Entre la oligarquía y la patria: Lugones en la lectura de Hernández Arregui

Darío Grandellis
  1. Introducción

Juan José Hernández Arregui es un genuino representante de la corriente de pensamiento nacional y latinoamericano del siglo XX. Nacido en Pergamino, este escritor del interior bonaerense de formación marxista ha realizado notables aportes al desentrañamiento de nuestro ser nacional, compatibilizando su formación intelectual de izquierda con la realidad política nacional.

El presente trabajo busca indagar en las reflexiones vertidas por Hernández Arregui alrededor de la figura de Leopoldo Lugones, poeta, escritor e historiador argentino de trascendental importancia para el devenir de nuestra cultura nacional, rescatando su figura no sólo como fundador del nacionalismo argentino sino también como precursor en la recuperación del Martín Fierro[1] como el gran poema épico de nuestro suelo.

La primera parte del trabajo estará centrada en los lineamientos generales que Hernández Arregui trazará alrededor de la figura de Lugones en su obra La formación de la conciencia nacional, describiendo la naturaleza del vínculo que el poeta cordobés mantendrá con la clase dirigente y revalorizándolo como una figura de capital importancia para el nacionalismo argentino. Mientras que, en una segunda instancia, nos adentraremos en las conferencias que Lugones dictará en 1913 en el teatro Odeón. Dichas conferencias, luego compiladas y ampliadas en la obra El payador de 1916, se constituirán en un punto de inflexión de nuestro proceso de formación cultural al reposicionar al Martín Fierro como libro fundante de nuestra tradición nacional. Creemos que en las reflexiones acerca de nuestro ser nacional y el análisis histórico de su derrotero se encuentran puntos de coincidencia ente ambos autores. Dar cuenta de ellos es, también, el propósito del presente trabajo.

Para finalizar, una breve aclaración conceptual que creemos fundamental no perder de vista cuando se habla de nacionalismo y se estudia la obra de Hernández Arregui. Para este formado pensador nacional, no existe un único nacionalismo, sino que los hay de dos tipos.

Por un lado, el nacionalismo que asoma en Europa al calor de la consolidación de los primeros estados nacionales y que, una vez resuelta la cuestión nacional, se aleja de su carácter inicialmente revolucionario y deviene en reaccionario, en la medida que ese nacionalismo ingresa hacia fines del siglo XIX en su etapa superior imperialista, instituyéndose en defensor del orden y los privilegios del sistema capitalista. Por otra parte, este nacionalismo opresor, expansivo y colonialista, debe necesariamente desmarcarse de aquel otro nacionalismo revolucionario de profunda vocación antiimperialista que surgió en los países coloniales y semicoloniales, como el nuestro, donde la cuestión nacional aún no ha sido resuelta, y que, aún hoy, luchan por la liberación nacional. (Hernández Arregui, 2011, p. 94).

Hecha esta aclaración, adentrémonos, ahora sí, en la primera parte del presente trabajo.

  1. Lugones: del anarquismo al orden

Lugones nace en 1874 en una familia adinerada pero venida a menos de Villa de María del Río Seco, al norte de Córdoba. Hombre de la generación del 900, compartirá con la generación del 80 su aversión al catolicismo y a España. Su infancia transcurre en un ambiente tradicional, divorciado del clima frívolo y moderno que impera en Buenos Aires. Los recuerdos de su provincia natal persistirán en su memoria y serán un sostén de aquel país vernáculo que supo vislumbrar

Es Córdoba con su religiosidad petrificada y monocorde la que excita su espíritu y apresura su separación definitiva de la Iglesia. En su niñez, conoció al hombre argentino. Lo vio en sus virtudes étnicas y en su desamparo social. Y por el hombre argentino entrevió el país tras la hojarasca de libros que enaltecían el progreso y al extranjero. Esta persistencia retiniana de la imagen no lo abandonó nunca. Aquel instintivo amor a la naturaleza y su formación intelectual, por su contacto con las ciencias, lo llevó a mirar todo sin prejuicios, en un medio dogmático, contra el cual reaccionó con violencia. (Hernández Arregui, 2011, p. 140)

