Dos nacionalismos frente al espejo. La crítica de Jorge Enea Spilimbergo al nacionalismo oligárquico y la postulación del nacionalismo revolucionario en la Argentina de 1956
Introducción
El año 1956 encuentra a la Argentina en uno de sus momentos de mayor tensión política. El peronismo fue derrocado un año antes por el golpe militar de septiembre de 1955, y el campo intelectual y político de la izquierda atravesaba un momento de profunda desorientación. Por un lado, el Partido Comunista (PC) y el Partido Socialista (PS) argentinos —ambos enrolados, desde la perspectiva de la Izquierda Nacional, en lo que podría calificarse como una izquierda liberal o “cipaya”— tuvieron comportamientos diferenciados frente al golpe; el PS apoyó abiertamente la sublevación y se integró al régimen de la Revolución Libertadora, mientras que el PC, aunque caracterizó erróneamente al peronismo como “nazi-fascista”, no respaldó el derrocamiento y sufrió la represión del nuevo gobierno. Ambos, sin embargo, compartían una misma incapacidad de comprensión estratégica, ya que no lograron distinguir que lo que se derrocaba no era una dictadura fascista sino un gobierno que había logrado vincular, por primera vez en la historia moderna del país, la cuestión social con la cuestión nacional. Por otro lado, el grueso del movimiento obrero, peronista en su identidad y su memoria, quedaba sin conducción política propia y sometido a la proscripción y la represión del gobierno de facto que ocupó el poder tras el derrocamiento de Perón.
Es en ese contexto que Jorge Enea Spilimbergo, militante socialista revolucionario y uno de los cuadros más lúcidos de lo que por entonces comenzaba a denominarse la Izquierda Nacional, publica su primer libro de envergadura. Se trata de Nacionalismo oligárquico y nacionalismo revolucionario (Editorial Amerindia, 1956), un texto breve, pero de una densidad argumentativa notable, que opera a la vez como intervención política de urgencia y como elaboración teórica de largo alcance. Spilimbergo escribe desde la derrota, desde la clandestinidad —la mordaza policial del régimen le había impedido publicar previamente dos de los artículos que integran el volumen—, y desde la convicción de que, sin un análisis certero de las fuerzas en pugna, cualquier proyecto popular estaba condenado a tropezar una y otra vez con los mismos límites históricos.
La figura de Spilimbergo ha recibido escasa atención académica, a pesar de haber sido uno de los referentes centrales de la Izquierda Nacional argentina junto a Jorge Abelardo Ramos y Juan José Hernández Arregui. Mientras que la obra de estos últimos ha encontrado mayor recepción en los estudios universitarios, los escritos de Spilimbergo permanecen en gran medida fuera de ese circuito. Precisamente por eso su recuperación resulta una tarea tanto intelectual como política.
El presente trabajo se propone analizar la distinción conceptual que Spilimbergo establece entre nacionalismo oligárquico y nacionalismo revolucionario como eje central de su reflexión sobre la cuestión nacional en la Argentina. Esa distinción no es meramente descriptiva. Es, ante todo, una categorización que tiene consecuencias sobre la táctica política, sobre la configuración de alianzas de clase y sobre el horizonte estratégico de la emancipación nacional. Para ello, se toma como fuente principal el libro mencionado, incorporando cuando sea pertinente referencias a otras tradiciones del pensamiento nacional y latinoamericano que el seminario propone como marco de discusión.
La hipótesis que guía estas páginas sostiene que la distinción spilimberguiana entre ambos tipos de nacionalismo no es una clasificación académica sino una intervención teórico-política que busca resolver el problema histórico de la dirección de la revolución nacional. Quién conduce el proceso antiimperialista, con qué base social y en qué dirección, esa pregunta, formulada en 1956, conserva una actualidad que trasciende su contexto inmediato de producción.
