El 30 de septiembre de 1979 Rodolfo Günter Kusch murió en la ciudad de Buenos Aires después de vivir sus últimos años en el pueblo de Maimará (Jujuy), donde se refugió después de que la última dictadura cívico-militar lo expulsara de la Universidad Nacional de Salta bajo el mote de “subversivo”.
A casi 50 años de su fallecimiento, sin embargo, el Pensamiento Nacional tiene aún una deuda con Rodolfo Kusch. Es que la filosofía argentina, por lo general, está ausente en los programas de formación de las organizaciones sociales, políticas y territoriales. Cuando de economía se trata, Scalabrini Ortiz es el autor indicado (hay una veta geopolítica también inexplorada en su pensamiento). Si se quiere empezar a hablar de una Sociología Nacional, la fuente es Jauretche. Los abogados del campo nacional y popular cada tanto instalan mediáticamente la figura de Sampay, autor fundamental de la Constitución de 1949 (aunque en rigor de verdad, Don Arturo fue uno de los grandes filósofos de nuestra Patria, aún no reconocido como tal). Para una versión nacional de nuestra historia, recurrimos a Norberto Galasso, al Colorado Ramos y al Pepe Rosa (con sus diferentes tendencias). Imposible no enumerar en este listado al entrerriano Fermín Chávez.
Pero en filosofía pareciera que estamos huérfanos. Como si la Filosofía Argentina no existiera. No es tanto un problema del propio Pensamiento Nacional sino de la concepción de filosofía que circula en nuestro país. El programa hegemónico que se imparte desde la academia y desde las usinas culturales nos dicta que la filosofía es un privilegio que solo algunos países pueden darse. Y que la Argentina puede aspirar solo a la copia, al plagio y al comentario de lo ya dicho por los europeos.
Kusch viene a romper este paradigma. Primera generación de argentinos, de padres alemanes huidos de las continuas guerras interimperialistas de Europa. Probablemente, su lengua materna haya sido el alemán. Huérfano desde muy joven, salió a pechearle a la vida. Intentó suerte en la carrera de Ingeniería, tal vez tratando de seguir algún mandato familiar del padre mecánico. Por suerte (para nosotros y nosotras, su posteridad), se volcó a la Filosofía. Estudió y se recibió en una de las épocas más exultantes de la carrera, la década de 1940. En la Universidad de Buenos Aires cursó con quien fuera su maestro: Carlos Astrada, formador a través de su magisterio de una generación que incluyó también a Amelia Podetti. Recibido de profesor en 1948, irrumpió en el medio literario argentino criticando a uno de los grandes escritores de aquella época, Ezequiel Martínez Estrada, en su primera obra titulada La seducción de la barbarie. Análisis herético de un continente mestizo (1953).
El ámbito cultural porteño le quedó chico y a lo largo de los años ‘60 viajó por el mundo andino, el norte argentino, Bolivia y Perú. Pasó estancias en Lima, Cuzco y Oruro, dando clases, dictando conferencias. Pero sobre todo, hablando con el pueblo. Viajaba con un grabador (que en aquella época eran gigantes en comparación a los que hay ahora) y su cámara fotográfica. Calcaba los símbolos de los templos de la cultura quechua-aymara. Es que Kusch advirtió muy tempranamente que la Filosofía no se encontraba en los libros sino en el habla popular. Por eso extraía sus ideas y conceptos (la unidad mínima del análisis filosófico) de las conversaciones que mantenía con la gente del pueblo. La filosofía está en la sabiduría popular. Por eso sus investigaciones aún hoy rompen el canon de la academia: no hay copia, no hay plagio, no hay comentario. A lo sumo, una transcripción de la sabiduría popular (con las complejidades que amerita).
