El presente trabajo parte de la fiesta religiosa popular que se celebra cada año en la provincia de La Rioja[1], entre el 22 de diciembre y el 3 de enero, desde mediados del siglo XVII, para revisar el cambio operado en la misma por una pastoral renovada bajo la luz del Concilio Vaticano II.
El Tinkunaco – término quechua cuyo sentido más aceptado es el de Encuentro– es la fiesta que da identidad al pueblo riojano: ejemplo de un mestizaje que permitió la gestación de una nueva raza. El sacerdote Juan Aurelio Ortiz lo entiende como un entrelazamiento o mezcla entre dos culturas, que además de negociar la paz, dan origen a un pueblo nuevo como amalgama de españoles y diaguitas (Mariel Caldas, 2011, p. 9).
Esta confluencia de etnias se produjo durante la Pascua de 1593, cuando el pueblo diaguita se alzó contra la autoridad española en la Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja (nombre fundacional de la capital de la provincia). En ese momento se hace presente la Iglesia a través de la figura de Fray Francisco Solano, uno de los tantos religiosos que defendió la dignidad y los derechos de los indígenas, enseñando la hermandad como hombres y como hijos del mismo Señor y Padre Dios (CELAM, N°8), logrando así el pacto de paz.
Cuenta la historia que al fundar Juan Ramírez de Velazco la ciudad en 1591, los pobladores nativos no sólo fueron despojados de sus tierras, sino también de su cultura y creencias, en un claro proceso de aculturación. El jueves Santo de 1593, en un acto de resistencia, varios caciques diaguitas se rebelaron contra los tratos de los conquistadores y se dirigieron a las puertas de la ciudad para hacerles frente. Estando Fray Francisco Solano[2] predicando por el lugar, resolvió el conflicto entre ambos grupos a través de la figura de un Niño Jesús investido de Alcalde, anunciando que éste reemplazaría a la autoridad española. La imagen del niño ataviado como un funcionario español permite el encuentro entre el pueblo originario y los españoles, pero también entre lo divino y lo humano. Años más tarde, la tarea evangelizadora de los hermanos jesuitas, buscó transfigurar las vicisitudes históricas “con el fuego del Espíritu en el camino de Cristo, centro y sentido de la historia universal, de todos y cada uno de los hombres” (CELAM, N°6), dando “forma litúrgica y social al hecho histórico” (Joaquín V. González en Caldas, 2011, p. 79) guionando “lo acontecido de modo similar al de las fiestas populares españolas: cofradías, cantos, procesiones, acciones litúrgicas” (Caldas, 2011, p. 27).
Aunque el desarrollo de la fiesta se mantuvo casi sin variaciones a través del tiempo, existieron algunos cambios. El período que va desde su origen hasta la celebración en la década 1970, se caracteriza “por su estabilidad general y por un proceso de lenta decantación” (Caldas, 2011, p.80) -aunque se puede identificar la desaparición de figuras y acciones-. Luego vendrá el momento Angelelli, que en acuerdo con una “actitud pastoral de franca valoración de las fiestas populares, de su fortaleza y significatividad” (Caldas, 2011, p.82) resignifica la festividad, agregando dos nuevos momentos y cambiando el lugar de canto del Inca (Caldas, 2011).
Este trabajo se centra en este último momento que expresa, en la valoración de la fiesta y en los cambios operados en la misma, una nueva concepción eclesiológica de acuerdo a las ideas promovidas por el Concilio Vaticano II. Al mismo tiempo, y bajo la misma luz, se realiza el análisis del mensaje de Clausura de las fiestas de San Nicolás ofrecido por Monseñor Enrique Angelelli – Obispo de La Rioja- el 1 de enero de 1973.
