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Toda comunidad política se organiza en torno a figuras ejemplares que condensan una determinada concepción del hombre, del poder y del bien común. Este ensayo examina, desde una perspectiva geocultural, el lugar del santo y del héroe como arquetipos de la tradición criolla, mostrando cómo la comunidad, el territorio y el destino constituyen los fundamentos antropológicos de una gramática del poder diferente de la racionalidad liberal moderna.

Toda comunidad política se sostiene sobre una imagen del hombre. Antes que una constitución escrita, antes que una ley positiva, antes que una forma de gobierno, existe siempre una antropología subyacente que define qué tipo humano merece ser reconocido, imitado, obedecido, honrado o combatido. Ningún orden político descansa solamente sobre instituciones: descansa también sobre figuras. Las instituciones organizan la convivencia; las figuras orientan el sentido. Las instituciones distribuyen competencias; las figuras condensan valores. Las instituciones dicen qué puede hacerse; las figuras muestran qué merece ser vivido.

En este punto, la gramática criolla del poder obliga a desplazar la mirada desde la teoría política abstracta hacia una comprensión situada de la comunidad. La política no puede ser reducida a un mecanismo jurídico ni a una técnica administrativa. En los pueblos históricos, y de modo particular en las comunidades hispanoamericanas, el poder se estructura también a través de imágenes humanas cargadas de memoria, prestigio, sacrificio y reconocimiento. La autoridad no nace únicamente de la legalidad formal, sino de una trama más honda donde se articulan auctoritas, potestas y aclamatio: la autoridad moral, la capacidad efectiva de mando y el reconocimiento comunitario que confirma a una figura como portadora de destino.

La figura, en este sentido, no es simplemente un personaje. Tampoco es una celebridad ni un individuo destacado por alguna habilidad excepcional. La figura es una forma humana que ha sido investida de sentido comunitario. Es el hombre concreto cuando deja de ser mera biografía individual y comienza a expresar una posibilidad del pueblo. Allí donde el individuo moderno busca distinguirse para afirmarse contra los demás, la figura criolla se distingue porque condensa algo que los demás reconocen como propio. No se separa de la comunidad para exhibirse; se eleva desde ella para representarla.

El arquetipo, por su parte, no debe comprenderse aquí en sentido meramente psicológico. Jung resulta inevitable como referencia, porque mostró que el hombre no inventa sus imágenes desde la nada, sino que participa de formas simbólicas profundas que exceden su conciencia individual. Sin embargo, dentro de una gramática criolla del poder, el arquetipo debe pensarse de manera más histórica, más telúrica y más política. El arquetipo no es solamente una estructura del inconsciente colectivo: es una matriz de reconocimiento comunitario. Es la forma simbólica mediante la cual una comunidad distingue los modos superiores, inferiores, desviados o decadentes de realización humana.

Por eso no hay comunidad sin arquetipos. Allí donde desaparecen las figuras ejemplares, la comunidad se vuelve masa administrada. Puede haber consumidores, electores, contribuyentes, usuarios, audiencias o segmentos de mercado, pero no pueblo en sentido fuerte. El pueblo se constituye cuando comparte una memoria, una esperanza y una jerarquía de bienes. Esa jerarquía no se enseña solamente mediante conceptos; se transmite mediante figuras. El niño comprende antes al héroe que al tratado de ética. El pueblo comprende antes al santo que al manual de metafísica. La comunidad reconoce antes al justo que a la definición abstracta de justicia.

La gramática criolla del poder parte, además, de una comprensión situada del hombre. Frente al sujeto abstracto de la modernidad, desprendido de toda pertenencia, aparece el hombre como ser-estar. No se trata solamente de ser, en el sentido universal y metafísico del ente, sino de estar en una tierra, en una lengua, en un linaje simbólico, en una memoria compartida, en una forma particular de padecer el mundo. Rodolfo Kusch resulta decisivo para pensar esta diferencia: el hombre americano no puede comprenderse desde la pura conciencia racional que pretende dominar el mundo, sino desde un estar que lo arraiga, lo demora, lo humilla y lo vincula con el suelo.

El ser-estar no es una fórmula estética ni un juego verbal. Es una categoría política. Quien solamente “es” puede pensarse como individuo autosuficiente, propietario de sí, disponible para cualquier forma de circulación global. Quien “está” reconoce que su existencia no comienza en él. Está antes en una comunidad que lo nombra, en una tierra que lo recibe, en una lengua que lo precede, en una historia que lo hiere y lo sostiene. La política criolla no puede fundarse sobre el hombre desarraigado, sino sobre el hombre situado. Y el hombre situado no busca simplemente éxito; busca sentido.

