El patriotismo iberoamericano del Deán Gregorio Funes en la obra de Francisco Silva[1]
Introducción
En este escrito analizaremos la figura del Deán Gregorio Funes a través de la pluma del historiador cordobés J. Francisco V. Silva,[2] quien en su libro El Libertador Bolívar y el Deán Funes recuperó el carácter iberoamericano de la idea de patria defendida por Bolívar, San Martín y Funes, entre tantos otros hombres que acompañaron la gesta libertadora. En palabras de Alfredo Terzaga, a Funes debemos pensarlo como un cordobés americano.[3]
Dedicaremos la primera parte de este artículo a realizar un somero recorrido por la vida y la obra de Francisco Silva, en especial, sus discusiones políticas e historiográficas con la denominada historia mitrista a la que considera como un apéndice del proyecto de hegemonía porteña respecto a las provincias del interior y los restantes países iberoamericanos.
En la segunda parte de este trabajo nos abocaremos al análisis del patriotismo superior de San Martín y Bolívar, la recuperación del partido bolivarista que encuentra en el Deán Funes a uno de sus principales exponentes y, por último, las denuncias que Funes realiza respecto a la injerencia del imperialismo británico en el Río de la Plata.
PRIMERA PARTE.
- Breve semblanza biográfica de Francisco Silva
La información que hemos podido reunir sobre el itinerario biográfico de Francisco Silva es escasa.[4] Yolanda Segnini informa que Silva nace en Córdoba en el año 1893 y el historiador Eduardo Escudero sitúa su fallecimiento en 1978 a partir de un breve obituario publicado en el Número 51 de la Academia Nacional de la Historia.[5]
Por las referencias autobiográficas que se deslizan en sus obras podemos saber que Silva estudia Derecho en la Universidad Central de España,[6] y que a lo largo de la década de 1910 tiene una activa participación en diferentes instituciones académicas españolas como la Real Sociedad Geográfica de Madrid y la Real Academia de la Historia. Además, publica diversos artículos en la Revista madrileña Comunicaciones.
En 1914 Francisco Silva se gradúa en la Facultad de Derecho de la Universidad Central con la presentación de su tesis Concepto moderno del Estado. Introducción a un estudio del municipio federal. Su estancia en la península ibérica despierta en Silva la revalorización de España para la comprensión de la realidad hispanoamericana.
Un día supe lograr alejarme de la fraseología snobista y de circunstancias, cuando creí útil en nuestra formación cultural la impresión real de la España, acompañada al espíritu dicente de la voz sucesora de la Universidad de Cisneros, dada la necesidad que requiere valorar el antecedente histórico hispano en la elaboración nacional argentina.[7]
En los círculos intelectuales, literarios e historiográficos españoles, Francisco Silva estrecha una gran amistad con el venezolano Rufino Blanco-Fombona, quien le permite publicar su libro El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la célebre editorial América, fundada en 1915 con el objetivo de fortalecer la conciencia nacional iberoamericana por medio de la revisión histórica y la crítica literaria.
El autor de este libro se complace patrióticamente de que su obra sea publicada por la Editorial América y vaya en la Biblioteca Ayacucho; en esta Biblioteca en la que el acierto crítico de su querido amigo Blanco-Fombona ha acogido recientemente las magníficas Memorias póstumas del general José María Paz.
En este libro, Francisco Silva traza una comparación entre su itinerario formativo y el del propio Deán Funes a quien, como veremos, considera el máximo exponente del bolivarismo en la Argentina. Silva remarca que en su interés por Funes “(…) contribuyó además un cierto paralelismo en nuestra orientación cultural, pues tanto él como nosotros vinimos a estudiar a España, y ambos reconstituimos aquí nuestra personalidad espiritual”.[8]
En esta obra, Silva interviene en la polémica iniciada por Blanco-Fombona acerca de la historia escrita por Mitre y sus epígonos; reivindica a Bolívar y a los caudillos federales; denuncia los intereses británicos en el proceso de fragmentación de la América española; y cuestiona la versión oficial acerca de la Guerra del Paraguay.
Del estadio español de Francisco Silva datan otros de sus principales trabajos entre los que se encuentran El reparto de la América española y el pan-hispanismo, La desmembración del territorio argentino en el siglo XIX, y La desnacionalización de la Historia argentina del siglo XIX.
De regreso en la Argentina, en 1928 Francisco Silva publica el libro Semblanzas de Yrigoyen para el que elabora un estudio introductorio y selecciona una gran cantidad de opiniones de autores argentinos e iberoamericanos en homenaje a Don Hipólito con motivo de su triunfo electoral que lo deposita por segunda vez en la presidencia de la República. Algunas de las voces que aparecen en el libro son las de Enrique Gómez Carrillo, José Vasconcelos, Belisario Roldán, José Bianco y Manuel Ortiz Pereyra.
Para entonces ya se ha producido la inserción académica de Francisco Silva en la Universidad de Córdoba. Sus trabajos, ahora, se orientan exclusivamente hacia la historia del Derecho y el constitucionalismo argentino, disminuyendo en gran medida el vigor de polemista que caracterizan a sus libros y conferencias de la década de 1910.
En la década de 1920 Silva intercambia frecuente correspondencia con Emilio Ravignani y desde 1936 integra la Junta de Historia y Numismática Americana.[9] Vicente Cutolo en su libro Historiadores argentinos y americanos, detalla las actividades académicas principales desempeñadas por Francisco Silva después de la década de 1940.
