Introducción
Este trabajo se propone poner en diálogo a distintos autores que observaron la situación científico-tecnológica en nuestra región, prestando especial interés a la relación entre su desarrollo y la dependencia económica y cultural en la que se inscribe.
Se recorrerá el debate entre posturas que se distancian de aquella noción desarrollista que asocia directamente la modernización científico-tecnológica con la prosperidad social. Todas distinguen dos posibles funcionalidades del desarrollo científico-tecnológico. Por un lado, aquella que sostiene y refuerza la dependencia y el subdesarrollo local. Por otro, una que promueve y aporta a un proyecto nacional popular y soberano.
La delimitación temporal responde a dos factores: corresponder a un período álgido de intercambios que problematizan el modelo de país y la función que en él cumplirían distintas áreas de la comunidad, y ser una de las etapas de mayor desarrollo industrial, tecnológico y científico que pudimos alcanzar.
Las dimensiones discutidas incluyen la autonomía para tomar decisiones sobre áreas de investigación e innovación, la transferencia tecnológica y la relación con el modelo de producción. Para esto se tomarán trabajos de científicos naturales, sociales y economistas de la región, como lo son Amílcar Herrera, Jorge Sábato, Natalio Botana, Osvaldo Sunkel, Héctor Abrales, entre otros.
Dependencia, periferia y atraso
Para comenzar a abordar la temática se recurrirá a Amílcar Herrera, geólogo argentino especialista en economía de recursos naturales. Este autor caracteriza a nuestro país como periférico y atribuye la condición de subdesarrollo a una situación estructural de la División Internacional del Trabajo:
“[…] la posición de esos países como economías periféricas destinadas a producir materias primas para los países industrializados, es el principal elemento estructural condicionante del subdesarrollo.” [1]
También trata la relevancia de una elite dominante local para llevar adelante este modelo, el cual es funcional a sus intereses. Es decir, existe una estructura interna complementaria de la dependencia externa caracterizada por el dominio económico y político de una oligarquía que se compone principalmente por los propietarios de la tierra y los beneficiarios del comercio de exportación e importación. Para este grupo social, el mantenimiento de la dependencia es una condición necesaria para la conservación de sus privilegios. Esto los vuelve aliados naturales de intereses foráneos, a la vez que el obstáculo más sólido a la ruptura de la dependencia externa[2]. La considera parte de las clases gobernantes y subraya que su objetivo no es crear sistemas de investigación y desarrollo capaces de dar verdadera autonomía científica a los países de la región –ya que ello, además de no ser necesario, es peligroso para los proyectos nacionales cuya vigencia se desea prolongar–, sino construir aparatos científico-tecnológicos que se limiten a cubrir las reducidas necesidades del sistema, sin cuestionar los supuestos fundamentales del mismo[3].
Dentro de las formas de dependencia y dominación contempla a la superioridad científica y tecnológica. Ésta fundamenta una nueva DIT por la imposición de pautas de consumo e importación de tecnologías así como por el bloqueo a la creación de capacidades científicas propias. En este esquema las grandes potencias tienen virtualmente el monopolio de las técnicas y procesos de producción más avanzados. Por su parte, los países dependientes se dedican a aquellos sectores de baja rentabilidad, cumpliendo un doble papel: de mercados pasivos en los sectores más avanzados de la producción de las economías centrales, y de proletariado externo que provee de mano de obra barata a esas mismas economías. Así Herrera establece la relación de dependencia como causa y efecto de la deficiencia de capacidades científicas y tecnológicas, siendo su desarrollo condición esencial para superar la estructura de atraso.
Complementariamente, la mirada de Gustavo F. Bayer acerca la búsqueda de la autonomía nacional con la ciencia y la técnica. El científico social brasilero establece como punto de partida observar que la búsqueda de autonomía en países dependientes no ha sido producto de una evolución socioeconómica espontánea, sino de acciones inducidas políticamente a partir de la superestructura estatal[4].
Propone una definición inicial de autonomía como la capacidad de un estado para actuar según sus propios intereses, y la caracteriza como un proceso dinámico más que como una situación estática. Distingue dos aspectos sobre los que puede sustentarse: el poder nacional y la autosuficiencia nacional. Las potencialidades de poder incluyen amplitud territorial, riquezas inexploradas, población significativa, importancia estratégica, etc., mientras que el fortalecimiento de las condiciones de autosuficiencia pueden alcanzarse a través de la superación de barreras materiales y/o sociales, como por ejemplo la expansión de la frontera agrícola. Sostiene que éstas sólo se lograrán a partir de una expresión política de decisión de conquista de esa autonomía, y dependerá de la capacidad de movilización de los conocimientos acumulados por los sistemas científicos y tecnológicos locales. El establecimiento de una política científica y tecnológica autónoma, es decir, correspondiente a los intereses propios de esa nación, sería la expresión política fundamental de la decisión de conquista de autonomía nacional[5].
