Entre la Defensa Nacional y la imposición imperial. El Siglo XX de las Fuerzas Armadas en Argentina. Reseña al libro: Militares patriotas de Juan Godoy

Facundo Di Vincenzo

Reseña del libro de Juan Godoy: Militares patriotas. Soberanía, Patria, Defensa y Emancipación en la línea nacional de nuestras Fuerzas Armadas. Buenos Aires: Editorial Octubre. Año 2026.

  1. Introducción al problema.

Escribía el Pensador Nacional, periodista, poeta, escritor y militante de la Nación Latinoamericana, Manuel Ugarte (Buenos Aires, 1875-1951) en 1923: “Nuestras repúblicas hispanoamericanas han aceptado a veces el apoyo de naciones extrañas a su conjunto para hacer la guerra a países hermanos limítrofes, que han llegado hasta requerir esa ayuda extranjera para las luchas intestinas, que han llegado a la explotación de sus tesoros a empresas de captación económica, que creen aldeanamente en la buena fe de la política internacional y se ponen a la zaga del resbaloso panamericanismo, ¿no son en realidad naciones suicidas?”[i].

A estas reflexiones de Ugarte hoy, en estas primeras décadas del siglo XXI, podríamos agregarle otras necesarias, imprescindibles y urgentes. ¿Cuál es el rol que cumplen y cuál es el rol que deberían cumplir las Fuerzas Armadas? O en otras palabras ¿Cuál es la función deben tener las Fuerzas Armadas en América Latina y el Caribe en el presente y rumbo a la segunda mitad del siglo XXI?

La pregunta se direcciona, toma otra densidad, si como señala Marcelo Gullo además consideramos que: “Los Estados que se encuentran en la periferia de la estructura de poder mundial sólo pueden trocar su condiciones de “objetos” convirtiéndose en “sujetos” de la política internacional a partir de un proceso de insubordinación fundande.”[ii] ¿Por qué decimos qué toma otra densidad? Porque nos condiciona a pensar sobre la real estructura de los Estados Nación actuales en América Latina y el Caribe, devenidos desde mediados de los años 80´ del siglo pasado, tras el ciclo de dictaduras en la región, en Estados liberales de derecho.

  1. Los Estados liberales de derecho luego del ciclo de dictaduras en América Latina

Primero, una breve historia del concepto de Estado Liberal de Derecho. Max Weber (1864-1920) en 1919, define al Estado moderno como: “una asociación de dominación con carácter institucional que ha tratado, con éxito, de monopolizar dentro de un territorio el monopolio de la violencia legítima como medio de dominación y que, con este fin, ha reunido todos los medios materiales en manos de sus dirigentes y ha expropiado a todos los seres humanos que antes disponían de ellos por derecho propio, sustituyéndolos con sus propias jerarquías supremas.”[iii]. Otros autores, que son referencia en materia “académica” sobre el tema para el caso argentino, como Natalio Botana y Oscar Oszlak, han seguido en buena parte estas definiciones. Oszlak, en varios textos trato el tema de la formación, desarrollo y características de los Estados en América Latina y el Caribe destaco cinco elementos indispensables para su existencia: 1. capacidad de externalizar su poder, obteniendo reconocimiento interestatal; 2. capacidad de institucionalizar su autoridad, imponiendo el monopolio sobre los medios organizados de coerción; 3. capacidad de diferenciar su control, a través  de instituciones públicas con reconocida legitimidad para extraer recursos de la sociedad civil; 4. capacidad de internalizar una identidad colectiva, mediante la emisión de símbolos que refuerzan sentimientos de pertenencia y solidaridad social y permiten, en consecuencia, el control ideológico como mecanismo de dominación[iv]

Estos autores con sus definiciones, que en apariencia expresan visiones objetivas, pero en realidad, manifiestan una única concepción de lo que llamamos Estado: la concepción liberal; pretenden además que sus definiciones sean universales, ahistoricas, en resumen: generales, “de diccionario”. En este punto olvidan (u ocultan), que las relaciones de poder entre los Estados son diferentes según el poder económico, industrial y militar en nuestro planeta, y específicamente para nosotros que habitamos está región del globo, estas definiciones no nos sirven, incluso nos confunden distorsionando el espacio, las relaciones de poder y demás elementos fundamentales para entender el lugar de nuestros Estados en el siglo XXI. Para precisar, en un brevísimo repaso histórico (frente a estas definiciones liberales ahistoricas) a fin de comprender la magnitud de la desviación/desplazamiento que proponen estos autores.