Tuvo a su cargo la ordenación de las actas y trabajos del Congreso de Historia del Norte y Centro realizado en Córdoba (1940), con el patrocinio de la Academia Nacional de la Historia. Fue Secretario del Instituto de Estudios Americanistas de la Universidad Nacional de Córdoba desde su fundación. Intervino en el fichaje del Archivo del Colegio de Montserrat, por encargo del Dr. Enrique Martínez Paz. Fue Secretario de la Junta de Historia de Córdoba, filial de la Academia Nacional de la Historia. Fue Director del Museo Histórico “Marqués de Sobre Monte” en Córdoba. Vocal del Comité Nacional de Museos. Miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia. Participó en el Primer Congreso de Historia de Catamarca (1958); III Congreso Internacional de Historia de América (1960), y II Congreso de Historia de Cuyo (1961).
En el siguiente punto, recorreremos la caracterización que hace Francisco Silva sobre la historiografía argentina de comienzos del siglo XX, tema que nos permitirá brindarle mayor valor a su recuperación de la figura del Deán Funes.
- Una historia amañada que desargentiniza a la Nación
En la conferencia La desmembración del territorio argentino en el siglo XIX, pronunciada ante la Real Sociedad Geográfica de Madrid el 3 de diciembre de 1914, Francisco Silva plantea que la tarea de esclarecimiento histórico está orientada a dotar de contenido nacionalista a la educación en la América española, reivindicando los valores hispánicos como parte insustituible de la tradición nacional. [10] En este escrito, Silva sostiene que la desmembración territorial acaecida en Hispanoamérica durante el siglo XIX reposa en la desvinculación histórica, que contribuye a la carencia de unidad nacional.
Tres años después, también ante la Real Sociedad Geográfica de Madrid, Silva profundiza este tema en la conferencia Desnacionalización en la historia argentina del siglo XIX. Para el autor, la política nacionalista es indisociable de una educación nutrida del “espíritu nativo” que suplante al “espíritu importado” que predomina en la historia oficial.
Con qué espíritu está visto este problema de política, es únicamente con espíritu argentino, esto es, con un espíritu que busca en la vida de su historia nacional pasada el germen de su historia nacional futura, no con espíritu importado y adaptado, afrancesado o yankista, como es de uso, sino con espíritu nativo y realista, lo cual importa reflejar una raza vigorosa y fortísima, como es la española, de una y otra banda del mar Océano”.[11]
Ambas conferencias son un anticipo de la principal obra de Francisco Silva. Entre 1918 y 1919 el historiador cordobés publica el libro El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la política argentina, que lleva el subtítulo Revisión de la Historia Argentina por lo que constituye un eslabón imprescindible a la hora de reconstruir las primeras manifestaciones de revisionismo histórico en el país.[12]
Francisco Silva comienza su trabajo trazando un paralelismo entre su figura y la del General José María Paz, uno de los ilustres representantes de la provincia de Córdoba. Al igual que Paz, Silva se considera:
(…) amador de la tradición del Imperio hispánico de 1492 a 1810; como Paz, es de la gran ciudad de Córdoba del Tucumán, la verdadera capital histórica de Argentina; como él, es opuesto al predominio injusto que el puerto de Buenos Aires desde 1810 efectúa sobre todas las provincias, extranjerizándolas; como él, tiene nobles ideales nacionalistas y sacrifica su vida desde la juventud a ellos generosamente.[13]
Asimismo, el libro de Silva constituye un homenaje al primer Centenario de la Conferencia de Córdoba del Tucumán, celebrada entre el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón y el General José de San Martín, hito histórico olvidado debido a “(…) la desnacionalización que, desde hace más de un siglo, produce la política del puerto de Buenos Aires, que así impone una legislación extranjera a todo el país, y escribe la historia nacional según le conviene”.[14]
Acto seguido, Silva enumera a algunos de los hombres notables surgidos de la provincia de Córdoba, entre los que se encuentran, además del ya mencionado General Paz, el Deán Gregorio Funes, el gobernador Juan Bautista Bustos, Dalmacio Vélez Sarsfield, y los presidentes Santiago Derqui, Miguel Juárez Celman y José Figueroa Alcorta. La relevancia política, histórica y cultural de Córdoba lo lleva a Silva a considerarla como la capital tradicional de la Argentina enfrentada a Buenos Aires que “extranjeriza” la política y la historia del país.[15] En este sentido, Silva rechaza:
(…) las artificiosas innovaciones introducidas por el puerto de Buenos Aires en la historia argentina escrita por historiadores porteños. (…) Renunciamos a ser un satélite más de una política desafortunada, y sobre todo de una historia amañada que desargentiniza a la nación.[16]
Desde Buenos Aires se esparce la historia falsificada en la que los líderes populares de las provincias interiores y de la América española son calumniados y denigrados impiadosamente.
El gobernador Bustos y el gran Facundo no pueden seguir apareciendo como bandidos y trogloditas; es imposible que el doctor Francia y Solano López, los ilustres paraguayos, continúen apareciendo como bárbaros tiranuelos; tampoco los chilenos Carreras como vulgares adocenados. (…) Cuando le conviene, el puerto de Buenos Aires se apropia los hombres de las provincias: eleva a los que se le plegaron como Avellaneda y Sarmiento; pero a los que le combatieron, como Alberdi y Urquiza, si los encumbra, es con restricciones y para aparentar serenidad; pero se muestra francamente ingrato con los que, como Liniers y Álzaga, lo defendieron en horas amargas, y hasta se avergüenza de sus propias criaturas, como son Dorrego y Rosas.[17]
En este sentido, Silva cuestiona al nacionalismo localista que predomina en Buenos Aires y fomenta la revisión de la historia que conduce necesariamente a rehabilitar la tradición hispánica y a recuperar la dimensión continental de las ideas de Simón Bolívar, prócer iberoamericano.
