A medida que se prolonga y se profundiza lo que el Papa Francisco llamó “la tercera guerra mundial de a pedacitos”, y en particular ante los ataques de Estados Unidos e Isrrael a Irán en este comienzo de 2026 -los cuales se suman a los sesenta y un (61) conflictos armados con participación estatal según un estudio de la Universidad de Uppsala[1]-, nos preguntamos: ¿se puede hacer algo para torcer el rumbo de la guerra?, ¿qué figuras eclesiales, religiosas y políticas nos pueden inspirar para mirar el futuro con esperanza y construir un presente alternativo?
El pensamiento del Papa Francisco, continuador de la Doctrina Social de la Iglesia, nos señala algunas pistas y nos abre sendas de posibles para encarar lo que viene. Una de las pistas, a mi juicio, es la figura eclesial que elige para su nombre: Francisco de Asís, un hermano de todas y todos y de todo, que eligió ser pobre y dedicarse a los más pobres y transformarse en un verdadero constructor de paz. La otra pista, es la revalorización de dos palabras que instala no sólo como fines a alcanzar sino como método a seguir (caminos que nos conduce a la felicidad): la palabra fraternidad y la palabra sinodalidad (que es una forma de fraternidad, un camino que se realiza junto a otros buscando las estrategias para derribar las barreras que impiden construir una comunidad poliédrica, es decir con muchos rostros que sin perder su identidad conviven en una unidad construida colectivamente). Para esta segunda senda, me permito interpretar, que el pensamiento y la vida de Chiara Lubich y el Movimiento de los Focolares, representan un vehículo con el cuál es posible transitar.
De ambas figuras, Francisco de Asís y Chiara Lubich, el Papa destaca su compromiso con la fraternidad universal en medio de situaciones de guerra. En el primer caso destaca el encuentro arriesgado y complejo de explicar entre el fraile Francisco y el Sultán Malik-el-Kamil (Fratelli Tutti, 3). En el segundo caso destaca la capacidad de escucha de Chiara de un grito desgarrador por la unidad de la humanidad en medio de la Segunda Guerra Mundial (Discurso del Papa Francisco en el 80 aniversario de la fundación del Movimiento de los Focolares).
En este escrito deseamos profundizar en estas dos sendas como respuestas abiertas y símbolos de paz ante la mencionada “tercera guerra mundial de a pedacitos”.
La fraternidad universal en Francisco de Asís
Entre los siglos XI y XIII se realizaron una serie de expediciones militares conocidas con el nombre de “Cruzadas”, con el propósito fundamental de quitar del poder musulmán territorios considerados santos para el cristianismo, principalmente, Jerusalén. La Quinta Cruzada transcurre entre los años 1217 y 1221. La voracidad mezclada con el ímpetu y la creencia religiosa conviven en la ambigüedad de una “guerra santa” (una matanza en nombre de Dios) que poco tenía que ver con la fraternidad universal que proclamó Jesús de Nazareth con su Evangelio. Los cruzados de esa época consideraban que era indispensable debilitar el poder musulmán atacando Egipto. Por ello, sitiaron la ciudad de Damieta (actual Dumyāṭ). Las tiendas cruzadas se extendían como una ciudad improvisada de telas blancas, estandartes y cruces rojas. Pero el ejército del Sultán Malik-el-Kamil, resistía. El aire mezclaba olor a humedad, sangre seca y especias.
En ese escenario, emerge la figura de un fraile pequeño, descalzo, vestido con una túnica burda ceñida por una cuerda. El fraile decidió cruzar la línea invisible (aunque visible para el inconsciente colectivo de todos) que separaba a los ejércitos. No llevaba espada ni armadura. Llevaba un compañero —fray Iluminado— y una convicción que no se parecía a la estrategia militar ni a la ambición por recuperar Jerusalem. Las crónicas dirán después que estaba movido por el deseo de anunciar el Evangelio; otras insinuarán que buscaba el martirio propio. Pero lo cierto es que avanzó hacia el campamento enemigo con la serenidad de quien no negocia con el miedo y de quien puede ver más allá de las paredes que el sistema imperial le había colocado a la fraternidad cristiana. La limitación de la lengua de origen, la cultura diversa e incluso de los recursos de que disponía para establecer un dialogo, no le impidieron avanzar.