Tras la emancipación, el proceso de conformación y construcción de los Estados Nación en América fue llevado a cabo por las elites letradas de las ciudades portuarias defensoras de economías abiertas al mercado europeo. Estas elites, como señala el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, realizarán una segunda conquista contra todos “los pueblos” (indígenas, mestizos, negros y mulatos) que, paradójicamente fueron quienes  lograron la emancipación[v]. Estas elites vencerán en las guerras civiles a todos los representantes elegidos por los “pueblos” de las provincias y regiones no hegemónicas. La victoria sobre estos sectores, iniciará un proceso que llega hasta nuestros días, en donde primó la negación del pasado histórico (indígena, colonial, mestizo, gaucho, africano, católico y comunitario). Prácticamente 300 años después del inicio de la colonización, los Estados Nación en América Latina y el Caribe que surgieron durante el siglo XIX, se basaron en una matriz de pensamiento político y económico liberal, ilustrado o iluminista, que emergió en Europa tras la Revolución Francesa. En este sentido las elites letradas de las ciudades puerto inventaran las naciones americanas desde una matriz de pensamiento iluminista durante los siglos XIX y positivista (racista, evolucionista y eurocentrica) después.

En síntesis, eran todos ellos, proyectos fundados en una representación y participación más amplía, popular sí se quiere, reconociendo las tradiciones y culturas pre existentes hacia mediados del siglo XIX.

En las primera décadas del siglo XXI con una oleada de partidos y líderes que grosso modo podríamos llamar “progresistas” como Hugo Chávez en Venezuela, quien llegó al gobierno tras la crisis del sistema de partidos de 1989; Luiz Inácio Lula da Silva, elegido presidente de Brasil en 2003; Néstor Kirchner elegido presidente en 2003 luego de la crisis política desatada en diciembre del 2001; Tabaré Vázquez quien ganó las elecciones presidenciales de Uruguay en 2004 con el apoyo del Frente Amplio-Encentro; Michelle Bachelet en Chile, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, también como parte de esta ola de triunfos de la izquierda hay que mencionar las victorias de Martín Torrijos en Panamá y el retorno de Daniel Ortega a la Presidencia de Nicaragua.

En este punto me interesa señalar, ¿Qué lugar fue asignado en estos Estados llamados grosso modo “progresistas” a las Fuerzas Armadas?

II. Fuerzas Armadas, capital transnacional e integración latinoamericana

En buena parte de América Latina y el Caribe tras las guerras de la independencia y las guerras civiles, los líderes vencedores (porque también hubo líderes derrotados, desplazados y silenciados como Simón Bolívar, José de San Martín y José Gervasio Artigas) formaron parte del gobierno de alguna u otra manera en los nuevos Estados.

En el caso argentino, por ejemplo, desde la Revolución de mayo y hasta 1888 todos los que ejercieron los principales puestos de gobierno del Estado (Juntas, Directorios, Presidencias) estuvieron directa o indirectamente relacionados con las milicias o con el ejército.