El trabajo se organiza en cuatro apartados. El primero reconstruye el contexto de producción del texto y la posición de Spilimbergo en el campo de la Izquierda Nacional. El segundo analiza la categoría de nacionalismo oligárquico tal como la elabora el autor. El tercero examina la postulación del nacionalismo revolucionario y su articulación con la cuestión del sujeto político. El cuarto reflexiona sobre las implicaciones teóricas de esta distinción en el debate más amplio sobre nación, imperialismo y clases sociales.
1. Jorge Enea Spilimbergo y la Izquierda Nacional: un intelectual de partido en tiempos de derrota
Ubicar a Spilimbergo en la tradición de la Izquierda Nacional requiere trazar sus coordenadas fundamentales. La corriente que en Argentina se conoce bajo esa denominación es, en términos generales, un intento de síntesis entre el marxismo y el nacionalismo popular. Rechaza tanto el internacionalismo abstracto de los partidos comunistas subordinados al PCUS de Moscú como el nacionalismo de derecha, clerical y antipopular. Esta doble ruptura es constitutiva de su identidad. El problema de la izquierda tradicional, desde esta perspectiva, era su incapacidad de distinguir entre el nacionalismo opresor de las metrópolis imperiales y el nacionalismo de los pueblos sometidos. La tesis central de la Izquierda Nacional es que en los países dependientes la revolución social está indisolublemente ligada a la revolución nacional.
Jorge Abelardo Ramos es el nombre más conocido de esta corriente. Su obra Revolución y contrarrevolución en la Argentina (1957) constituye la sistematización histórica más ambiciosa de ese enfoque, con un recorrido de largo aliento que va desde la independencia hasta mediados del siglo XX. Hernández Arregui aporta la dimensión cultural e ideológica más desarrollada. Su análisis de la conciencia nacional examina cómo la élite intelectual argentina reproduce en el plano ideológico la dependencia económica del país, al estar formada en los patrones culturales de la metrópoli europea antes que en la realidad de las masas populares. Spilimbergo ocupa en ese mapa un lugar específico. Es el pensador de la táctica, el que trabaja sobre el presente inmediato, el que analiza las fuerzas en pugna con una perspectiva orientada a la acción política concreta.
En 1956, Spilimbergo integraba el Partido Socialista de la Revolución Nacional (PSRN)[1], formación pequeña pero intelectualmente activa que buscaba articular el marxismo con el reconocimiento del fenómeno peronista como expresión del movimiento nacional. La vinculación con la tradición yrigoyenista era más indirecta. El PSRN rescataba el antiimperialismo de Yrigoyen y su neutralidad frente a las presiones británicas como antecedente del nacionalismo popular, sin subordinar su programa al radicalismo. La mordaza policial que el régimen del general Aramburu le impuso impidió la publicación de dos artículos que Spilimbergo incorporó luego como apéndices del libro[2].
Lo notable del texto es que Spilimbergo no escribe para convencer al adversario sino para orientar a quienes comparten su diagnóstico de la derrota. El libro es, en el sentido gramsciano del término, un ejercicio de elaboración colectiva orientado a la práctica. Busca producir una lectura compartida de la coyuntura entre quienes reconocen el golpe de septiembre como punto de partida y se preguntan cuál es el camino. No puede leerse, por tanto, con las categorías de la objetividad académica, sino desde la lógica de la intervención político-intelectual que le es constitutiva.
La tesis central del libro puede resumirse de la siguiente manera. En la Argentina de mediados del siglo XX coexisten y se enfrentan dos nacionalismos cualitativamente distintos. El nacionalismo oligárquico es expresión de sectores de las clases dominantes que adoptan la retórica nacional para defender sus privilegios y, en última instancia, para subordinar el país al imperialismo de turno. El nacionalismo revolucionario, en cambio, emana del pueblo, de la clase obrera y las masas populares, y vincula la defensa de la soberanía nacional con la transformación social profunda. La confusión entre ambos, sostiene Spilimbergo, no es inocente sino una de las armas ideológicas más eficaces del orden dominante.