No queremos encender discordias pueblerinas, sino crear una cohesión nacionalista; no queremos un patriotismo de parroquia y minúsculo, sino un patriotismo argentino amplio, con un sentido racial de raza hispánica frente a las yanquizaciones. (…) En esta misma obra de rectificación histórica cabe situar la verdadera posición que debe ocupar el Libertador Bolívar. ¡Pobre gran héroe desfigurado y calumniado a porfía por Buenos Aires![18]
Francisco Silva delata el efecto pernicioso que causa en las nuevas generaciones la enseñanza escolar de la historia mitrista, cargada de hispanofobia, nacionalismo de Patria Chica, antibolivarismo, y desprecio por las provincias interiores y sus más grandes líderes populares. Para revertir esta tendencia, Silva considera que su obra historiográfica está dirigida a:
(…) anular los letales efectos de ese veneno que, con honrosas excepciones, ha infiltrado en las venas de las generaciones argentinas el odio a España y a los restantes países de la América hispana, y con que todavía se abreva el corazón de los niños argentinos en las escuelas, donde se estudian los pésimos y disparatados textos que el Gobierno de Buenos Aires impone, desde 1810, a todo el país; textos en los cuales se niega toda virtud a España, se calumnia y desfigura a Bolívar, se deforma a Solano López y se adultera sistemáticamente la verdad de la historia patria.[19]
El autor propone abandonar “la linterna de la historia aporteñada” para examinar la actuación de los próceres argentinos con el “reflector de la genuina historia”. De acuerdo al argumento de Silva, la ciudad-puerto cosmopolita, extranjerizante y materialista disuelve la tradición nacional que pervive incontaminada en las provincias del Interior en las que subsisten las raíces hispanoamericanas.
A partir de 1810, el puerto de Buenos Aires ha demostrado ser lo menos argentino posible: es él quien ha sustentado la importación de leyes y costumbres y modas extranjeras, antihispánicas, antihispano-americanas, con el solo y exclusivo objeto de desnaturalizar al país y arruinar a las provincias, en tanto que no se perjudique su dominación sobre las mismas.
Así ha podido infiltrar la adulación a los Estados Unidos, en vez de considerarlos y hacerlos considerar por todo el país como a verdaderos enemigos, aunque Argentina debiera alzarse en el Sur y ser un contrapeso en cierto modo contra los yanquis.[20]
Este libro constituye una reacción ante la dominación “injusta y antiargentina” del puerto de Buenos Aires sobre el resto de las provincias. El anhelo de Francisco Silva era que su obra de rectificaciones se convierta en un clásico de la historiografía nacional. Sin embargo, el predominio de la historia mitrista en la superestructura cultural de la Argentina convirtió a este libro en una pieza sólo hallable con gran dificultad en las librerías anticuarias y al propio autor en un completo desconocido.
Como adelantamos, uno de los argumentos principales del libro de Francisco Silva se orienta a restablecer la dimensión iberoamericana de la idea de patria abrazada por Simón Bolívar, José de San Martín y el Deán Gregorio Funes. A este tema le dedicaremos la segunda parte de nuestro artículo.
SEGUNDA PARTE
- El patriotismo superior de Simón Bolivar y José de San Martín
A partir de la desfiguración histórica de Bolívar y San Martín la historia mitrista busca negar el ideal continental defendido por ambos para, de esa forma, transformarlos en próceres de las Patrias Chicas. Desde la óptica del patriotismo localista, Bolívar es reducido a mero líder venezolano y San Martín a insigne militar argentino. En contra de esta visión, Francisco Silva reestablece el contenido originario que el vocablo “Patria” representaba para los héroes de la Independencia.
La Patria era un concepto amplio en la mente de casi todos los próceres de la América española. Manteníase más vivo que hoy el sentimiento de una patria continental, porque, acabado de fraccionar el Imperio español, su patriotismo era verdaderamente amplio y no sabían de localismos, por lo cual rechazaban las usurpaciones, tan del agrado del puerto de Buenos Aires.[21]
Francisco Silva argumenta que Bolívar ha padecido una permanente tergiversación por parte de los historiadores de la ciudad-puerto.[22] El proyecto de unidad hispanoamericana de Bolívar es saboteado por el localismo porteño de Rivadavia, y a través de la historia mitrista se educa a las nuevas generaciones en el antibolivarismo. Según Silva, Rivadavia combatió a Bolívar a través de la política y Mitre hizo lo propio por medio de la historia.
El Libertador pretendía la unión de toda la América española; indudablemente toda unión supone una hegemonía –justa o injusta, según sea la superioridad del país director– que en este caso era la de Colombia; a ello no se avino el Gobierno de las Provincias Unidas, y de ahí surgió, efecto de su incomprensión, el antibolivarismo, que se predica aún ¡hasta en las escuelas!, para estimular, no el patriotismo nacional, sino el localista y estúpido de Buenos Aires.
Por eso se ha querido en Buenos Aires contraponer a Bolívar y San Martín y aún se persiste en tan mezquino empeño; estupenda falsedad, pues San Martín no fue enemigo de Bolívar, sino su émulo.[23]
La discordia entre San Martín y Bolívar que predica la historia mitrista no es más que una expresión del nacionalismo de las Patrias Chicas llevado al terreno historiográfico, pero sin la más mínima relación con el patriotismo continental por ellos sostenido. Desde la ciudad-puerto resulta imposible comprender la profunda identidad hispanoamericana que existía antes del proceso de desmembramiento de Nuestra América.