Entre fines del siglo XIX e inicios del XX, los ejércitos especialmente en Sudamérica, asumen la función de asistir a las instituciones civiles que gobiernan estos Estados. En la mayoría de los casos, los ejércitos de la región tomaron como modelo lo desarrollado por el ejército prusiano (alemán). Este ejército planteaba como modelo una serie de funciones que vinculaban de manera estrecha al ejército con el Estado, no era novedoso ni mucho menos, más bien, era la génesis lógica del Estado moderno surgido tras la edad feudal, en donde quienes estaban a cargo de los señoríos eran los guerreros. Para decirlo rápidamente, esta relación planteaba como imprescindible para que estos Estados puede ser soberanos que el ejército cumpla con las siguientes funciones: 1) Garantizar la independencia y la soberanía; 2) La capacidad de autodeterminación. 3) La integridad territorial y la salvaguardia de los recursos naturales; 4) La protección de los bienes, la vida y la libertad de los habitantes.

Ahora bien, este programa se topó directamente con la realidad regional de nuestros Estados marcada la dependencia generada por las deudas contraídas por las distintas oligarquías en el gobierno durante y después de las guerras civiles, como por la ocupación de parte de sus territorios por potencias del hemisferio norte que lesionaban el primer y segundo de los puntos vinculados a la garantía de la soberanía y la capacidad de autodeterminación (tierras ocupadas como son los casos Las Islas Malvinas, Panamá, Las Guayanas, Puerto Rico, Cuba con la base de  Guantánamo y demás).

Incluso, hacia 1930 tras la crisis mundial desencadenada en Estados Unidos, las oligarquías en el poder de los Estados latinoamericanos avanzan con una serie de negociados y hechos de corrupción, en síntesis, utilizan el patrimonio del Estado para su beneficio (Pacto Roca Runciman en Argentina, Pacto del Café con Leche en Brasil y nueva estructuración de las oligarquías y el capital transnacional en México). Estas aberraciones, producen efectos profundos dentro de algunos de los sectores militares, que consideran la necesidad de intervenir para garantizar la soberanía, la capacidad de autodeterminación, la integridad territorial y salvaguardar los recursos del Estado, como fue el caso de la Revolución de los Coroneles en Argentina o la llegada al Gobierno de Getulio Vargas en Brasil, dando inicio a una secuencia de gobiernos nacionales y populares en la región, y a otro tipo de Estado, denominado como: el Estado Social.

Lamentablemente, en el caso argentino tras el derrocamiento del general Juan Domingo Perón en septiembre de 1955, el sector “liberal” del Ejército buscó reemplazar este programa vigente al tiempo que inició un profundo proceso de “desperonización”, que significó el retiro de al menos 500 oficiales y miles de suboficiales entre 1955 y 1958. De modo que se reemplazó el programa “prusiano”, que defendía la soberanía y los recursos del territorio por otro, llamado “Doctrina de Seguridad Nacional”, que focalizó en un mayor interés por nuevas formas de guerra, no tradicionales, surgidas en el marco de la Guerra Fría: la Guerra Nuclear o Atómica, y la Guerra Revolucionaria. En ese contexto se eclipsó definitivamente la influencia prusiana-alemana sobre el Ejército argentino, ahora reemplazada por el predominio de las tradiciones militares norteamericana y francesa.

La gradual reconversión de la doctrina de defensa y el estudio de estas nuevas formas de guerra se inició en la Escuela Superior de Guerra (ESG), principal centro de formación teórica del Ejército y ámbito natural en el que mejor y más rápidamente se manifiestan estos cambios. La renovación temática, programática y pedagógica de la Escuela Superior de Guerra comenzó hacia 1957, y se reflejó – inmediatamente – en su principal órgano de difusión, la “Revista de la Escuela Superior de Guerra”. Cientos de militares argentinos pasaron por escuelas de capacitación en los Estados Unidos y el Canal de Panamá durante las décadas del sesenta y setenta. Sin embargo, el Ejército argentino nunca utilizó la terminología norteamericana sobre “contrainsurgencia”. Por el contrario, prevalecieron las categorías “guerra contrarrevolucionaria” y “lucha contra la subversión”, utilizadas por el Ejército francés[vi].