2. El nacionalismo oligárquico retórica patriótica al servicio del privilegio
La crítica al nacionalismo oligárquico es demoledora y minuciosa al mismo tiempo. El blanco principal de Spilimbergo son los grupos que en los años treinta y cuarenta se reclamaban del nacionalismo católico. Entre ellos se encuentran las figuras en torno a Mario Amadeo, la revista “Azul y Blanco”, el general Uriburu y el conjunto de las corrientes que combinaban el hispanismo, el corporativismo y el anticomunismo. En 1956, esas mismas corrientes intentan presentarse como alternativa al peronismo derrocado y disputar el apoyo de las masas. El análisis histórico que propone Spilimbergo parte de una tesis que invierte el orden habitual de las causas. El nacionalismo oligárquico argentino no nació para enfrentar al imperialismo; nació como respuesta al movimiento obrero. Su origen es el terror antiobrero, no la resistencia a la dominación extranjera. Como señala en la sección dedicada al terrorismo antiobrero:
El nacionalismo de las clases oligárquicas se manifiesta en la Argentina desde las primeras décadas del siglo, no para emprender una cruzada contra el imperialismo, sino como respuesta al incipiente movimiento de la clase trabajadora. (Spilimbergo, 1956, p. 11)
La Liga Patriótica de Manuel Carlés, los asaltos a locales sindicales durante el Centenario, las bandas civiles reclutadas en barrio Norte para hacer el trabajo sucio que la policía no podía hacer a cara descubierta. Todo ese conjunto de prácticas es, para Spilimbergo, la prehistoria del nacionalismo oligárquico. La retórica de la patria y la nación cumple ahí una función ideológica precisa, que es desplazar el conflicto de clases hacia una identidad colectiva que oculte la división entre explotadores y explotados.
Un segundo elemento central de la crítica es la demostración de que el nacionalismo oligárquico, pese a su discurso soberanista, termina siempre subordinado al imperialismo. El recorrido histórico es elocuente. Los sectores que conspiraron contra Yrigoyen —el presidente que había mantenido la neutralidad argentina durante la Primera Guerra Mundial y enfrentado las presiones del capital inglés— fueron los mismos que protagonizaron el golpe de 1930 y construyeron la “década infame”, ese período de entrega sistemática de los recursos nacionales a los intereses británicos. El pacto Roca-Runciman, la ley de Banco Central redactada en Londres, la Corporación de Transportes que liquidó el transporte automotor nacional. Todo eso fue obra de quienes se decían patriotas.
El episodio del golpe septembrino de 1955 actualiza esa misma lógica. Spilimbergo subraya que el nacionalismo oligárquico, representado en ese momento por la corriente de Amadeo, participó del alzamiento contra el gobierno peronista y contribuyó a instalar el régimen que implementaría el plan Prebisch. El resultado paradójico es que quienes decían oponerse al imperialismo sajón terminaron instalando en el poder a quienes lo representaban con mayor fidelidad. Para Spilimbergo, esta paradoja no es accidental sino estructural. El nacionalismo oligárquico carece de la base social necesaria para sostener una política antiimperialista consecuente porque sus intereses de clase están entrelazados con el orden que dice querer transformar. En sus propias palabras, es una corriente que
aislado de las masas, conviértese en juguete de las clases dominantes; su nacionalismo, en el mejor de los casos, se frustra en utopía; frecuentemente degenera en versión armada de la burguesía imperialista contra el movimiento democrático popular y las reivindicaciones revolucionarias de la clase obrera. (Spilimbergo, 1956, p. 15)
La crítica al catolicismo político que atraviesa el libro merece un párrafo aparte. Para Spilimbergo, el vínculo entre el nacionalismo oligárquico y la Iglesia no es contingente sino estructural. La jerarquía católica ha cumplido históricamente la función de santificar el orden de explotación capitalista, consagrar la propiedad privada como principio divino y predicar la resignación entre los pobres. El alineamiento del Vaticano con el fascismo italiano en los años treinta, y su posterior alianza con el imperialismo norteamericano en el contexto de la Guerra Fría, son para el autor expresiones de la misma lógica. Esta lectura le permite desmontar la pretensión del “nacionalismo católico” de representar una tercera vía entre el imperialismo y el comunismo. Es importante señalar, sin embargo, que la crítica de Spilimbergo no va dirigida contra la fe religiosa del pueblo sino contra el programa terrenal de la jerarquía eclesiástica como institución política.