En 1896 el hidalgo provinciano llegará a Buenos Aires. La ciudad puerto se erigirá ante él majestuosa, imponente pero también ajena, extraña, atravesada por el frenesí materialista, el desapego a las costumbres del viejo país y el peso de las olas inmigratorias que percuten los cimientos de la nacionalidad en ese fin de siglo. Junto con José Ingenieros, fundará 1897 un periódico de tinte anarquista-socialista titulado La Montaña – Periódico Socialista Revolucionario, que llevará adelante una prédica incendiaria y antiburguesa que se irá apaciguando con los años.  Hernández Arregui cita la célebre carta de recomendación en favor de Lugones que en 1896 Carlos Romagosa envía a Mariano de Vedia, director del diario La Tribuna, donde en sintonía con lo dicho previamente, se expresa

“Lugones es liberal rojo, exaltadísimo en todas sus pasiones…exaltación muy propia de su falta de experiencia y que se irá templando paulatinamente con los años y los desengaños”. Romagosa no se equivocaba. Tal tarea de amansamiento la verificaría la oligarquía porteña. A la que Lugones sirvió como intelectual asalariado. Pero nunca dejó de amar al país (Hernández Arregui, 2011, p. 142).

Como señala Hernández Arregui, a lo largo de su vida Lugones encontrará un medio de subsistencia en colaboraciones periodísticas y en la producción de obras a pedido de instituciones oficiales. En 1903, el ministro del interior de la segunda presidencia de Julio Argentino Roca, Joaquín V. González, le encomendará El imperio jesuítico. En 1911, el Consejo Nacional de Educación presidido por Ramos Mejía le encargará Historia de Sarmiento. Al mismo tiempo, su adhesión a la figura de Roca le abrirá el camino al cargo de Inspector de Enseñanza Secundaria y Normal y una posterior designación como ministro de Gobierno en San Luis.

El contacto con una clase dirigente que en el fondo despreciaba, y los compromisos que con ella mantuvo, es lo que explica en Lugones esa transición de joven anarquista a posiciones más templadas, propias de la lucha de una generación que buscaba congeniar el progreso económico del país con las tradiciones nacionales. De esta manera, los compromisos que Lugones adoptará con las más altas figuras del orden conservador constituyen un elemento central a la hora realizar un abordaje de la obra y el pensamiento del poeta cordobés, en tanto los mismos comportarán una relación de subordinación económica difícil de pasar por alto a la hora de aproximarse a sus escritos. Para Hernández Arregui

No es posible descomponer las contradicciones del pensamiento lugoniano sin tener presente este conflicto con la oligarquía, oculto en su corazón como una llaga. Hay en Lugones una duplicidad permanente, una contraposición insuperable, entre el poeta que vincula al país con su pasado nacional y el funcionario y periodista que vive a expensas de una clase directora enemiga por razones históricas y económicas de las tradiciones colectivas. (Hernández Arregui, 2011, p. 144)

  1. Lugones y el yrigoyenismo

Lugones formará parte de un nacionalismo oligárquico que nace en nuestro país como una clara reacción de clase y antidemocrática hacia la naturaleza plebeya del yrigoyenismo[2], catapultado al poder político con la apertura del juego electoral tras la sanción de la ley Sáenz Peña. El ascenso del yrigoyenismo, expresión nacional de los últimos resabios del federalismo del interior y de la población criolla, posicionarán a este nacionalismo oligárquico y al propio Lugones en las antípodas de esta expresión del movimiento nacional que asociaban a la chusma inmigrante[3]. De ahí su acérrima oposición al mismo, actitud que despertaba, claro está, la simpatía de la oligarquía portuaria.

Es que este nacionalismo es hijo de la misma educación oligárquica que moldeaba la formación de la izquierda colonial, desvinculados ambos por completo de los intereses de la clase trabajadora argentina. Señala Hernández Arregui:

Si la izquierda argentina, por su formación liberal, se ha mostrado en nuestro país contraria a los regímenes populares de caudillos como Yrigoyen o Perón, el nacionalismo de derecha no ha sido menos adversario de ellos. Esta coincidencia de dos tendencias antagónicas demuestra la desconexión existente entre el nacionalismo y las izquierdas con las masas. Ambas corrientes del pensamiento han respondido al sistema educativo de la oligarquía liberal, más allá de las críticas parciales que las dos tendencias – particularmente el nacionalismo – puedan haberle formulado a esa oligarquía educadora. (Hernández Arregui, 2011, p. 130)

Sin embargo, Hernández Arregui no pierde de vista el semblante nacional de la figura de Lugones, quien se encontraba “especialmente dotado para comprender lo propio” (Hernández Arregui, 2011, p. 140). El carácter reaccionario del hidalgo provinciano no va en detrimento de su amor al país, al cual sirvió con grandeza. Fundador del nacionalismo argentino, comprendía donde residía la esencia de la nacionalidad, el espíritu colectivo que evocaba el ser nacional.