Con la vuelta de la democracia entre 1980 y 1989, los nuevos Estados Liberales de Derecho (en matriz económica neoliberal en la mayoría de los casos) se han cuidado mediante pactos, como el realizado en Uruguay en el Club Naval o con el armado de una nueva constitución delineada por el mismo dictador Pinochet en Chile, de responder a un doble problema: Por un lado no juzgar, “no remover” el pasado inmediato y por otro, sostener el gasto militar, cada vez más reducido, sin que con ello se genere una confrontación con la potencias del hemisferio norte, más bien, todo lo contrario, fomentaron una y otra vez la articulación de actividades con Estados Unidos, dejando que bajo sus concepciones ellos formen nuestros cuadros militares. la democracia que volvió en 1983 no tenía nada que ver con aquella democracia de 1946-1955, tampoco con la democracia de 1973-1976. Como bien señala el historiador y filósofo nacional Héctor Muzzopappa: “La «vuelta de la democracia» de 1983 fue jubilosamente acogida debido a la finalización de uno de los períodos más oprobiosos de la historia argentina. El contraste con el período anterior fue más que sensible. La opresión ejercida por la dictadura militar retrotrajo el espíritu de los argentinos a la valoración de sus derechos elementales, como el de la vida; de allí el desarrollo del movimiento de los derechos humanos. Fue como arrancar desde cero. Sin embargo, ese punto de partida fue más que eso, fue un cambio de sentido, puesto que señalaba el imperativo de recorrer nuevamente instancias ya superadas históricamente. Y en eso consistió la democracia de Alfonsín, en volver a la experiencia de un modelo de Estado ya superado. La casi totalidad del espectro de la corporación de la clerecía académica, para no decir la totalidad, adhirió a ese concepto de la democracia elaborado por el “cientismo” social que hemos descripto más arriba. Instaurado un acrítico concepto de democracia que remitía a un modelo obsoleto y antipopular, descalificadas las fuerzas sociales, particularmente el sindicalismo por corporativista, con la «vuelta a la democracia» se instituyó también un consenso ideológico sobre el cual se realizarían las reformas neoliberales de los 90 que eclosionarían en el 2001, y que no fueron sino el intento de liquidación final del Estado Social”[vii].   

Entre 1989 y la fecha, lamentablemente, los lideres “progresistas de la región” han actuado escasamente para que los cuadros de sus ejércitos no sigan formándose con los postulados de entrenamiento delineados por las potencias del Hemisferio Norte (OTAN), principalmente por Estados Unidos, lesionando los cuatro principios fundamentales mencionados sobre los que deberían fundarse las funciones de nuestros ejércitos.

Destacó tres casos en donde las Fuerzas Armadas siguen garantizando la soberanía nacional, los recursos naturales y la elección de los pueblos: hablo de Cuba, Venezuela y Nicaragua, tres ejemplos en donde, no casualmente, quienes llegaron a los Estados de alguna u otra manera formaron parte de Fuerzas Armadas, pero eso lo dejo para conversarlo en otra ocasión.

 En este punto tenemos que destacar también que el ascenso de los gobiernos “progresistas” hacia fines del siglo XX se constituye en paralelo con una nueva política de disciplinamiento de los ejércitos de América Latina y el Caribe por parte de Estados Unidos, expresada fundamentalmente después del 11 de septiembre del 2001 en su lucha contra sus dos grandes enemigos globales: el terrorismo y el narcotráfico. Esta política se refleja, por ejemplo, en la Iniciativa Regional Andina, que es la extensión del Plan Colombia al conjunto de los países de la subregión, y luego en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional promulgada por Washington en septiembre de 2002 y ratificada en 2006.

En síntesis, la Doctrina de Seguridad Nacional mutó hacia otra forma, marcada por la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, y lo peor de todo esto, es que dicha mutación se produjo durante el ascenso de los gobiernos de representación popular, es decir: no fueron necesarios golpes de Estado sanguinarios ni persecuciones.

