El siguiente trabajo monográfico se propone indagar los puntos centrales sobre los que se sostiene y desarrolla, con múltiples alcances, la concepción de una ley de la belleza en el pensamiento de Vasconcelos. Para tal formulación se sigue lo planteado de manera directa por el autor pero también se busca dar una interpretación del sentido latente y totalizador de esta “razón estética”, con la suma de reflexiones y experiencias del filósofo mexicano. Así, se busca dar cuenta de un pensamiento original y situado en una tradición nacional y latinoamericana que se propone retomar la herencia del pensamiento occidental.
El lado espiritual: gusto, unión y redención
La “ley de la belleza” que guía el pensamiento de Vasconcelos tiene una raíz espiritual que se funde con el espíritu mismo. Su razón profunda está en el amor y la simpatía por el otro que predica el credo cristiano y ha llevado a dar forma al mestizaje en este continente. Heredero de esta empresa religiosa, más que un principio abstracto de una ley tiene el sentido de una misión con un fundamento espiritual para realizarse en el futuro:
“Para su propia determinación, en cambio, el espíritu sigue una ley semejante a la melodía regida por el júbilo depurado y creador, descubridor de las rutas y maneras de lo absoluto. Libre también, es decir, independiente de los ritmos ordinarios de la física y la biología y dueño y aún siervo de la ley del espíritu; pero por ley del espíritu no ha de entenderse premisa silogística, ni acuerdo o desacuerdo de preceptos sino secuencia de amor. No dialéctica sino dicha de la estética divina. Un orden estético sobre el orden lógico y sobre el orden biológico físico, tal es la disciplina que de construirse, tan lejos del hedonismo de los sentidos como del logicismo conceptual” (Vasconcelos, 2014: 63-64)
De aquí puede verse cómo una estética divina forma la ley del espíritu (de la atracción y el gusto), que veremos más adelante como manifestación del eros. Desde la razón y el fin espiritual también se debe entender la concepción de raza, ya que en este plano se eleva y depura de sus conflictos sociales en tanto adquiere una dimensión cósmica: llega a su punto de superación y negación.
“el cruce de sangre será cada vez más espontáneo, a tal punto que no estará ya sujeto a la necesidad, sino al gusto; en último caso, a la curiosidad. El motivo espiritual se irá sobreponiendo de esta suerte a las contingencias de lo físico. Por motivo espiritual ha de entenderse, más bien que la reflexión, el gusto que dirige el misterio de la elección de una persona entre una multitud” (1948: 37)
Lo que históricamente implica la raza, una división de la humanidad por pueblos y grupos étnicos en sus territorios, con el dominio blanco anglosajón llegó a pretender la superioridad de una raza por sobre todas con una ideología darwinista de selección natural. Por el contrario, Vasconcelos ve que en la unión de las personas la selección del gusto va a triunfar; esa sangre que se une en un sentido cósmico no será por la inclinación o necesidad social sino por lo que brota de las facultades espirituales de lo bello.