Bayer relaciona directamente las capacidades científico-tecnológicas con las posibilidades de alcanzar esa autonomía. Simultáneamente considera que para que cualquier política científica y tecnológica posea un grado mínimo de eficiencia debe ser comprendida como un elemento más en una política más amplia de conquista y conservación de la autonomía para que represente un elemento importante en el proceso de integración de la región en cuestión.
Uno de los aspectos que contempla la política y autonomía científica, es la transferencia tecnológica. Esta cuestión es abordada por Héctor Abrales, ingeniero químico argentino que trabajó en la CNEA, se desempeñó como Secretario del Consejo Tecnológico del Movimiento Nacional Justicialista y fue secuestrado en el año 1979. Distingue dos etapas para pensar las transferencias tecnológicas entre los países centrales y periféricos. Una primera etapa, posterior al salto tecnológico en época colonial que conllevó una sobreproducción:
“Para resolver el problema de la sobreproducción sin poner en tela de juicio el sistema, la única solución fue la inclusión de las colonias dentro del circuito económico, para lo cual se instrumenta la primera etapa en la ‘transferencia de tecnología’ a los países dependientes, mediante inversiones en los sectores de mayor conveniencia para el país exportador de técnicas.” [6]
Esta etapa contemplaba desarrollar procesos industriales que transformaran los recursos naturales, que sean altamente rentables y que requieran mano de obra no calificada y relativamente poco capital. Cabe destacar la importancia de abarcar muy pocos sectores, lo que provoca la atrofia y dependencia del resto del sistema productivo.
Para Abrales, el proyecto Manhattan significa un nuevo cambio cualitativo dentro de las relaciones entre la actividad científico-técnológica, la política y la economía, que desencadena un nuevo excedente en la capacidad productiva y esta vez pone en juego la existencia misma del sistema. Caracteriza este hito como el inicio de una segunda etapa en la que se desarrollan dos estrategias complementarias. Por un lado la acentuación de los rasgos de una economía basada en el lucro (obsolescencia programada, gasto sideral en publicidad, etc.). Por otro, una nueva etapa de transferencia tecnológica en la que se incorpora a los países sometidos al sistema, sofocando la rebeldía y haciéndolos parte del mismo. Esto demanda una colonización cultural integral y la constitución de un único mercado consumidor,promoviendo que los países periféricos “tomen conciencia” de su “atraso“. Esto es, que asuman su condición de subdesarrollados y acepten las teorías sobre el desarrollo[7].
Las teorías que menciona el autor incluyen un único modelo de desarrollo, un conjunto de parámetros cuantificables con los que comparar al país subdesarrollado con el modelo, la exclusión de las particularidades no comparables (las que “no merecen subsistir”), estrategias de desarrollo con las que los pueblos del tercer mundo se identifiquen y aspiren a los países centrales, de la mano del ideal de que el progreso científico y tecnológico son el instrumento idóneo para llevar a cabo la modernización.
De manera que no cualquier política en el sector promoverá un desarrollo científico-tecnológico que tienda a la autosuficiencia, sino que debe enmarcarse en una política nacional orientada a su búsqueda. A continuación se abordarán trabajos donde los autores disciernen sobre el papel que juegan la ciencia y tecnología en países periféricos.
Ciencia y tecnología: ¿Para qué? ¿Para quién?
A lo largo de distintos gobiernos en nuestra historia hubo quienes propusieron que una “revolución tecnológica” podría solucionar nuestros problemas. Abrales reconoce en esa propuesta un acercamiento a los países líderes (léase centros imperiales) para que nos transfieran sus técnicas productivas. El autor resume esta expresión política en el desarrollismo, cuya tesis básica es que sólo a través de la incorporación masiva de tecnología podrían resolverse la dependencia, las injustas estructuras sociales, el “atraso”, etc., planteados en términos de falta de capacidad productiva[8].
