I. Introducción
Uno de los problemas más graves que sufre actualmente la Argentina es el exceso de ideologismo. Tanto el oficialismo liberal como el arco opositor del, fragmentado y errabundo, Movimiento Nacional, se muestran alejados de la realidad de la población. Los temas estratégicos están fuera de agenda y en la mayoría de los casos se pierden días, semanas y meses debatiendo temáticas intrascendentes y con una visión ideologizada que polariza las diferentes posiciones e impide llegar a soluciones realistas.
Se hace imperioso recordar la enseñanza del Papa Francisco acerca de que la realidad es más importante que la idea (Evangelii gaudium, 231). Las ideas tienen importancia, evidentemente, pero es preciso que no se separen de la realidad (EG, 231). Las ideas deben estar en función y ser instrumentos de la realidad (EG, 232) para que sean genuinamente valiosas. Todo lo demás es caer en un ideologismo nocivo y pernicioso. Y eso es lo que abunda, lamentablemente, en el debate político de nuestro país.
La finalidad del presente artículo es recordar brevemente la obra de Arturo Enrique Sampay y tomar su acción como un ejemplo de lo que debe hacer un pensador nacional ante los problemas de su Patria; reflexionar sobre los asuntos que angustian y agobian a la comunidad y trabajar, comprendiendo cabalmente la realidad, en soluciones en favor del pueblo.
II. El problema del liberalismo
Nuestro autor nació a comienzos del siglo pasado, en 1911. Desde muy joven, Sampay se mostró comprometido con los asuntos de la Argentina y preocupado en encontrar una salida patriótica a los males que azotaban a nuestro país. Como en estas horas, el liberalismo era el gran mal que padecía nuestra comunidad en aquellos tiempos.
En 1933 fue reformada la Constitución de la provincia de Entre Ríos. En 1936, Arturo Sampay escribió su primera obra jurídica titulada La Constitución de Entre Ríos ante la moderna ciencia constitucional, dedicada precisamente a ese nuevo texto constitucional. Desde este trabajo -escrito cuando contaba con apenas 25 años de edad-, se perciben los diversos y profundos cuestionamientos que nuestro autor tenía hacia la ideología liberal y sus derivaciones normativas. Sampay plantea allí la necesidad de una urgente reforma de la Constitución Nacional dictada en 1853, a la que caracteriza como un producto del individualismo decimonónico. Entendía que el derecho público surgido en el siglo XIX estaba imbuido de las ideas liberales y que esos principios estaban en profunda crisis. Manifestaba que el sistema constitucional liberal, basado en la idea atomista de sociedad y la defensa del derecho absoluto de propiedad privada, empezaba a mostrar sus limitaciones. Señala que una nueva concepción estaba ganando terreno y comprendía la función social de la propiedad, abandonando la protección absoluta del liberalismo. Sampay celebraba que la reforma constitucional realizada en su provincia natal superaba la visión del hombre aislado y lo tome en su realidad como parte de la sociedad.
Unos años después, en 1942, Sampay publicó uno de sus más importantes textos, titulado La crisis del Estado de Derecho liberal-burgués. Allí continúa y profundiza los cuestionamientos al sistema liberal. Analiza pormenorizadamente las limitaciones y dificultades que mostraba el orden liberal y que justifican el título del escrito. Hacia el final del primer capítulo, Sampay expresa que hay tres etapas distinguibles en la formación del Estado moderno: el Estado absoluto, el Estado liberal y el Estado totalitario. Anticipa que el objeto de estudio de la presente obra es analizar el Estado de Derecho liberal burgués, al que considera en crisis como lo verifica el surgimiento de diferentes manifestaciones del Estado totalitario. Durante varias páginas Sampay describe el avance y el impacto de la instauración del sistema liberal. En particular, destaca la centralidad que le otorga el liberalismo a la libertad económica. Explica que la economía, que durante el Medioevo se encontraba enlazada a las cuestiones éticas, se emancipa de los impedimentos morales y de las ordenaciones estatales, con la llegada del liberalismo burgués. El Estado de Derecho liberal-burgués traza una separación total del dominio económico del político. La economía queda reservada a las libres iniciativas individuales. La neutralidad y abstención del Estado frente a la libertad económica queda asegurada por las constituciones liberales con una serie de garantías legales, en cuyo primer lugar se posiciona un ilimitado derecho de propiedad. Asimismo, Sampay expresa que otro elemento esencial del liberalismo burgués es la libertad del individuo, el que es entendido como un yo pensante; el liberalismo exalta el individualismo porque considera que una economía movida por el interés particular es la mejor garantía del funcionamiento de las leyes de la producción y el consumo.
