
Mapa de los Espacios Marítimos de la República Argentina, Comisión Nacional del Límite exterior de la plataforma Continental ( COPLA), 2021.
Si existiese algún aspecto promisorio a resaltar en la retransfiguración del orden mundial en pleno curso podríamos decir, ya sin ambages, que el contexto actual expresa de manera tan elocuente como lacerante, aquello que los nacionales y el campo malvinero supimos desde siempre y constatamos muy particularmente en la larga posguerra de Malvinas: el vínculo inextricable entre espacio y poder. Geopolítica pura y dura. De “ciencia maldita” a realidad ontológica efectiva.
Promisorio en el sentido de asumir, al fin, la realidad efectiva más allá de toda retórica, eufemismos varios y cualquier mistificación para poder decidir (y actuar en consecuencia) sobre bases más firmes, con los pies en la tierra.
Un poder, en rigor un geopoder -dado que no hay proyecto de poder sin proyecto territorial y viceversa- que debe pensarse al interior de la serie estar-poder-creer como un todo indisociable ante la vertiginosa mutación del estado profundo atlantista con sus nuevos “chiches” tecnológicos y las determinaciones impuestas por la guerra híbrida, cibernética y cognitiva en auge.
El occidente atlantista puede estar en declive pero aún conserva (y está decidido a utilizar impulsado por su “ancestral” cosmovisión supremacista, ora nihilista, ora protestante, ora sionista) fenomenales capacidades de daño, control y “reseteo” nunca antes vistas. O, como bien lo define Facundo Besson, “Reino Unido no se limita a una ocupación territorial, sino que articula un dispositivo complejo de dominación que integra capacidades militares avanzadas con instrumentos jurídicos, económicos, cognitivos y biopolíticos” ( ver https://riobelbo.com/2025/12/11/la-telarana-del-imperio/).
En este aspecto, no hay diferencias sustanciales entre EEUU y Gran Bretaña pese a las coyunturas multimediáticas del trumpismo 2.0 debido a que sus respectivos grupos dominantes forman parte del mismo estado-profundo, ese hilo antes invisible que zurce la City londinense, Wall street, el conglomerado militar industrial, el sistema científico-universitario, la tecnoligarquía de Silicon valley, Hollywood con el sionismo israelí que se despliega orgánicamente de manera multidimensional y trans-escalar en vastos territorios reales y virtuales. Pueden tener diferendos en distintos “tableros” (Canadá, aranceles, Ucrania, Golfo Pérsico, OTAN, Groenlandia, ¿Atlántico sur y Antártida?) pero se encuentran civilizacionalmente imbricados en “el” tablero por excelencia: la comunidad de inteligencia y los dispositivos de control como el Five eyes, NSA y el AUKUS[1], nutridos por la parafernalia instrumental, cinemática y transhumanista de Silicon valley.
Un nuevo estadio de poder, ni blando ni duro, al dente y al caracú, que no solo maneja el software de la remanida “batalla cultural” sino el propio hardware de la estructura psíquica de los usuarios a lo ancho y largo del planeta. Algo así como el summun de la filosofía del racionalismo tecnocrático llevada a todos los rincones geográficos y entresijos de la conciencia a escala planetaria, con particular prevalencia en sus patios traseros de europa y américa latina. Una lógica del algoritmo, base de la IA, que permite plasmar instrumentalmente aquel demoníaco anhelo thatcheriano, “ nuestro método es el mercado, nuestro objetivo el alma”.
Todo lo anterior a despecho de la “lógica cultural de la globalización” entronizada en los 90 en los gabinetes de decisión, en multimedios y en vastos campos culturales, muy particularmente en el ámbito de la educación. Pese al drástico cambio de la condiciones ontológicas mundiales dicha lógica cultural continúa plenamente vigente en universidades y profesorados en tanto usinas privilegiadas de construcción, legitimación y reproducción de esos sentidos, que no son abstracciones o meras “poéticas” sino campo de combate cognitivo. Aquella narrativa que había abolido el espacio y hablaba de la “desterritorialización“ y “deslocalización” como nueva conciencia espacial desustanciando el real-geográfico junto a “los rigores y deberes de la tierra”, reducidos a la categoría minusvalidante de “esencialismo”.
