Federico Llera

El Imperio Jesuítico: Lugones y un “alegato liberal vivo contra los jesuitas” leído desde Castellani y Hernández Arregui

Introducción general

En 1903, Leopoldo Lugones escribe por encargo del gobierno argentino El Imperio Jesuítico, un ensayo histórico que ofrece al liberalismo de comienzos del siglo XX una crítica severa a la experiencia de las misiones jesuíticas. Como señalará más tarde Leonardo Castellani, el poeta cordobés terminó dando al gobierno “mucho más de lo que pidió”[1]. ¿Qué interés tenía para el poder liberal revisitar las ruinas jesuíticas en la Argentina de principios del siglo XX?

La obra de Lugones permite asomarse a un juego de máscaras donde las figuras de los jesuitas y del propio Lugones ponen en escena, detrás de ropajes morales y civilizatorios, conflictos económicos y políticos que atraviesan las discusiones fundamentales del pensamiento nacional.

Como señala Diego Bentivegna en el estudio preliminar  de Lugones de Castellani (2001), “Lugones constituye, todavía, un lugar de entrecruzamiento de experiencias estéticas y políticas, una zona prolífica hasta lo imprevisible de la cultura argentina que es objeto de disputas por el sentido”[2].

Para el exjesuita Castellani, la oligarquía portuaria prodigó honores al poeta cordobés para entretenerlo y mantenerlo atado durante décadas. El Imperio Jesuítico revela, en última instancia, menos sobre los jesuitas que sobre el mecanismo mediante el cual el liberalismo argentino convierte un conflicto económico en condena moral y coopta a sus intelectuales para escribirla.

Lugones y el encargo liberal

La escritura de El Imperio Jesuítico no puede comprenderse al margen de las condiciones políticas y materiales en las que fue producido. En 1903, el gobierno argentino, a través de su Ministro del Interior Joaquín V. González, figura clave del PAN, encargó a Lugones la redacción de un informe sobre las ruinas jesuíticas de Misiones. El poeta viajó a la región entre junio de 1903 y mayo de 1904 acompañado por Horacio Quiroga, quien participó de la expedición en calidad de fotógrafo.

Originalmente planeado como “memoria”, el libro deviene, en palabras de Lugones, en “ensayo histórico”[3]. Desde el prólogo introduce una precisión que marcará el tono de su interpretación sobre la Compañía de Jesús. Frente a la denominación de República Cristiana, que los jesuitas se daban a sí mismos, Lugones opone la de Imperio Jesuítico. Según explica, ello se debe a que “la palabra república apareja ahora un concepto democrático, enteramente distinto del que corresponde a aquella sociedad”[4], a la que no vacila en caracterizar como imperial.

Para Castellani, este libro ocupa un lugar particular dentro de la producción lugoniana. Se trata del primer libro escrito por encargo, circunstancia que permite situarlo en el marco de las complejas relaciones entre el intelectual y el poder político en la Argentina.

Formado originalmente como sacerdote jesuita y expulsado de la Compañía en 1949, Leonardo Castellani llegó a trabar amistad y frecuentar a Lugones entre 1935 y el suicidio del poeta, el 18 de febrero de 1938. Para Castellani, El Imperio Jesuítico es, lisa y llanamente, un libro malo[5]. Según sostiene, Lugones “dio al gobierno de Quintana más de lo que le pidió, un alegato liberal vivo contra los jesuitas”[6], y agrega: “la idea clara del libro es que los jesuitas fueron asombrosos organizadores, pero encarcelaban la conciencia y destruían la personalidad”[7]. Para el exjesuita, fue la trenza política roquista la que mantuvo al poeta ligado al régimen mediante empleos, encargos de libros, conferencias aplaudidas, una gloria en parte artificial y otras prebendas indirectas, como sus columnas en La Nación o los viajes a Europa[8].

La hipótesis de Castellani encuentra eco en la lectura que Juan José Hernández Arregui hace sobre la figura de Lugones. En el capítulo “El nacionalismo de derecha en la Argentina”, Arregui se detiene, entre otras cosas, en la figura del poeta cordobés. Para el autor de La formación de la conciencia nacional, Lugones representa el caso paradigmático de un intelectual escindido entre su dependencia material respecto de la oligarquía y su sensibilidad frente a los grandes problemas nacionales.