El Libertador y San Martín tenían un patriotismo superior al patriotismo de la localidad; ambos querían un Estado grande y fuerte, en una América sin sujeción a Europa ni a nadie, sino muy dueña de sus destinos.
San Martín quiso reconstruir el antiguo virreinato del Perú, con Argentina y Chile como provincias del nuevo Reino. Bolívar quiso más: Bolívar quiso la unidad política del imperio transatlántico español.
(…) Desde Guayaquil se separaron sus personas, pero se fusionaron sus ideales. (…) El patriotismo superior de Bolívar y San Martín debe forzosamente culminar con la unión política de España y la América española.[24]
Francisco Silva demuestra que la historia oficial adulteró la vida de ambos patriotas para inculcar en los pueblos iberoamericanos las rencillas y el mutuo desconocimiento. No fue Bolívar sino la ciudad-puerto y sus personeros quienes atentaron contra el proyecto continental del General San Martín, a quien buscaron utilizar para aniquilar la resistencia de las provincias interiores a la hegemonía porteña. Sin embargo, una vez producido el alejamiento del patriota de Yapeyú, la historia falsificada lo glorifica a cambio de amputar su ideal continental. El mitrismo:
(…) presume de admirar al gran San Martín, que no quiso nunca prestarse a servir al puerto de Buenos Aires contra los pueblos del Interior, y por eso no acudió cuando el Gobierno porteño requirió su ejército para lanzarlo contra las Provincias, o sea la totalidad de la Argentina, que se levantaban para abolir el odioso privilegio bonaerense.
(…) San Martín mismo fue quien explicó el pensamiento político de la expedición al Perú, su política americana y su admiración a Bolívar. Tres cosas fundamentales que los malos historiadores porteños se han empeñado en adulterar, para aislar a Argentina en el Continente; así es como el puerto de Buenos Aires extranjeriza, y por ende desnacionaliza, al país, a fin de debilitar su carácter nativo, y de esta suerte dominarlo mejor.[25]
La historia mitrista no sólo siembra una ficticia enemistad entre San Martín y Bolívar en quienes predominó el patriotismo superior que no puede ser equiparado al patriotismo localista de Rivadavia y Mitre. También se encargó de borrar de nuestro pasado a los bolivarianos como el Deán Funes, un cordobés americano que abrazó la idea de patria iberoamericana.
- El Deán Funes, brazo civil del bolivarismo en la Argentina
Francisco Silva considera imperioso recuperar al bolivarismo como base del patriotismo hispanoamericano. Para ello es preciso abandonar las disputas alentadas entre los pueblos de Nuestra América; refutar el relato malintencionado acerca de la rivalidad entre Bolívar y San Martín; y recuperar el legado hispánico como fuente de la tradición nacional.
Por de contado que en esta labor de confraternidad hispánica no podíamos recoger las odiosas insidias que se vienen forjando alrededor de Bolívar y San Martín, suscitando ridículas rivalidades entre Venezuela, Colombia, y otros países americanos con Argentina. (…) En esta verdaderamente nueva escuela histórica argentina sería imperdonable torpeza no precisar claramente los valores espirituales de España, escamoteados por la ignorancia o mala fe de muchos historiadores americanos. [26]
Para que esto sea posible Silva pugna por desterrar la “(…) despreciable costumbre, vigente desde 1810 en toda la América española, de ensalzar lo ajeno, o sea lo de Francia e Inglaterra, y de despreciar lo propio, o sea lo de España y la historia de 1492 a 1810”.[27]
Para el relato historiográfico de Silva, contrapuesto al de los historiadores porteños, resulta decisivo reivindicar al Deán Gregorio Funes, uno de los más importantes bolivarianos argentinos. ¿Quién fue este personaje que la historia escrita desde la ciudad-puerto intenta disminuir?[28] Nacido en Córdoba en 1749, se ordena Sacerdote y estudia Derecho en España. Una vez de regreso a su tierra, Funes es nombrado Rector de la Universidad de Córdoba. A partir de la Revolución de Mayo, impulsa la incorporación de los representantes de las provincias del interior en la Junta de gobierno. Además, participa del Congreso Constituyente de 1826; es representante de Colombia ante las Provincias Unidas; y entabla amistad con el Gobernador Manuel Dorrego, de quien es consejero. En 1829 Funes fallece en Buenos Aires.[29] Profundicemos, de la mano de Silva, algunos de estos aspectos de la vida del Deán.
Francisco Silva remarca la importancia de la Universidad de Córdoba dentro del movimiento general educativo impulsado por los reyes de España en Hispanoamérica.[30] El 11 de enero de 1808 el Deán Funes es elegido rector de la Universidad “(…) previa votación de los graduados. Esta laudable práctica de gobierno escolar, quedó anulada al estallar la revolución en la América española, no habiéndosela sustituido con ninguna otra medida legislativa, por lo cual urge restaurarla”.[31] Es importante resaltar que Silva escribe en favor de las prácticas democráticas para la elección de las autoridades universitarias poco antes que la Universidad de Córdoba se transforme en el teatro de la Reforma de 1918, que tendrá un notorio alcance no sólo en la Argentina sino también en distintas casas de estudio hispanoamericanas, en especial en Perú, Cuba y México.
Además de su labor universitaria, el Deán Funes cumplió un papel destacado durante la Revolución de Mayo al promover la representación de las provincias del Interior, con un claro sentido federal no observado en la mayoría de los representantes de la ciudad-puerto.