El escenario actual comprueba fehacientemente que esta renovada zoncera sobre el espacio, como nos legara Jauretche, saltó por los aires. “Se fue a pique” en los mares abisales, portales bioceánicos y estrechos codiciados. Porque el espacio no se puede abolir. En rigor, no hay desterritorialización (que rima con desmalvinización) posible sino incesante reterritorialización, mucho más penetrante que opera además a escala molecular. El imperio operando no solo en las ideas sino además en nuestros jugos gástricos y sinapsis neuronales. En el campo del sentido (vital) que esmucho más que mero concepto, postulado racional o consigna ideológica. El espacio siempre está. Es porque está, pensando junto a Kusch. Y no se reduce a la sola “fisicidad”, la incluye pero la desborda y la vuelve a encausar ya investida o (re)apropiada. En definitiva, los espacios geográficos son espacios existenciales.
En este panorama macro, signado por el estupor y el desasosiego en el que pareciera que desde acá “hay poco por hacer” ante las determinaciones de poder neoimperial voy a puntualizar un elemento crucial muy caro al pueblo argentino (no así en sus elites ilustradas): el sentido de patria. En el que Malvinas emerge como su epítome (no porque los intelectuales, políticos o ni siquiera los propios veteranos lo hayan establecido sino porque la propia comunidad nacional así lo inviste).
Particularmente, voy a centrarme en el papel nodal que juega el mapa bicontinental en ese sentido basal, en tanto constituye una herramienta heurística fundamental en la (re)creación, reapropiación y/o relanzamiento del sentido de pertenencia territorial. Esto es, quienes somos o quienes vamos siendo como argentinos a partir y a través de esas imágenes cartográficas en apariencia inocuas o reducidas al campo de lo meramente técnico.
Porque las usinas algorítmicas no sobreimponen “sentidos” (en este caso nihilistas o amañados, en rigor, falacias pero que si logran hacer cuerpo pierden su condición de tal para volverse factor geopolítico real) sobre una tabla rasa sino sobre el ethos cultural realmente existente macerado históricamente por las tradiciones y los valores fundantes de la comunidad a través de la cual operan.
A la desmalvinización por arriba la comunidad nacional responde con la remalvinización por abajo, en tanto Malvinas constituye uno de los núcleos más potentes de la cultura popular argentina. Lo que Kusch denomina geocultura, asumida como el “punto de apoyo espiritual que toda cultura debe tener” que nos impulsa a estar prendidos al suelo cuando nuestras certezas se derrumban y nos encontramos a la intemperie existencial. Un estar acá que se manifiesta como un hacer vital, que es, ante todo, una decisión ética. Nosotros estamos como ética de sobrevivencia y dignidad y, por tanto, de autoafirmación y redención colectiva. Un núcleo o ethos que aquellas usinas tecnocráticas – con todo- no alcanzan a capturar aunque sí parecen disponer de la capacidad para desvirtuarlo y/o tergiversarlo.
¿O acaso por qué los soldados pelearon como lo hicieron en Malvinas con una entrega y convicción que es reconocida por los propios británicos ? ¿Por qué lo hicieron ? Si el grueso de la tropa no era profesional ( por tanto no obligación laboral) ni mucho menos por plata, no eran mercenarios como los gurkas. La respuesta es simple y al mismo tiempo misteriosa, los argentinos de pie ( en las islas, mares, cielos y plazas del continente) lo hicieron por la patria.
Y como surge de los testimonios de los propios veteranos, La Patria, no era para ellos, en el momento álgido de estar prendidos a los pozos de trinchera, el DNI, las “vacas o la estancia” o cualquier otra “abstracción” semejante. Ni mucho menos la defensa de los “cálculos de poder” de un régimen dictatorial. Patria era el compañero de al lado o jefe directo, el sentimiento de amor o gratitud hacia sus familiares, aferrados a las cartas y oraciones, el recuerdo del juramento a la bandera o el sentir el rosario junto a la certeza íntima que lo que se estaba haciendo tenía sentido, un sentidojusto y digno, al que había que honrar estando a la altura…nosotros estamos. Si cultura nacional es poder nacional, nos decía Fermín Chávez, el estar nacional es poder nacional.