Con esta idea también debate Sunkel. Apoyándose en ejemplos a lo largo del tiempo problematiza que, a pesar de que durante toda nuestra historia moderna hemos sido asiduos incorporadores de técnicas avanzadas a través de diferentes vínculos[9] que nuestros países han establecido con el exterior:
“[…] la ciencia y la técnica modernas no han cumplido en nuestros países el papel de transformación socioeconómica generalizada que desempeñaron en los países industrializados y tampoco han contribuido en la forma que era de esperar a la elevación sistemática y generalizada de la productividad y la eficiencia productivas.” [10]
En paralelo, Herrera dice que la tecnología, como conjunto de instrumentos, conocimientos y habilidades puestos a disposición de proveer las necesidades de la comunidad y aumentar su dominio sobre el medio ambiente, define el “qué hacer” y el “cómo hacer” en la sociedad. Así plantea una de sus tesis más destacadas:
“Los países del Tercer Mundo, al importar o copiar tecnologías indiscriminadamente, importan cultura -modos de hacer, valores, sistemas de relaciones humanas, etc.- ya que las primeras son inseparables y condicionantes de la segunda.” [11]
Y retoma que en un proceso de liberación, por más que haya tenido éxito en el plano político, la importación de tecnología frustrará el objetivo último de construir una nueva sociedad. Esto lo entiende como consecuencia de aceptar estas tecnologías como “únicas y predeterminadas por el desarrollo ‘natural’ del conocimiento científico”, con la pretensión de universalidad funcional a la dependencia cultural. Esta concepción olvida que gran parte de la estructura del desarrollo actual de la ciencia está determinado por las direcciones impuestas a la investigación científica por las necesidades de “los países más adelantados”, y no por una especie de “ley natural” que determina inexorablemente la modalidad de la evolución científica. Tratar de imitar ciegamente esos modelos de desarrollo significa convertirse en subsidiarias de sistemas concebidos para otras necesidades y recursos.
En la misma línea, sobre la investigación científica destaca la orientación de las investigaciones marcada por la agenda de países centrales y del capital internacional concentrado, sus problemas e intereses. Esto lo destaca porque se realizan con el apoyo financiero de organismos del tipo de las grandes fundaciones internacionales –como Ford, Carnegie, Rockefeller, etcétera– o aun de entes nacionales de las grandes potencias, como la Fuerza Aérea o el Ejército de los Estados Unidos.
Una búsqueda del desarrollo científico cuando está desvinculado de los problemas locales, profundiza la influencia cultural que ejercen los países centrales en función de su propia agenda e intereses:
“Son los mismos investigadores locales los que tratan de adaptar sus temas, suponiendo, con razón, que de esa manera facilitan la obtención de fondos. La corriente de becarios que fluye continuamente hacia los países desarrollados, es también un elemento decisivo en este condicionamiento de la investigación. En la mayoría de los casos estos becarios son enviados al exterior sin planes definidos de investigación y, en consecuencia, se incorporan a los equipos de trabajo del lugar de destino, sin tener en cuenta si los temas que desarrollan tienen interés para las instituciones o el país de origen.” [12]
En relación a esto, el Grupo de Estudio sobre Ciencia y Desarrollo realiza una radiografía donde deja en relieve los valores y criterios adoptados para la actividad científica que se dictan desde el hemisferio norte. El grupo publica un artículo en la Revista Ciencia Nueva donde caracteriza la situación en instituciones universitarias y científicas como un microclima cultural ajeno al contexto social, donde la autoridad científica es un jurado extranjero para el cual se hacen y envían los trabajos científicos:
“La manifestación más clara del subdesarrollo científico de nuestro país no reside en la falta de equipos para investigación o de científicos capaces, sino en la imposibilidad política y social de formular una temática y metas propias que generen estímulos genuinos.” [13]
El resultado es la alienación del trabajador científico, esto es, la desvinculación entre el objeto y producto del trabajo. Al respecto plantean que “es requisito para salir de la alienación que el trabajo científico adquiera valor social, otorgado por la resolución de problemas reales”, y que para ello es urgente la formación y capacitación de investigadores estimulándolos a formular y resolver una problemática propia. Es también Herrera quien señala la preocupación sobre las consecuencias de esta dinámica, que nos lleva a omitir estudiar, definir y procurar resolver nuestras necesidades y optimizar los recursos propios -a la vez que, poner el sistema a disposición de estos grupos dominantes, muchas veces implica un conflicto con intereses nacionales y populares.
Esto nos acerca el desafío de retomar la capacidad de decisión sobre la producción científica y tecnológica. En el siguiente apartado se abordan algunas observaciones que relacionan el sistema científico-tecnológico con el resto de sectores productivos de la sociedad a través de interrogantes tales como: ¿Cómo traducir una necesidad social en demanda de ciencia y tecnología? Si se cuenta con capital extranjero para desarrollar industrias tecnológicas, ¿Conviene igual? ¿Cualquier forma de incorporar tecnología aporta al desarrollo local?
