeiro Iñíguez, C. (2010). Perón: la construcción de un ideario. Siglo XXI.
Vicat, L. E. (17 de julio de 1925). Defensa nacional industrial: Bastarnos a nosotros mismos [Conferencia]. Círculo Militar de Buenos Aires. En B. Villafañe Chaves, Miseria de un país rico (pp. 106-141). (Edición electrónica de C. E. Solivéres, 2011)