En este punto, Vasconcelos jerarquiza la idea de la raza de un modo particular. Lo ve como un desarrollo necesario de la humanidad y del espíritu universal -aunque no use tal adjetivo- que va de los grados más bajos a los más altos, seleccionando los pueblos para esas misiones; nunca la considera desde un sentido de pureza y exclusividad, de condena por un mal histórico, sino de tendencia hacia la armonía. Así llega a identificar a las grandes civilizaciones con muestras del mestizaje. Pero un constante proceso en la historia lleva a la transmutación de las razas en tipos cada vez más nuevos y ricos que implican una lucha entre la necesidad y el gusto para la unión entre personas. Tal reino de la necesidad es el que termina imponiendo una superioridad y barrera entre las razas. El filósofo acá marca el camino que han llevado los pueblos sajones del Norte como el opuesto al que los hispanoamericanos deben seguir con su herencia cristiana. Este debe imponer una ley estética que no demanda necesidad: antes que imposición, la disposición del ánimo de simpatía, amor y alegría. Aunque como lo demostrará Vasconcelos en su compromiso social, se va necesitar una tarea tenaz y comunión colectiva a través de la creación y educación de una cultura para dar rienda a este plano espiritual, por sobre una mera civilización:
“Cultura es la poesía de la conducta y música del espíritu según la fe del cristiano. Civilización es industrializar la cultura y el arte. En sus propósitos formativos la civilización tiende a nivelar los valores del espíritu, asimilándose al objeto que se produce en masa, en tanto una cultura tiende a la individualización del esfuerzo y la superación de los valores simplemente objetivos” (2014: 83)
La sugestión del mundo estético va a superar los estados anteriores impuestas por la guerra y la razón, de acuerdo a un devenir cósmico. En el punto de la realización de la raza cósmica, ese camino de perfección por el espíritu precisa del momento de redención de la sociedad, como un efecto de este cultivo de individuos excelsos que permiten superarla, en esta misma tarea mesiánica que se confunde o complementa con la del genio y libertador:
“La redención está de esta suerte siempre en otra y como el más profundo de los procesos cósmicos; pero es en la sociedad donde encuentra su campo más fértil, por obra de individuos, que transforman sus determinaciones. Y la sociedad vale por los períodos en que ha visto volcarse la especie entera en individualizaciones que se aparten de ella, porque la usaron para superarla” (69).
Esa máxima de elevación espiritual lo identifica al filósofo con simpatías por una aristocracia del espíritu -de la que se considera parte- que atraviesa la organización social. Concluye en la necesidad de un horizonte trascendente para la sociedad confiado en sus salvadores, aquellos excepcionales y elegidos. De modo que la sociedad debe estar abierta y cerrada a la vez en los valores cristianos para sus mayores aspiraciones de vida: “Y el secreto de la constante renovación de los pueblos cristianos, a diferencia de la obligada decadencia de las civilizaciones antiguas, está en el valor excepcional que, incluso, puede convertirse en factor de salvación para toda la masa” (71). Incluso llegará a afirmar que la ciencia y el conocimiento, en el más alto avance, deben fusionarse en una vía cristiana.
El lado filosófico: eros por logos
Primeramente, debemos remarcar que la filosofía de Vasconcelos se sustenta en un modelo de fuerte inspiración platónica. Esto se ve en su aspecto teorético, tal cual explicaremos aquí, y el práctico que mencionaremos y estará presente en los otros apartados. El trabajo del filósofo lo tenía en la más alta estima por su función social antes que prestigio, casi con la misma realeza que lo concibe Platón:
“Los estudios filosóficos constituyen el supremo fin de la vida humana, que a ellos dedica sus hombres más selectos, que en ellos busca norma de su conducta, razón de su persistencia, motivo para su actividad, esperanza para su porvenir. El resultado de estos estudios se convierte en fuente, base y origen de acciones y pensamientos y por lo mismo lejos de ser un entretenimiento constituyen la cosa más importante de cuantas los hombres emprenden” (1909: 2).
Por el lado principal, la filosofía que va a dar sentido a una “ley de la belleza” mira siempre al mundo de las ideas pero no se queda en contemplación, se despliega con un pensamiento vitalista, anti racionalista e ilustrada, que incluye lo irracional. Vasconcelos no concibe a la filosofía como un puro intelectualismo separado de la realidad, sino como un todo armónico que incluye la experiencia y la reflexión al momento que recurre a distintos sistemas de ideas para formularla sin excluir la fé. Eros se vuelve el principio que, a diferencia de la estricta individuación y separación impuesta por el logos, viene a unir e integrar.
“Ya Platón nos enseña las leyes de la armonía como indispensables para la construcción artística y lo único que hay que recordar entonces es que nos hallamos enfrente de una naturaleza que no es lógica, sino armónica. Y así como al concepto corresponde el logos, a la naturaleza viva corresponde el órgano mental de la armonía. El gran unificador de logos y armonía es en nosotros la conciencia; una misma cuando discurre y cuando armoniza. Y dentro de la función coordinadora de la mente caben ambas categorías” (1952: 88).
