La historia argentina padece una ceguera selectiva. Nos hemos acostumbrado a catalogar el pasado en compartimentos estancos, como si los hombres que edificaron el Estado nacional hubieran operado bajo una sola obsesión por vez. A Julio Argentino Roca se lo debate —y se lo combate— en las fronteras de la pampa y los confines del desierto. Se lo discute en el trazado de las vías ferroviarias o en el laicismo de la Ley 1420. Sin embargo, hay un océano de silencio que la historiografía oficial prefiere navegar con cautela: la geopolítica del Atlántico Sur y la incómoda persistencia de las Islas Malvinas en el tablero de la Generación del 80.
Historiográficamente, desde el campo nacional, se lo suele poner en lupa sus vínculos con Gran Bretaña. Sin embargo, habría de tener de consideración del contexto en el que se enmarca: en 1880 asistimos a la plenitud de lo que el consagrado historiador Eric Hobsbawm ha denominado como “Era del Imperio”.
“La libertad de comercio parecía, pues, indispensable, ya que permitía que los productores de materias primas de ultramar intercambiaban sus productos por los productos manufacturados británicos, reforzando así la simbiosis entre el Reino Unido y el mundo subdesarrollado, sobre el que apoyaba fundamentalmente, la economía británica. Los estancieros argentinos y uruguayos, los productores de lana australianos y los agricultores daneses no tenían interés alguno en impulsar el desarrollo de las manufacturas nacionales, pues obtenían pingues beneficios en su calidad de planetas económicos del sistema solar británico”[1]
En definitiva, a lo que se refiere Hobsbawm es a la consolidación de la División Internacional del Trabajo donde nuestro país asumía una posición de carácter “Neocolonial”, entreviendo una alianza táctica y estructural entre nuestra elite terrateniente y el Imperio británico[2]. A diferencia del pasado dependiente de España, ahora los países americanos gozaban de independencia política y jurídica formal, aunque sus economías estaban totalmente supeditadas y subordinadas a las decisiones de los centros industriales. Fue durante este período en donde Londres confeccionó el primer mapa donde se constituía como ombligo del mundo: a partir de 1884 comenzó a proyectarse con el Meridiano de Greenwich como longitud cero (aunque el Almirantazgo británico ya confeccionaba sus cartas náuticas y mapas con este meridiano desde 1767).
Existe, entonces, una paradoja fundacional en el modelo roquista. Por un lado, la inserción de la Argentina en el mundo moderno dependía de un cordón umbilical indisoluble con el capital británico. Las libras esterlinas financiaban el progreso; los frigoríficos y los puertos miraban a Londres. Pero, por el otro, el Estado que se pretendía moderno y unificado no podía asimilar la mutilación de su mapa.
A pesar de esa mirada despectiva y simplificada por parte de ciertas expresiones historiográficas, la denominada Izquierda Nacional supo considerar el carácter nacional de aquella Generación de 80 que fue clave para el armado y consolidación del Estado Nacional. ¿Acaso dicha Generación pensó en Malvinas como una cuestión fundamental de soberanía territorial?
Al respecto escribía Jorge Abelardo Ramos:
“¿Europea la generación del 80? Esa generación es quizá la única verdaderamente argentina en el sentido de que obró y pensó en las condiciones creadas por la unidad política del joven Estado conquistado por el roquismo. Era una generación nacional en la que ya empezaban a borrarse los particularismos del viejo duelo entre provincianos y porteños. La derrota del mitrismo porteño abrió un ancho cauce a la propagación de una literatura y una conciencia genuinamente argentinas”[3]
La respuesta de aquella élite no fue el olvido, sino una refinada resistencia de archivo. En 1884, mientras el país consolidaba su modelo agroexportador, el ministro de Relaciones Exteriores de Roca, Francisco J. Ortiz, lanzaba un guante diplomático audaz para la época: someter la disputa por las islas Malvinas a un arbitraje internacional. La respuesta británica de Edmund Monson fue un portazo seco. Un “no” rotundo que clausuró los canales oficiales pero abrió una trinchera intelectual que hoy merece ser revisada.