En este punto resulta pertinente recuperar la reflexión de Hernández Arregui sobre la doble naturaleza del nacionalismo en el marco de la historia latinoamericana. Para Arregui, no existe un único nacionalismo sino que los hay de dos tipos. Por un lado, el que emergió en Europa al calor de los primeros estados nacionales y que, una vez resuelta la cuestión nacional, se alejó de su carácter inicialmente revolucionario y devino en reaccionario, en la medida en que ingresó en su fase imperialista al convertirse en defensor del orden y los privilegios del capitalismo. Por otro, el que surge en los países coloniales y semicoloniales, donde la cuestión nacional está aún sin resolver, y que tiene un carácter antiimperialista y potencialmente revolucionario (Hernández Arregui, 2011, p. 94, citado en Grandellis, 2025). Esta distinción, que Spilimbergo elabora de manera paralela desde una óptica más política que cultural, es el nervio central de su análisis.
También Leopoldo Lugones ilustra, en su propia trayectoria personal, la tensión interna del nacionalismo oligárquico. El poeta cordobés transitó un arco que va del anarquismo y el socialismo de su juventud hacia el nacionalismo oligárquico y la defensa del orden, en lo que Hernández Arregui caracterizó como una articulación con la clase dirigente que le hizo abandonar progresivamente su vinculación con las tradiciones populares. Lugones integró, en palabras del mismo Arregui, ese nacionalismo oligárquico que “nace en nuestro país como una clara reacción de clase y antidemocrática hacia la naturaleza plebeya del yrigoyenismo” (Grandellis, 2025), compartiendo con la izquierda liberal la desconexión estructural con las masas trabajadoras.
Hay en el libro una observación de gran agudeza sobre el fascismo que vale la pena recuperar. Spilimbergo sostiene que el fascismo europeo fue la expresión de burguesías nacionales poderosas que necesitaban aplastar al movimiento obrero internamente y expandirse colonialmente hacia afuera. La Argentina no contaba con una burguesía de esas características. Por lo tanto, el “fascismo” criollo nunca pudo ser más que una copia degradada, una postura ideológica que, trasplantada a un país semicolonial, solo podía servir como ideología del imperialismo y sus aliados locales. Esta distinción entre el fascismo como expresión del imperialismo metropolitano y el nacionalismo oligárquico como ideología subalterna es uno de los aportes más originales del texto.
3. El nacionalismo revolucionario nación, clase obrera y antiimperialismo
Si la crítica al nacionalismo oligárquico constituye la parte más extensa y polémica del libro, la postulación del nacionalismo revolucionario es la que revela la apuesta teórico-política de fondo. Para Spilimbergo, el nacionalismo revolucionario no es una consigna vacía sino el resultado de una articulación concreta entre la cuestión nacional —la lucha contra el imperialismo y la oligarquía terrateniente— y la cuestión social, entendida como la emancipación de la clase trabajadora.
La distinción que Spilimbergo recupera de la obra de Lenin entre el nacionalismo imperialista y el nacionalismo colonial o semicolonial es el andamiaje teórico sobre el que se apoya el argumento[3]. En los países metropolitanos, el nacionalismo es, en última instancia, la ideología con la que la burguesía justifica la explotación de las colonias y la opresión del proletariado interno. En cambio, en los países dependientes, el nacionalismo puede tener un contenido progresivo y hasta revolucionario, en la medida en que expresa la resistencia de las masas populares frente a la dominación extranjera. Esta distinción es la que la Izquierda Nacional toma como punto de partida para rechazar el internacionalismo abstracto y reivindicar la cuestión nacional. Ramos lo desarrolló en su análisis del Partido Comunista argentino, mostrando que la subordinación a la URSS llevó a ese partido a aplicar mecánicamente categorías elaboradas en el contexto europeo a una realidad radicalmente distinta[4].