La territorialidad criolla no es un decorado. La pampa, el monte, el río, la frontera, la ciudad portuaria, la capilla, el rancho, el gremio, la plaza, la pulpería y el camino constituyen formas de experiencia. La pampa, en particular, opera como una pedagogía metafísica. Su infinitud no es sólo extensión física: es una interpelación existencial. En la inmensidad pampeana el hombre se descubre pequeño, pero no insignificante. Se sabe expuesto, pero no abandonado. La línea del horizonte no le ofrece clausura, sino camino. Allí se forma una conciencia del derrotero: vivir no es consumir instantes, sino atravesar pruebas.

El hombre de la pampa no vive en el encierro de la pura interioridad burguesa. Vive expuesto a la distancia, a la intemperie, al silencio, al peligro y al encuentro. Su vida se organiza como travesía. Por eso la figura del camino resulta central. El camino no es simple desplazamiento espacial; es forma existencial. El hombre deviene lo que es caminando. No se posee desde el inicio. Se prueba, se pierde, se encuentra, cae, se levanta, reconoce lealtades, enfrenta traiciones, aprende la medida de su coraje y descubre si su vida tiene o no una finalidad superior. Pero este camino nunca se desarrolla en soledad absoluta. La pampa constituye una comunidad más amplia que la exclusivamente humana, poblada por presencias animales, vegetales y simbólicas que acompañan la formación del hombre criollo. El vuelo del chimango y del carancho sobre la llanura, la carrera del ñandú hacia el horizonte, la astucia del zorro, la fuerza silenciosa del puma, las tropillas cimarronas y el ganado disperso en la inmensidad forman parte de una pedagogía natural donde el hombre aprende vigilancia, prudencia, resistencia y fortaleza. La naturaleza no aparece como un objeto exterior destinado a ser dominado, sino como un orden vivo dentro del cual el hombre descubre su lugar y reconoce que su existencia participa de una realidad más vasta que él mismo.

Entre todas esas presencias destaca el caballo, figura central de la antropología criolla y uno de los grandes arquetipos de nuestra territorialidad. Ningún otro animal ocupa una posición semejante dentro de la experiencia histórica de la pampa. El caballo no es simplemente un instrumento de trabajo o de transporte; constituye una prolongación del propio cuerpo y una mediación entre el hombre y el horizonte. Jinete y caballo forman una unidad existencial que permite habitar la inmensidad sin perder el arraigo. Gracias a él la distancia deja de ser obstáculo y se convierte en posibilidad; el espacio deja de ser vacío y se transforma en camino. Pero la experiencia pampeana no se agota en la cabalgata. Junto al caballo aparecen otros elementos constitutivos de una auténtica gramática existencial: el mate compartido junto al fogón, la rueda de conversación bajo el cielo abierto, la guitarra que acompaña las vigilias y el canto que transforma la experiencia individual en memoria colectiva. El mate no es simplemente una infusión; es un rito comunitario que suspende por un instante las jerarquías y crea un espacio de reciprocidad, así como Rosas lo compartía con la peonada. La guitarra no es únicamente un instrumento musical; es la voz de la tierra convertida en melodía. Y el canto no constituye un mero entretenimiento: es una forma de narrar la existencia, de transmitir enseñanzas, de recordar a los ausentes y de otorgar sentido a la travesía común.

Por ello la pampa produce una forma singular de espiritualidad donde territorio, comunidad y destino permanecen íntimamente vinculados. El ritmo de la cabalgata, la ronda del mate, la cadencia de la guitarra y la profundidad del canto conforman una misma experiencia de arraigo que se opone radicalmente a la fragmentación característica de la modernidad. Sobre el caballo, frente al horizonte infinito, compartiendo el mate o entonando una cifra, una vidala o una milonga, el hombre aprende que la vida no consiste únicamente en acumular bienes ni en perseguir satisfacciones efímeras, sino en recorrer un derrotero cargado de sentido. Allí descubre que la libertad no es desprendimiento absoluto, sino pertenencia consciente; que la felicidad no se reduce al bienestar individual, sino que se realiza en la participación de una comunidad justa; y que la grandeza no consiste en dominar a los demás, sino en elevarse junto con ellos. El caballo, el mate, la guitarra y el canto aparecen así como mediaciones concretas entre el cuerpo y el espíritu, entre el individuo y la comunidad, entre el ser y el estar, configurando una forma de vida donde la existencia se experimenta como camino compartido hacia una plenitud que siempre trasciende al hombre aislado.