Su reivindicación del gaucho, en quien veía la vieja patria, era también una contraseña alusiva, un medio de negar a la clase dirigente que había aniquilado y expoliado a la población nativa. Hay en el nacionalismo de Lugones, detrás de estos ásperos desafinamientos melódicos, un matiz importante que no se da en sus sucesores nacionalistas. Percibió que en la población criolla explotada subyacía la potencia eterna de lo nacional (Hernández Arregui, 2011, p. 147).

La grandeza de la patria era su único fin. Hombre de talla, postulará Hernández Arregui, amaba a su país y llegó a ahondar en el alma colectiva del mismo a través de su poesía. A esto nos abocaremos en las páginas siguientes, a rastrear en el texto El payador de Lugones, trabajo de enorme significación nacional, la reivindicación que el gran poeta cordobés realiza de aquel país verdadero representado en la figura del gaucho.

  1. Las conferencias de Lugones

En 1913, Lugones dictará una serie de conferencias en el teatro Odeón, en lo que fue probablemente el evento cultural del año. A las mismas asistirán las figuras más distinguidas del país, entre ellas el presidente de la nación, Roque Sáenz Peña, y el expresidente Julio Argentino Roca. En 1916, la compilación y ampliación de estas conferencias se materializarán en el libro El payador, obra que culmina según el propio Lugones manifiesta “la obra particularmente argentina que doce años ha empecé con El Imperio jesuítico y La Guerra Gaucha” (Lugones, 2009, p. 41), y en la cual se llevará adelante una revalorización del poema gauchesco Martín Fierro, de José Hernández.

Es necesario señalar que, al momento de dictarse estas conferencias, el Martín Fierro era una obra que, por un lado, no gozaba de una valoración positiva en el círculo letrado de la élite del 80 y 90, donde el poema era valorado meramente como una lectura para los sectores populares, en línea con el lenguaje gauchesco asociado a los sectores del campo (Terán, 2012, p. 175). Por otra parte, había recibido elogiosos comentarios tanto de los españoles Marcelino Menéndez y Pelayo y Miguel de Unamuno, como de figuras locales como Pablo Subieta, Martiniano Leguizamón y Ricardo Rojas. La popularidad que la obra suscitó también se deja entrever en el hecho de que para 1874, sólo dos años después de la publicación de El gaucho Martín Fierro, ya había aparecido su 8° edición (Chávez, 1959, p. 69).

Cabe preguntarse, entonces ¿En dónde reside la originalidad de las conferencias de Lugones? ¿Qué es lo novedoso en la propuesta de sus exposiciones? La operación que Lugones llevará adelante con mucha originalidad, el elemento disruptivo de sus recordadas disertaciones se encontrará en posicionar por primera vez al Martín Fierro como nuestro gran poema épico nacional. Al realizar esta trascendental intervención, Lugones trastocará para siempre el devenir de nuestra cultura, situando al poema gauchesco como depositario excluyente de nuestra tradición nacional. En palabras del propio Lugones, el propósito que persiguió fue “sacar la obra magnífica de la penumbra vergonzante donde permanece a pesar de su inmensa popularidad” (Lugones, 2009, p. 140.).

Pasemos a analizar, entonces, los pasajes fundamentales de la obra que reúne y amplia estas conferencias, El payador, para dar cuenta de lo previamente dicho.

  • La entronización del Martín Fierro

Centremos nuestra mirada, en primer lugar, en el capítulo I, titulado La vida épica, donde Lugones sostiene que lo representativo de la poesía épica radica en que la misma expresa la vida heroica de una raza. Aquella poesía épica, consta de dos rasgos fundamentales que de ella se desprenden. En primer lugar, la naturaleza misma de la poesía épica tiene como rasgo característico el resaltar aquellas grandes epopeyas llevadas adelante por héroes de carácter nacional que van a luchar por la justicia y la libertad. Esta caracterización nacional es el primer rasgo que vuelve única esa lucha, al quitarle su carácter abstracto y volverla inevitablemente nacional. En segundo lugar, la inspiración religiosa, la apelación a entidades superiores “a las cuales atribuye la dirección trascendental del mundo” (Lugones, 2009, p. 51), conforman el segundo y último rasgo.