La clave del nacionalismo revolucionario, para Spilimbergo, está en la base social que lo sustenta. El autor es explícito; no puede haber nacionalismo revolucionario sin pueblo, sin masas organizadas, sin clase obrera como sujeto central del proceso. La bandera nacional, en manos de las clases populares, es una bandera de liberación. Esa misma bandera, en manos de la oligarquía o de una pequeña burguesía sin horizonte propio, se convierte en instrumento de dominio o, en el mejor de los casos, en utopía estéril.
El análisis del peronismo que propone Spilimbergo es en este punto especialmente relevante. A diferencia de la izquierda tradicional, que veía al peronismo simplemente como una variante del fascismo o como bonapartismo burgués sin más, Spilimbergo reconoce en él un momento histórico genuinamente importante. Es la primera vez que en la Argentina moderna la cuestión social y la cuestión nacional quedaron vinculadas de manera práctica. El peronismo
transformó al proletariado en espina dorsal de la lucha antiimperialista, y lo movilizó planteando resueltamente la cuestión social en un doble aspecto: reivindicaciones económicas y sindicatos de masa. (Spilimbergo, 1956, p. 22)
Sin embargo, el reconocimiento de ese mérito histórico no implica ausencia de crítica. Para Spilimbergo, el peronismo fracasó porque no logró superar sus límites burgueses. No expropió a la oligarquía terrateniente, no estableció el control obrero de la producción, no demolió el aparato del Estado oligárquico y tampoco elaboró una ideología revolucionaria propia. La burocracia sindical y estatal, lejos de ser la correa de transmisión de la voluntad popular, se convirtió en un freno y, en última instancia, en un elemento de la contrarrevolución.
Hay en este análisis un núcleo teórico que anticipa debates que recorrerán toda la izquierda latinoamericana de las décadas siguientes. ¿Puede una revolución nacional ser conducida desde arriba sin destruir el aparato del Estado heredado? ¿Puede el proletariado delegar su representación en un liderazgo bonapartista sin perder capacidad de dirección autónoma? Spilimbergo responde que no, y que la derrota de septiembre es la demostración histórica de ese límite. La revolución popular, para consolidarse, necesita ir más allá del reajuste del capitalismo y plantearse la transformación del régimen de propiedad y de producción[5].
La propuesta del nacionalismo revolucionario es, entonces, la de un proceso en el que la clase obrera no sea solo la base social del movimiento sino su conductora efectiva. Esta tesis lo diferencia de otras vertientes del pensamiento nacional que postulan la alianza interclasista bajo la dirección de una burguesía nacional o de un liderazgo militar patriótico. Para Spilimbergo, esa alianza puede ser tácticamente necesaria en determinadas coyunturas, pero la dirección proletaria es la condición de que el proceso no se detenga a mitad del camino.
Otro elemento central en la postulación del nacionalismo revolucionario es la dimensión latinoamericanista. Spilimbergo sostiene que el antiimperialismo no puede ser consecuente si se limita al marco de los estados nacionales existentes. La balcanización de América Latina —la división del continente en veinte repúblicas débiles e incapaces de resistir la presión imperial— es, para el autor, el instrumento más eficaz de la dominación extranjera. La unidad latinoamericana no es un horizonte romántico sino una necesidad histórica concreta, y el nacionalismo revolucionario, si es consecuente, debe asumir esa perspectiva continental en clave bolivariana.
4. Implicaciones teóricas nación, imperialismo y clases sociales en el debate latinoamericano
La distinción propuesta por Spilimbergo cobra toda su relevancia cuando se la inscribe en el debate más amplio sobre la formación nacional en América Latina. Ese debate ha sido rico y persistente; desde las elaboraciones de Haya de la Torre sobre el antiimperialismo y el APRA hasta las reflexiones de Hernández Arregui sobre la conciencia nacional, pasando por la obra de pensadores como Franz Tamayo en Bolivia o Manuel Ugarte en Argentina, hay en el pensamiento latinoamericano del siglo XX una pregunta recurrente que podría formularse así: ¿qué relación existe entre la construcción de la nación y la transformación social?[6]
La respuesta de Spilimbergo es, en ese debate, una de las más radicales. Para él, no hay nación posible —en el sentido pleno del término, como comunidad política y económicamente soberana— sin transformación de las relaciones de producción. La nación oligárquica, dependiente y semicolonial, no es propiamente una nación. Es la forma que toma la dominación imperial en una sociedad que carece de la fuerza material para sacudirla. El nacionalismo que no se propone resolver esa dependencia estructural es, por lo tanto, una mistificación, un discurso que nombra lo que pretende negar.