Una sabiduría que no es tampoco la tan mentada y justificada “universidad de la calle”, sino la astucia con la que nos conducimos cotidianamente. De ahí que la filosofía de Kusch intente darle su justo lugar a la racionalidad sin desconocer la importancia de las emociones. Es que él desconfiaba de esa perspectiva del ser humano como una racionalidad pura. La historia le dió la razón: a pesar del negocio multimillonario de las encuestadoras, el pueblo sigue votando más por sus apreciaciones que por la lógica imbatible de la razón. El que tal vez no comprenda esta otra lógica sea porque se encuentra un poco alejado del pueblo. Lo que intenta nuestro filósofo es pensar al ser humano en su integralidad y en su integración: su integralidad como ser relacional complejo y su integración con otros seres relacionales complejos.
Lo más conocido de Kusch es su tan mentada diferenciación entre el estar y el ser, presentada en su obra más reconocida: América profunda (1962). Correspondiendo el ser al modo de habitar el mundo de los europeos y el estar a lo propio del mundo andino. Esta dicotomía tajante sirvió para que Kusch sea tildado de “indigenista”. Sin embargo, más adelante provoca lo que me gusta calificar como una “herida narcisista” en el porteño: no se crea el habitante de la ciudad que es tan racional, tan “bajado de los barcos”, tan protagonista del progreso porque, en el fondo, la estructura de su pensamiento es la misma que la del quechua norteño. El porteño instintivamente rechaza a lo indígena y popular porque le “huele mal”. Pero el hedor se le cuela aunque no quiera. Esto lo expuso en sus libros Indios, porteños y dioses (1966) y De la mala vida porteña (1966).
De esta manera, Kusch logra argumentar que el pensamiento popular es la fuente de todo pensamiento, por más culto que se crea. Así alcanza el estar-siendo como fórmula superadora en su último libro: Esbozo de una antropología filosófica americana (1979). Porque los latinoamericanos y latinoamericanas no somos bajados de los barcos ni originarios precolombinos. Somos el resultado del complejo mestizaje que se produjo a partir de la resistencia a la colonización.
De aquí que su filosofía pueda ser considerada mestiza. En su concepción, el mestizaje no es criollismo (ocultamiento del racismo), sino manifestación de la unidad en tensión producida por el proceso de colonización. Este mestizaje se produce por la fagocitación: una “especie” de ley que indica que todo lo puro está destinado a ensuciarse con su contrario. Es decir, nada puede permanecer en su pureza, todo está destinado a corromperse (no por supuesto en sentido económico, sino ontológico).
El estar-siendo viene a indicar que todo proyecto de ser está sustentado por un estar primigenio, fundamental, previo; incluso arcaico. Es que el estar no indica un atraso bárbaro sino la condición de posibilidad de todo pensar propiamente latinoamericano. En términos más políticos el estar-siendo puede traducirse en que nadie puede realizarse si no se realiza en conjunto con su comunidad de origen. Esta verdad, que en Argentina fue expresada por el peronismo, surge de su posición tercerista entre los proyectos ontológicos soviético y liberal. El aplastamiento de la persona tanto por el Estado como por el Mercado no deja de ser en el fondo lo mismo, la insectificación. El tercerismo peronista o el estar-siendo kuscheano indica que la persona no es solo un individuo consumidor ni un engranaje de la burocracia. Es un ser relacional que se realiza realizando su comunidad.
No se trata de entrar al debate sobre la filiación política de Kusch. Tampoco de pensar su obra solo como una justificación del peronismo. Pero lo que puede aportar nuestro filósofo al Pensamiento Nacional es, en primer lugar, llenar el hueco dejado que le corresponde a la Filosofía Argentina. Pero además, y más importante, es elaborar las conceptualizaciones propias surgidas del lenguaje popular sobre nuestro peculiar modo de habitar este mundo caótico. En tiempos antagonistas, los momentos de encuentro fueron dados justamente por situaciones tristes: el fallecimiento del Indio y la derrota de la Selección Nacional en el Mundial (después de ganarle a los ingleses). Sin embargo, en esas instancias se dieron una alquimia excepcional en la que se conjugó maravillosamente algo de lo dramático de la existencia junto con su celebración. Nos encontramos a partir de aquello que está en nosotros pero no es de nadie en particular. La filosofía mestiza de Kusch podría aportar a dilucidar esa particularidad tan argentina y latinoamericana.
