El arte como instrumento de lucha en el peronismo revolucionario

Milagros Cilley

Introducción


Tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955, la Argentina atravesó un proceso de profunda reconfiguración política y cultural. La proscripción del peronismo no solo implicó la exclusión de una fuerza política mayoritaria, sino también la disputa por los sentidos legítimos de la historia, la cultura y la identidad nacional. En ese contexto, la cultura dejó de ser concebida como un ámbito autónomo para convertirse en un terreno central de confrontación ideológica.

En esos años emergió con fuerza la llamada izquierda nacional, una corriente heterogénea que articuló elementos del marxismo heterodoxo, el nacionalismo popular y una relectura del peronismo como movimiento de masas. Desde esta perspectiva, la dependencia no podía pensarse únicamente en términos económicos o políticos: implicaba también una dimensión cultural, vinculada a la producción de valores, sensibilidades y formas de interpretar la realidad. La noción de “colonialismo cultural” se convirtió así en una categoría clave para comprender los mecanismos de dominación en sociedades periféricas.

Dentro de este marco, las intervenciones de Juan José Hernández Arregui y Ricardo Carpani resultan particularmente significativas. A través de Imperialismo y cultura (1957), Arregui elaboró una crítica sistemática a las formas de dependencia cultural y propuso la recuperación de una perspectiva nacional-popular en la interpretación histórica. Por su parte, Carpani desarrolló en La política en el arte (1962) una concepción del arte como práctica inseparable de la lucha política, cuestionando la idea de autonomía estética y reivindicando un arte orientado a las masas.

En estas páginas se analiza la articulación entre pensamiento político y producción artística en el marco del peronismo revolucionario, a partir del estudio de estas intervenciones y de la célebre gráfica ¡¡Basta!! (1963). Se sostiene que, en este contexto, el arte dejó de ser concebido como mera representación para convertirse en una herramienta de intervención política y disputa cultural, orientada a confrontar el colonialismo simbólico y a afirmar una identidad nacional vinculada a la experiencia histórica del pueblo.

La reflexión de Juan José Hernández Arregui sobre el colonialismo cultural constituye uno de los aportes más significativos de la izquierda nacional para pensar la relación entre cultura y dependencia en la Argentina de posguerra. En Imperialismo y cultura (1957), el autor sostiene que el imperialismo no se limita a la explotación económica o al dominio político, sino que opera también en el plano simbólico, modelando los valores, las sensibilidades y las formas de interpretar la realidad. Desde esta perspectiva, la cultura aparece como un terreno estratégico de dominación. Arregui advierte que la penetración imperial no solo impone estructuras económicas, sino que produce una “colonización espiritual” que desarticula las culturas nacionales y debilita la conciencia histórica de los pueblos.

En este proceso, las clases dominantes y amplios sectores de las élites intelectuales cumplen un rol central, al reproducir de manera acrítica modelos culturales extranjeros y legitimar una visión extranjerizante de la realidad argentina. La crítica arreguiana se dirige especialmente contra la idea de una cultura universal desligada de sus condiciones históricas. Frente a ello, reivindica la necesidad de pensar la producción cultural en relación con la experiencia concreta de un pueblo. En este sentido, la emergencia de una cultura nacional no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de un proceso de toma de conciencia histórica. Cuando una sociedad se interroga por su propia producción cultural, sostiene Arregui, está al mismo tiempo cuestionando las formas de dependencia que la atraviesan. Esta concepción implica una redefinición del lugar del arte y del intelectual. Lejos de la figura del creador aislado, Arregui propone entender al artista como un sujeto históricamente situado, cuya producción expresa las tensiones y los conflictos de su tiempo. El arte, en este marco, no es una esfera autónoma, sino una forma de intervención en el campo cultural, donde se disputan sentidos, identidades y proyectos de nación. De este modo, la crítica al colonialismo cultural se convierte en un llamado a la construcción de una cultura nacional-popular capaz de recuperar la centralidad del pueblo como sujeto histórico. Esta perspectiva no sólo cuestiona las jerarquías culturales establecidas, sino que también abre la posibilidad de pensar el arte como una herramienta en la lucha por la emancipación. Será precisamente en este punto donde las elaboraciones teóricas de Hernández Arregui encuentren una traducción en el campo artístico, particularmente en la obra de Ricardo Carpani.


En La política en el arte (1962), Carpani retoma la crítica al colonialismo cultural y la desplaza hacia el terreno de la producción estética, formulando una concepción del arte inseparable de la lucha política. Para el artista, la dependencia cultural no constituye un fenómeno aislado, sino el correlato simbólico de una estructura de mdominación más amplia. En sociedades atravesadas por el imperialismo, sostiene, el campo artístico se encuentra condicionado por criterios de legitimidad impuestos por las élites, que reproducen modelos estéticos ajenos a la experiencia histórica local. En este sentido, la crítica al “coloniaje cultural” se traduce en una impugnación directa a la idea de un arte autónomo, desligado de las condiciones sociales en las que se produce. Frente a esta concepción, Carpani propone pensar el arte como una forma de intervención. Lejos de limitarse a representar la realidad, el arte debe actuar sobre ella, contribuyendo a la formación de una conciencia crítica y acompañando los procesos de transformación social. Esta perspectiva implica redefinir tanto la función del arte como el lugar del artista, que deja de ser un creador individual para convertirse en un sujeto comprometido con su tiempo.