Dentro de esta cosmovisión, dos figuras arquetípicas resultan fundamentales: el santo y el héroe. Ambas expresan modos superiores de realización humana. Ambas rompen el encierro del yo. Ambas niegan que la vida tenga como finalidad última la comodidad, la acumulación o el prestigio individual. Ambas están atravesadas por una misma estructura teleológica: conducen la existencia hacia un bien que excede al individuo. El santo y el héroe son, en este sentido, figuras de trascendencia. No viven para sí mismos. Su vida se vuelve camino para otros.

El santo representa el arquetipo de la elevación. No necesariamente debe ser entendido en sentido estrictamente canonizado o institucional. En la gramática criolla del poder, el santo es aquel que encarna una forma de pureza orientadora. Su santidad no consiste en abandonar el mundo, sino en transfigurarlo. No huye de la materia, sino que la ordena. No desprecia el cuerpo, sino que lo convierte en instrumento de presencia espiritual. El santo criollo puede ser el cura de pueblo, la madre sacrificada, el maestro rural, el anciano que transmite memoria, el trabajador humilde que conserva su dignidad, el militante que no se vende, el pobre que no pierde nobleza, el caído que perdona sin renunciar a la justicia.

La santidad, así entendida, no es fuga del barro, sino luz dentro del barro. Aquí aparece una diferencia fundamental con ciertas formas desencarnadas de espiritualismo. La tradición criolla no separa radicalmente cuerpo y alma. El hombre no es una conciencia encerrada en una maquinaria biológica, ni un espíritu accidentalmente unido a una materia despreciable. Es una unidad viviente. La espiritualidad se expresa en el rostro, en la mano que trabaja, en la mesa compartida, en la palabra dada, en la hospitalidad, en el duelo, en la fiesta, en el sacrificio concreto. La materia no es negación del espíritu: puede ser su signo.

Por eso el santo criollo es también una figura política. No porque administre el Estado ni porque compita por cargos, sino porque preserva la jerarquía de bienes sin la cual la comunidad se degrada. Allí donde todo se compra, el santo recuerda lo que no tiene precio. Allí donde todo se negocia, recuerda lo que no debe venderse. Allí donde la palabra se vuelve consigna publicitaria, conserva el espesor del verbo verdadero. Allí donde la vida se reduce a cálculo, conserva el misterio del don.

El héroe, en cambio, representa el arquetipo de la marcha histórica. Si el santo eleva, el héroe conduce. Si el santo irradia, el héroe arrastra. Si el santo purifica el corazón comunitario, el héroe abre camino en medio del conflicto. Pero el héroe verdadero no debe confundirse con el aventurero, el conquistador narcisista o el caudillo de pura voluntad. El héroe criollo no busca solamente gloria personal. Su grandeza no reside en imponerse sobre los demás, sino en cargar con ellos. Es héroe porque asume sobre su propio cuerpo el peso de una causa común.

El héroe aparece cuando la comunidad enfrenta una prueba límite. Puede ser la guerra, la injusticia, la dependencia, la humillación colonial, la miseria organizada, la fragmentación del pueblo o la amenaza de disolución espiritual. El héroe no inventa artificialmente la causa: la reconoce. Su vocación nace de una escucha. Por eso no hay heroísmo sin obediencia previa a un llamado. El héroe no es quien simplemente quiere; es quien responde. Su voluntad se vuelve grande porque se somete a algo mayor que ella.

La diferencia entre héroe y santo no implica oposición. El santo combate principalmente contra la desfiguración interior del hombre; el héroe combate contra la desfiguración histórica de la comunidad. El santo vence el orgullo, la avaricia, la vanidad, el resentimiento, la desesperación. El héroe enfrenta la injusticia, la opresión, la cobardía pública, la entrega nacional, la decadencia moral de las instituciones. Pero ambos combaten contra un mismo enemigo profundo: la reducción del hombre a pura inmanencia.

La inmanencia moderna es la clausura del horizonte. Consiste en convencer al hombre de que no hay nada por encima de su deseo, nada más allá de su éxito, nada más hondo que su interés, nada más noble que su consumo. El santo y el héroe desmienten esa clausura. El santo demuestra que el hombre puede ordenarse hacia lo eterno. El héroe demuestra que puede sacrificar su interés por una justicia histórica. Ambos son insoportables para una época que sólo tolera figuras domesticadas, rentables o convertibles en mercancía simbólica.