El problema en la actualidad radica en que aquella “lógica cultural de la globalización” dominante en el campo educativo desustancia dramáticamente el sentido de patria, acaso nuestro mayor “activo” soberano en la actual guerra cognitiva asimétrica. Principio de todo lo demás que hay que hacer en pos de la recuperación plena de la soberanía territorial (ergo, existencial) en materia de recuperación del sistema de defensa, de ocupación y valorización productiva de la patagonia y el mar argentino y el desarrollo logístico, naval, económico, demográfico y la incorporación en la currícula de todos los niveles del sistema cientifico- educativo contenidos sobre Malvinas, atlántico sur y la bicontinentalidad con base en el eje soberanía. Esa lógica a-histórica, prepolítica y desterritorializada se resiste a abandonar su trono en el mundo académico y educativo enclaustrado en los límites del progresismo que magistralmente desmenuzara Gustavo Terzaga en el portal de la agencia Paco Urondo (https://www.agenciapacourondo.com.ar/debates-urgentes/malvinas-y-los-limites-de-la-posicion-progresista).
Aquella narrativa rotundamente superada por el peso específico de la realidad geopolítica reclama a gritos su revisión a fondo en tanto que las universidades poseen el atributo de legitimar (o bien cancelar) científicamente ideas, saberes y cursos de acción, muy particularmente en ámbitos de formación de profesores. Una lógica que no ofrece ninguna herramienta analítica (al ocuparse básicamente en ratificar sus propias categorías) para dar cuenta del “sentimiento oceánico” de nuestra comunidad respecto de Malvinas y el Atlántico sur que no es “verdurita epistemológica” o mero epifenómeno de carácter “superestructural” sino el campo orégano donde recoger y abrazar las claves para la refundación del proyecto político y cultural argentino bajo las nuevas coordenadas geopolíticas -es decir, vitales- acuciantes.
Dicha lógica, por el contrario, en el marco de la vigente colonización cultural y pedagógica, tiene como fin desustanciarlo cuando no denigrarlo, con categorías o abordajes estigmatizantes que poco honor hacen a la verdad histórica y a los procesos territoriales realmente existentes al invisibilizar el entramado de fuerzas estrictamente reales ( ya no sólo simbólicas) que atraviesan el atlántico sur, los pasajes bioceánicos ( Magallanes, Beagle y Hoces) y el continente blanco, con especial atención en la estratégica península antártica (que apunta precisamente al cuadrante suramericano) y el nunca bien ponderado vínculo con Chile, el cual resulta nodal abordar de manera holística, todos espacios críticos que el mapa bicontinental coloca en un lugar de primacía visual.
El flagrante desacople entre las categorías legitimadas y la realidad vivida por la inmensa mayoría de la comunidad nacional (que desde la Universidad Nacional de Lanús, a contrafilo, trabajamos incesantemente por desandar) se plasma cabalmente en el caso de la desestimación científica del mapa bicontinental argentino por parte de la geografía académica luego de la sanción de la Ley de Carta en el año 2010.
Repasemos sintéticamente esos postulados que trabajamos in extenso en otro artículo ( Ver https://revistas.unlp.edu.ar/malvinas/article/view/14140/21424).
Luego de la sanción de la Ley Nacional 26651, que estableció el mapa bicontinental como nueva cartografía oficial argentina, un conjunto de notas de opinión publicadas en los principales diarios argentinos (La Nación, Clarín, La Voz, Perfil y La Capital) destacados geógrafos del CONICET criticaron fuertemente del “nuevo” mapa ( que ya tenía antecedente en la década del 40 en tiempos del peronismo) fundados en el discurso científico.