Observo peligrosamente que en la mayoría de los Estados de gobiernos “progresistas” de la región no hubo (y no hay) un esfuerzo por delimitar el campo de acción de sus Fuerzas Armadas, orientándolo hacia garantizar la independencia y la soberanía, la capacidad de autodeterminación, integridad territorial y salvaguardia de los recursos naturales. Incluso como puede observarse en el caso de Chile y Bolivia, ya institucionalizadas, las Fuerzas Armadas responden a estas nuevas funciones vinculadas a la asistencias de los gobiernos civiles, mal que les pese a los constitucionalistas, con una serie de artilugios que aparentan respetar los mecanismos jurídicos constitucionales, pueden encarcelar y perseguir lideres elegidos (Correa, Lula, Evo Morales)  reprimir a los pueblos en sus reclamos (Chile, Bolivia, Ecuador, Argentina) y asistir a las tropas norteamericanas y a los capitales transnacionales frente a los posibles desordenes generados por sectores del pueblo en su reclamo por usurpación de tierras, contaminación de aguas y suelos.

Tristemente durante el gobierno de Mauricio Macri, en el caso argentino, en donde el hundimiento del submarino ARA San Juan, podría haber consolidado la imprescindible necesidad de un cambio de pautas culturales respecto a la importancia de las Fuerzas Armadas para el ejercicio pleno de nuestra soberanía, se ha seguido desatendiendo esta cuestión y peor aún, se ha reorientado hacia una nueva Doctrina de Seguridad Nacional diseñada por los Estados Unidos y ahora devenida en lucha contra el narcotráfico y el terrorismo.

  1. Juan Godoy y su libro: Militares Patriotas. Soberanía, Patria, Defensa y emancipación en la línea Nacional de nuestras Fuerzas Armadas.

Sobre esta contemporaneidad que vivimos, el filósofo y Pensador Nacional, Alberto Buela (Buenos Aires, 1936), dijo: “Se puede vivir como el hombre light que sólo busca “estar al día” y no saber; no tener opiniones chocantes siendo siempre encantador; someterse al mercado de divisas y al internet. O de lo contrario, se puede vivir como el hombre iniciático, haciéndose el sabio parodiando un saber que no se posee. Oscureciendo las aguas para que parezcan más profundas como le gustaba decir a Nietzsche”[viii]. Juan Godoy y su libro: Militares Patriotas. Soberanía, Patria, Defensa y emancipación en la línea Nacional de nuestras Fuerzas Armadas, son un antídoto para limpiar las aguas oscurecidas artificialmente por buena parte del campo académico actual, que en parte opero, como han operado todos los campos académicos en cada época de la Historia, para legitimar y consolidar las características del Estado de turno, en este caso, el Estado Liberal de derecho. Para legitimar a dicha formación estatal resulta imprescindible demoler la estructura y las formas que dieron vitalidad a los gobiernos militares que se adueñaron del Estado hacia mediados de los años 50´ del siglo pasado en América Latina.  Acción que suponía demoler todo estudio, revisión, valoración, reflexión, comprensión, en definitiva, sacar de la universidad a cualquier investigación en torno a las Fuerzas Armadas y sus proyectos nacionales, decisión que pretendía olvidar a figuras patrióticas y que lucharon por la emancipación nacional como:  Luis Ernesto Vicat, el General Enrique Mosconi, el General Manuel Savio, el General Alonso Baldrich, el Coronel Juan Lucio Cernadas, el General José María Sarobe, Franklin Lucero, Juan Ignacio San Martín, Hernán Pujato y claro está, el General Juan Perón.