El Concilio Vaticano II: la cultura latinoamericana y la teología del pueblo
Según Víctor Codina (1982) el Concilio Vaticano II encarna un cambio de modelo eclesiológico al centrarse ahora en la comunión, “es una eclesiología de la comunión con Dios y con los hombres” (p. 66). Desde el comienzo de la asamblea el 11 de octubre de 1962 hasta su clausura el 7 de diciembre de 1965, se respiró “un ambiente de diálogo, un acercamiento al hombre y de servicio a la humanidad” (p. 67). Esta necesidad de acercamiento de la Iglesia al hombre estuvo marcada por el reconocimiento y la aceptación de la multiplicidad de culturas. Según lo expone uno de los documentos conciliares, el Gaudium et Spes, la cultura es:
todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano (GS, N° 53)
En síntesis, la cultura es comprendida como aquello que permite al hombre desarrollarse tanto, espiritual y corporalmente, como individual y socialmente, y expresarse, comunicarse y conservar las grandes experiencias espirituales. Esta acepción contempla al mismo tiempo, el aspecto histórico y social, y reconoce que existe pluralidad de culturas. Cada una con diferente estilo de vida y escala de valor: “distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de practicar la religión, de comportarse, de establecer leyes e instituciones jurídicas, de desarrollar las ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Así, las costumbres recibidas forman el patrimonio propio de cada comunidad humana” (GS, N° 53).
La renovación eclesial y la importancia de la capacidad de adaptación de la iglesia para dar respuesta a las exigencias de cada momento histórico (Codina, 1982), junto al reconocimiento de los diferentes estilos de vida, de los distintos modos en que los hombres se relacionan con la naturaleza, entre sí mismos y con sus creencias, son parte de las comprensiones operadas en el Concilio que entendemos, enmarcarán la teología del pueblo (TP).
Tal como expone Juan Carlos Scannone, SJ (2019), la TP es una corriente dentro de la teología de la liberación (TL): comparte con ésta, “su punto de partida y lugar hermenéutico en la praxis histórica interpretada y criticada a la luz de la Palabra de Dios” (p. 234) y el uso del método “ver, juzgar, actuar”, empleando la filosofía y demás ciencias humanas y sociales para el “ver” y el “actuar”. También poseen antecedentes comunes, por un lado el Concilio Vaticano II y por otro, el encuentro de los expertos conciliares latinoamericanos en Petrópolis (Brasil, 1964), donde se expuso la necesidad de una teología desde la perspectiva latinoamericana (Scannone, 2019).
Este autor establece los inicios de la TP en la Comisión Episcopal de Pastoral (COEPAL) que fuera creada a fines de 1965 por el episcopado argentino a su regreso del Concilio. Respecto de las otras líneas dentro de la TL[3], la TP o “teología liberadora en lo cultural” o “teología de la pastoral popular” se distingue por una concepción de pueblo desde un enfoque histórico- cultural, como el sujeto comunitario de una historia y una cultura, cargada la primera de experiencias concretas, de una conciencia colectiva y un proyecto histórico común; y entendida la segunda, – y esto, en clara relación con lo expuesto por el CV II- no sólo como núcleo de sentido último de la vida, el plano simbólico y las costumbres que lo expresan, “sino también el plano de las instituciones y estructuras políticas y económicas que lo configuran o – como sucede en América Latina – lo desfiguran” (Scannone, 1987, p.63). Por lo tanto, es histórico porque sólo históricamente puede determinarse, según cada situación, quiénes se pueden llamar pueblo y definir el carácter de anti pueblo – en función de la realización de la justicia, ejercida según criterios éticos, además de históricos-; y es cultural, porque se refiere a la creación, defensa o liberación de un modo determinado de habitar éticamente el mundo en comunidad (Scannone, 1987).
En América Latina, los “pobres y sencillos”, además de ser mayoría, son la parte básica del pueblo: en ellos se conservan mejor los valores de la cultura criolla, dándose más fácilmente la apertura a Dios, la solidaridad comunitaria, la esperanza y la alegría, el sentido de dignidad, propia y de los demás, la valoración de la justicia como estructurante de su ethos cultural (Scannone, 1987, p.64). La TP valoriza la sabiduría popular, los símbolos que la expresan (mediación simbólico- poética) e intenta articular, a nivel teológico, la sabiduría del pueblo de Dios inculturado en la cultura popular latinoamericana. El pueblo de Dios es aquí aquel que comprendió, desde el proceso de mestizaje cultural que lo formó, sapiencialmente la fe. Esa sabiduría popular cristiana ha acompañado a nuestros pueblos en sus luchas liberadoras dando fuerza y creando espacios de libertad en situaciones opresivas (Scannone, 1987, p.65).