Demanda y transferencia de tecnología
En principio, cabe mencionar la observación que hace Herrera cuando plantea la necesidad de orientar la producción científico-tecnológica
“La idea de un desarrollo científico orientado según las necesidades nacionales, no debe confundirse con la absurda concepción de una ciencia “nacionalista” en el sentido estrecho del término, es decir, ocupada solamente de los problemas locales, y más o menos aislada del contexto científico internacional. […] No puede existir una ciencia “latinoamericana”. Lo que sí puede, y debe existir, es una ciencia cuya orientación y objetivos generales estén en armonía con la necesidad de resolver los múltiples problemas que plantea el desarrollo de la región.” [14]
De manera que relevar esos múltiples problemas y que se traduzcan en demanda para el sector es parte del proceso de producción científico-tecnológica. A través de un pequeño raconto de hitos históricos, argumenta que el progreso de la ciencia moderna ha estado siempre íntimamente ligado a la existencia de una demanda social efectiva de sus aplicaciones prácticas. Pensando a la tecnología como esa aplicación práctica, propone atenderla con trabajo y diseño local. Esto implica un período de transición en el que se creen las capacidades para un una producción tecnológica propia, proceso en el que contempla una transferencia de tecnología:
“El problema principal es recuperar la capacidad de decisión social del uso y fines de la tecnología. Esto requiere invención en el sentido lato, pero en la mayoría de los casos, por lo menos en el futuro próximo, adaptación de elementos tecnológicos creados en los países más adelantados.” [15]
Pero destaca la necesidad de llevar a cabo esa transferencia no como una mera incorporación indiscriminada de tecnología, sino inscripta en un proceso de adaptación. La adaptación representa tanto poner en juego creatividad local como considerar las consecuencias éticas y sociales de esa tecnología:
“Es muy claro que en muchos casos es muy difícil diferenciar entre adaptación -según el criterio con que la hemos definido- e investigación científica y tecnología en sentido estricto. Se trata de enfoques que, en ambos casos, requieren imaginación, capacidad creadora, y un conocimiento y vivencia muy lúcidos de los objetivos y valores de la sociedad a que se aspira.” [16]
En relación a la formación de capacidades creativas, Herrera va a disentir con esas posturas que pretenden relegar los campos teóricos o abstractos de la investigación para abocarse a áreas donde obtener resultados concretos. Destaca como crucial la investigación básica en los países atrasados para cultivar y fomentar las capacidades que les permitan utilizar el enorme caudal de conocimientos acumulado para buscar soluciones propias:“aprovechar la materia prima intelectual y no sus productos terminales”. Cuando el problema es encontrar vías inéditas, es precisamente la exploración teórica de campos relativamente inexplorados lo que puede sugerir soluciones nuevas y sólo científicos jóvenes y talentosos, cuya capacidad crítica no había sido todavía embotada por largos años de acatamiento a las verdades establecidas, pudieron percibir las pequeñas fisuras del edificio, y a través de ellas cuestionar las bases mismas de su estructura[17].
Plantea conducir y orientar el modo de producción científica y tecnológica hacia dos objetivos: la participación activa de toda la comunidad en la generación de tecnología y reorientar la acción del sistema científico y tecnológico para hacerlo más flexible y receptivo a las demandas de la sociedad. Para contribuir con ese doble objetivo, propone organizar la investigación sobre la base de problemas, que lleva a la necesidad de constituir grupos de investigación multidisciplinarios.
Sobre la transferencia de tecnología, Abrales analiza y critica dos casos donde, aún incorporando capital fijo y capacidad técnica, se perjudica el desarrollo científico tecnológico local.
Uno de ellos es el caso de las industrias extractivas de recursos naturales, donde la incorporación de tecnología foránea cumple la función de elaborar totalmente la materia prima en el lugar de origen y transportarla ya lista como insumo para la industria de transformación localizada en los países centrales. Abrales sostiene que este tipo de transferencia tecnológica deriva en el empobrecimiento del país de manera irreversible: la materia prima puede convertirse en obsoleta debido a los desarrollos tecnológicos (como ha sucedido con el caucho natural, la lana, el algodón, el yute, el carbón, la madera, etc), la tecnología no repercute en el resto de la estructura industrial (suelen trabajar en un circuito cerrado), y los desarrollos tecnológicos se originan en las casas matrices, por lo que los complejos productivos locales no fomentan la capacidad de innovación. Destaca la carencia de creatividad en el proceso y las dificultades técnicas para la nacionalización del recurso a explotar.