A la sombra del roquismo, hombres como Estanislao Zeballos comprendieron que la soberanía también se ejerce con la tinta. Desde el Instituto Geográfico Argentino, Zeballos desató la “guerra de los mapas”, forzando la inclusión del archipiélago en la cartografía oficial. Frente a la protesta del cuerpo diplomático inglés, el roquismo ensayó una genialidad de la ironía burocrática: “Un mapa ni quita ni otorga derechos”. Una forma elegante de decir que el reclamo seguía vivo, impreso en el papel que educaría a las siguientes generaciones. Zeballos, desde la presidencia del Instituto Geográfico Argentino (IGA) coordinó y supervisó la confección de mapas provinciales y nacionales, llegando a vetar o corregir mapas que contuvieran errores en la traza limítrofes del norte y sur del país.
Dentro del IGA aparece una figura que sería la encargada de modernizar/ordenar nuestra Geografía “oficial”: Francisco Latzina. Su pertenencia a dicha institución vital para el modelo roquista, le posibilitaría recorrer y explorar el territorio nacional, diseñando y organizando distintos mapas como el Mapa Geográfico y Estadistico de la República Argentina de 1882 publicado por el IGA o el mapa La Republica Argentina como destino de la inmigración europea (1883). No obstante, aquella obra que pretendía ofrecer un recurso propedéutico se tuvo que sacar de circulación a pedido de Zeballos debido a unos errores limítrofes en la zona de Noroeste (que cedía involuntariamente a favor de Chile territorios en las provincias del norte nacional) y en el sur (Latzina había publicado en un mapa oficial de 1882 y repetido en 1888 un error garrafal donde atribuía a Chile la soberanía de las islas ubicadas al sur del Canal Beagle (Picton, Nueva y Lennox) Pero los errores de Latzina no se detenían ahí sino que incurrió también en desconocer la soberanía nacional sobre las Islas Malvinas en un mapa oficial de 1882. De todos modos, en este caso, no está del todo claro la intencionalidad ya que si bien no aparecía sombreado o con el código de colores asignado al territorio de la Republica Argentina la nomenclatura asignada (llamándolas como Islas Malvinas y no con su nombre del usurpador británico Falklands Islands) asevera un reconocimiento de nuestra soberanía territorial sobre las islas que están ocupadas desde 1833.

Figura 1. Mapa de la República Argentina (Latzina 1888).
A este entramado se sumaban las obsesiones jurídicas de Carlos Calvo, llevando la usurpación a los manuales de derecho internacional que leía Europa, y las tempranas proclamas periodísticas de un José Hernández que, mucho antes de transformarse en bronce escolar, denunciaba el despojo colonial desde el barro de la prensa militante. Incluso Paul Groussac, cobijado en la Biblioteca Nacional por el propio Roca, comenzaba a desenterrar los diarios de Luis Vernet para dotar al país de un alegato científico e inapelable.
Es allí donde la historia deja de ser un frío registro de cancillería para convertirse en una batalla cultural. Cuando se piensa en la visibilización de Malvinas en el siglo XIX, el nombre de Mariano Pelliza suele emerger como un faro solitario. Pero Pelliza no era un francotirador; era el emergente de un clima de época.
Mariano Pelliza, el historiador del Roquismo
Nacido en el año 1837, Mariano Pelliza antes de consolidarse como un engranaje intelectual del PAN (Partido Autonomista Nacional) bajo la órbita de Roca, su identidad política se formó bajo las filas del alsinismo. Durante la década de 1860 y principios de 1870, Pelliza fue un activo militante y defensor del Partido Autonomista fundado por Adolfo Alsina. Esta fuerza política nació en Buenos Aires como una vigorosa reacción localista contra el “nacionalismo” centralista de Bartolomé Mitre. Con la llegada de Roca, como sucedería con otras figuras del 80 como serían los casos de sus amigos y camaradas de trinchera José Hernández y Adolfo Saldías, Mariano Pelliza se convirtiría en el intelectual orgánico del “roquismo”. Bajo su producción, buscará suturar las viejas heridas de las guerras civiles del siglo XIX a los fines de celebrar el lema del régimen titulado “Paz y Administración”. Así como el resto de las provincias nucleadas en la “Liga de gobernadores”, Pelliza también buscará en la historia bonaerense un procer que sintetice el aporte de Buenos Aires a la causa nacional que se diferencie del relato mitrista y no sea presa de las viejas guerras civiles. Será de este modo que llevará una labor notable por reivindicar a Manuel Dorrego buscando sacarlo del ostracismo histórico. En 1878 publicaba “Dorrego en la Historia de los partidos unitario y federal”. En 1886, a propósito de un proyecto de ley que proponía erigir los monumentos de Moreno y Rivadavia, impulsaba la incorporación de Dorrego a su reconocimiento con su trabajo apologético titulado “Dorrego, lingotes de bronce para su estatua” dejando (inevitablemente) mal parados en el juicio histórico tanto a Lavalle como a Rivadavia.