La representación de un héroe patrio, de carácter nacional, la encontraremos en nuestras pampas, manifestada en la figura del gaucho. Lugones lo dice sin vaguedades. El gaucho ha influido decisivamente en la formación de nuestra nacionalidad. En primer lugar, se constituyó como el elemento conciliador entre el español y el indio, proceso fundamental para darle peculiaridad al tipo argentino que de no haberse producido hubiese derivado en una españolización exclusiva que hubiese puesto reparos al proceso independentista. En segundo lugar, el gaucho se configuró como un instrumento de civilización en la Pampa, al triunfar donde la conquista española había fracasado, esto es, en la lucha contra el indio. Y, en tercer lugar, se reparará en la vital y trascendental participación del gaucho en los grandes y decisivos acontecimientos de nuestra historia. Vale la pena destacar las bellas palabras que Lugones aporta en este sentido en el capítulo III titulado A campo y cielo

La guerra de la independencia que nos emancipó; la guerra civil que nos constituyó; la guerra con los indios que suprimió la barbarie en la totalidad del territorio; la fuente de nuestra literatura; las prendas y defectos fundamentales de nuestro carácter; las instituciones más peculiares, como el caudillaje, fundamento de la federación, y la estancia que ha civilizado el desierto: en todo esto destácase como tipo. Durante el momento más solemne de nuestra historia, la salvación de la libertad fue una obra gaucha. La Revolución estaba vencida en toda la América. Sólo una comarca resistía aún, Salta, la heroica. Y era la guerra gaucha lo que mantenía prendido entre sus montañas, aquel último fuego. Bajo su seguro pasó San Martín los Andes; y el Congreso de Tucumán, verdadera retaguardia en contacto, pudo lanzar ante el mundo la declaración de la independencia (Lugones, 2009, p. 80).

Fueron estas las desgracias y las adversidades del gaucho, y fueron estos también los acontecimientos que han enaltecido heroicamente su figura. Su sangre, dirá Lugones, ha cimentado la nacionalidad. Sin embargo, no hay que lamentar su desaparición. Su poesía, al igual que las obras homéricas, sobrevivirá a la propia nación. Sus rasgos, resaltarán en las futuras generaciones de argentinos.

De esta manera, entonces, Lugones posiciona a la figura del gaucho como nuestro gran héroe nacional y al Martín Fierro de José Hernández como el poema épico que narra sus peripecias.

En los capítulos siguientes Lugones va a dirigir sus esfuerzos a rastrear el linaje de nuestro héroe nacional. La procedencia de nuestra raza, la encontraremos, afirmará Lugones, en el pasado grecolatino.

Entre las deidades helénicas, Hércules, además de ser el antecesor de los paladines, fue uno de los grandes liróforos del panteón. Y con esto, el numen más popular del helenismo. Más directamente que cualesquiera otros, los héroes y los trovadores de España fueron de su cepa (Lugones, 2009, p. 194).

La tradición clásica sobrevivió al cristianismo en la región de Provenza, tierra de héroes y trovadores descendientes de la casta hercúlea, que llegarán a América años más tarde. Sostiene Lugones

Es que la civilización provenzal, fue, como lo diré luego, una continuación de la grecorromana, que los poemas caballerescos expresaron a su vez, presentándose como una amplificación directa del ciclo homérico. Así nuestro poema, resumiendo aquellos géneros característicos, evidencia su noble linaje, a la vez que comportar la demostración de un hecho histórico importantísimo para la vida nacional (Lugones, 2009, p.87).

De esta forma Lugones entronizará al Martín Fierro de José Hernández como texto canónico, depositario excluyente del alma de nuestra raza cimentando el arraigo definitivo del mismo en las páginas de nuestra cultura. Hernández Arregui sostiene al respecto

Lugones exhumó el símbolo poético del gaucho como emblema de la resistencia nacional del país frente al socialismo, no extranjero sino extranjerizante, y frente a una inmigración antinacional. […] Su reivindicación del gaucho, en quien veía la vieja patria, era también una contraseña alusiva, un medio de negar a la clase dirigente que había aniquilado y expoliado a la población nativa. (Hernández Arregui, 2011, p. 146)

Llama la atención, a estas alturas, las escasas referencias de Lugones hacia el autor del Martín Fierro. La razón de ser de estas reiteradas y para nada involuntarias omisiones, radican en que el poeta cordobés no considerará a José Hernández como una figura a ser rescatada. La creación del Martín Fierro será, según Lugones, un episodio aislado, una creación inconsciente en la vida de Hernández. Apenas un intérprete, ese será el lugar asignado por Lugones a José Hernández.