Por otro lado, la transferencia de tecnología en el caso de industrias de transformación tiene como motivación la necesidad de ampliar mercados e incorporar al consumismo a otros países. Definir qué industria instalar en la periferia conlleva estudios de mercado sobre qué productos podrían venderse, a qué clases sociales se aspira, etc. Este tipo de transferencia implica producir exactamente lo mismo que en las casas matrices sin el esfuerzo de adaptación a las modalidades locales. Sobre las máquinas y la tecnología, siempre son aportadas por el capital extranjero. En este modo de transferencia tecnológica se recurre a la importación sistemática de insumos para la producción y la utilización de la capacidad de innovación local es casi nula. Abrales critica esta forma de incorporar tecnología porque ocupa a mano de obra calificada en productos marginales, costosos (por el pago de regalías, dividendos, etc.) e implica una colonización cultural, mientras que se carece de autonomía técnica y no se fomenta un desarrollo tecnológico que satisfga necesidades reales de la comunidad[18].
En relación a la industria, Sunkel, economista chileno, se detiene en la desconexión generalizada del complejo científico tecnológico con el aparato productivo. Esto lo ilustra citando al físico brasileño José Leite Lopez, quien plantea que si se llegara a cerrar una de las grandes universidades de un país de América latina, no se paralizaría ningún proyecto de interés económico para ese país latinoamericano, y que la economía continuaría, como ha sucedido en el pasado, dependiente de la técnica externa que el país compra o arrienda, como si fuese una fatalidad histórica[19].
El autor expresa que debe distinguirse la transferencia tecnológica de la importación de tecnología, que es consecuencia y causa de un círculo vicioso del sistema industrial internacional. Para caracterizarlo también apela a los conceptos de centro y periferia. Por un lado, los países céntricos estarán produciendo los nuevos diseños, productos y tecnologías, insumos corrientes y máquinas para fabricarlos, las imágenes necesarias para introducirlos en los mercados: actividades todas que exigen una elevada proporción de trabajo científico y técnico altamente especializado. La producción científico-tecnológica inscripta en un país periférico se desenvuelve condicionada por esta dinámica económica en la que, según su grado de subdesarrollo, dichos productos solamente se consumen, o se llegan a ensamblar, o se producen los insumos y los bienes de capital de los productos manufacturados que ya están en vías de obsolescencia y sustitución. Consecuentemente:
“La creación de nuevos productos y de todos los elementos necesarios para fabricarlos queda en cambio reservada para las economías centrales. De ahí que la capacidad de creación científico-tecnológica sólo sea funcional en estas últimas, mientras que las economías dependientes sólo requieren del traslado, copia, incorporación o “transferencia” de las tecnologías existentes, para lo cual basta con aprender a usar o consumirlas rutinariamente, sin mayores requisitos de investigación.” [20]
La transferencia tecnológica sin involucramiento del trabajo creativo local, termina siendo una forma de sostener su posición de economía central a través de la reproducción de ese capital científico-tecnológico. Con aspiración a revertir esta dinámica, a continuación se presentan distintas propuestas para diagnosticar la condición del complejo científico-tecnológico regional y llevar adelante una planificación.
Planificación del desarrollo en ciencia y la tecnología
Como se viene planteando a lo largo del trabajo, el desarrollo aludido va a respaldar un proyecto nacional, entendido como conjunto de objetivos concretos concebidos por una élite dirigente con poder, apto para articularlos e implementarlos. En particular, Herrera destaca la disputa que existe por la continuidad del sistema vigente, funcional a la oligarquía dominante:
”El deterioro de la situación socioeconómica y la creciente presión popular han sido enfrentados por las oligarquías dominantes por medio de dos tipos de acción que, en lo esencial, se complementan: por un lado, reforzando el aparato político de dominación –uno de cuyos exponentes más conspicuos son los gobiernos militares políticamente autocráticos y económicamente liberales– y, por el otro, tratando de corregir las fallas más evidentes del sistema para evitar su derrumbe total.” [21]
Para discernir con respecto a qué proyectos son funcionales las políticas científicas hace una primera distinción entre aquéllas políticas explícitas e implícitas. Las explícitas consisten en leyes, reglamentos, estatutos y cuerpos encargados de los planes de desarrollo, que constituyen lo que comúnmente se entiende por la política científica de un país. Con estas medidas puede construirse una fachada, principalmente de apoyo formal y declarativo, desde la que exhibir a la ciencia y la tecnología como una panacea universal capaz de corregir todos los males del subdesarrollo sin necesidad de cambiar la estructura del sistema:
“El resultado, desgraciadamente bien conocido, es que la estructura científica, sometida a un régimen incompatible con la genuina creación intelectual, se degrada hasta resultar incapaz de satisfacer aun la limitada demanda de un sistema esencialmente estático que sólo aspira a mantener lo que tiene.” [22]
Las políticas científicas implícitas se diferencian de las anteriores por carecer de estructura formal, pero son las que determinan el papel de la ciencia en la sociedad y expresan la demanda científica y tecnológica del proyecto nacional vigente en el país[23].