Esta posición lo distancia tanto del pensamiento liberal clásico —que concibe la nación como una realidad jurídico-política independiente de las relaciones económicas— como de ciertos enfoques del pensamiento nacional que postulan la posibilidad de una burguesía nacional capaz de conducir un proceso de desarrollo autónomo dentro de los marcos del capitalismo. Para Spilimbergo, la experiencia histórica argentina demuestra que esa burguesía nacional no existe o, cuando existe, es demasiado débil e indecisa para llevar el proceso hasta sus consecuencias. El peronismo fue, precisamente, el intento de hacer que esa burguesía nacional inexistente cumpliera sus tareas históricas a través del Estado y con el apoyo de las masas obreras. El resultado fue un bonapartismo que movilizó las energías populares pero no las orientó hacia la transformación del régimen de propiedad.
La cuestión del sujeto político es donde la propuesta de Spilimbergo resulta más exigente y también más discutible. Al postular a la clase obrera como conductora del proceso de liberación nacional, se enfrenta con una dificultad que él mismo reconoce, en 1956, esa clase obrera no tiene partido propio, está desorganizada políticamente por la derrota de septiembre y depende todavía de estructuras burocrático-sindicales heredadas del peronismo. Su respuesta es que la construcción del partido revolucionario es la tarea urgente, y que esa construcción no puede eludir la crítica al peronismo pero tampoco puede ignorar que el peronismo ha sido hasta ese momento la única expresión histórica del vínculo entre lo nacional y lo social en la Argentina.
Hay en esta posición una tensión productiva que el texto no resuelve y que probablemente no podía resolver en ese momento. Es la tensión entre la crítica teórica al peronismo y el reconocimiento práctico de que las masas obreras seguían siendo peronistas y que cualquier proyecto de izquierda que no partiera de esa realidad estaba condenado al aislamiento. Esa tensión recorre toda la historia de la Izquierda Nacional argentina y es, en cierto sentido, la marca constitutiva de su existencia como corriente: la búsqueda de un marxismo capaz de hablar la lengua de las mayorías populares sin por eso perder su horizonte emancipatorio.
Desde el punto de vista de la teoría del nacionalismo, el aporte de Spilimbergo es el de haber señalado que el nacionalismo no es una ideología con contenido fijo. Su significado político depende de quién lo sostiene, con qué base social, contra qué adversario y en qué dirección apunta. Esta observación, aparentemente simple, tiene consecuencias teóricas importantes porque desmonta tanto la condena liberal al nacionalismo como irracionalismo peligroso como la condena comunista al nacionalismo como falsa conciencia burguesa. En una nación oprimida, el nacionalismo puede ser la forma que asume la lucha de clases cuando se articula con la lucha antiimperialista. La tarea de la izquierda no es rechazar el nacionalismo en nombre de un internacionalismo abstracto sino disputar su contenido y su dirección.
Conclusión
Jorge Enea Spilimbergo escribió en 1956 un libro de combate que es, al mismo tiempo, un texto teórico de notable consistencia. La distinción entre nacionalismo oligárquico y nacionalismo revolucionario no es una taxonomía descriptiva. Sirve para desmontar la pretensión de las corrientes reaccionarias de hablar en nombre de la patria, para evaluar críticamente la experiencia peronista y para señalar las condiciones bajo las cuales el antiimperialismo puede ser consecuente.