Pero esa concepción del mundo -que se venía imponiendo hegemónicamente en los siglos anteriores en las áreas centrales del mundo-, al momento de la publicación de la obra -principios de los años 40-, se encontraba en crisis. En ese sentido, el jurista entrerriano empieza a dar cuenta de las reacciones que ha generado el sistema liberal-burgués en su etapa crítica. Pero no son necesariamente valiosas las respuestas que se presentan a la corriente dominante. De hecho, entiende Sampay que el hombre moderno, a la hora de escaparle al solipsismo liberal, eligió una senda falsa. Por ejemplo, considera que para superar el egoísmo individual propugnado por el liberalismo, asumió el camino -todavía más tenebroso-, del egoísmo colectivista que deifica el Estado (fascismo), hipostasia una clase social (bolcheviquismo) o absolutiza una raza (nazismo). Debido a ello es que todas estas variables antiliberales terminan anulando la personalidad humana como sucede con el liberalismo que se pretende combatir. La intención de superar el subjetivismo racionalista y cierta nostalgia por valores objetivos anima a las tendencias totalitarias recién mencionadas. Sampay rescata estos puntos pero reitera que son falsas las soluciones que proponen. Más allá de los fuertes cuestionamientos que Sampay efectúa sobre el liberalismo durante toda la obra, no ahorra críticas también a los totalitarismos que se jactan de su antiliberalismo pero continúan dispersando la personalidad del hombre. Agrega que a la fase ulterior del Estado de Derecho liberal-burgués, que transcurre entre finales del siglo XIX y principios del XX, la sucede un proceso de democratización masiva, conformada por un nuevo sujeto histórico: el hombre masa. A esta nueva etapa le corresponde la creación del Estado totalitario como novedad. Los persistentes cuestionamientos y reproches de Sampay al modelo liberal podrían hacer suponer alguna simpatía de parte de nuestro autor por el advenimiento de esta nueva forma de organización política. Pero no fue así. Sampay era muy crítico con las formaciones antiliberales, por considerarlas cercanas al totalitarismo. No dejaba de apreciar algunos elementos contrarios al liberalismo que eran favorables, pero también entendía que la democracia de masas contenía el riesgo de caer en gobiernos dictatoriales. Es decir, a pesar del choque que se verificaba entre la democracia liberal y la democracia radical de masas, y las profundas censuras y reparos hacia el liberalismo que había realizado Sampay, no lo ubican necesariamente a favor de las nuevas masificaciones de la actividad política. Al contrario, será severa su reprobación hacia las manifestaciones de totalitarismo. Sampay rechaza principalmente el irracionalismo violento de la democracia radical de masas. Interpreta este movimiento como la exaltación del valor físico y del combate, de la dureza y de la impiedad. En definitiva, explica Sampay que la democracia radical de masas, con su apetito violento e irracional, es una mala reacción contra el liberalismo. Entiende que no detiene el proceso de despersonalización del hombre que trajo aparejada la cultura moderna. Sampay indica que la democracia masiva surge de la incapacidad del Estado de Derecho liberal burgués para dar contención a la nueva realidad histórica. Pero la democracia radical de masas no es una buena solución porque, en general, ha nacido al calor de las ideologías de la violencia y del escepticismo y deriva en una democracia cesarista o autoritaria. La nueva realidad política, calificada por Sampay como “democrática-masiva”, aparece como la antípoda al sistema liberal, pero la consecuencia ha sido nefasta: la instauración de regímenes totalitarios de monopartido, donde el ser humano debe abdicar de su cuerpo y de su alma en beneficio del partido único, que es concebido como la encarnación de la concepción de la vida adoptada por el Estado.
Hacia el final de la obra, Sampay trata pormenorizadamente las diferentes manifestaciones de la democracia masiva que surgió en oposición al Estado de Derecho liberal burgués. En general, es muy crítico de casi todas ellas. Solo los casos de Portugal e Irlanda, le generan cierta simpatía, porque ambos superan la crisis del Estado de Derecho liberal burgués sin recurrir a la absorción de la persona por entidades colectivas hipostasiadas. En cambio, condena severamente las experiencias del fascismo, nazismo y de la Rusia soviética, por entender que todas estas organizaciones políticas quitan del centro de la escena al ser humano, absolutizando al Estado, a la raza o a una clase económica, respectivamente. Incluso llega a indicar que estas supuestas alternativas podrían terminar en un absolutismo todavía peor que el existente en la etapa previa al liberalismo, por considerarlas paganas, incompatibles con la civilización cristiana y con afanes belicosos.