Hay, además, otras cuestiones que no están presentes en esta obra, que estimó se convertirá en un clásico y dará mil hijos, hablo de aquello referido al autor. Juan Godoy no es sólo un eslabón en una cadena, aunque proviene de una tradición nacional de estudiosos, maestros, escritores y poetas, presente en estas tierras desde los tiempos de Martín del Barco Centenera (Logrosán, Cáceres, 1535 – ¿1602?) con su poema: “Argentina y conquista del Río de la Plata con otros acaecimientos de los reinos del Perú, Tucumán y el Estado del Brasil” (1602), más bien es un constructor de cadenas, un maestro, un formador incansable, la expresión cabal de ese ser nacional que detiene su marcha para empujar a otros. Sus días, doy fe como compañero de tareas en el Posgrado: Especialización de Pensamiento Nacional y Latinoamericano del siglo XX (DHyA – UNLa), del cual es director, se dividen en infinitas charlas con estudiantes de la especialización, tutorías a trabajos integradores, charlas en mutuales, cooperativas, espacios de cultura y recreación, más juntadas en plaza y demás espacios públicos con jóvenes que le consultan por libros y lecturas o simplemente le solicitan que lea sus trabajos. En fin, en estos tiempos de liberales de corral, donde la arremetida que viene del Atlántico Norte a través de una centena de redes virtuales intenta romper con todo lo nuestro, bueno es encadenarse a nuestra historia y tradiciones, a nuestro barrio y nuestras universidades, encadenarse y generar nuevos eslabones para el futuro nacional. Alguna vez, otro patriota, otro Juan (Juan Manuel de Rosas), debió encadenar los ríos frente al avance imperialista del Norte, hace rato que entonces debemos dudar de eso que llaman “libertad”.  


[i]Ugarte, Manuel El destino de un continente, Ediciones de la Patria Grande, Buenos Aires, 1962, p. 95. 

[ii]Gullo, Marcelo, La insubordinación fundante [2008], Buenos Aires, Biblos, 2014, p. 21.

[iii]Weber, Max, La política, el político y el científico [1919], Buenos Aires, Prometeo, 2003.

[iv]Oslak, Oscar, “Formación histórica del Estado en América Latina” [1982], en Lecturas sobre el Estado y las políticas públicas, Buenos Aires, Jefatura del Gabinete de Ministros de la Nación, 2007.

[v]Ribeiro, Darcy, Las Américas y la civilización [3 tomos], Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1969.

[vi]Ejército Argentino – Instituto de Historia Militar Argentina – IHMA, http://www.ejercito.mil.ar/; Runza, Ricardo, Misiones, despliegue y organización de las Fuerzas Armadas de Argentina, Brasil y Chile. Revista Fuerzas Armadas y Sociedad, año 18, n. 1-2, ene. / jun. 2004; Badaró, Máximo, Nuevos cadetes, nuevos ciudadanos. Análisis de un ritual de investidura en el Ejército Argentino. Revista electrónica del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de General San Martín, Año 2, n. 4, Buenos Aires, noviembre de 2008; Jauretche, Arturo, Ejército y política – La patria grande y la patria chica, Buenos Aires, Peña Lillo, 1959; Ramos, Jorge Abelardo, Ejercito y semi colonia, Buenos Aires, Sudestada, 1964.

[vii]Muzzopappa, Héctor, “La génesis de la «vuelta a la democracia» de 1983 en Argentina o el prólogo político-cultural para el neoliberalismo”, en V Coloquio Internacional de Filosofía Política, Universidad Nacional de Lanús, Buenos Aires, 2015, pp. 121-134.

[viii] Buela, Alberto, Aportes a la tradición Nacional, Marcos Paz, Ed. Theoría, 1998, p.10.

Facundo Di Vincenzo
Doctor en Historia, Especialista en Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Profesor de Historia (USal, UNLa, UBA) Docente adjunto de Historia Social General Contemporánea, Seminario de Las Izquierdas y el Problema Nacional, Seminarios de Peronismo y Pensamiento Nacional y Seminario de Pensamiento Nacional y Latinoamericano (UNLa), Docente e Investigador del Centro de Estudios de Integración Latinoamericana “Manuel Ugarte” y del Instituto de Investigaciones Históricas (UNLa) Coordinador Académico del Posgrado: Especialización en Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Director del Área de Las Corrientes del Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano del Departamento de Humanidades y Artes, Consejero Editor de la Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Columnista de los Programas Radiales: Malvinas Causa Central y Esquina América de Megafón FM 92.1.
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