En esta instancia, por revelación de la filosofía armónica, el conocimiento deja de ser abstracción para volverse acción en el mismo sentido del movimiento misterioso que unen a la vida con el arte, específicamente la música, pues así “se observará la naturalidad con que un gran número de problemas oscuros se resuelve con claridad si les aplicamos el criterio de la armonía, mediante las formas específicas del conocer como acción: el ritmo, la melodía y la armonía” (39). Para llegar a este nivel de comprensión el filósofo debe ser como el poeta y entender el mundo en términos de sus obrar, la creación artística: “El filósofo poeta ordena la pluralidad sin menoscabo de sus partes, siguiéndolas en su funcionamiento significativo y creador. (…) Y solo es filósofo en grande quien alcanza una visión universal de tipo poético cuya norma no es el discurso sino el orden creador que se desenvuelve según las formas del ritmo, la melodía y la armonía” (64).
De manera que el eros no viene a reemplazar al logos sino contenerlo y armonizarlo; como principio mayor, logra conciliar el elemento irracional con el racional en una inteligencia, ética y estética, y “se alcanza así la finalidad absoluta que es Eros, divino amor que se organiza en formas de armonía dichosa y eterna” (74). Si bien tiene un desarrollo más pormenorizado el sistema de esta filosofía estética, al punto de querer ser una gran cosmovisión, solo desglosamos estos valores filosóficos más necesarios que ponderan la ley de la belleza en un conocimiento práctico de armonía y acción.
El lado sensible: naturaleza, vida y pathos
Si Vasconcelos rehúye concebir la belleza como un atributo del objeto estético para situarlo en el orden del mundo, su primera realidad de acceso deviene del mundo sensible con la conjunción entre naturaleza y vida. A diferencia de las estéticas románticas o de la Ilustración, que intentan dar soluciones a la separación entre sujeto y objeto, este ideal práctico de lo bello muestra un principio de armonía entre ambos que debe seguir el hombre para una vida ascendente. Tal simetría trata de replicar la del creador con sus criaturas: el hombre con la naturaleza y esa cultura o segunda naturaleza en la que vive, quien es “un ser vigoroso que lleva en torno suyo el ambiente y lo impone por donde va” (2014: 198). En tanto se debe sentir la armonía con el entorno, también se la debe buscar e intensificar en un pathos de emociones del mismo tono de afirmación y superación de la vida hacia sus planos de lo bello y espiritual. Allí se dirigen sus achaques contra la “falsedad de la tesis de la tristeza americana” que la acusa a “ser paria en el propio territorio” y a una falta de ideal (202), con especial resonancia con la soledad de las pampas o nostalgia de vida en la Buenos Aires de principios del Siglo XX.
“Lo único que daña a una nación, lo mismo que un panorama, es el apartamiento del alma que lo habita, ya se deba éste a instintiva desafinidad o a influencia perniciosa de intelectuales extranjeros, desprovistos de curiosidad y que se sienten nostálgicos media hora después del desembarco. Al contrario, cuando el alma se decide al desposorio con su destino, el más pobre ambiente cobra aspectos de trasnfiguración” (2014: 206).
La sensibilidad que entiende como pathos se une con el sentido social de comunión que irradia y contagia en sí mismo lo bello, no impuesto pero sí cultivado, desde la elevación del espíritu. Este lo exhibe Vasconcelos desde una mirada y estar en el medio natural y urbano de Latinoamérica que debe motivar, por esa afección misma de la vida auténtica, liberada en su propia cultura, a la virtud: “el mismo imperativo ético será sobrepujado y más allá del bien y del mal, en el mundo del pathos estético, solo importará que el acto, por ser bello, produzca dicha” (1948: 40).