Este marco resulta importante para analizar el caso concreto del Tinkunaco riojano en relación a la pastoral de Enrique Ángel Angelelli (1923- 76), que puede considerarse enmarcada en la TP. El obispo, cordobés de nacimiento, promulgó desde su acción la renovación de la iglesia promovida por el mencionado Concilio Vaticano II, en el que participó. En 1965 junto a otros obispos firmó el “Pacto de las Catacumbas” (Roma), por una Iglesia servidora y pobre. Luego, en el Episcopado Argentino integró, desde 1967 a 1970, la COEPAL, Comisión Episcopal de Pastoral creada para instrumentar en el país las conclusiones del concilio, y al finalizar el período fue responsable de Pastoral Popular.
En 1968 fue designado obispo de La Rioja. Allí
plasmó la renovación conciliar en una pastoral diocesana con y desde el pueblo, invitando a la “corresponsabilidad” de sacerdotes, religiosas y laicos. Valorizando la historia y la cultura riojana potenció la religiosidad popular como afirmación de su identidad en la lucha por su propia dignidad. Promovió la formación de cooperativas de campesinos y alentó la organización sindical de los peones rurales, los mineros y las empleadas domésticas, con la participación de los cuatro decanatos en que se organizó la diócesis (Diócesis de La Rioja).
El pueblo riojano
Una fe que no se hace cultura
es una fe que no fue plenamente recibida,
no enteramente pensada, no fielmente vivida.
Juan Pablo II
Carta al Cardenal Secretario de Estado, el 20/05/82
La Iglesia Católica Latina vive y practica su fe revelada
con su propio modo humano cultural. (…)
El pueblo Latinoamericano recibió y tiene la fe revelada,
verdadera pero asumida en su propio modo humano cultural
Rafael Tello en Enrique C. Bianchi, s/f.
En el siguiente apartado se pone en relación el Tinkunaco con el mensaje de clausura de las fiestas de San Nicolás expresado por Monseñor Angelelli (MA) el 1 de enero de 1973, lo que permitirá que nos acerquemos a la perspectiva de la TP que, podemos decir, enmarca su acción pastoral. También se recurre a la palabra de Scannone en Das Christkind-Burgermeister. Politische Liturgie in la Rioja (1980).
Propongo partir de la descripción del Encuentro que en 1916 hiciera el poeta riojano César Carrizo:
En la plaza 25 de mayo, los feligreses venidos de toda la provincia, esperan frente a la catedral la aparición del santo [San Nicolás de Bari, Patrono de La Rioja]. Sale por fin (…) Jinetes bien montados le escoltan. Son los alférez [sic].Visten lujosa banda, terciada de pecho a espalda; y traen en la mano izquierda un estandarte, a manera de un inmenso tallo tuberoso, de cuyo extremo superior pende una cinta de donde toma el escudero del alférez. Simbolizan dichos personajes a los caballeros de la conquista que chocaron con los indios en el alzamiento famoso.
¿A dónde va el «Patrono» con su escolta? Se dirige a saludar al Niño Alcalde, que también ya viene en marcha al lugar del Encuentro. ¡Qué inefable, qué chiquitín, es este hombrecito rubio erguido sobre sus andas! Le acompañan los allis, que significan los indios sometidos. Visten «huincha» reluciente y un «poncho» de esmalte que les cubre la espalda y el pecho. Los capitanea el Inca, que, bajo un arco de triunfo sostenido por dos de sus ayudantes, canta, al ritmo del tamboril, loas al Niño Jesús (Carrizo, 1916, s/p)[4].
Además, agrega
Los dos factores humanos, [que] al fundir en una sola cantidad sus números elementales, dieron ese tipo indo-español en cuya alma la Península dejó sus esmaltes latinos y el indio su coraje de asperón. La amalgama se hizo célula por célula y latido por latido (Carrizo, 1916, s/p).