Aquí aparece la relación con la felicidad. La modernidad dominante ha reducido la felicidad a bienestar subjetivo, satisfacción individual o disponibilidad de consumo. Ser feliz equivale a tener acceso a objetos, experiencias, placer, seguridad y reconocimiento. Esta idea de felicidad se parece más a una administración confortable del deseo que a una plenitud humana. En cambio, la gramática criolla del poder debe recuperar una noción más alta de felicidad: la felicidad como vida lograda dentro de una comunidad justa.

En este punto se impone la comparación con la eudaimonía. En Aristóteles, la eudaimonía no es placer pasajero, sino cumplimiento de la vida conforme a la virtud. Supone una realización objetiva del hombre, no una simple sensación subjetiva. El hombre feliz es aquel que vive bien porque realiza su fin propio. La virtud no aparece como represión, sino como forma de plenitud. Desde esta perspectiva, la felicidad criolla se aproxima a la eudaimonía porque también rechaza la reducción de la vida al goce inmediato. Sin embargo, introduce una dimensión comunitaria, histórica y trascendente más marcada. La felicidad no es solamente perfección individual del alma racional, sino participación en un destino común.

La felicidad criolla no puede ser pensada sin justicia. Una comunidad humillada, dependiente o desarraigada no puede ser plenamente feliz, aunque algunos individuos acumulen riqueza. La grandeza, por su parte, no equivale a poder imperial ni a soberbia colectiva. Grandeza significa capacidad de realizar históricamente una vocación. Un pueblo es grande cuando produce hombres capaces de elevarse por encima del egoísmo, cuando convierte su memoria en misión, cuando no traiciona su suelo, cuando no cambia su dignidad por comodidad.

El santo y el héroe son, entonces, figuras teleológicas. Orientan la vida hacia un fin. Esta palabra, teleología, resulta indispensable. Toda política contiene una imagen del fin humano, aunque pretenda negarlo. La política liberal ordena al hombre hacia la autonomía individual y la protección de intereses. La política tecnocrática lo ordena hacia la eficiencia. La política consumista lo ordena hacia la satisfacción permanente. La política revolucionaria nihilista lo ordena hacia la ruptura perpetua. La gramática criolla, en cambio, debe ordenar al hombre hacia una comunidad justa, virtuosa, arraigada y trascendente.

Por eso estas figuras son útiles para la política. No como ornamento retórico, sino como criterio de selección moral. Una comunidad que admira solamente al exitoso terminará organizada alrededor del dinero. Una comunidad que admira solamente al astuto terminará justificando la trampa. Una comunidad que admira solamente al rebelde terminará confundiendo destrucción con libertad. Una comunidad que admira al santo y al héroe conserva, al menos como horizonte, la subordinación de la vida individual al bien común.

Junto al santo y al héroe existen otras figuras complementarias. El sabio representa la memoria reflexiva de la comunidad; no acumula información, sino que ordena sentido. El conductor representa la prudencia política capaz de articular voluntades dispersas. El trabajador encarna la dignidad de la materia transformada por el esfuerzo. La madre comunitaria expresa el cuidado originario, la continuidad de la vida y la transmisión silenciosa de la pertenencia. El gaucho representa la libertad situada, la intemperie, el coraje, la soledad y la fidelidad a una ley no siempre escrita. El mártir expresa la verdad confirmada por el sufrimiento. El compañero leal representa la ética del vínculo, sin la cual ninguna empresa colectiva sobrevive.

Pero todas estas figuras necesitan una jerarquía. El santo y el héroe ocupan un lugar superior porque vinculan comunidad y trascendencia. El santo impide que la comunidad se vuelva pura administración de intereses. El héroe impide que la espiritualidad se vuelva contemplación impotente. Uno recuerda la altura; el otro abre el camino. Uno custodia el sentido; el otro lo encarna en la acción. Uno purifica; el otro combate. Uno enseña a vivir; el otro enseña a morir si es necesario por aquello que merece seguir viviendo.

Frente a ellos se levantan las contrafiguras de la modernidad decadente. No son simples errores individuales, sino arquetipos invertidos. Allí donde el santo ofrece trascendencia, aparece el predicador de templo currido pero vacío. Allí donde el héroe ofrece sacrificio, aparece el exitoso de mercado. Allí donde el sabio ofrece sentido, aparece el experto sin alma. Allí donde el conductor articula comunidad, aparece el gerente de voluntades. Allí donde el gaucho expresa libertad situada, aparece el nómada global sin pertenencia. Allí donde el mártir testimonia verdad, aparece la víctima profesionalizada como capital simbólico. Allí donde el compañero ofrece lealtad, aparece el operador.