Para Arregui los pilares de la propuesta lugoniana para una argentina grande son: la crítica al imperialismo británico, el fomento de la actividad industrial, la propuesta de una reforma agraria y la reivindicación de la población criolla[9]. Se trata de planteos que chocan frontalmente con los intereses históricos de la oligarquía portuaria, cuya riqueza material descansa en la producción agroexportadora y en su inserción subordinada en el mercado internacional. Desde esta perspectiva, una industrialización efectiva, una reforma agraria o una política capaz de enfrentarse al predominio británico resultaban incompatibles con el orden económico que esa clase dirigente había construido y del que dependía.

En ese contexto, lo que Arregui denomina “historia oficial” aparece como uno de los instrumentos culturales mediante los cuales la oligarquía justificó ese orden social y económico. A través de ella, diversas tradiciones políticas y sociales que no encajaban con el modelo liberal, entre ellas la experiencia jesuítica, fueron presentadas como obstáculos al progreso. En este sentido, el ensayo histórico de Lugones constituye, quizá por necesidad o por subordinación, un alegato liberal funcional al clima ideológico del roquismo y a la imagen que la oligarquía porteña, ganadera y comercial había construido sobre la Orden.

Para Arregui, Lugones fue incapaz de traspasar los límites que le imponía su propia situación social. No logró articular sus intuiciones sobre los problemas nacionales con las luchas populares ni con el ascenso de las masas, cuyo protagonismo amenazaba el orden social del que, en última instancia, dependía su posición[10].

En este sentido, Arregui observa que “la historia de la oligarquía, asimilada por los intelectuales, es la difamación de lo popular encubierta con ideas universales sobre la dignidad de la persona humana”[11]. En su condición de profesional asalariado, el intelectual aparece así como un producto de la división social del trabajo: más allá de sus diferencias individuales, cumple una función social determinada y actúa como un tejido defensivo de la clase dominante. En el caso de Lugones, Arregui formula el diagnóstico sin rodeos: “Al abandonar Roca la presidencia, Lugones vio amenazado su cargo. Transó. Y de esta segunda abjuración de sí mismo al servicio de la oligarquía, representada por Quintana, deriva su teoría nacionalista aderezada de tal forma que no podía ofender al régimen político del que dependía”.[12]

El Imperio Jesuítico, los jesuitas según Lugones

Como ya vimos, desde el prólogo, Lugones va a tomar una posición marcada frente a las experiencias jesuíticas de las misiones al reemplazar el denominativo República por el de Imperio. En el primer capítulo, realiza un repaso de la situación del Imperio Español en el momento en que tuvo lugar la “conquista espiritual realizada por los jesuitas sobre las tribus guaraníes”[13]. El uso de la expresión “conquista espiritual” anticipa ya un aspecto central de la interpretación lugoniana: la empresa de la Compañía de Jesús constituye en realidad una continuación de la conquista militar por medios espirituales.

Según Lugones, se trata de una decisión pragmática de la monarquía española, consecuencia directa de la condición desfavorable en que se encontraba con respecto al ascenso de las potencias comerciales como Gran Bretaña. “Imposibilitado el sueño universal de la monarquía, España soñó el Imperio Cristiano como una compensación”[14], Imperio del cual la Compañía de Jesús fue su brazo armado. De este modo, el carácter militar que había marcado la expansión española se trasladaría al terreno religioso. Para Lugones, ese espíritu es precisamente el que encarnó la orden fundada por Ignacio de Loyola[15].

En este punto el autor subraya un dato que considera significativo: no debe olvidarse que San Ignacio había sido militar. Desde esta perspectiva, la organización de la Compañía respondería a una lógica estratégica propia de un combate religioso que tenía como objetivo central la lucha contra el protestantismo en el contexto de la Reforma. Para Lugones, en el fondo de la empresa jesuítica operaría “el escepticismo utilitario, que con tal de llegar a su fin no repara mucho en los medios”[16], y va a decir lisa y llanamente que no hay que olvidar que “San Ignacio y Maquiavelo fueron contemporáneos”[17].