Lo que hace singular a Spilimbergo en el contexto intelectual de su época es la combinación de rigor analítico y urgencia política. No escribe para la posteridad sino para orientar una práctica en el presente más inmediato, y sin embargo sus textos mantienen una vigencia que trasciende ese presente. La pregunta que formula —quién conduce la liberación nacional, con qué base social y hacia qué horizonte— sigue siendo una pregunta abierta en la historia latinoamericana.
El pensamiento de la Izquierda Nacional, en el que Spilimbergo ocupa un lugar propio y todavía insuficientemente explorado, aparece en ese marco como una de las respuestas más radicales al problema de la nación en América Latina. Una respuesta que rechaza la separación entre emancipación nacional y transformación social y postula la indivisibilidad de ambas tareas. En eso coincide, desde ángulos distintos, con tradiciones que el pensamiento latinoamericano del siglo XX cultivó con persistencia, desde el bolivarismo hasta el aprismo, desde el revisionismo histórico hasta el marxismo crítico de las periferias.
El texto de 1956 no está exento de limitaciones. La concepción del partido revolucionario tiene algo de voluntarista. Supone que la fuerza política adecuada puede construirse en el corto plazo si se tiene claridad teórica, sin considerar suficientemente los obstáculos estructurales que esa construcción enfrenta. La tensión entre la crítica al peronismo y el reconocimiento de su base de masas no llega a resolverse de manera convincente. Y el análisis de la burocracia sindical es agudo pero quizás subestima la capacidad de esas estructuras para reproducirse y adaptarse.
Pero esas limitaciones no disminuyen el valor del texto. Son la marca de un pensamiento que intenta responder a preguntas reales desde una posición comprometida con la transformación. Recuperar a Spilimbergo en el espacio académico va más allá de un gesto de reparación historiográfica. Es también la oportunidad de volver a hacerse preguntas que el pensamiento dominante tiende a clausurar. ¿Qué significa la soberanía nacional en una economía dependiente? ¿Puede haber democracia efectiva sin transformación de las relaciones de producción? ¿Quién es el sujeto de la emancipación latinoamericana? Son preguntas que Spilimbergo formuló con precisión hace casi siete décadas y que, desgraciadamente, siguen esperando respuesta.
Imagen de portada. Fuente: https://pensamientonacional.com.ar/biografias/patriotas/pensadores-nacionales/spilimbergo-jorge-enea-1928-2004/
Referencias
Grandellis, D. (2025). Entre la oligarquía y la patria: Lugones en la lectura de Hernández Arregui. Contrafilo. Revista digital de la Especialización en Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Universidad Nacional de Lanús. https://revistacontrafilo.unla.edu.ar/entre-la-oligarquia-y-la-patria-lugones-en-la-lectura-de-hernandez-arregui/
Hernández Arregui, J. J. (2012). La formación de la conciencia nacional. Peña Lillo. (Obra original publicada en 1960)
Lenin, V. I. (1946). El imperialismo, fase superior del capitalismo. Sociedad Editora Latino Americana. (Obra original publicada en 1916)
Martínez, C. (2025). “Desde la Torre Grita Indoamérica. Víctor Raúl Haya de la Torre y el Aprismo”. Contrafilo. Revista digital de la Especialización en Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Universidad Nacional de Lanús. Disponible en: https://revistacontrafilo.unla.edu.ar/desde-la-torre-grita-indoamerica-victor-raul-haya-de-la-torre-y-el-aprismo/admin/epnyl/
Ramos, J. A. (1957). Revolución y contrarrevolución en la Argentina. Amerindia.
Ramos, J. A. (1962). El Partido Comunista en la política argentina. Coyoacán.
Spilimbergo, J. E. (1956). Nacionalismo oligárquico y nacionalismo revolucionario. Ediciones Amerindia.