Estos fragmentos nos permite identificar la experiencia histórica que da origen al pueblo riojano: el momento del encuentro entre el pueblo diaguita y el colonizador español, que da lugar a un proceso de mestizaje en el que dos universos culturales conforman este pueblo. Más acá en el tiempo, Scannone (1980) confirma que “el rito y la leyenda representan simbólicamente el origen del pueblo criollo de La Rioja y expresan su conciencia de ser fruto del encuentro de dos pueblos y culturas, e incluso de un mestizaje cultural.”[5]
En el mismo sentido se pronuncia MA reconociendo cómo este encuentro original se convierte en la historia religiosa y cultural concreta que da identidad al pueblo riojano:
No podemos comprender nuestra historia riojana ni la vida cultural y religiosa de nuestro pueblo, si no lo miramos desde el “Encuentro”, en él entendemos el alma riojana, sus aspiraciones, sus alegrías y sus frustraciones (MA, 1973, s/p).
Este rito y su simbolismo exigen una paz social genuina y justa, presente ya en la leyenda histórica, “según la cual se reconoce a todos la misma dignidad cristiana y humana, con prioridad para los menos privilegiados que se reúnen en torno al Niño Jesús” (Scannone, 1980, p. 156).[6]
El Tinkunaco es un grito de esperanza para celebrar la VIDA todos juntos, de sentirnos, aún, necesitados de mayor fraternidad, de mayor justicia, de mayor igualdad como hijos de un mismo Padre (MA, 1973, s/f).
También el cambio de lugar del canto del Inca durante el festejo dispuesto por Angelelli lleva implícita la valoración de igualdad y fraternidad mencionadas: el canto se realizará dentro del templo – siempre había sido ejecutado afuera, en la puerta – frente a la imagen del santo, para que pueda ser oído y respetado por todos y todas (Caldas, 2011, p. 82).
El Niño, protagonista del Encuentro (con San Nicolás de Bari), es la manera riojana de presentar al niño de Belén. Por él
tiene sentido nuestra Fe cristiana, nuestras chayas, nuestra historia regada con sangre, nuestras peregrinaciones de promesantes, nuestro canto y nuestra música- la lucha por sacar el agua a las entrañas de nuestra tierra- la lucha por lograr una vida más humana y digna para todos. Aquí tiene sentido el clamor de los pobres y el esfuerzo por cambiarle su dolor en felicidad, su tristeza en alegría, su rancho en casa digna, sus manos sin emplear en manos que construyen y trabajan (MA, 1973, s/p).
La fe es situada en una cultura – en el sentido antes desarrollado- e inculturada – como proceso activo en el interior de un grupo cultural que ha recibido “la revelación a través de la evangelización y que la comprende y traduce según su propio modo de ser, de actuar y comunicarse” (René Latourelle, Rino Fisichella, y Salvador Pié-Ninot en Federico Aguirre, 2023, p.73). Los riojanos se han arrodillado ante Cristo Alcalde para confesar la fe cristiana que se tradujo en la vida, en el compromiso y en el servicio fraternal (MA, 1973).
A diferencia de la precisa y “adornada” descripción de la fiesta dada por el poeta, para el obispo riojano – que al igual que la Iglesia, “ha sentido y medido el peso de lo accidental” entendiendo la importancia de lo esencial y de las fuentes (Reflexiones personales de Angelelli escritas en Roma en 1965 en Azcuy, p. 195)- no se puede entender el encuentro como un simple rito religioso folclórico, que destaca por el colorido y sus protagonistas (Allis, Alféreces y promesantes, cada uno de ellos ataviados y adornados especialmente): en ese festejo “nos manifestamos como lo que somos, lo que hemos logrado como pueblo y lo que aún nos falta” (MA, 1973, s/p).
En el encuentro el pueblo riojano reconoce un proyecto común: “el verdadero encuentro entre todos” (MA, 1973, s/p). Este pueblo eligió “su Jefe, Cristo, su estilo de vida, el Evangelio, su manera de caminar, todos juntos de la mano; una misión: construir la felicidad de todos, una meta final: no detenernos hasta llegar todos juntos a la Casa de nuestro Padre Dios” (MA, 1973, s/p).