Complementariamente propone pensar dos aspectos fundamentales de la política científica. Por un lado las políticas para la ciencia como aquél conjunto de medidas económicas, institucionales, legislativas, que se necesitan para proporcionar a la investigación científica los medios para su desarrollo y su incremento de productividad, y por otro las políticas de ciencia, que son las medidas encaminadas a poner a la ciencia al servicio, no solamente del progreso general de los conocimientos humanos, sino también del bienestar económico y social de la comunidad[24]. Estas dos políticas científicas no son necesariamente contradictorias o divergentes, sino que ésto sucede (de manera crítica) cuando existen cierto tipo de contradicciones en el proyecto nacional, como sucede en la mayoría de los países subdesarrollados.
Por su parte, en contraposición a un proyecto de desarrollo que pretenda tener su justificación en sí mismo y no en la perspectiva política clara que lo trasciende, Abrales complementa con Herrera al plantear que:
“La afirmación fundamental que debemos hacer en este campo es que el avance científico y tecnológico tiene sentido en la medida en que sea instrumento de transformación social y de liberación nacional. Toda política científica y tecnológica primero es política, es decir instrumentación en vista a los objetivos fijados por un proyecto nacional.” [25]
Entre quienes pensaron cómo impulsar un desarrollo científico funcional a un proyecto nacional de mayorías estuvieron Jorge A. Sábato, físico argentino especializado en metalurgia nuclear, y Natalio R. Botana, politólogo e historiador argentino.En un trabajo publicado en 1968 escriben que no basta con construir una vigorosa infraestructura científico-tecnológica para asegurar que un país será capaz de incorporar la ciencia y la técnica a su proceso de desarrollo: es menester, además, transferir a la realidad los resultados de la investigación y acoplar la infraestructura científico-tecnológica a la estructura productiva de la sociedad[26]. Sostienen que la acción de insertar a la ciencia y la tecnología en la trama misma del desarrollo significa saber dónde y cómo innovar, entendiendo a este proceso como la incorporación del conocimiento –propio o ajeno– con el objeto de generar o modificar un proceso productivo. Así como dinamiza el desarrollo científico-tecnológico, la innovación representa un proceso distinto de la investigación y abarca aspectos socio-culturales y económicos. De hecho sus principales obstáculos pueden encontrarse en la existencia de mercados monopolizados o altamente protegidos, estructuras artificiales de precios y costos, falta de optimización de recursos existentes, régimen impositivo, legislación sobre patentes, trabajo o fomento industrial, esto es, aspectos que exceden ampliamente a la academia.
Si bien la inversión en innovación puede encontrarse tanto en el sector público como el privado, por los riesgos asociados a la imprevisibilidad de rendimientos es el sector público quien suele tomar la iniciativa y marcar una tendencia. De manera que la innovación no es espontánea sino resultado de un esfuerzo direccionado por una estrategia de medio/largo plazo. La experiencia histórica demuestra que este proceso político constituye el resultado de la acción múltiple y coordinada de tres elementos fundamentales en el desarrollo de las sociedades contemporáneas: el gobierno, la estructura productiva y la infraestructura científico-tecnológica. Los autores diseñan un modelo del sistema de relaciones entre estos elementos y lo representan con la figura geométrica del triángulo, en donde cada uno de los elementos ocuparía los vértices respectivos. La representación geométrica sería entonces la de la Figura 1:
Figura 1: El Triángulo de Sábato y Botana[27].