[1] El PSRN fue fundado en 1953 luego de una serie de rupturas en el interior del PS. A diferencia del partido madre, que había acompañado a la Unión Democrática y adoptado posiciones abiertamente antiperonistas, el PSRN intentaba reconocer la base obrera real del peronismo sin renunciar al horizonte socialista. Aunque pequeño en términos electorales, concentraba figuras intelectualmente activas que buscaban elaborar un marxismo adecuado a la realidad semicolonial argentina. La revista Lucha Obrera, órgano del PSRN, fue el espacio donde Spilimbergo publicó parte de sus elaboraciones de esos años, hasta que la represión de la Revolución Libertadora interrumpió su circulación.
[2] Spilimbergo incorporó como apéndices dos artículos que no había podido publicar por la censura del régimen de Aramburu. El primero, “Autocrítica de la revolución popular”, fue escrito en diciembre de 1955; el segundo, “El moralismo: utilización oligárquica de la clase media”, en abril de 1956. Ambos aparecen en Nacionalismo oligárquico y nacionalismo revolucionario (1956).
[3] Lenin, V. I., El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916). En esta obra, el autor analiza el imperialismo como una fase histórica del capitalismo caracterizada por monopolios, capital financiero y la exportación de capitales. A partir de este marco teórico, la Izquierda Nacional argentina elaboró la distinción entre los nacionalismos de las metrópolis imperiales y los nacionalismos de los países dependientes, que podían asumir un carácter antiimperialista. Edición consultada: Sociedad Editora Latino Americana, Buenos Aires, 1946.
[4] Jorge Abelardo Ramos dedicó un trabajo específico a esta cuestión. El Partido Comunista en la política argentina, publicado en 1962, analiza la subordinación del PC argentino a las directivas del PCUS y sus consecuencias sobre la política nacional. La tesis central de Ramos sostiene que esa subordinación llevó al partido a adoptar posiciones que, en los momentos decisivos, lo alinearon objetivamente con los sectores más antinacionales de la política argentina. El ejemplo más claro fue su participación en la Unión Democrática (1945-46), que Ramos interpretó como una alianza con la reacción. La lectura mecánica de la realidad argentina también llevó al PC, desde la perspectiva de la Izquierda Nacional, a caracterizar erróneamente al peronismo, contribuyendo a allanar el camino para el golpe de 1955, aunque el partido no apoyó el derrocamiento y fue posteriormente perseguido por el régimen militar.
[5] Este planteo de Spilimbergo mantiene una actualidad notable. La pregunta sobre si es posible transformar la sociedad sin destruir el aparato del Estado burgués reaparece en los debates sobre los gobiernos progresistas latinoamericanos del siglo XXI. El kirchnerismo en Argentina (2003-2015) fue caracterizado por amplios sectores de la izquierda como una variante del “capitalismo con rostro humano” que mejoró las condiciones de vida de sectores populares, pero preservó intactas las estructuras de la dependencia económica y el poder real de las grandes corporaciones. Si ese diagnóstico es acertado o no es una discusión abierta; lo que interesa señalar aquí es que la pregunta que Spilimbergo formuló en 1956 sobre los límites del bonapartismo popular sigue siendo relevante para comprender esos procesos.
[6] En el campo latinoamericano, la tensión entre nación y clase ha dado lugar a elaboraciones muy diversas. Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA peruano, fue uno de los primeros en plantear sistemáticamente que en los países dependientes el imperialismo jugaba un papel distinto al que la teoría leninista había pensado para Europa. Para Haya, el imperialismo era en Indoamérica “la primera etapa del capitalismo” y no su fase final, lo que requería una táctica diferente. La posición de Spilimbergo, aunque no mencione explícitamente a Haya en el libro de 1956, va en dirección contraria: el imperialismo no puede ser domesticado ni reformado desde adentro, sino solo derrotado mediante la movilización popular bajo dirección proletaria. Para una introducción a esta discusión, véase: “Desde la Torre Grita Indoamérica. Víctor Raúl Haya de la Torre y el Aprismo”, Contrafilo. Revista digital de la Especialización en Pensamiento Nacional y Latinoamericano, UNLa, disponible en: https://revistacontrafilo.unla.edu.ar/desde-la-torre-grita-indoamerica-victor-raul-haya-de-la-torre-y-el-aprismo/admin/epnyl/