Su obra magna La raza cósmica fusiona en la parte de “Notas de viajes” -que no por nada lleva el subtítulo de “premoniciones”- la experiencia con la reflexión en un nivel para desarrollar un pensamiento enraizado y vital, tanto de sentimiento como visión de futuro de los pueblos latinoamericanos para el mundo. Todo su registro de lo sensible de esta belleza es a la vez suprasensible. Lo motiva hacia esa redención cósmica de la humanidad: “Vivir en pathos, sentir por todo una emoción tan intensa, que el movimiento de las cosas adopte ritmos de dicha, he ahí un rasgo del tercer período. A él se llega soltando el anhelo divino para que alcance, sin puentes de moral y de lógica, de un solo ágil salto, las zonas de revelación.” (Ibíd.).
De esa necesidad humana de armonizar con su medio hay tanto de disposición natural como del espíritu social que debe construir. De allí el término de “elasticidad de la emoción” que descubre un pathos americano, modelo de emoción geocultural que rompe con una idolatrada belleza del pasado que identifica con Europa:
“En América, el presente contiene tal impulso hacia delante que el recuerdo se olvida. De allí que el panorama lo tengamos impostado en llave de futuro. Junto con el resto de nuestra acción, el afán de belleza se hace vértigo de lo que será. Eso es lo que no comprende la mayoría de los europeos que nos visitan. Les falta elasticidad de la emoción” (2014: 210).
Por todo esto el lado sensible integra todos los niveles vistos de la belleza pero, tal como comentamos, está lejos de la contemplación desinteresada, de la pura emotividad subjetiva o elitista, ya que se conecta con una totalidad mayor al individuo y valores trascendentes que deben guiar a la acción y organización social. Ese sentimiento debe confiar en sujetos privilegiados como los intelectuales comprometidos con su pueblo.
El lado político: educación y clase intelectual
En este punto final, se revela la lógica de integración que articula el pensamiento de Vasconcelos con su sentido transformador como horizonte. Su trayectoria vital lo confirma, ya que en ella la filosofía lleva a la praxis o se enmarca dentro de una pedagogía, elevada por altos ideales que sirven como convicción para actuar en la comunidad o en el plano político. Implica la política asumir las controversias y complejas relaciones entre las ideas y la realidad. En su caso, resulta paradójico aplicar el lema “la realidad es superior a las ideas”, pues lo que él pretende es una armonía entre dos planos distintos —el de las ideas y el de la realidad— que, aunque se implican mutuamente, quizás sea la distancia entre ambos la que permita su comunicación:
“Es, en efecto, idealismo político, en cuanto tiende a perfeccionar radicalmente las instituciones más avanzadas de la democracia; es idealismo filosófico, en cuanto niega su complicidad al viejo escolasticismo y anhela satisfacer necesidades morales que descuidó el positivismo; es idealismo social, en cuanto aspira a remover los cimientos inmorales del parasitismo y del privilegio, difundiendo y experimentando los más generosos principios de justicia social. De esas corrientes idealistas, no unificadas en un cuerpo de doctrina, pero sin duda convergentes en el terreno de la acción, es José Vasconcelos un exponente integral” (José Ingenieros, 1922)[1]
Su pensamiento sobre dicha estética que venimos comentando le da un plan de acción, para bajar el ideal de la unión y redención de una cultura y su pueblo mediante la educación. Así se puede realizar el pensamiento acción, en un sentido agonista de lucha contra los males y de construcción colectiva para acercar cada vez más al bien espiritual, en tanto una construcción integral del ser humano para con su patria;
“Al igual que como sostuvo Pedro Henríquez Ureña para Vasconcelos la barbarie debía ser combatida con ejércitos de maestros antes que de militares, pues, antes que lanzarse a defender nada había que preocuparse de formar aquello que se debía defender, había que edificar al espíritu. (…) La lucha educacional contra la barbarie adquirió para él, al igual que para muchos educadores de comienzos del siglo XX, el carácter de cruzada.” (Donoso Romo: 2010)