Así, para MA aquellos que nieguen que el encuentro es la presentación de la Navidad en riojano, serán considerados infieles a Dios y a la identidad del pueblo, “es no haber comprendido cómo viene tejiendo Dios nuestra historia de liberación y salvación en nuestra propia historia” (s/p). La negación del significado del Tinkunaco define el carácter del antipueblo.
La figura del Niño Alcalde permite a la iglesia predominar en la vida, no sólo religiosa, sino política del pueblo riojano: “nuestra raza que celebra y bendice a Cristo, el Niño de Belén, al que hemos vestido de Alcalde, porque para quedarse con nosotros y caminar con nosotros, ha tomado y se ha vestido con nuestra carne” (MA, 1973, s/p). Cristo es el gobernante y Alcalde, y favorece a los menos privilegiados, quienes lo eligieron como su Patrono y símbolo (Scannone, 1980)[7]:
Alumbrados por este primer día del año nuevo, nos disponemos a comenzarlo en el nombre y con la fuerza que nos da Cristo, a quien hemos vestido de Alcalde, le hemos jurado fidelidad ayer y lo hemos elegido para que acompañe nuestro camino durante este año “73” (MA, 1973, s/p).
Durante la fiesta, a partir de MA, no sólo se entregan las llaves de la ciudad al Niño Alcalde, sino que también se entrega la Biblia a las autoridades del lugar: una implicación simbólica de todos aquellos que tienen la tarea de ser autoridad. “La celebración religiosa popular gana así en explicitación política, social, popular” (Caldas, 2011, p. 82).
En el mismo mensaje, el obispo reclama al poder civil y a las autoridades eclesiásticas, acciones que tiendan a construir un verdadero encuentro y paz:
No se construye el “Encuentro” con el silenciamiento del dolor de nuestro pueblo y no atacar las causas que lo provocan, a pesar de laudables esfuerzos que se vienen haciendo para solucionar problemas urgentes e inmediatos, no se construye la paz. Tampoco se construye la paz pretendiendo reducir a la misión de la Iglesia al sólo ámbito del templo, ni que oriente su misión en perimidos principios liberales o en principios materialistas que nieguen la trascendencia del hombre. No se construye la Paz y por tanto el verdadero Encuentro cuando el poder civil o grupos que se arrogan el magisterio de la verdad infalible desconocen la verdadera misión de la Iglesia, rompen la comunión con ella y usan toda clase de medios que les da el indebido ejercicio del poder, en sus variadas formas, para desprestigiarla y separarla de su pueblo (MA, 1973, s/p).
El mensaje denuncia, además, la supresión del formato radial de las misas dominicales y del Encuentro, al tiempo que reclama a la Radio local que diera “reflexiones del “cambio” interpretando erróneamente lo que la Iglesia quiere y entiende del cambio”; tanto a este medio como a las autoridades (civiles y eclesiales) pide respeto por la identidad del pueblo riojano. Y les indica la lectura de la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,25), para que comprendan la opción pastoral que asume la Iglesia de La Rioja (MA, 1973).
Lo que Scannone (1980) establece sobre el Tinkunaco , [que] “en última instancia, (…) hace un fuerte llamado a reconocer que todo poder político proviene de Dios y que sólo puede ejercerse para el bien común, especialmente para el bienestar de quienes sufren injusticias”[8] (p. 156), parece retomar la propuesta de MA
Amigos Políticos y Candidatos a ser elegidos para gobernarnos: solamente una reflexión para ustedes. El ENCUENTRO le da al futuro gobernante la clave para interpretar fielmente las esperanzas y los dolores del pueblo riojano. Le da las pautas para que sea un auténtico servidor de su pueblo. Le da el contenido del proyecto político que debe realizar en la Provincia. Para una Rioja nueva son necesarios hombres nuevos que le sepan dar con hechos la respuesta a una larga espera para lograr su gran ENCUENTRO como pueblo y que no se lo margine (1973, s/p).
Ese inefable Niño[9]
El pueblo conoce la Palabra de Dios
hecha carne en la Imagen.