Para Lugones, el éxito de la Compañía se explica precisamente por su capacidad para adaptarse a las condiciones del nuevo orden mundial. Dentro de la Iglesia, los jesuitas habrían representado una tendencia moderna que comprendió mejor que otras órdenes religiosas las transformaciones políticas y económicas de su tiempo. El conquistador religioso reemplazó al militar, y la monarquía española, progresivamente transformada en teocracia, convirtió a la Orden en su instrumento privilegiado.

De esta manera, Lugones sostiene que pueden distinguirse dos corrientes conquistadoras: una militar o “laica”, vinculada a los conquistadores y encomenderos, y otra espiritual, que se inicia formalmente en 1610 tras la orden real del 30 de enero de 1609 que habilitó el establecimiento de las misiones jesuíticas en la región del Paraguay. La experiencia de las reducciones introdujo una transformación profunda en las relaciones económicas de la región.

Para Lugones, los jesuitas se opusieron a la concepción que consideraba a los indígenas como “bestias semirracionales”[18], pero lo hicieron para tratarlos como niños perpetuamente tutelados. Esta tutela se traducía en una organización económica que despertó rápidamente la hostilidad de los encomenderos. Uno de los puntos más conflictivos fue la exención de tributos de la que gozaban las reducciones, lo que generaba, según Lugones, una situación de competencia económica desigual y falta de incentivos para el progreso (encarnado para Lugones en la figura de los encomenderos).

En las misiones el trabajo era obligatorio para todos, “determinando así una competencia ventajosísima con los empresarios laicos”[19]. Mientras los encomenderos debían pagar salarios y tributos a la Corona, las reducciones podían sostener un sistema productivo colectivo bajo la dirección de los padres jesuitas. Los encomenderos (“empresarios laicos” en la terminología de Lugones) debían pagar jornales a los indígenas o “comprar esclavos para explotaciones como la del azúcar, que solo aguantaba el negro”[20]. La intervención de la Corona, al otorgar privilegios a las misiones, habría desequilibrado las fuerzas del mercado en favor de los jesuitas.

La “rivalidad económica” entre encomenderos y jesuitas explicaría así, para Lugones, la persistente hostilidad entre ambos grupos. A partir de este conflicto, el autor construye una oposición más amplia entre dos modelos de organización social y política. Por un lado, la conquista laica habría favorecido la expansión de privilegios ciudadanos y el fortalecimiento del poder civil; por otro, el sistema jesuítico habría consolidado una forma de autoridad monárquica y teocrática.

En esta interpretación, el liberalismo aparecería ligado a los intereses de los encomenderos, de la nobleza local y de la élite paraguaya, cuya presión habría contribuido finalmente a la expulsión de la Orden. Las ideas liberales, dominantes en el gobierno español durante el reinado de Carlos III, facilitaron la acción conjunta que condujo a la expulsión de los jesuitas.

Para Lugones, este episodio representaría uno de los antecedentes históricos del proceso que desembocaría en la Revolución de Mayo. El agotamiento del sistema jesuítico y el descontento de la pujante burguesía, que buscaba la restauración de los antiguos privilegios relacionados con la conquista laica, habrían preparado el terreno para una transformación política más profunda. Como afirma el propio Lugones, “el espíritu popular exigía ya medidas más radicales y compatibles con la evolución que llevaba los pueblos a la democracia o a las instituciones representativas: el separatismo revolucionario del año 10”[21].

Desde esta perspectiva, las reducciones jesuíticas habrían constituido una forma perfecta de teocracia que cristalizaba el ideal político de la monarquía española. Sin embargo, ese modelo resultaba incompatible con las aspiraciones modernas que comenzaban a imponerse en Europa y en América. Los jesuitas aparecen representados por Lugones como los “paladines de un sistema abolido”[22]. Su organización social habría impedido el desarrollo del individuo al promover la igualdad, pero “la igualdad en la miseria”[23]. De esta manera, la igualdad aparece como opuesta e incompatible con el ideal de libertad asociado al progreso individual.

En el análisis lugoniano, esta oposición se resume en tres principios fundamentales que caracterizarían el sistema de las reducciones: el comunismo económico, la autoridad absoluta y la renuncia de la personalidad individual, un “sistema económico basado en el comunismo era antagónico con la independencia de carácter individualista que el siglo XVIII iniciaba”[24].