Caracterizar este sistema de interacción entre los vértices es necesario para influir sobre el proceso de interrelaciones que, a través del flujo de demandas en sentido horizontal (interrelaciones recíprocas entre los vértices infraestructura científico-tecnológica y estructura productiva) y vertical (entre el vértice gobierno y los vértices infraestructura científico-tecnológica y estructura productiva), definen la generación de una capacidad de decisión propia en materia de innovación y en el campo científico-tecnológico[28]. A su vez, esta herramienta teórica tiene la versatilidad de aplicarse en términos sectoriales o regionales, permitiendo abordar una planificación al servicio de la integración de América Latina:
“[…] La puesta en marcha de este proceso exige distinguir los diferentes ámbitos en los que se implementarán o fortalecerán los triángulos científico-tecnológicos. El punto de partida que hemos seleccionado otorga prioridad al ámbito sectorial, entendido como el marco más eficaz y más realista para crear modelos que posteriormente puedan ser aplicados al ámbito nacional o al ámbito regional. Este sería uno de los caminos que puedan conducir al proceso de integración de América Latina, a través de sus diferentes expresiones, a la etapa de realizaciones efectivas.” [29]
Los autores destacan la inexistencia en América Latina de un sistema de relaciones como el presentado y su necesidad impostergable.La puesta en marcha del proceso que permitirá a nuestras naciones alcanzar una capacidad de decisión propia en el ámbito científico-tecnológico, plantea una doble exigencia. En principio, que nuestras sociedades asuman este problema en sus dimensiones reales y actúen eficazmente. Y, profundamente vinculado a lo anterior, crear conciencia sobre aquellos sectores claves, en los cuales debemos optimizar recursos escasos en favor de un sistema de relaciones vigoroso[30].
Conclusiones
Se han abordado aspectos que reflejan la influencia de la dependencia cultural sobre actividades científico-tecnológicas. Entre ellos está el correlato de la colonización cultural integral que plantea Abrales, cuando los modelos de desarrollo constituidos sobre la aspiración de progreso lineal y universal -y pensados desde economías centrales- sostienen la concepción de “atraso” que nos propone imitar, importar y reproducir los desarrollos tecnológicos y científicos de otras latitudes. Herrera destaca que esta situación nos vuelve subsidiarias de sistemas concebidos para otras necesidades y recursos, descuidando lo propio.
También se ha discutido cómo desde la ciencia y la tecnología se reproduce la dependencia cultural. En este sentido afirma Herrera que la tecnología define el “qué hacer” y el “cómo hacer” en la sociedad, de manera que en un proceso de liberación, por más que haya tenido éxito en el plano político, la importación de tecnología frustrará el objetivo último de construir una nueva sociedad. El mismo autor destaca que una búsqueda del desarrollo científico, cuando está desvinculado de los problemas locales, profundiza la influencia cultural que ejercen los países centrales en función de su propia agenda e intereses. Así también lo sostienen desde el Grupo de Estudio sobre Ciencia y Desarrollo, cuando caracterizan a instituciones universitarias y científicas como un microclima cultural ajeno al contexto social local y adaptado a los criterios que rigen el ámbito académico internacional.
Análogamente puede encontrarse a la ciencia y la tecnología bajo impacto de la dependencia económica o promoviendola. Ha señalado Herrera que el desarrollo de la ciencia y la tecnología autónomas con sus capacidades creativas pueden significar un cuestionamiento y disputa al modelo agroexportador, lo que resulta incompatible con los intereses de los grupos dominantes que lo sostienen desde adentro de nuestra sociedad. Por su parte Abrales critica aquella transferencia de tecnología que, aún incorporando capital fijo y capacidad técnica, perjudica el desarrollo científico-tecnológico local cuando nos posiciona como proveedores de mano de obra barata e importadores de tecnología, insumos y bienes de consumo.
Podemos encontrar la mutua influencia de estas dependencias en los análisis de distintos autores. Destaca Herrera que el progreso de la ciencia moderna ha estado siempre íntimamente ligado a la existencia de una demanda social efectiva de sus aplicaciones prácticas en la industria y la producción. También rescata aquella transferencia tecnológica que contempla un proceso de adaptación, el cual pone en juego la creatividad local y considera las consecuencias éticas y sociales de esa tecnología incorporada. Paralelamente, Sunkel observa a la producción científico-tecnológica periférica condicionada por aquélla dinámica económica en la que, según su grado de subdesarrollo, se consumen o ensamblan productos importados, o se utilizan insumos y bienes de capital importados que ya están en vías de obsolescencia y sustitución.
Respecto al rol que juega la ciencia y la tecnología en relación a la soberanía, Bayer analiza la construcción de autonomía nacional desde la creación y sostenimiento de capacidades científico-tecnológicas. La planificación necesaria para desarrollar esas capacidades puede apoyarse en algunos conceptos incorporados a lo largo del trabajo. Por un lado, aquella distinción entre políticas de ciencia explícitas e implícitas, además de las políticas de ciencia y para la ciencia, abordadas por Herrera. También con aquella herramienta teórica de diagnóstico y planificación pensada para construir capacidades de decisión, propuesta en el trińgulo de Sábato y Botana. Éste permite vincular las distintas áreas de la sociedad involucradas en el proceso de innovación -entre infraestructura científico-tecnológica, estructura productiva y gobierno- con la versatilidad de aplicarse en términos sectoriales o regionales, lo que habilita una planificación al servicio de la integración de América Latina.