El ignoró siempre su importancia, y no tuvo genio sino en aquella ocasión. Sus escritos anteriores y sucesivos, son páginas sensatas e incoloras de fábulas baladíes, o artículos de economía rural. El poema compone toda su vida; y fuera de él, no queda sino el hombre enteramente común, con las ideas medianas de su época (Lugones, 2009, p. 139).

Las conferencias suscitaron voces a favor y en contra de la propuesta. Se plegaron a la misma figuras de renombre como Ricardo Rojas, Manuel Gálvez, Manuel Ugarte, Martiniano Leguizamón y Emilio Alonso Criado, que veían en la consagración de un poema épico nacional la consolidación de la educación patriótica iniciada años atrás y una verdadera expresión del arte nacional[4] (Devoto, 2002, p. 102). Por otra parte, no faltaron las reacciones de sorpresa y críticas hacia su propuesta. Lugones dará cuenta de ellas en un célebre pasaje en el prólogo de su obra

La plebe ultramarina, que a semejanza de los mendigos ingratos, nos armaba escándalo en el zaguán, desató contra mí al instante sus cómplices mulatos y sus sectarios mestizos. Solemnes, tremebundos, inmunes con la representación parlamentaria, así se vinieron. La ralea mayoritaria paladeó un instante el quimérico pregusto de manchar un escritor a quien nunca habían tentado las lujurias del sufragio universal (Lugones, 2009, p. 41).

Lugones se equivocaba, planteará Hernández Arregui. Quien instigaba la crítica, no eran los inmigrantes, sino la oligarquía portuaria, histórica contendiente de los intereses nacionales de la patria.

  • Conclusión

El recorrido de este trabajo permitió un acercamiento a la figura de Leopoldo Lugones a través del pensamiento de Hernández Arregui. Este último, rescatará al poeta cordobés no sólo como fundador del nacionalismo argentino, sino como un intelectual que, aún vinculado a la oligarquía, supo percibir el drama y la esencia de lo nacional.

La reivindicación del Martín Fierro como poema épico nacional que Lugones lleva adelante en El payador, constituye sin lugar a dudas un parteaguas en la historia de nuestra cultura, inscribiendo al poema gauchesco como el gran poema épico nacional.

Ambos autores, aún hoy, nos invitan a pensar el país desde sí mismo, y a seguir realizando aportes en la construcción de una consciencia nacional.

Imagen de portada. Fuente: https://elhistoriador.com.ar

Bibliografía

Chávez, Fermín. José Hernández. Periodista, político y poeta, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1959.

Devoto, Fernando, Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2002.

Hernández Arregui, Juan José, La formación de la conciencia nacional, Buenos Aires, Continente, 2011.

Lugones, Leopoldo, El payador, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2009.

Terán, Oscar, Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales, 1810 – 1980, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2012.


[1] Bajo el nombre Martín Fierro, haremos referencia a la popularización del nombre que adquirieron las dos obras de José Hernández El gaucho Martín Fierro, publicada en 1872 y La vuelta de Martín Fierro, publicada en 1879.

[2] Existe una formulación previa, germen del nacionalismo de derecha, que actúa como un desprendimiento radicalizado del consevadorismo argentino y cuyo motor de acción es el odio al inmigrante y a los primeros intentos de organización sindical en la Argentina. Su más clara expresión es la Liga Patriótica Argentina, y una de sus más destacadas figuras Manuel Carlés. (Hernández Arregui, 2011, p. 130)

[3]  Hernández Arregui atribuye este prejuicio de considerar al radicalismo como un producto de la inmigración, un tanto extraño en alguien que proviene del interior, al temprano arribo de Lugones a la ciudad capital (Hernández Arregui, 2011, p.143).

[4] El programa de educación patriótica iniciado 1908 tenía como propósito lograr, mediante una pedagogía cívica de culto a las tradiciones y a los héroes nacionales, y mediante la enseñanza de la historia y el idioma nacional, la consolidación de una conciencia patriótica a lo largo de toda la geografía del país, para ser transmitida de generación en generación.

Darío Grandellis
Licenciado en Ciencia Política y Gobierno por la Universidad Nacional de Lanús, actualmente cursando la Especialización en Pensamiento Nacional y Latinoamericano.
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