Los educadores, desde su posición combativa, son creadores y guardianes-transmisores de la cultura contra la hegemonía cultura. Esa construye una forma de tradición soterrada contra el imperialismo en un proceso de mestizaje y diseminación de esa cultura nacional que no es un hecho natural, el cual surge del simple desarrollo vital sino que, en medio de la miseria y la dominación material, implica luchar para permitir la supervivencia y armonía del pueblo con su tierra y destino. Por eso se vuelve una tarea revolucionaria:
“Entonces, comenzó a apropiarse de los lemas de la Revolución y adecuarlo a sus propias concepciones del arte y la cultura, con la idea despertar la conciencia del pueblo, en torno a la necesidad de crear una Cultura nacional que le fuera propia al pueblo mexicano, y cuyas bases deberían encontrarse en la raza, el idioma y las tradiciones” (Martínez Arreola, 2009: 7)
La educación estética se coloca en el primer orden de su proyecto y su legado aquí es de los más perennes: “El campo era la estética, de manera particular a través de la pintura muralista, cuya misión era expresar y hacer sentir a la sociedad en general el orgullo de la raza, y a los indios, mostrarles que por primera vez vivían en un país que no los despreciaba, aunque la realidad seguía siendo la misma” (8). Mientras, la misión revolucionaria del educador tiene tareas para el presente y el futuro del pueblo. Si antes mencionamos las figuras del filósofo emparentadas con la del artista y el profeta, también debe recurrirse al del sacerdote para completar este perfil del pedagogo y hombre político. Esto se sostiene por una fuerte razón política de jerarquización en donde el intelectual constituye un deseo de casta, un escalafón que debe ser un principio rector de las sociedades:
“Especialmente abogo por los fueros del especialista de las ideas generales de que varias veces he hablado. Constituimos de un modo o de otro la clase sacerdotal que define el Manu, el Clero que recientemente ha señalado Jules Benda. Y mal o bien, cumplimos la vieja función espiritual que es patrimonio de esta casta, como el oficio o la vocación del artista” (Vasconcelos, 2014: 152)
En este aspecto, tanto la prédica como el conocimiento de la belleza y el amor no se corresponde con un igualitarismo romántico, lleva a una comunidad organizada de orden diferenciador en las personas que debe tender tanto al bien común como a la singularización de la individualidad: “La casta, de esta suerte concebida, nos salva también del peligro igualitario implícito en la tesis de la abolición de las clases después de su lucha. Lo que sería un descenso trágico, pues las especies superiores se caracterizan por la creciente diferenciación de sus miembros, no por su homogeneidad” (153)
Ley de la belleza como rebelión de conciencias y nuevo orden del mundo
“Si no se liberta primero el espíritu, jamás lograremos redimir a la materia”
(1948: 46)
Estos cuatro lados de la ley de la belleza nos permiten llegar a la conclusión de su propósito como una “espada espiritual” para fundar una nueva civilización. Para combatir un orden impuesto e instaurar, más por afinidad y gusto que por deber, otro nuevo. Un arma y llave de la conciencia que puede pensarse como una forma de quebrar la colonización pedagógica. En primer orden, recurriendo al ideal estético que conlleva un pensamiento, sentimiento y acción de la integración, de la unicidad en las diferencias y heterogeneidad de los pueblos por las fuerzas del eros. Sobre la base de un principio afirmativo de la vida, lo bello de la creación del mundo, contra los males que la disgregan hacia lo bajo, las necesidades y las divisiones
“El mundo está así lleno de fealdad a causa de nuestros vicios, nuestros prejuicios y nuestra miseria. La procreación por amor es ya un buen antecedente de progenie lozana; pero hace falta que el amor sea en sí mismo una obra de arte, y no un recurso de desesperados. Si lo que se va a transmitir es estupidez, entonces lo que liga a los padres no es amor, sino instinto oprobioso y ruin” (Vasconcelos, 1948: 38).