Imagen de portada. Fuente: https://www.xulsolar.org.ar/img/coleccion/20-01-Drago.jpg
Referencias
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- Botana, Natalio y Sábato, Jorge A. (1968). La ciencia y la tecnología en el desarrollo futuro de América Latina. Revista de la Integración, N°3, pp. 15-36.
- Herrera, Amílcar O. (2015). Ciencia y política en América Latina. Ed. Biblioteca Nacional, Buenos Aires. Trabajo original publicado por Ed. Siglo XXI en 1971.
- Herrera, Amílcar O. (1973a). La creación de tecnología como expresión cultural. Revista Nueva Sociedad, N°8, pp. 58-70.
- Herrera, Amílcar O. (1973b). Los determinantes sociales de la política científica en América Latina. Política científica explícita y política científica implícita. Desarrollo Económico: Revista de Ciencias Sociales N°49, vol. 13, pp. 113-134.
- Grupo de estudio sobre ciencia y desarrollo. (1973). Ciencia dependiente en Argentina. Revista Ciencia Nueva N°10, pp. 34-36.
- Leite Lopes, José. (1969). Ciência, Universidade e Realidade Nacional. Cadernos Brasileiros, N°52.
- Leite Lopes, José. (1998). CIÊNCIA E LIBERDADE: escritos sobre ciência e educação no Brasil. Organização de Ildeu de Castro Moreira. Editora UFRJ, Rio de Janeiro. Ciência e Liberdade.pdf
- Sunkel, Osvaldo. (1970). La Universidad Latinoamericana ante el avance científico y técnico: algunas reflexiones. Revista del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, Año IV, N° 13, pp. 60-89
[1] Herrera, Amílcar O. (2015). Ciencia y política en América Latina (p.43). Ed. Biblioteca Nacional.
[2] Herrera, A. (2015), p. 43.
[3] Herrera, Amílcar O. (1973b). Los determinantes sociales de la política científica en América Latina. Política científica explícita y política científica implícita. Desarrollo Económico: Revista de Ciencias Sociales N°49, vol. 13, p. 130.
[4] Bayer, Gustavo. (1973). Autonomia nacional e política científica e tecnológica. Revista de Administração Publica (Fundación Getulio Vargas), vol. 7, N° 2, Río de Janeiro, p.19.
[5] Bayer, G. (1973), p. 22.
[6] Abrales, Héctor. (1972). La transferencia de tecnología, arma del imperialismo. Revista Envido, N°6, p. 24.
[7] Abrales, H. (1972), p. 25.
[8] Abrales, H. (1972), p. 26.
[9] Sunkel nombra como canales de transferencia tecnológica a la inmigración, el capital extranjero, los estudios en el exterior, la asistencia técnica internacional, el establecimiento de formas de comunicación y transporte con el exterior, etc.
[10] Sunkel, Osvaldo. (1970). La Universidad Latinoamericana ante el avance científico y técnico; algunas reflexiones. Revista del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, Año IV, N° 13, p. 65.
[11] Herrera, A. (1973a), p. 4.
[12] Herrera, A. (2015), p. 117.
[13] Grupo de estudio sobre ciencia y desarrollo (1973). Ciencia dependiente en Argentina. Revista Ciencia Nueva N°10, p. 36.
[14] Herrera, A. (2015), p. 120.
[15] Herrera, A. (1973a), p. 5.
[16] Herrera, A. (1973a), p. 6.
[17] Herrera, A. (1973a), p. 18.
[18] Abrales, H. (1972), p. 31.
[19] José Leite Lopes. (1969). “Ciência, Universidade e Realidade Nacional”, Cadernos Brasileiros, N°52, Marzo/Abril, p. 32.
[20] Sunkel,O. (1970), p. 78.
[21] Herrera, A. (1973b), p. 130.
[22] Herrera, A. (1973b), p. 131.
[23] Herrera, A. (1973b),p. 124.
[24] Herrera, A. (2015), p. 115.
[25] Abrales, H. (1972), p. 26.
[26] Botana, N. y Sábato, J. (1968), p. 21.
[27] Botana, N. y Sábato, J. (1968), p. 22.
[28] Botana, N. y Sábato, J. (1968), p. 27.
[29] Botana, N. y Sábato, J. (1968), p. 35.
[30] Botana, N. y Sábato, J. (1968), p. 31.