La modernidad no destruye los arquetipos; los falsifica. Esa es su operación más profunda. No elimina al santo: lo convierte en motivador espiritual, en predicador de prosperidad, en administrador emocional de frustraciones sociales. No elimina al héroe: lo convierte en emprendedor, influencer o líder narcisista de autoayuda. No elimina la comunidad: la convierte en audiencia. No elimina la palabra: la convierte en marketing. No elimina el símbolo: lo transforma en logo. No elimina la fe: la desplaza hacia el consumo, la mera técnica o el éxito.

El predicador de templo concurrido pero vacío merece especial atención. Es una figura decisiva de la decadencia contemporánea. Se presenta como guía espiritual, pero su palabra no abre trascendencia: organiza dependencia emocional. Habla de fe, pero traduce la fe al lenguaje del rendimiento. Habla de bendición, pero la mide en prosperidad material. Habla de comunidad, pero produce clientela. Habla de salvación, pero ofrece éxito. En él, la palabra religiosa queda capturada por la lógica publicitaria. La promesa ya no es conversión, sino ascenso. La gracia se vuelve estrategia. El misterio se vuelve espectáculo.

Allí aparece el marketing de la palabra vacía. La palabra deja de nombrar una verdad y pasa a funcionar como estímulo. Ya no significa: impacta. Ya no revela: posiciona. Ya no compromete: seduce. El significante se emancipa del significado y comienza a circular como pura mercancía verbal. Patria, pueblo, libertad, justicia, amor, comunidad, revolución, tradición, fe: todas las palabras pueden ser vaciadas, empaquetadas y vendidas. La política contemporánea vive en gran medida de esa economía de signos huecos.

La gramática criolla del poder debe combatir esa falsificación recuperando el peso de la palabra. En nuestras tradiciones populares, la palabra no era un objeto liviano. La palabra dada obligaba. La promesa comprometía. El juramento pesaba. La bendición transmitía. El insulto hería. El canto recordaba. El silencio también decía. La palabra tenía cuerpo. No era sonido flotante, sino acto encarnado. Por eso la política criolla necesita una lingüística moral: devolver a las palabras su espesor, impedir que los signos se separen de la vida, hacer que el verbo vuelva a tocar tierra.

El santo y el héroe son, finalmente, figuras contra la palabra vacía. El santo habla con la autoridad de quien vive lo que dice. El héroe habla con la autoridad de quien arriesga su cuerpo por lo que nombra. Ambos restituyen la unidad entre palabra, cuerpo y destino. Allí está su fuerza política. En tiempos de simulacro, sólo las figuras encarnadas pueden devolver credibilidad a una comunidad.

La primera tarea política de una comunidad que quiere reconstruirse no consiste solamente en diseñar programas. Consiste en volver a preguntarse qué figuras admira, qué nombres honra, qué vidas propone como ejemplo, qué arquetipos ofrece a sus jóvenes y qué contrafiguras debe desenmascarar. Porque un pueblo termina pareciéndose a aquello que admira. Si admira la riqueza sin virtud, será servil. Si admira la astucia sin justicia, será corrupto. Si admira la rebeldía sin finalidad, será ingobernable. Si admira la comodidad sin grandeza, será decadente. Pero si vuelve a reconocer al santo y al héroe, podrá recuperar una política con alma, con tierra y con destino.

La modernidad no destruyó los arquetipos; simplemente los sustituyó. Allí donde las comunidades tradicionales reconocían figuras capaces de condensar una orientación existencial hacia el bien común, la verdad o la trascendencia, la civilización contemporánea produjo figuras funcionales a la reproducción del mercado, de la técnica y del consumo. El problema no reside únicamente en el reemplazo de unas imágenes por otras, sino en la transformación de la propia concepción del hombre que subyace a dicho reemplazo. Mientras el santo y el héroe remiten a una antropología de la superación del yo mediante la participación en un orden superior, las figuras dominantes de la modernidad remiten a una antropología de la autoafirmación individual. El horizonte deja de ser la realización de un destino compartido y pasa a ser la maximización de experiencias privadas. El hombre ya no es concebido como miembro de una comunidad histórica llamado a cumplir una misión, sino como un individuo autónomo cuya principal tarea consiste en optimizar su propia existencia. La pregunta fundamental deja de ser quién debe llegar a ser y se transforma en cuánto puede obtener.

  • imagen extraída de: https://ar.pinterest.com/sofiabravodonos/gauchos-argentinos/
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