Al examinar los alcances de esta ley de la belleza se llega a su doble concepción, una combinación de una ley natural a la manera de la ciencia y una ley moral a la manera del mandamiento religioso. En bastante sintonía con el versículo “la verdad nos hará libres”, ya que el conocimiento tiene la potencia de liberación, contiene la revelación y el arma de cambio. Allí radica su propósito para desmantelar la dominación cultural con un poder filosófico-espiritual y despertar de la emoción: “Cada raza que se levanta necesita constituir su propia filosofía, el deus ex machina de su éxito. Nosotros nos hemos educado bajo la influencia humillante de una filosofía ideada por nuestros enemigos, si se quiere de una manera sincera, pero con el propósito de exaltar sus propios fines y anular los nuestros.” (46). Construir una civilización implica un código moral que adquiere, en esta visión cósmica, un desafío de armonía e integración inusitado. Pero primero, conlleva erguir una disciplina moral que debe derribar al que permite la dominación del otro orden político, económico y cultural: “Lo cierto es que la conquista moral se adelanta a la material y ya no necesita hacer gran esfuerzo el estadista del norte para imponer su política en el sur” (2014: 32).
Por eso la belleza libera y a la vez une el espíritu con la materia, en la medida en que reconecta el mundo material sin negarlo, lo inclina por el gusto, la alegría, la fantasía antes que el peso de le real, el sufrimiento y todas las pasiones negativas. En este nivel, en la integración del mundo sensible con el suprasensible, este ideal se origina en la semilla de un pensamiento cristiano pero crece con una vitalidad que absorbe tantas influencias e inspiraciones de las obras del pensamiento “universal” (occidental y de diversas épocas, como un Bergson o Platón) como de la historia y sus Hombres (Bolívar, Monteagudo). Si bien esta rebelión de las conciencias le hacen falta las mediaciones políticas, parte de lo concreto y real, lo puramente humano que Vasconcelos encuentra en la esencia de la vida de los pueblos de este continente donde no está contaminado por una civilización excluyente: “La biótica que el progreso del mundo impone a la América de origen hispánico no es un credo rival que, frente al adversario, dice: te supero, o me basto, sino una ansia infinita de integración y de totalidad que por lo mismo invoca al Universo.” (113)
Por último, vamos a indagar ese “deus ex machina” que pone en funcionamiento Vasconcelos para anunciar el triunfo de la raza cósmica. Justamente, con la afinación de una cosmovisión religiosa no tan secularizada. En el camino del alma al bien, el ascenso a la belleza, se traza un eje vertical selectivo. La ley de la belleza, en tanto una educación del espíritu, merece su realización en este camino que debe ser comandado por elegidos, en confluencia con el orden político que impone una jerarquía, una necesaria división de casta espiritual que es sobre todo un problema político. Pero a la manera de una cruz, la ley de la belleza traza también un eje horizontal desde lo terrenal, el pathos, lo sensible y el desarrollo de una cultura nacional de asimilación que se debe expandir por la simpatía y atracción, como corolario del plan cósmico. Mientras el eje vertical de gobierno y orden descansa en la autoridad de “maestros ascendidos”, la horizontalidad de las relaciones, el amor liberado de ataduras sociales y materiales, tiende al bien de lo bello por sí mismo que se eleva. Desde un lado tiene los pies en la tierra, en el barro, tal como lo demostró Vasconcelos con sus acciones, pero con la cabeza bastante en el cielo, pues esa vida mundana y terrenal debe buscar lo bello desde fuertes exigencias de un orden utópico. Este modelo ideal podemos llegar a pensarlo con el filósofo Alexander Dugin y su explicación un imperio cristiano amparado en la filosofía platónica:
“Esta estructura vertical subyace a todo ser. El alma refleja este ascenso: está estructurada como una montaña, que culmina en una cima desde la que se hace visible la trascendencia. Un estado adecuado refleja este triángulo —este ascenso— con aquellos capaces de contemplar, aquellos en sintonía con algo más allá del mero arte de gobernar, situados en la cima. El estado platónico se construye, por lo tanto, como una pirámide coronada por guardianes, guerreros-filósofos que protegen y sirven a lo trascendente.