P. Tello, 2015
Las imágenes de culto y la performance festiva se entienden aquí como símbolos de la sabiduría popular. En este sentido pueden interpretarse como los símbolos con los que cada pueblo condensa la “memoria histórica, la experiencia de la vida y del sentido, las esperanzas y aspiraciones” (Scannone, 2019, p. 7). En América Latina, estas manifestaciones son características de la expresión de la fe.[10]
Desde el período colonial, la imagen de culto y su performance festiva fue el principal vehículo de la evangelización, llegando a convertirse en una “expresión ejemplar de una fe inculturada que se juega en la mediación sensible” (Aguirre, 2023, p. 62).
Dado el lugar destacado de la imagen sagrada en la fiesta del Tinkunaco, en este apartado propongo revisar la obra escultórica del Niño Alcalde, expresión de la piedad popular del pueblo riojano. Es Cristo Niño que, como en el pesebre, será el centro de atención: a él se le entrega la llave de la ciudad, a él se lo acompaña, se le canta y se le venera. Él es el Señor Niño con autoridad por sobre el resto de las autoridades, por quien el pueblo riojano, vive y se nutre.
Imagen extraída de la página de la Celam Publicación de Cofradía de
Allis del Niño Jesús Alcalde
Durante el siglo XVII la imagen fue utilizada por España, tanto en la metrópoli como en sus colonias, como uno de los medios fundamentales para transmitir la doctrina. En América colonial, la iconografía de Cristo – al igual que otras referidas a temas del Antiguo y Nuevo Testamento – “entrelaza la Historia con las leyendas y la Teología con las creencias surgidas en el medio de la religiosidad popular” (Héctor Schenone, 1998, p. 19). Dentro de los temas abordados, encontramos la infancia de Jesús. Se lo representó entronizado, meditando, durmiendo, jugando y hasta sufriendo los dolores de la Pasión. En América no sólo se lo encontró en los monasterios femeninos (tanto monjas como beatas poseían una imagen del Niño como figuración de su Divino Esposo), sino que también en las comunidades indígenas o mestizas lo revistieron con atributos de poder, tal como lo hacían con sus deidades en tiempos prehispánicos. “En la región andina, surgieron Niños vestidos de Inca, de rey de España, de sacerdote o de miliciano; vestidos como gentilhombres, con sombrero de ala ancha, peluca y una cruz procesional como bastón de mando” (Gustavo Tudisco y otros, 2002-2006). El Niño Jesús como Alcalde pertenece a esta tradición y, como en La Rioja, también se venera en Cusco[11] (Diócesis de La Rioja, 2022).
Las esculturas sacras españolas evolucionan durante el siglo XVII hacia el realismo, siendo acentuado por los materiales empleados: la talla en madera y policromada, a lo que se sumó el empleo de postizos (Hernández Redondo, 1997). La escultura del Niño venerada en “la Iglesia San Francisco de La Rioja, fue donada a la comunidad franciscana en el año 1915 por la familia de Severo Barros que la recibió de sus antepasados” (Diócesis de La Rioja, 2022). Aunque no tiene referencia a una fecha de realización precisa, “posiblemente española, del siglo XVII” (Schenone, 1998, p.116) puede vincularse al barroco español. Siendo posible distinguir en ella reminiscencias del tipo escultórico andaluz: primero, por tratarse de un tema amable y también, por la búsqueda de la elegancia y valor de lo accesorio, que se observa en la riqueza de la decoración de sus telas. Es una talla de madera, policromada en el rostro y las manos, de aproximadamente 37 centímetros de altura, tiene cabello natural formando bucles. Representado de pie, su mano derecha está en posición bendiciente y con la izquierda sostiene una vara que remata en una cruz de Caravaca.
lo que lo distingue de otras imágenes similares es su curiosa vestimenta – con piezas de traje infantil decimonónico -, que consta de calzón corto y chaqueta, asimismo corta, que se separa a partir de un botón sobre el estómago, todo de terciopelo negro, color que se repite en los zapatos y que contrasta con la camisa y las medias blancas. Se toca con un bicornio también negro, orlado de gran pluma de avestruz, debajo del cual aparecen los bucles de la peluca (Schenone, 1998, p.116-117).