El Deán Funes se identificó admirablemente con su papel histórico, en el inicio de la revolución de Mayo, según lo acreditó su intervención en la famosa cuestión de la incorporación de los diputados de las provincias. No estará demás decir que en esta cuestión Funes era el hombre representativo del Interior, aunque más justamente lo era de todo el país.[32]
Francisco Silva destaca que el Deán Funes es uno de los principales exponentes del bolivarismo en la Argentina al ser nombrado representante diplomático de Colombia ante el gobierno de las Provincias Unidas. En esta empresa Funes no se encuentra solo. Entre los políticos bolivarianos Silva menciona a Juan Martín Pueyrredón, José Gervasio Artigas, Bernardo Monteagudo, Tomás Guido y el coronel Manuel Dorrego. Entre los militares aparecen Carlos María de Alvear, Mariano Necochea, Rudecindo Alvarado, Enrique Martínez, Juan Lavalle, Gregorio Araoz de Lamadrid. Entre los diplomáticos, Silva nombra a Manuel de Sarratea, Pedro A. García, Manuel J. Solís, José María Díaz Vélez y Antonio Álvarez de Arenales.[33]
De este modo describe Silva al partido bolivariano en la actual Argentina:
Los numerosos partidarios de Bolívar formaban la parte más sana, más honrada, más patriota de aquella sociedad que se agitaba sin norte ni guía políticos. Aquellos entusiastas y rectos patriotas comprendían que, habiéndose retirado San Martín del escenario político, en toda la América española no había otro que lo sustituyera con ventaja sino Bolívar.[34]
El bolivarismo del Déan Funes resultó incomprensible para Domingo Faustino Sarmiento, quien analizó la figura del religioso desde la óptica del localismo porteño.
Sarmiento ha explicado con neto criterio porteño la posición del Deán Funes respecto de Bolívar, olvidando adrede a todos los bolivaristas argentinos mencionados aquí, y escribiendo, por tanto, al uso de los políticos del puerto de Buenos Aires; esto no debe extrañarnos porque, dicho sea de paso y en honor a la verdad, Sarmiento fue siempre su servidor incondicional, adulador de Buenos Aires, y abandonador de los intereses de las provincias que como provinciano y como argentino debía defender.[35]
Un elemento que echa por tierra la interpretación de la Independencia desde el nacionalismo de las Patrias Chicas es la composición hispanoamericana del ejército bolivariano.
Bolívar reunió en sus manos un ejército compuesto de tropas de toda la América del Sur. Venció a los españoles personalmente en Junín, después de haber vencido la anarquía de los hermanos; con este triunfo militar y con el que obtuvo luego por medio de su lugarteniente, el virtuoso general Sucre, dejó el Libertador Bolívar independizada a la América del Sur. El Callao se le rendiría pronto y su conquista de nuestras antiguas provincias del Norte, abandonadas por Buenos Aires, a merced del vencedor, fue un paseo triunfal.[36]
Otra muestra del patriotismo continental que abrazan los pueblos hispanoamericanos durante la gesta independentista es la celebración de la victoria de Ayacucho en las calles de Buenos Aires como un triunfo de la Patria Grande. Al respecto, comenta Silva:
La noticia de la victoria de Ayacucho llegó a Buenos Aires en las primeras horas de la noche del 21 de Enero de 1825. El pueblo de Buenos Aires comprendió que aquella victoria lo independizaba definitivamente; que iban a terminar los temores del peligro español en Sur-América y muy especialmente en los países del Plata; que aquella victoria era su victoria. Así, aunque el bando rivadaviano que gobernaba era enemigo de Bolívar y opuesto a considerar a Ayacucho como un gran triunfo americano, el pueblo y toda la ciudadanía desde esa misma noche se echó a la calle ebrio de gozo, paseando entre hachones y en carros de triunfo el retrato de Bolívar.[37]
Es tan grande el fervor popular ante el triunfo de Ayacucho que el Deán Funes le escribe al Mariscal Sucre el 16 de mayo de 1825:
Los patriotas del año 10 (así se llaman los que desde el principio de la Revolución tomamos la causa de la Patria para no confundirnos con esos viles egoístas que sólo espiaban el momento de serlo sin peligro) dispusieron una función popular, sacando en un carro triunfal el busto del Libertador Bolívar.[38]
El odio y las calumnias al Libertador Bolívar alentadas desde la ciudad-puerto y su historia falsificada van a contramano del calor con que el pueblo celebró el triunfo definitivo de la causa independentista. Mientras el pueblo ostentaba el busto de Bolívar, Rivadavia y su reducido séquito portuario trabajaban con insidia para la derrota de la causa bolivariana en este suelo. El pretendido odio entre Bolívar y la Argentina no es más que otra tergiversación de la historia fraccionada de las Patrias Chicas.
Jamás se odiaron la Argentina y el Libertador, repito, quien odió a éste fue el puerto de Buenos Aires, que vio que el Libertador podía suprimirle su privilegio sobre las provincias argentinas. (…) ¡Cómo desconocen los calumniadores el alma inmensa de Bolívar! Todos los sur-americanos de habla española somos, como dijo José Martí, los hijos de su espada.[39]
En un ejercicio contrafáctico pero cargado de patriotismo iberoamericano, Francisco Silva aventura qué hubiese sucedido con nuestra historia de haberse producido el triunfo del partido bolivariano y no la victoria de los rivadavianos, con su indiferencia hacia la Patria Grande y su persistente sumisión a lo europeo.