El rey filósofo gobierna no por su poder material, sino por su capacidad de trascenderse a sí mismo, de comunicarse con lo que hay más allá. Platón reconoció que las mujeres, dotadas de suficiente energía y fuerza espiritual, también podían alcanzar el nivel de guardianas. Lo que importa es la capacidad contemplativa. Esta figura en la cima —un profeta o un vidente— es la encarnación sacralizada de la autoridad. Este modelo encaja perfectamente con el imperio cristiano, en el que el emperador actuaba como katechon, el que refrena el caos.”[2]
Hacia este sueño también tiende Vasconcelos: “Tras el rotundo fracaso de los gobiernos contemporáneos regidos por el criterio del hombre de negocios, no me parece atrevido y sí debido que el filósofo tome la palabra, a reserva de empeñar mañana el cetro” (144). De allí sus desconfianzas en el modelo de democracia liberal que la termina considerando servil al enemigo extranjero y sus inclinaciones por lo que considerará necesario como “dictadura democrática” que “se distingue de la pretoriana en que es temporal y se propone objetivos concretos y no renuncia a las consecuencias de la responsabilidad que es inherente a todo gobierno civilizado”, pues “en el estado actual de la sociedad todos abogamos por un gobierno que sea capaz de evitar la revolución adelantándose a ella” (132). Sus deseos de transformación social se sirven de valores revolucionarios y tradicionalistas, un viejo orden para el nuevo mundo. Toda esta organización social implica un gran sometimiento de la realidad al ideal, que está garantizado en la fé, y aspira al devenir de una cultura y raza nueva para eso. En renuncia al positivismo y racionalismo, repone un horizonte más mítico para la sociedad, un estado de perfección que se vuelve autosuficiente por el amor y la belleza; con el desafío de absoluta integración y asimilación de pueblos, como los latinoamericanos, imperfecto en sí mismos del ideal o logos europeo, mestizos y bárbaros, pero de profunda matriz social y espiritual en una cultura hispanoamericana y cristiana común. Así, el arte, como paradigma de lo bello y del orden divino del mundo, solo podrá salvarnos: “Vasconcelos buscó una alternativa a la creencia eclesiástica (así como tecnócrata) del sufrimiento como camino de salvación, a través de la experiencia de una apreciación estética y maternal, más “mexicana” por festiva” (Sobrino Gómez, 2017: 140).
*imagen: José Vasconcelos pronuncia un discurso ante funcionarios D.R. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México. Extraída de: https://www.neocrotalic.com/post/revolucionando-el-arte-mexicano-jose-vasconcelos-la-identidad-nacional?lang=es
Bibliografía
DONOSO ROMO, Andrés, “Una mirada al pensamiento de José Vasconcelos sobre Educación y Nación”, Utopía y Praxis latinoamericana, Vol. 15, Nro. 48, 2010.
MARTÍNEZ ARREOLA, Betzabé, “José Vasconcelos: el caudillo cultural de la Nación” en Casa del Tiempo, Universidad Autónoma Metropolitana, Vol III, Nro. 25, 2009.
VASCONCELOS, José, La raza cósmica, Austral: México D.F, 1948
VASCONCELOS, José. Bolivarismo y Monroísmo. Temas iberoamericanos. Universidad Nacional de Lanús, 2014.
VASCONCELOS, José, Filosofía estética, Austral: 1952
VASCONCE LOS, José, “Cómo debe ser el gobierno del porvenir, y por qué el corralismo no puede desempeñarlo”, en El Anti-reeleccionista, 1909. 31 de agosto, p. 2.
SOBRINO GOMEZ, Victor José, “La función del mito en José María Vasconcelos” en Antrópica. Revista de Ciencias sociales y Humanidades, Vol. 3, Núm. 5, 2017.
[1] “Por la Unión Latinoamericana”. Discurso pronunciado el 11 de octubre de 1922 ofreciendo el banquete de los Escritores Argentinos en honor a José Vasconcelos. Disponible: https://www.marxists.org/espanol/ingenieros/1922-por-la-union.pdf
[2] DUGIN, Alexander: El sagrado retorno de la política”, entrevista por Alexander Markovic): https://www.geopolitika.ru/es/article/dugin-el-sagrado-retorno-de-la-politica