Los centinelas musulmanes lo detuvieron. Lo golpearon, según relata Celano (1993), y lo condujeron ante el Sultán. La escena es improbable, imprevista y poco creíble: en un tiempo en que la guerra santa justificaba la eliminación del otro, un cristiano sin armas pedía audiencia con el jefe del ejército islámico. Es un gesto tan inesperado como el de aquel samaritano que se hizo cargo del herido, lo asistió, lo llevó a una posada y dejó pago su cuidado. Rompe con la estructura establecida.
El Sultán Malik-el-Kamil era sobrino de Saladino (Ṣalāḥ ad-Dīn Yūsuf ibn Ayyūb), líder político musulmán que había unificado políticamente gran parte del mundo islámico oriental y recuperado Jerusalén en el año 1187. Malik-el-Kamil no era un “caudillo bárbaro” sino un gobernante culto, habituado a la diplomacia. Había intentado negociar con los cruzados ofreciendo incluso Jerusalén a cambio de la retirada. Conocía la lógica del poder y la fragilidad de la victoria.
Cuando le llevaron a Francisco, éste no se inclinó con temor ni habló con altivez. Habló como quien se sabe hermano de todos. Las fuentes no conservan las palabras exactas. Sabemos, por Celano (1993) y por la Leyenda Mayor de Buenaventura (1998), que expuso su fe con firmeza y que el Sultán lo escuchó con respeto.
Leclerc (2014) interpreta la escena como una ruptura silenciosa con la mentalidad cruzada: “Francisco no fue a combatir al islam, sino a encontrarse con él” (Leclerc, 2014: 109). El encuentro es la base de la fraternidad universal evangélica, que ahora se recupera a través del gesto valiente e inesperado de “un loco” que rompe con lo establecido, porqué lo establecido estaba corrupto. La actitud de Francisco de Asís fue más allá de un mero debate académico o un impulso hacia el suicidio para ser recordado. De hecho lo que se recuerda y lo que se registra en la historia, es el encuentro. Es el valor ético del “otro en tanto que otro” que se vuelve método en la acción y el gesto franciscano.
Algunas versiones medievales narran que Francisco propuso una prueba de fuego para demostrar la verdad de la fe. Los historiadores modernos consideran que ese detalle pertenece más a la construcción hagiográfica que a la crónica estricta. Lo que sí parece firme es que el sultán no lo ejecutó ni lo expulsó violentamente. Lo hospedó durante algunos días, lo escuchó y lo dejó marchar. El reconocimiento mutuo primó por encima de la guerra y la disputa. Tiene que haber existido un sentido hondo de comunidad (nosotros) que es capaz de reconocer no solo al otro sino el lugar existencial de su propia comunidad (su estar-siendo). Algo de lo humano universal se coló en el encuentro; fue un espacio y un tiempo donde la fraternidad se hizo carne, vida. Rebasó toda situación de violencia e incomprensión, y llegó a nuestros días a través de las reflexiones del Papa Francisco.
En ese gesto mutuo, que se muestra y acontece -el fraile que cruza desarmado y el gobernante que decide no matarlo- se produce una suspensión existencial y fenomenológica de la lógica bélica. Dos hombres, cada uno convencido de su fe, enfrentados no por ellos mismos sino por sus bandos de pertenencia (fraternidades cerradas), enarbolan el poder de la ética comunitaria y se reconocen como interlocutores (fraternidad abierta). No se convierten el uno al otro. No firman tratados de paz que serán estudiados en las carreras académicas de relaciones internacionales. Sin embargo, interrumpen por un instante eterno, la maquinaria del odio y de la muerte. Nos traen a colación la posibilidad fáctica del poliedro que propone el Papa Francisco (la unidad en la diversidad), y también un modelo de paz como el que menciona el actual Papa León XIV: “una paz desarmada y desarmante” (Lema de la Jornada Mundial de la Paz 2026).
Le Goff (1999) ve en este episodio la coherencia del proyecto franciscano: una fraternidad que no se limita al pobre de la propia ciudad (el leproso que fue abrazado por Francisco de Asís) sino que alcanza al enemigo que supuestamente viene a civilizar. Se rompe así, la lógica nacionalista, imperialista, en fin: cerrada. El leproso había sido el primer “otro” abrazado; ahora le seguía el líder musulmán. La fraternidad abierta acaece en medio de las tinieblas de la guerra infundada.