¡Ah! Si hubiese triunfado el partido bolivarista en la Argentina, entonces sí que la historia nacional hubiera sido otra, y otra también la política nacional. (…) No hubiese estallado la guerra del Paraguay de 1865, repetimos, porque la Intendencia se hubiera incorporado ya a la Argentina, según el plan de Bolívar; ni el Alto Perú se hubiese separado, sino más bien unido a Argentina, no fijándose en el puerto de Buenos Aires, sino en Córdoba del Tucumán, la capital histórica de Argentina, a la cual Bolívar habría amparado en sus derechos, usurpados por los porteños, porque ella se levantó a su favor por medio de sus hombres y por la boca de su Deán Funes. En fin: la historia argentina, decimos y volvemos a decir, hubiera sido muy otra; hubiera sufrido una variación fundamental sin su Constitución del 53, extranjera, yanquil.[40]
Francisco Silva resalta que los bolivarianos argentinos buscaban detener la anarquía que devastaba al país prácticamente desde la Revolución de Mayo. Pese a los esfuerzos realizados, el partido bolivariano fue derrotado y el país quedó atrapado por las turbulencias políticas. Mientras tanto, la miopía localista de Rivadavia se mantenía imperturbable frente al destino de las provincias desmembradas.
Con patriótico y legítimo esfuerzo pretendían los bolivaristas argentinos atajar la anarquía que, desde quince años atrás, venía desquiciando al país. (…) No acaeció así, y a la primera etapa de la anarquía turbulenta sucedió esa otra donde se producen los casos anómalos y reveladores del desconcierto. Así vióse a Oribe que ejercía la argentinización en la Banda Oriental, combatido por un bando de argentinos; a Rosas, que defendía la integridad territorial, luchando juntamente con los extranjeros –Francia e Inglaterra-, y con un grupo de argentinos, los rivadavianos, que apoyaban a los extranjeros; a Sarmiento, por enemistad con el jefe del Estado, hostigando a Chile para que ocupase las tierras argentinas del Estrecho; a Mitre, con falsos pretextos, acaudillando la separación de Buenos Aires del resto de la Argentina.[41]
Los verdaderos patriotas fueron aquellos que acompañaron el nacionalismo continental del Libertador Bolívar, a diferencia de sus detractores que pugnaron por un patriotismo diminuto y más tarde no dudaron en corromperse al apoyar a Francia e Inglaterra en contra de su propia patria.
Los historiadores porteños afirman con su tan desacreditado criterio que todo esto acaeció por patriotismo, cuando precisamente sucedió lo contrario. ¿Eran menos patriotas los que llamaban a un benefactor del país como el Libertador Bolívar quien, además, nos prometía acrecentar nuestro territorio y no mermarlo, que los que se echaban, por odio a un gobierno argentino, en brazos de Francia e Inglaterra, que no buscaban en nuestro país sino dinero, influencia, tierras, protectorados? No obstante, por el puerto de Buenos Aires se ha podido fraguar, no sin cierta lógica, el antibolivarismo, sustentado por los historiadores porteños, identificados con esta política.[42]
El antibolivarismo dominante en la historia oficial reposa sobre dos argumentos carentes de toda consistencia histórica. El primero de ellos es que Bolívar es el responsable del alejamiento del General San Martín del Perú. El segundo, es culpar a Bolívar de la separación del Alto Perú del seno de las Provincias Unidas del Río de la Plata.[43] Francisco Silva refuta estos argumentos que representan el núcleo de la falsificación que pesa sobre Bolívar.
San Martín se retiró del Perú (…) porque los argentinos, que reconocían al Gobierno del puerto de Buenos Aires por jefe, le abandonaron por obra de la política anárquica que ese mismo Gobierno desarrollaba en las Provincias, con objeto de asentar su dominación sobre ellas.
(…) El Alto Perú se perdió (…) por la ineptitud de los políticos del puerto de Buenos Aires, que no supieron ganar a su causa al Libertador, ya que el Alto Perú era desafecto a Buenos Aires, porque veía el descontento y la anarquía que ese mismo Gobierno desencadenaba en el resto de las Provincias argentinas.[44]
Desde la ciudad-puerto se desarticula el ideario bolivariano, pues Buenos Aires oficia como el principal enclave de los intereses disgregadores del imperialismo británico. El Deán Funes advirtió con claridad que la injerencia británica en los asuntos políticos del Río de la Plata ponía en riesgo la independencia recientemente alcanzada. Con el recorrido de este tópico concluiremos este escrito.
- El Deán Funes contra el imperialismo británico
La segregación de la Banda Oriental a mediados de la década de 1820 permite observar el juego combinado desempeñado por los intereses balcanizadores de Inglaterra y la concepción de Patria Chica sostenida por el unitarismo, indolente ante las amputaciones territoriales de las Provincias Unidas. Francisco Silva, en un contexto donde la mayoría de los historiadores mitristas alababan el supuesto rol civilizadorde Inglaterra en la región, denuncia la actividad perniciosa llevada a cabo por este país en Hispanoamérica. Silva considera que durante la Guerra entre las Provincias Unidas y el Imperio del Brasil por el control de la Banda Oriental
Inglaterra, según sus mejores conveniencias, medió, buscó nuestra renuncia; hubo ofrecimientos de paz a base del fraccionamiento de la Banda Oriental, rompiéndose de tal modo la unidad nacional, defendida con tan inquebrantable tesón. (…) Iniciadas las gestiones de paz por Rivadavia, la sangre argentina derramada en Ituzaingó fue sangre inútil, que los hombres jacobinos de levita, gobernantes unitarios, despreciaron ante sus utopías, vibrando sobre el Capitolio de la República los graznidos tristemente célebres del desgarramiento de la patria.[45]
Silva revela la injerencia del Imperio británico en el proceso de independencia iberoamericano para debilitar y desarticular a España. Es posible afirmar que los países hispanoamericanos independizados dejaron de ser colonias del Imperio Español para convertirse en semicolonias británicas.