El tono crítico respecto el mapa bicontinental – que llegó a alcanzar grados de denostación – giró en torno a la “persistencia de un ideario nacionalista con fuertes contenidos militares y territoriales” que la nueva cartografía oficial sería portadora. El debate – en rigor, un posicionamiento unívoco al interior de la disciplina geográfica- tuvo un carácter prescriptivo y concluyente de cara a la esfera pública a la que estuvo dirigido.
La crítica incluyó como común denominador cuestionamientos sobre aspectos técnicos centrados en los conceptos de escala e implantación de símbolos cartográficos que configurarían, en espacios en los que Argentina no ejerce la soberanía plena, un “país virtual antes que real”. Pero con foco en las premisas ideológicas que sustentarían la nueva cartografía, vinculada al “nacionalismo territorialista” de carácter “retrógrado”, “belicista” y “enfermizo”, según la terminología utilizada. Dictaminando al mapa bicontinental como “ didácticamente inútil y, para peor, mentiroso”, ya que “oficializa un mapa que es básicamente un engaño: el de la posesión de un territorio de soberanía inexistente”.
Básicamente, desde la geografía contemporánea en su giro político y cultural a diferencia de aquella “vieja geografía” que padecimos en la escuela quienes tenemos más de 40 años, no entiende a los mapas como un instrumento que “refleja miméticamente de la realidad”. Por el contrario, los mapas – todos ellos, no solo los llamados mapas temáticos– pueden ser “pensados como textos” dado que, en tanto artefacto simbólico, son vehículo de determinaciones culturales y políticas más amplias, más allá de su estandarización técnica. Por tanto, no hay mapas “verdaderos” o “falsos” que maliciosamente la repulsa académica ha querido instalar referida al mapa bicontinental. O como sostiene Julio Cardoso, quien fuera el primer Director del Observatorio Malvinas de la UNLa, de manera sensible y rigurosa…
“El cartógrafo anota lo que le interesa, en dónde hay agua, si el agua es navegable, potable, útil, dónde están los puertos, cómo están dispuestos los obstáculos, los pasos naturales, la calidad de las tierras, la población, sus defensas. Hacer un mapa es dibujar el teatro en donde el autor proyecta
realizar un sueño, por eso siempre es mejor guiarse por mapas hechos por nosotros mismos. Si el mapa que seguís no es el tuyo es posible que, sin darte cuenta, termines trabajando para el sueño de otros.”
Los mapas son, antes bien, una hoja de ruta más que un “espejo literal” de lo real. Re-presenta la geografía deseada que pulsa por encontrar su referente empírico. Un instrumento que connota antes que denota. De ahí, que un mapa oficial del territorio nacional deviene un instrumento vivo de la diplomacia al informar al resto de los estados donde empieza y dónde termina nuestro país. Y, asimismo, a escala nacional, condensa a través de un soporte visual tangible, el sentido de pertenencia territorial de los integrantes de la comunidad nacional. Una identidad nacional que no es “constructo” ni “esencia” sino sedimento. Esto es, imágenes cartográficas en apariencia inertes que condensan de manera seminal el sentido de autoafirmación de lo propio, como símbolo vivo permanentemente erosionado y apuntalado, relativamente estable y, al mismo tiempo, en pleno movimiento en busca de su cauce o feracidad.
La imagen logotipo del territorio nacional no sólo da cuenta entonces del alcance geográfico en términos de superficie del imperium del estado, sino además de un lugar constituyente del sujeto nacional. ¿Somos una nación marítima y antártica? ¿O un país agrícola ganadero? ¿La “pampa azul” forma parte cabal de la Argentina tanto como la “pampa húmeda ”? ¿Queremos o no ser una nación marítima y antártica?, ¿y qué implicaría esto en términos de políticas de Estado y de destino como país? ¿Tiene sentido (o no) cambiar lo que “siempre fuimos” como nación argentina de espaldas al mar? Ese “lejano sur”[2] puesto en foco por el mapa bicontinental, ¿es parte legítima de la comunidad nacional? ¿O, por el contrario, simboliza un mero anexo o excrecencia, en una relación de distanciamiento (no solo geográfico sino afectivo y existencial) respecto de la formación territorial argentina forjada desde Caseros y Pavón con epicentro en Buenos Aires y la región pampeana? ¿Cuáles imágenes cartográficas pueden coadyuvar a promover uno u otro sentido de pertenencia? Las respuestas para la tradición nacional son claras.