El fracaso de las reducciones plantea para Lugones el problema de la “aptitud del indio” para la civilización. En su discurso, la noción de civilización aparece estrechamente vinculada a los valores del liberalismo económico moderno. Allí donde Lugones habla de civilización, lo que en realidad se afirma es una determinada idea civilizatoria asociada a la propiedad, la iniciativa individual, la acumulación de riqueza y sus maneras de organizar la producción y su excedente. De allí que pueda sostener que “resulta harto significativo que las naciones más adelantadas sean aquellas en las cuales la población indígena se aminora”[25].

El progreso moderno, afirma Lugones, exige el predominio de la “habilidad calculadora” y la paz social, condiciones que considera incompatibles con la organización religiosa y comunitaria de las reducciones. El fracaso de la experiencia jesuítica aparece como el fracaso de cualquier forma de organización social que no incorpore los valores económicos del mercado (la moneda, la libertad comercial y la libertad de conciencia). Su expulsión habría abierto el camino a la “revolución individualista” que caracterizaría al mundo moderno. El triunfo del sistema jesuítico, concluye Lugones, “habría implicado la perpetuación de la Edad Media”[26].

En este sentido, la figura del jesuita adquiere en el discurso lugoniano un carácter simbólico. Más que una discusión histórica sobre las misiones, el autor propone una reflexión sobre los modelos de civilización en disputa. La pugna entre el ideal comunitario de las reducciones y el ideal individualista del liberalismo económico aparece, para Lugones, como un conflicto todavía vigente en su propio tiempo[27]. El Imperio Jesuítico habría sido así uno de los principales obstáculos para ese proyecto civilizatorio, y su desaparición permitió, según el poeta, liberar a la futura América del “tropiezo más grave que habría sufrido al emanciparse”[28]: la persistencia de un ideal social incompatible con el nuevo orden histórico.

Conclusión

Leonardo Castellani afirma que “Lugones fue en un momento el corazón del país, un representante desta nación tanto en su grandeza como en sus miserias —en su vida fuerte y en su muerte desdichada—“[29]. El exjesuita describe al poeta cordobés como una  “mescolanza de las cosas más buenas y las cosas más siniestras”[30], “hay genio y hay macaneo, hay disparate, sinceridad, mistificación, nobleza y botaratismo”[31]. En esa mezcla contradictoria se cifra, para Castellani, la figura de Lugones.

En los años finales de su vida, el autor de El Imperio Jesuítico se volverá profundamente crítico del liberalismo, posición que expresará en sus artículos de la década de 1930 en el diario La Nación, al mismo tiempo que se acercará nuevamente a la fe cristiana. Su producción intelectual dista de ser un programa doctrinario. Más bien se presenta como el resultado de una colisión entre las condiciones particulares de su existencia y su inserción en los debates del pensamiento nacional.

En ese sentido la obra de Lugones continúa resultando significativa. Se trata de un espacio de conflicto donde se sintetizan los grandes debates de la Argentina moderna. Expresa, con todas sus tensiones y contradicciones, lo que puede pensarse como una verdadera “conciencia dolorosa de la patria”[32].

En esta perspectiva resulta relevante la definición de Juan José Hernández Arregui, para quien “la conciencia nacional es la lucha del pueblo argentino por su liberación. En este sentido el interés por la historia es la conciencia de la libertad como necesidad. Esta conciencia es colectiva pese a que sus formulaciones conscientes surjan de mentes individuales”[33]. La obra de Lugones puede pensarse así como una de esas formulaciones contradictorias de la conciencia nacional: una conciencia que busca intervenir en la construcción de una “Argentina grande” desde los más diversos campos de la cultura

El análisis de El Imperio Jesuítico permite observar con claridad uno de los conflictos centrales que atraviesan nuestra historia. Como señala Arregui, “aunque se disimule con los afeites de la ética, la libertad del espíritu del capitalismo no es más que la libertad de comercio”[34]. Para Arregui, el liberalismo moderno no representa únicamente un conjunto de ideas políticas, sino también la expresión de una ética burguesa que emergió históricamente como reacción frente al autoritarismo eclesiástico del mundo feudal. El ascenso del liberalismo, señala Arregui, coincide así con el declive del imperio español en América y con la expansión del poder anglosajón[35].