Cuando la imagen del Niño Alcalde se presentó al pueblo riojano, la Iglesia debió explicar e interpretar la revelación, otorgando agencia sacramental a la misma. A partir de entonces, esa imagen, expresión de fe popular, “provoca la inculturación en sentido estricto, no como dinámica impuesta y ejercida desde fuera, sino como movimiento interno del pueblo creyente que se adhiere a Dios en su/desde su/ historia” (José Carlos Caamaño en Aguirre, 2023, p. 74): la imagen del Niño Alcalde, representa el corazón mismo de la experiencia de la fe de este pueblo.
Tal como lo expresa Scannone (1980) el Tinkunaco
es la expresión ritual de la esencia histórica más profunda del pueblo criollo, tal como la percibe su sabiduría popular, y al mismo tiempo el símbolo viviente de su anhelo fundamental de justicia y de paz, incluso de las posibilidades reales que contiene para realizar el encuentro con Dios y entre los hombres (p.157)[12]
La capacidad de descubrir, interpretar y materializar, a la luz de la palabra de Dios, los símbolos presentes en la sabiduría popular es una acción que debe realizar una teología liberadora como la desarrollada por MA, quien “supo explorar y desarrollar la teología implícita en el Tinkunaco a la luz del Evangelio” (Scannone, 1980, p. 157).
Conclusión
El desarrollo de este trabajo ha permitido comprender que el Tinkunaco no sólo es expresión de la piedad popular, que da identidad al pueblo riojano, sino que constituye una manifestación de la fe inculturada, que nacida del mestizaje originario entre el mundo diaguita y el español, es permanentemente reactualizada a la luz de los desafíos históricos concretos.
El estudio se centró en el momento en que la festividad fue revisada y resignificada por una pastoral enmarcada en la TP, que en sintonía con las ideas promovidas por el Concilio Vaticano II, reconoció y puso en valor la capacidad de la sabiduría popular para expresar el anhelo profundo de justicia, fraternidad y paz de la experiencia histórica del pueblo riojano.
En este sentido, se examinó el mensaje de Clausura de las fiestas de San Nicolás del año 1973, en el que el Obispo Angelelli explicita que es a partir del Encuentro que se identifica la experiencia histórica concreta, la identidad cultural, y el proyecto histórico común del pueblo riojano. Manifestando una comprensión integral del Tinkunaco, proclama que el Encuentro es una tarea permanente, que excede el tiempo festivo y que compromete a toda la comunidad —Iglesia, autoridades y pueblo— en la construcción cotidiana de una paz verdadera, fundada en la justicia y en el reconocimiento de la dignidad de cada persona. Entendiendo que negar o vaciar de contenido el sentido del Tinkunaco equivale a desconocer la propia identidad del pueblo riojano y la manera concreta en que Dios ha venido tejiendo su historia de liberación y salvación.
Es el Niño Alcalde – la manera riojana de presentar al Niño de Belén- el que da sentido a la vida en La Rioja: tiene sentido la fe cristiana, los cantos, las peregrinaciones y la lucha por una vida más humana, más justa y digna para todos.
El Tinkunaco aparece como un espacio privilegiado donde la memoria histórica, la fe inculturada y la praxis liberadora se entrelazan. Su vigencia actual confirma que la religiosidad popular, cuando es acompañada y discernida a la luz del Evangelio, constituye no sólo un lugar teológico legítimo, sino también una fuente de esperanza y un llamado permanente al verdadero encuentro entre Dios y los hombres, y entre los hombres entre sí, en la historia concreta de un pueblo.
[1] La fiesta se celebra no sólo en la ciudad de La Rioja, sino en otras de la provincia, tales como Aminga, Sañogasta o San Blas de Los Sauces y también, según Mariel Caldas (2011), ha migrado a otras provincias.
[2] Las referencias sobre la actuación de Fray Francisco se encuentran en los escritos para su proceso de canonización.
[3] Scannone propone cuatro vertientes de la TL: la teología de la praxis pastoral de la Iglesia, la teología desde la praxis de grupos revolucionarios, teología desde la praxis histórica y la teología desde la praxis de los pueblos latinoamericanos.