En 1881 publica (a propósito del litigio por entonces vigentes con Chile resuelto a través del primer Tratado de Límites con el país trasandino) “La cuestión del estrecho de Magallanes: cuadros históricos”. En el mismo, Pelliza ratifica la soberanía austral, dando cuenta en dicho detalle histórico. A propósito de ello, en tiempos previos a nuestra independencia, afirmaba:
“Se temía que la corte de Londres, amenazada de perder sus colonias del norte por la guerra de independencia, intentase una sorpresa y ocupación de los territorios australes de la América Meridional”.
“A estos temores se agregaba el incentivo de la pesca de la ballena, que ya habían practicado los ingleses apoderados de las Malvinas”.
Más adelante, cita las instrucciones del ministro Gálvez al virrey de Buenos Aires en 1778 que indicaba:
<<Si fuere posible erigir el segundo establecimiento en la Bahía de San Julián, o en otro paraje de los ya indicados y más cercanos al Estrecho de Magallanes, deberán ser las disposiciones sustancialmente las mismas que se hayan observado para el primero de Bahía sin Fondo, y seguirse el propio método. Pero convendrá advertir en la instrucción que ha de firmar el virrey de Buenos Aires, que si el comisionado, de acuerdo con los pilotos y oficiales, tuviese por mejor dirigir el viaje a Malvinas desde la Bahía sin Fondo, y desde aquellas islas tomar el rumbo directo a la costa para reconocerla, y recalar en la Bahía de San Julián, puedan practicarlo a su arbitrio, a fin de asegurar mas el buen éxito de la empresa, y poder recurrir a dichas islas como a un punto de apoyo, remitiéndose entonces a ella, desde Buenos Aires, los víveres y socorros necesarios para aquel establecimiento>>[4].
Mariano Pelliza, luego, releva las diversas acciones de reivindicación soberana luego de 1810. Destaca la acción de Rosas en cuanto a su campaña expedicionaria contra los indios enemigos:
“Rosas llegó con su ejército hasta las márgenes del Rio Colorado, pero la división del general don Angel Pacheco, alcanzó con sus soldados hasta la isla de Choele-choel en el Río Negro. Empero estas importantes ventajas fueron lamentablemente neutralizadas por los efectos de un invierno rigurosísimo que costó innumerables bajas a la división que, cubierta de gloria, regresaba en 1834, después de haber escuchado las siguientes palabras en la proclama que el 25 de Marzo le dirigió su jefe: <<Las bellas regiones que se extienden hasta la cordillera de los Andes, y las costas que desenvuelven hasta el afamado Magallanes, quedan abiertas para nuestros hijos!>>[5]
Desde luego, siendo un gran estudioso de la gestión del gobernador Dorrego, daba cuenta del establecimiento de la colonia en la isla de la Soledad a cargo de Luis Vernet. Todo el alegato histórico que llevaría a cabo Pelliza cumple con la misión de ratificar la soberanía del territorio nacional en litigio con Chile. No obstante, resultaba inevitable dar cuenta del reclamo legítimo sobre las Islas Malvinas ocupadas por Gran Bretaña desde 1833.
“Es verdad que estas islas (Malvinas) fueron después violentamente ocupadas por la Inglaterra, pero verdad es también que esa ocupación fue debida y oportunamente protestada por nuestro ministro plenipotenciario en Londres, doctor don Manuel Moreno. Esa protesta que fue hecha ante el señor Palmerston en 17 de junio de 1833, ha puesto a salvo nuestros derechos con arreglo a la ley de las naciones”[6].