El problema no radica en una discusión de tipo teórico sino en que tales argumentos tuvieron una fortísima gravitación en ámbitos de profesores de Geografía -agentes primarios en la introducción del mapa bicontinental en la escuela media- que tendieron a resistirse a su utilización recurriendo a esas mismas consideraciones de base supuestamente científica.
En los últimos años, particularmente a partir del punto de inflexión que representó el año 2022 con la conmemoración de los 40 años de la recuperación transitoria de Malvinas junto all mundial de Qatar con el potente “ ..en Argentina nací , tierra de Diego y Lionel, de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré ( no confundir con el desmalvinizador ‘chicos de la guerra’)“ como hitos malvineros en pleno movimiento que los veteranos y familiares de caídos viven como una caricia al alma; venimos experimentado una paulatina aunque intensa reflexión en muchas instituciones e instancias educativas acerca del modo en el que se abordó pedagógicamente los contenidos sobre Malvinas, Antártida y Atlántico Sur durante los años de posguerra. Pese a lo establecido por la Ley Nacional de Educación del 2006 y la Disposición Transitoria Primera de la Constitución de la Nación la cuestión continúa irresuelta al interior de las currículas y prácticas de enseñanza. En este contexto, el mapa bicontinental recobra valor en términos de su fecundidad pedagógica para abrir el campo problemático centrado en el crucial eje de soberanía lo cual permite revertir la invalidación académica sufrida en tanto, esta última, oficia de instancia deslegitimadora en términos científicos. Una invalidación que nos ha imposibilitado contar con una herramienta fecunda – el sentido de pertenencia territorial revivido- no solo como valor ideacional sino como factor geoestratégico crucial en tanto contrapeso imprescindible de los efectos funestos de la guerra cognitiva mundial en pleno curso.
Al movimiento malvinero, muy particularmente a aquellos que nos toca trabajar en universidades y profesorados, nos cabe entonces no solo difundir y exhibir el mapa bicontinental – acto disruptivo en sí mismo- sino, además, promover en su reflexión epistémica y fundamentación teórico-conceptual dentro del discursivo propio del ámbito educativo con el fin de superar los obstáculos ( éticos- epistémicos- institucionales) que impiden su plena incorporación en las aulas y conciencias en tanto herramienta nodal para la recuperación efectiva (no solo retórica) de la soberanía territorial en Malvinas y el Atlántico Sur (y su ineludible proyección antártica en el escenario postratado antártico en pleno curso, más allá de toda formalidad jurídica). En un contexto geopolítico que abre —una vez más y a modo de cuña— las condiciones potenciales para el relanzamiento del proyecto político, cultural y territorial argentino fundado en los valores de dignidad y justicia ante el tsunami de la desglobalización en plena aceleración.
[1] Five Eyes (FVEY) es una organización de inteligencia conformada por Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. El AUKUS , por su parte, es una alianza de seguridad trilateral entre Australia, el Reino Unido y Estados Unidos creada en 2021, centrada en el Indo-Pacífico con el fin de contrarrestar la influencia de China. La NSA, por su parte, es la Agencia de Seguridad Nacional del Departamento de Defensa de EE. UU, organismo de inteligencia encargado de ciberseguridad y espionaje.
[2] ¿El Sur como ”fin del mundo”, propio de la imaginería europea o -acaso- como principio de todo desde nuestra condición de argentinos? Considerando la importancia del sino de la Cruz del sur en nuestra formación territorial en clave de una geopolítica surera. Baste recordar que la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 obedeció a la necesidad estratégica de la Corona española de contrarrestar las crecientes incursiones francesas, portuguesas y sobre todo británicas en el desguarnecido flanco atlántico de la américa meridional.
