Cuando la patria se remata — “No se escatime sangre de vendepatria”: el romance que invierte a Sarmiento y responde desde el pensamiento nacional
El poema que presentamos, a través de este artículo, no es una pieza lírica aislada, sino la respuesta poética a un problema central de la política argentina: en un país dependiente, “vender la patria” no es una acusación moral abstracta, sino un mecanismo concreto, identificable y con continuidad histórica. Desde la crítica anticolonial de FORJA, pasando por el desnudamiento de las venas económicas que hizo Scalabrini Ortiz, hasta el análisis de la colonización cultural de Hernández Arregui, esta tradición le da al poema su marco analítico y su legitimidad emotiva. Arturo Jauretche y FORJA, fundada en 1935, representan la crítica anticolonial en el plano político: su diagnóstico central es que en un país de economía dependiente no existe democracia verdadera, porque no hay democracia posible en un país dependiente, y su lucha apunta a la oligarquía y al capital extranjero aliados en una misma operación. Jauretche insiste especialmente en la crítica de la colonización cultural: la dependencia argentina se sostiene también en el colonialismo cultural y en la imitación de Europa, en la ausencia de una mirada estratégica propia. El verso de este poema —“firmaron con tinta ajena”— es exactamente eso: la colonización cultural convertida en acto político.
Raúl Scalabrini Ortiz representa la anatomía concreta de las venas económicas. En Política británica en el Río de la Plata y en Historia de los ferrocarriles argentinos demuestra un hecho central: la red ferroviaria argentina es una tela metálica gigantesca dentro de la cual está aprisionada la República. El trazado, las tarifas, las concesiones de tierras: todo sirve a la lógica de extraer la riqueza del interior hacia el puerto de Buenos Aires y de allí a Inglaterra. Su frase “vivimos en un país falso” resume el programa de la tradición. La enumeración del poema —“litio, Patagonia, agua dulce, gas, oro, petróleo”— es la continuación contemporánea de ese inventario económico.
Juan José Hernández Arregui representa la lucha en el plano de la conciencia. En La formación de la conciencia nacional, de 1960, sostiene que el imperialismo no solo controla la economía: también anestesia la conciencia nacional de los pueblos jóvenes e indefensos mediante la opresión cultural. Señala que en los países dependientes la prensa se convierte en instrumento de la nueva colonización, cuya función es impedir la formación de una conciencia nacional, y que el intelectual se ve obligado a enmascarar sus opiniones por presión del mercado. La imagen del poema —“sin voz, sin tierra, sin techo”— describe precisamente ese estado de conciencia anestesiada.
Una operación central de la historiografía revisionista argentina es redefinir quién es el traidor. Coloca en el banquillo de los acusados a los próceres del liberalismo —Rivadavia, Mitre, Sarmiento— y rebautiza como defensores de la soberanía a los que la historia oficial condenó —Rosas, Quiroga, Perón—. De Juan Bautista Alberdi se cita con frecuencia su calificación de Mitre como vendepatria, por su papel en la Guerra del Paraguay y su connivencia con el capital británico. El poema retoma e invierte la lógica de la violencia sarmientina. La frase que discutimos antes —“no hay que economizar sangre de gauchos”— es el ejemplo típico de esa violencia civilización o barbarie. El poema desplaza esa violencia del gaucho, el bárbaro según la historia oficial, al vendepatria, el verdadero enemigo según el nacionalismo. Es un ajuste de cuentas en el plano del discurso.
Romance de la patria vendida
Ya no hay lanza en la frontera,
ni malón que cruce el llano;
ahora el indio es un fondo
y el desierto, un escritorio.
Vienen buitres con corbata,
con maletín y con lomo,
y compran ríos y campos,
y compran cielo y subsuelo.
No se escatime sangre de vendepatria,
dicen los que ya no tienen
ni voz, ni tierra, ni techo,
ni patria que defender.
Vendieron el litio entero,
la Patagonia en remate,
el agua dulce del sur,
el gas, el oro, el petróleo.
Firmaron con tinta ajena
lo que era de todos nosotros,
y el pueblo mira en silencio
cómo se vacía el techo.
No se escatime sangre de vendepatria,
pero sangre de los que firman,
no la del que queda abajo,
sin pan, sin luz, sin bandera.
Ya no hay gaucho en el caballo,
hay un gerente en el pueblo,
y en la Casa Rosada
hay un cartel de “se vende”.
La bandera está en el mástil,
pero el mástil es ajeno,
y el himno se canta bajo
con la vergüenza en el pecho.
No se escatime sangre de vendepatria,
que la patria no se hereda,
se defiende o se entrega,
y hoy la entregan mientras duermo.
La fuerza de este poema no está en que proponga un argumento nuevo, sino en que condensa noventa años de tradición crítica en el ritmo del romance. FORJA proclamó en 1935 patria, pan y poder al pueblo. Scalabrini escribió en 1940 que volver a la realidad es una obligación ineludible. Hernández Arregui sostuvo en 1960 que la conciencia nacional es la lucha del pueblo argentino por su liberación. El verso “no se escatime sangre de vendepatria” responde retóricamente a Sarmiento y, en el juicio político, hereda de esta tradición la redefinición del traidor: el verdadero traidor no es el gaucho de la frontera, es el que firma en el escritorio. “La patria no se hereda” coincide en espíritu con el juicio de Jauretche de que ser Nación es lo primero. En una realidad que ha sido una y otra vez denunciada como falsa, como irreal, escribir un poema así es, en sí mismo, una negativa a dormirse.