III. La solución del humanismo cristiano
En cambio, el Estado corporativo de Portugal le merecía aprobación y simpatías por estar ligado a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Afirma que los Estados totalitarios -los tres casos mencionados anteriormente- se perciben como realización de un sindicalismo integral, pero niega que lo sean porque en todas esas manifestaciones las organizaciones gremiales han desaparecido o sobreviven como auxiliares sumisos del Estado y/o del partido único. En cambio, en el caso lusitano, la orientación social sigue los preceptos de las encíclicas papales –Rerum novarum y Quadragesimo anno– y el sindicalismo preserva su autonomía y cumple un rol fundamental.
Sampay reivindica una concepción cristiana de la democracia. Retomando un concepto tomista, afirma que la democracia precisa de un principio de unidad que está dado por la amistad política, que es el alma de la sociedad y es creado por un lazo común entre los hombres. Entonces, la democracia aparece como una conquista cristiana. La democracia cristiana es una democracia personalista, esto es, basada en la dignidad de la persona humana. A su vez, proclama la libertad, reclama la igualdad y reconcilia a ambas, en la fraternidad. En definitiva, es la democracia de inspiración evangélica -sustentada en el amor- la auténtica democracia.
Resumiendo, Sampay publica, a sus 30 años, su primera gran obra y se suma, de este modo, al debate político nacional. Profundiza sus críticas al liberalismo pero alertando que no toda salida del sistema liberal es buena por el solo hecho de alejarse de esa corriente política. A su vez, se empiezan a advertir sus simpatías por el humanismo cristiano, muy en boga en esos años gracias a la obra de Jacques Maritain.
Apenas unos años después, esos principios socialcristianos inspiraron la reforma constitucional de 1949, en la que Sampay tuvo una descollante participación y que consolidó a la Nueva Argentina, definitivamente alejada del pernicioso liberalismo que tanto daño había causado a la tierra de los argentinos.
IV. Epílogo
El mundo asiste actualmente a una reconfiguración de su escenario. Estados que se percibían e imaginaban omnipotentes y dueños del orbe, han iniciado un claro proceso de declive. Antiguos imperios resurgen y anhelan recuperar sus anteriores zonas de influencia. Todos estos poderes pugnan por imponer su visión de la situación internacional forzando clivajes y dicotomías que solo responden a sus intereses. La división entre “derecha” e “izquierda” o el supuesto dilema de posguerra entre Liberalismo (Capitalismo) o Socialismo (Comunismo) pretendieron ser las únicas opciones posibles para los diferentes gobiernos. En rigor de verdad, todos estos planteos y esquemas siguen conviniendo y nunca han desaparecido del todo pero nuevas categorías y conceptos empiezan a ganar terreno. En la actualidad, las grandes potencias nuevamente encubren con orlas ideológicas sus afanes expansionistas: “Patriotas o globalistas”, “Autocracia o democracia“, “Multipolaridad u Occidente”, son las nuevas formas de manifestaciones de justificación.
Sin ser totalmente ajeno a estos movimientos, nuestro país, históricamente, ha preservado una dinámica propia. En diversos momentos, la actividad política se asentó en la realidad y supo escaparle a los falsos dilemas planteados por quienes aspiraban al señoreo del mundo. Así sucedió, por ejemplo, en los tiempos en los que Arturo Sampay tuvo una destacada participación. Nuestro autor aportó para la construcción de un proyecto enraizado en la cuestión nacional. Las reflexiones de Sampay sobre la organización política constitucional de nuestra patria son una fuente inagotable e insoslayable para quienes busquen inspiración a fin de establecer un orden no solo de derecho, sino justo. Durante su extensa y prolífica tarea intelectual, el jurista entrerriano sostuvo que promover la justicia era el fin de la Constitución. En su pensamiento, justicia equivale a bienestar general, y no se reduce a los aspectos meramente materiales, sino que contiene e incluye, además, la dimensión espiritual. En este contexto de incertidumbre y crisis, tanto a nivel nacional como internacional, aparece como fundamental recordar las enseñanzas del profundo pensador nacido en Concordia. Entre ellas, es imprescindible tener presente que el fin último de las ciencias que versan sobre los asuntos ordenados y predispuestos para la práctica no es conocerlas y contemplarlas, sino hacerlas. En consecuencia, no basta teorizar sobre la justicia, sino que hay que luchar para realizarla.
* Imagen de portada: Arturo Sampay. Fuente: www.diariojunio.com.ar