El Argentino o la intención de nacionalizar en las escuelas
Durante las presidencias de Julio Argentino Roca y el auge de la Generación del 80 (a la que perteneció Pelliza), la educación escolar y sus manuales se convirtieron en la herramienta política y pedagógica central para unificar la identidad nacional, homogeneizar a la masiva población inmigrante y consolidar el control del Estado. Tras la sanción de la histórica Ley 1420 de Educación Común de 1884, que estableció la enseñanza obligatoria, gratuita y laica, los textos escolares pasaron a ser fuertemente regulados por el Consejo Nacional de Educación. Sin embargo, la misión de inculcar una noción del territorio aún mantenía ciertas incongruencias como lo mencionado en torno al “asunto Latzina”. En ese sentido, la inmensa mayoría de los manuales de nivel primario de la época de Roca no mencionaban siquiera a las Islas Malvinas, y la soberanía del archipiélago estaba prácticamente ausente de las aulas. Las investigaciones históricas muestran que, a fines del siglo XIX, menos del 5% de los libros de texto para escuelas primarias hacía alguna referencia a las islas. De hecho, la primera referencia a ellas fue en el Compendio de Historia Argentina, para el uso de las escuelas y colegios de la Republica de Nicanor Larraín, publicado en 1883. No obstante, aquel texto dirigido para escuelas secundarias presentaba varios errores que demuestran el escaso conocimiento que tenían algunos autores sobre la historia de las islas. Larraín utilizaba indistintamente la denominación Malvinas o Falkland, aunque recurre al utti possidetis iure para justificar nuestra soberanía sobre las Malvinas[7].
En 1885 se publica El Argentino por Mariano Pelliza, un compendio histórico, geográfico y literario dedicado a la educación secundaria. En el Proemio, no dejaba lugar a dudas la intencionalidad política de dicha obra: “En las escuelas de la Republica no hay adoptado ningún libro que, sirviendo de texto de lectura, describa los hechos del pasado unidos al espectáculo del presente, a fin de que se grabe en la memoria de los niños el recuerdo de la época en que se forman”.
En su relato de carácter cronológico y concibiendo el devenir patrio en clave evolucionista, a partir de la denominada “conquista del desierta” ejercida por el General Roca, Pelliza menciona las características de cada una de las regiones que componen el territorio argentino mencionando sobre el final a las Islas Malvinas.
“Las Islas Malvinas al oriente del cabo de Hornos que es la extremidad sur del continente americano, fueron descubiertas a principios del siglo XVI por el navegante portugués al servicio de la corte de España, Hernando de Magallanes.
“(…) Con la independencia de estas colonias de su antigua Metropoli, las islas Malvinas como toda la extensión de la Patagonia y Tierra del Fuego quedaron incorporadas a la Nación Argentina de que forman parte”.
“La isla denominada Gran Malvina (ocupada contra todo derecho por los ingleses), lo mismo que la llamada isla de los Estados, más próxima al estrecho de Magallanes, son de fértil y excelente condición para la cría de ganados, y sus puertos inmejorables para el desarrollo de la pesquería en grande escala”[8].
Pelliza llegaría a desempeñarse como ministro interino de Relaciones Exteriores bajo la presidencia de Juárez Celman y ese compromiso al proyecto inaugurado por Roca lo condenaría al ostracismo político, producto de la Revolución del 90 que establecería el gobierno del sucesor de Roca como uno de las experiencias más condenadas historiográficamente. Esa mala prensa que sufriría el gobierno de Juárez Celman afectaría en la relevancia intelectual de Pelliza. A punto tal que su valioso aporte a la historia sigue ocupando un espacio vacante a la espera que los investigadores lo rescaten del olvido. En este humilde articulo nos propusimos demostrar cómo Pelliza logró transformar a través de su obra la densa y compleja historia militar y política del país en un mito de origen accesible, moralizante y patriótico indispensable para la consolidación institucional de la Argentina moderna.

- imagen extraída de: https://www.instagram.com/p/C2aJjnwNgLd/
[1] Hobsbawm, E. La era del Imperio. P. 48.
[2] Halperin Donghi, T. Historia contemporánea de America Latina. Buenos Aires, Alianza.
[3] Ramos, Jorge A. Revolución y contrarrevolución en la Argentina. Buenos Aires, Plus Ultra. 1965.
[4] Pelliza, M. La cuestión del estrecho de Magallanes: cuadros históricos. Buenos Aires, Casavalle Editor. 1881. P.46
[5] Op. Cit. P. 64.
[6] Op. Cit. P.69
[7] Santos La Rosa, Mariano “Malvinas. La construcción histórica de una causa nacional en el ámbito escolar (1870-1945) en Clío & Asociados. Nro. 28. 2019
[8] Pelliza, M. El Argentino. Buenos Aires, Igon Hermanos, Editores. 1885. P. 117.