A la España imperial la forzó rudamente Inglaterra a recibir en la América española insurreccionada pertrechos en todas partes; y además tropas inglesas muy bravas y muy hábiles oficiales ingleses envió a Bolívar, hacia quien demostró siempre grande admiración. Con todo esto la Gran Bretaña no buscaba la felicidad de la América española, como aún creen los cándidos, sino su propio engrandecimiento y el debilitamiento de España.[46]
El historiador cordobés observa que, al mismo tiempo en que Inglaterra teje sus redes en detrimento de la soberanía plena de Hispanoamérica se produce su expansionismo en Asia y África, impulsado para recuperarse de la pérdida que representó la Independencia de los Estados Unidos.[47]
Francisco Silva remarca una diferencia crucial entre el devenir histórico de los Estados Unidos e Hispanoamérica luego de sus respectivas independencias. En Estados Unidos se consolidó una férrea política económica de resguardo del desarrollo industrial propio, que triunfó definitivamente una vez que el Sur agrario y librecambista fue derrotado por el Norte industrializador y proteccionista en la Guerra de Secesión. Por el contrario, los países iberoamericanos, por medio de las élites intelectuales y políticas supeditadas ideológicamente al imperialismo dominante, abrazaron acríticamente la doctrina del liberalismo económico que favoreció exclusivamente a Inglaterra y a la minúscula burguesía comercial importadora de la ciudad-puerto, representados políticamente por Rivadavia y Mitre.[48]
Francisco Silva, ya en la década de 1910, advierte con claridad esta asimetría decisiva para el desarrollo posterior de la América Sajona y la América española.
En los Estados Unidos no se produjo una desmesurada importación, porque allí se preocuparon de la industria nacional naciente, protegiéndola. En la América española, sí. E Inglaterra supo aprovecharse: convirtió toda la América española en un extenso y seguro mercado para sus traficantes.
Mientras en los Estados Unidos la soberanía del Estado tiene una base real, que es la liberación económica extranjera, en la América española su soberanía política tiene, en cierto modo, una base ficticia, pues se halla aún bajo la dependencia económica del extranjero, precisamente de las grandes potencias.[49]
De las palabras de Francisco Silva se desprende que Inglaterra es la principal beneficiaria de la libre introducción de manufacturas en los mercados de la Hispanoamérica fraccionada. El prematuro sofocamiento del desarrollo industrial iberoamericano ha transformado a los nuevos países en meras semicolonias agromineras del Imperio británico –y luego del norteamericano– con una soberanía política declarativa e ilusoria al truncarse la emancipación económica. Los países de la América española tendrán himnos, banderas, fronteras, ejércitos, pero no contarán con la base real de la soberanía que es el desarrollo industrial propio.
Ahora bien, Francisco Silva se pregunta en dónde radican estas diferencias entre los Estados Unidos e Hispanoamérica y halla su respuesta en la hispanofobia y el nacionalismo de Patria Chica que predominó en las élites de los países iberoamericanos al momento de consumarse su independencia. Para revertir este camino es que Silva reescribe la historia bajo el principio del panhispanismo, es decir, la solidaridad profunda entre todos los pueblos de la hispanidad.
Los Estados Unidos no alimentaron su fobia, sino la filia, con su Metrópoli (…) Los Estados Unidos se unieron, porque tienen un patriotismo imperialista de raza, en lugar de las divisiones que formó la América española, que desoyó el consejo de su Libertador y desechó las enseñanzas bolivianas, formando innúmeras repúblicas de patriotismo localista.[50]
En la obra de Francisco Silva abundan los documentos históricos en donde los bolivarianos argentinos reparan en la presencia nociva de Inglaterra en la América española. El 16 de abril de 1824 el Deán Gregorio Funes le manifiesta a Bolívar su preocupación por el creciente “(…) poderío británico imperial, en cuya virtud parece entrever la causa de la protección de Inglaterra: (…) los ingleses sólo tratan de asegurar su comercio. Está ya bien averiguado que si hemos de ser libres, lo hemos de ser por nosotros mismos”.[51] En otra misiva, fechada el 26 de agosto de 1825, Funes le insiste a Bolívar acerca del mismo problema: “Yo no puedo ocultar a V.E. que me humilla demasiado tanto sometimiento al Gabinete británico. Él nos ha favorecido con el reconocimiento de nuestra independencia; pero no ha buscado en esto más nuestro beneficio que el suyo propio”.[52]
Mientras explicita su temor por el desmesurado avance británico, el Deán Funes –brazo civil de los bolivaristas– le recuerda al Libertador que la apoyatura militar de la causa bolivariana en el Río de la Plata es el Coronel Manuel Dorrego. El 12 de septiembre de 1826 Funes comenta acerca de Dorrego: “Este es el verdadero amigo que V.E. tiene en estos lugares. Tanto por esta circunstancia cuanto porque en él descubro un alma intrépida y noble a prueba de las tentaciones más fuertes. Yo lo estimo en sumo grado”.[53]
Al contrario de Manuel Dorrego, los rivadavianos se convierten en sumisos instrumentos de la política disgregadora desarrollada por Inglaterra en la cuenca del Plata. Rivadavia y su séquito eran auxiliares locales del imperialismo británico en detrimento de la América española.