Desde esta perspectiva, el conflicto que Lugones reconstruye en su interpretación de las misiones jesuíticas puede leerse como la expresión histórica de un enfrentamiento entre diferentes concepciones de la libertad. Como afirma Arregui, “la sociedad no es una unidad sino una división, o sea múltiples concepciones de la libertad que se enfrentan y alternan como contrarias, es decir impulsadas al dominio autoritario o al mutuo aniquilamiento”[36].

En el contexto de la Argentina de comienzos del siglo XX, esas tensiones se inscriben en la estructura de una oligarquía terrateniente y ganadera que, heredera del orden político inaugurado tras la Constitución de 1853, consolidó su riqueza material en la producción agroexportadora y en su dependencia económica del mercado británico. Aunque sus tradiciones culturales seguían siendo en gran medida españolas, Arregui señala que esa élite adoptó modelos políticos anglosajones y una cultura francesa que funcionaba como negación de España[37].  

En este marco la figura del jesuita se convierte en el discurso lugoniano en el símbolo de una amenaza para el orden liberal. Las reducciones aparecen representadas como una forma de organización social basada en la comunidad económica y en la tutela religiosa que, desde la perspectiva del liberalismo burgués, encarnaban la pesadilla comunista: la posibilidad de que las clases postergadas por la revolución burguesa emergieran como una fuerza social capaz de poner en peligro el orden liberal.

En este sentido, más que ofrecer una respuesta definitiva, la obra de Lugones permite volver sobre una pregunta que continúa atravesandonos: qué idea de libertad y qué modelo de civilización deben orientar nuestro destino.

Imagen de portada. Fuente: la imagen de las ruinas página del Ministerio de Turismo de Misiones. Foto de Lugones Wikipedia y la tapa del libro ML. Montaje del autor.

BIBLIOGRAFÍA

Castellani, L. (2011). Lugones. Buenos Aires: Biblioteca Nacional.

Hernández Arregui, J. J. (2011). La formación de la conciencia nacional. Buenos Aires: Ediciones Continente; Arturo Peña Lillo.

Lugones, L. (1985). El imperio jesuítico. Buenos Aires: Hyspamérica Ediciones Argentina.


[1] Castellani, L. (2011). Lugones. Biblioteca Nacional, p. 102.

[2] Ibid., p. 30.

[3] Lugones, L. (1985). El imperio jesuítico. Buenos Aires: Hyspamérica Ediciones Argentina, p. 21.

[4] Ibid., p. 22.

[5] Castellani, L., Lugones… ed. cit., p. 100.

[6] Ibid., p. 102.

[7] Idem

[8] Idem

[9] Hernández Arregui, J. J. (2011). La formación de la conciencia nacional. Buenos Aires: Ediciones Continente; Arturo Peña Lillo, p. 145.

[10] Ibid., p. 137.

[11] Ibid., p. 118.

[12] Ibid., p. 143.

[13] Lugones, L., El imperio jesuítico, ed. cit., p. 25.

[14] Ibid., p. 74.

[15] Ibid., p. 75.

[16] Ibid., p. 76.

[17] Idem

[18] Ibid., p. 130.

[19] Ibid., p. 134.

[20] Idem

[21] Ibid., p. 134.

[22] Ibid., p. 230.

[23] Ibid., p. 231.

[24] Ibid., p. 236.

[25] Ibid., p. 236.

[26] Ibid., p. 243.

[27] Ibid., p. 244.

[28] Ibid., p. 245.

[29] Castellani, L., Lugones… ed. cit., p. 72.

[30] Idem

[31] Ibid., p. 73.

[32] Ibid., p. 170.

[33] Hernández Arregui, J. J., La formación de la conciencia nacional…, ed. cit., p. 42.

[34] Ibid., p. 27.

[35] Ibid., p. 25.

[36] Ibid., p. 27.

[37] Ibid., p. 54.

Federico Llera
Federico Llera cursa la Especialización en Pensamiento Nacional y Latinoamericano (UNLa). En ese marco trabaja sobre las distintas posiciones en torno a la presencia jesuítica dentro del pensamiento nacional. Como Licenciado en Comunicación Social desarrolla su actividad profesional en vinculación con PyMES del sector industrial. Además, escribe y hace música.
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