[4] En este fragmento aparecen algunos de los elementos que luego desaparecen del festejo, por ejemplo los caballos. Cfr. Caldas (2011).
[5] Frase completa en alemán: Ritus und Legende stellen symbolisch den Ursprung des kreolischen Volkes von La Rioja dar, und sie bringen sein Bewußtsein zum Ausdruck, daß es die Frucht der Begegnung von zwei Völkern und Kulturen und sogar eines KulturMischlingtums ist.
[6] Frase completa en alemán: Ritus und Legende mit ihren Sinnbildern einen echten, gerechten sozialen Frieden, dem gemäß die gleiche christliche und menschliche Würde allen – mit einem Vorrang der Ärmeren und Kleineren, die sich um das Christuskind scharen – zugestanden wird.
[7] Frase completa en alemán: Christus ist Herrscher und Bürgermeister. Aber dieser Herr ist ein Kind, das die Kleinen bevorzugt, die es als ihren Schutzpatron und als ihr Symbol erwählt haben.
[8] Frase completa en alemán: Letztlich fordert das Tinkunaco nachdrücklich zur Anerkennung auf, daß alle politische Macht von Gott herkommt und daß sie nur für das Gemeinwohl insbesondere für das Wohl derer, die Ungerechtigkeit erleiden ausgeübt werden darf.
[9] Las descripciones de la imagen escultórica del Niño Alcalde que aparecen aquí fueron parte de un trabajo preliminar presentado en las III JORNADAS SOBRE EL MUNDO ATLÁNTICO EN LA MODERNIDAD TEMPRANA (C.1400-1800). Imperios, circulación y conflictos en el mundo atlántico (2025)
[10] El Documento Conclusivo de Puebla entiende a éstas como manifestaciones positivas de la piedad popular (Cfr. N° 454)
[11] La información de la página de la Diócesis expresa: “en el Cuzco (Perú), también se venera al Niño Jesús Alcalde desde tiempo inmemorial, entonces, San Francisco Solano, o de allí trajo a La Rioja esta devoción o de aquí la llevó allí a su regreso” (https://diocesislarioja.com.ar/los-padres-franciscanos-en-la-rioja/).
[12] Frase completa en alemán: so ist das Tinkunaco der rituelle Ausdruck des tief sten geschichtlichen Wesens des KreolenVolkes, wie es von seiner Volks weisheit wahrgenommen wird, und zugleich das lebendige Sinnbild seiner Grundsehnsucht nach Gerechtigkeit und Frieden, ja sogar der realen Möglich’ keiten, die es in sich birgt, um die Begegnung mit Gott und zwischen den Men schen schon
Bibliografía:
Aguirre, F. (2023) ¿Por qué una teología latinoamericana de la imagen? Revista Teología, Tomo LX ( 141), pp. 61-81
Angelelli, E. (1973) Mensaje de clausura de las fiestas de San Nicolás. En https://diocesislarioja.com.ar/monsenor-angelelli-que-el-encuentro-del-tinkunaco-sea-todos-los-dias-del-ano/
Bianchi, E. (2022) Evangelización de la cultura y pastoral popular. Cuaderno Red Ecclesia in America. 2, (5). Disponible en: https://repositorio.uca.edu.ar/handle/123456789/15386
Caldas, M. (2011) El tinkunaco riojano: experiencia de religiosidad popular interpretada desde las categorías de fiesta y diálogo (Tesis de licenciatura en Teología Pastoral – Universidad Católica Argentina, Facultad de Teología) [en línea] Disponible en: http://bibliotecadigital.uca.edu.ar/repositorio/tesis/tinkunako-riojano-experiencia.pdf
Carrizo, C. (1916) San Nicolás de Bari, Patrono de La Rioja. Un culto cristiano indígena (1600- 1916) (s/p). En Plus Ultra n° 913, Buenos Aires.
Codina, V. (1983) Tres modelos de eclesiología. Estudios Eclesiásticos, 58 (224), 55-82.
Concilio Vaticano II. (1965). Gaudium et Spes (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual). Disponible en https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html
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