En este marco, el concepto de “arte de masas” ocupa un lugar central. Para Carpani, un arte verdaderamente revolucionario no puede permanecer restringido a circuitos elitistas, sino que debe ser accesible, comprensible y significativo para las mayorías. La dimensión política del arte no radica únicamente en sus contenidos explícitos, sino en su capacidad para generar identificación, movilizar emociones y contribuir a la construcción de un sujeto colectivo. Esta concepción se traduce también en una definición estética precisa. El protagonismo de la figura humana, la monumentalidad de las formas y la claridad compositiva responden a la necesidad de construir imágenes capaces de condensar experiencias sociales y de intervenir en el espacio público. El arte, en este sentido, no solo comunica ideas: produce símbolos que organizan la percepción de la realidad y orientan la acción. De este modo, la propuesta de Carpani puede leerse como una realización de las tesis de Hernández Arregui. Si el colonialismo cultural actúa sobre la conciencia de los pueblos, el arte se convierte en una herramienta privilegiada para disputar ese terreno. Esta articulación entre teoría y práctica encontrará una de sus expresiones más acabadas en la producción gráfica del artista, particularmente en el célebre afiche ¡¡Basta!! (1963), donde el programa del arte militante se materializa como imagen de combate.

El afiche ¡¡Basta!! (1963) constituye una de las expresiones más logradas del programa estético y político del peronismo revolucionario, en la medida en que condensa, en una imagen de circulación masiva, la crítica al colonialismo cultural- extranjerismo mental y la afirmación de un sujeto colectivo. Realizado en el marco de la conflictividad sindical de comienzos de la década de 1960, el afiche fue concebido como una herramienta de intervención directa en el espacio público. A diferencia de las obras destinadas a circuitos artísticos tradicionales, su función no era la contemplación, sino la acción: interpelar, movilizar y formar parte de una práctica política
concreta. En este sentido, la gráfica de Carpani se inscribe en una estrategia más amplia que buscaba articular producción cultural y militancia. Desde el punto de vista formal, la imagen presenta a un obrero de proporciones mmonumentales, con el puño en alto en gesto de confrontación. La centralidad de la figura humana, la contundencia del trazo y la ausencia de elementos superfluos responden a una lógica de claridad y eficacia comunicativa. No se trata de una representación individual, sino de una figura que condensa lo colectivo: el trabajador como sujeto histórico. La elección de estos recursos no es meramente estética, sino profundamente política, en tanto apunta a construir una imagen reconocible y apropiable por las mayorías. La potencia del afiche radica, precisamente, en su capacidad de sintetizar en términos visuales un conjunto de elaboraciones teóricas. Allí donde Hernández Arregui había denunciado la “colonización espiritual” y Carpani había formulado la necesidad de un arte de masas, ¡¡Basta!! produce una imagen que desafía los modelos culturales dominantes y afirma una identidad popular. El gesto del puño alzado, la frontalidad de la figura y la simplicidad compositiva operan como una forma de descolonización simbólica, en la medida en que restituyen al pueblo un lugar activo en la representación de sí mismo. Asimismo, la circulación masiva del afiche -reproducido en espacios sindicales, calles y ámbitos de militancia, etc – refuerza su carácter de herramienta política. Lejos de quedar restringida a un momento específico, la imagen conoció múltiples reapropiaciones a lo largo del tiempo, lo que da cuenta de su capacidad de actualización y de su inscripción en el imaginario político argentino. En este sentido, ¡¡Basta!! no solo expresa un clima de época, sino que se constituye como un símbolo perdurable de la cultura política del peronismo. De este modo, la gráfica de Carpani permite observar el punto en el que la teoría se vuelve imagen.

La crítica al colonialismo cultural, la reivindicación de un arte de masas y la centralidad del pueblo como sujeto histórico se articulan en una forma visual capaz de
intervenir en la realidad. El afiche no representa simplemente una idea: la pone en circulación, la vuelve experiencia colectiva y la inscribe en el terreno de la lucha política. El recorrido por las elaboraciones de Juan José Hernández Arregui y Ricardo Carpani permite comprender que, en el marco del peronismo revolucionario, la cultura se constituyó en un terreno central de disputa política. Lejos de ser una esfera secundaria, el arte y la producción intelectual fueron concebidos como herramientas de intervención capaces de incidir en la construcción de una conciencia histórica y de confrontar las formas de dominación simbólica.

En este marco, la noción de colonialismo cultural utilizada por Arregui y su traducción estética en la obra de Carpani expresan una preocupación común: disputar los sentidos desde los cuales una sociedad se piensa a sí misma. La crítica al extranjerismo, la reivindicación de una cultura nacional-popular y la concepción del arte como práctica de masas configuran, así, un programa que articula pensamiento, estética y acción política. El pensamiento crítico y el arte militante no solo fueron centrales en las luchas del pasado, sino que pueden servir hoy como herramientas para reflexionar sobre los desafíos actuales: la erosión de los lazos colectivos, el desprestigio de lo público, la despolitización del campo cultural y la necesidad de recuperar lenguajes capaces de nombrar la desigualdad y la injusticia. Retomar sus voces no es un gesto nostálgico, sino un modo de pensar críticamente el presente y de afirmar, como lo hicieron ellos, que el arte y la cultura pueden ser instrumentos de emancipación.

*Imagen extraída del Centro Cultural Haroldo Conti.

Fuentes:


Carpani, R. (2012). La política en el arte. Peña Lillo – Ediciones Continente.

Hernández Arregui, J. J. (2005). Imperialismo y cultura. Peña Lillo – Ediciones Continente.

Soneira, I. (2014). Tres movimientos para configurar el rol del artista en América Latina: Una lectura de la obra publicada de Ricardo Carpani. Arte, Individuo y Sociedad, 26(3). https://doi.org/10.5209/rev_ARIS.2014.v26.n3.42896


Soneira, I. (2017). ¡Basta! La persistencia de una imagen. Centro de Investigaciones del Arte Argentino y Latinoamericano, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario.

Milagros Cilley
Ver más publiciones
Scroll al inicio
casibom casibom giriş