Conclusiones
Recuperar el patriotismo continental o bolivarismo de los escritores de comienzos del siglo XX es un paso imprescindible para formar una conciencia nacional hispanoamericana que permita superar el esquema limitado de las Patrias Chicas en que Nuestra América fue fraccionada a lo largo del siglo XIX. Dentro de esta tradición, Francisco Silva es uno de los autores que más contribuyó en la desarticulación del relato historiográfico dominante en el contexto de la Argentina del primer Centenario.
Hace poco más de cien años, este historiador cordobés, que hoy permanece en el olvido para la gran mayoría de los argentinos, nos presentó a Bolívar y San Martín como Libertadores de la Patria Grande, puso en discusión el relato historiográfico predominante en la enseñanza escolar, recuperó a los caudillos federales denostados por la historia mitrista, y redescubrió a los defensores de la causa bolivariana en nuestro suelo, situando al Deán Funes como uno de sus grandes baluartes.
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[1] Este artículo es una versión preliminar de un trabajo inédito titulado Bolivarismo y antimitrismo. Rufino Blanco-Fombona y Francisco Silva contra la historia falsificada.
[2] En adelante Francisco Silva.
[3] Terzaga, Alfredo, Claves de la Historia de Córdoba, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto, 1996, pp. 295-297.
[4] El historiador Norberto Galasso fue el pionero en la escritura de una semblanza biográfica sobre Francisco Silva. Véase: Galasso, Norberto (coordinador), Los malditos. Hombres y mujeres excluidos de la historia oficial de los argentinos, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Asociación Madres de Plaza de Mayo, 2005, T. II, pp. 49-51.
[5] Segnini, Yolanda, La Editorial América de Rufino Blanco-Fombona. Madrid 1915-1933, Madrid, Libris, 2000, pp. 27-53; Escudero, Eduardo, El historiador J. Francisco V. Silva. La consistencia de la trama entre hispanismo, revisión historiográfica y proyecto político, Anuario IEHS 33 (2), 2018, pp. 19-37.
[6] Silva, Francisco, El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la política argentina. (Revisión de la Historia Argentina), Madrid, América, 1918 o 1919, p. 18.
[7] Silva, Francisco, La desmembración del territorio argentino en el siglo XIX, Boletín de la Real Sociedad Geográfica. Conferencia dada en su sesión pública del 3 de diciembre de 1914, Madrid, 1915, p. 44.
[8] Silva, Francisco, El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la política argentina, op.cit., p. 60.
[9] Escudero, Eduardo, op.cit., p. 23.
[10] Silva, Francisco, La desmembración del territorio argentino en el siglo XIX, op.cit., p. 14.
[11] Francisco Silva, Desnacionalización en la historia argentina del siglo XIX, op.cit., pp. 324.
[12] Francisco Silva, El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la política argentina, op.cit.
[13] Ibíd., p. 9.
[14] Ibíd., p. 12.
[15] Ibíd., p. 12-13.
[16] Ibíd., p. 13.
[17] Ibíd., p. 13-14.
[18] Ibíd., p. 14.
[19] Ibíd., p.173-174.
[20] Ibíd., p. 59.
[21] Ibíd., p. 138.
[22] Ibíd., p. 14.
[23] Ibíd., p. 31-32.
[24] Ibíd., p. 32-33.
[25] Ibíd., pp. 115-117.
[26] Ibíd., p. 35-36.
[27] Ibíd.
[28] Ibíd., p. 39.
[29] Chávez, Fermín, Diccionario histórico argentino, Buenos Aires, Fabro, 2005, p. 232.
[30] Silva, Francisco, El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la política argentina, op.cit., pp. 75-76.
[31] Ibíd., p. 78.
[32] Ibíd., p. 87.
[33] Francisco Silva se limita a enumerar a estas figuras pero no profundiza los motivos de cada uno de ellos para su inclusión dentro del bolivarismo argentino. Los únicos que reciben un tratamiento particular en el libro son Artigas y Dorrego. Por lo tanto, no podemos develar las razones de la presencia de próceres de la Patria Grande como Monteagudo (impulsor de la Federación Hispanoamericana) y los mencionados Artigas y Dorrego, junto con otros como Carlos María de Alvear, que en 1815 envió a Manuel José García a negociar con Lord Strangford un protectorado británico en la Argentina; Juan Martín de Pueyrredón que, como Director Supremo, combatió al proyecto artiguista y entregó la Banda Oriental en manos de los portugueses; o Juan Lavalle, instrumento del unitarismo que lo empujó al fusilamiento de Dorrego en 1828 y luego lideró la expedición militar financiada por Francia para combatir a la Confederación Argentina. Ibíd., p. 129.
[34] Ibíd., p. 127.
[35] Ibíd., p. 129.
[36] Ibíd., p. 124.
[37] Ibíd., p. 127-128.
[38] Ibíd., 124.
[39] Ibíd, pp. 130-131.
[40] Ibíd., p. 133.
[41] Ibíd., p. 134.
[42] Ibíd., p. 135.
[43] Ibíd., p. 135.
[44] Ibíd., p. 135.
[45] Silva, Francisco, La desmembración del territorio argentino en el siglo XIX, op.cit., p. 35.
[46] Silva, Francisco, El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la política argentina, op.cit., pp. 51.
[47] Ibíd., p. 51.
[48] Methol Ferré, Alberto, Geopolítica en la Cuenca del Plata. El Uruguay como problema, Buenos Aires, Peña Lillo, 1971, p. 89.
[49] Silva, Francisco, El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la política argentina, op.cit., p. 52.
[50] Ibíd., p. 52.
[51] Ibíd., p. 137.
[52] Ibíd., p. 159.
[53] Ibíd., p. 161.