Francisco regresó al campamento cruzado y la guerra continuó. La ciudad de Damieta cayó en manos cristianas en noviembre de 1219, pero poco después la Quinta Cruzada fracasaría estratégicamente dada la fragmentación de las fuerzas y la mala conducción que rechazó la negociación y decidió avanzar con la conquista total de Egipto, sin considerar las limitaciones geográficas y políticas. La ambición llevó a los cruzados a una rendición de su ejército en 1221 dadas las complicaciones climáticas y del terreno en torno al río Nilo. Nada se movió en el tablero de la geopolítica. Sin embargo, algo había quedado sembrado en la tierra de los anales anecdotarios que alimentan la esperanza siempre actual de una comunidad mundial poliédrica y de una conciencia de pueblo sobre la “casa común”.
La fraternidad, hasta entonces vivida en la pobreza compartida y en el cuidado del excluido por la comunidad fundada por Francisco de Asís, se había ensanchado hasta incluir al adversario religioso y político. El “hermano” ya no era solo el compañero de hábito ni el mendigo de la ciudad; era también el otro que rezaba distinto e incluso combatía bajo otra bandera.
En un mundo estructurado por fronteras teológicas y militares, Francisco de Asís atravesó la línea no para conquistarla sino para habitarla y trascenderla. Allí, en la tierra disputada, no proclamó una tregua política sino una posibilidad distinta de relación: la de la palabra sin espada, la del diálogo, la del encuentro, la de la analéctica fraterna (una dialéctica abierta que permite la escucha atenta y la construcción colectiva respetando las diferencias)[2].
Si el gesto del leproso había convertido la amargura en dulzura —“aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo” (Francisco de Asís, p.77), repetía Francisco—, el encuentro con el Sultán convertía la enemistad en interlocución. No anulaba la diferencia. El conflicto siempre existió -y existirá- porque la fraternidad es una condición social que conlleva la pelea con el hermano si la pensamos desde el origen (Del Percio, 2014), pero fue asumido y abordado desde la no violencia. La escena permanece como una paradoja histórica: en el centro de una cruzada, un fraile pobre inaugura un modo de presencia que no necesita vencer para afirmarse. En vez de imponer, se expone. En vez de defender la fe con armas, la ofrece como testimonio.
La guerra siguió su curso, pero en medio del estruendo de catapultas y plegarias contrapuestas, quedó registrada una imagen insoportable e ineludible para quienes seguimos editando la historia de la humanidad: el encuentro entre dos hombres (otros en tanto que otros) sentados frente a frente, dialogando más allá y más acá de todo resultado. Y en esa conversación, breve y sin consecuencias estratégicas inmediatas, se reveló una convicción que atravesaría los siglos y, más aún, el tiempo ético-político en el que nos movemos y existimos: que la fraternidad puede comprenderse como fin, como espacio para el conflicto y, sobre todo, como método, como camino de apertura incluso allí donde todo invita al exterminio y la desaparición del otro.
Chiara: la fraternidad y la unidad como método para hacer política

Trento -ciudad donde nació Chiara Lubich- era una frontera geográfica y lingüística. Una región atravesada por tensiones culturales y políticas y a la vez un lugar donde los pobladores debían buscar formas específicas para relacionarse y comprenderse. Los antepasados de Chiara vivieron durante la hegemonía del imperio austrohúngaro (Gentilini, 2020). Su vida comenzó en ese territorio, marcado por la experiencia concreta de la división aunque con la necesidad fáctica de relacionarse. Esa condición de haber nacido en la “frontera” no fue anecdótica sino que configuró su sensibilidad social, ética e histórica. La unidad como búsqueda y como vocación propia, la distancia de cualquier propuesta que pretenda la uniformidad. Su visión de la unidad en la diversidad parte de la conciencia del contexto de diferencias con las que se tuvo que enfrentar desde su nacimiento. Parte de un estar-siendo-diferentes pero habitando una misma tierra, un mismo territorio.
Además de la cuestión señalada, Trento fue el lugar donde se desarrolló uno de los concilios eclesiales más significativos. Y es en Santa María la Mayor, la Iglesia donde se desarrolló dicho Concilio, donde Chiara fue bautizada. El Concilio de Trento fue “uno de los mayores acontecimientos de revisión doctrinal, pastoral y organizacional que realizó la Iglesia en el curso de la historia” (Gentilini, 2020: 64). Claramente la unidad como vocación y como marca en Chiara parece tener una relación directa con este origen o al menos dialoga explícitamente con él. Como para reafirmar esta cuestión, el obispo del Concilio, Bernardo Clesio Praesule tuvo un escudo “formado por un haz de siete varas atadas por una cinta que pone el lema Unitas” (Gentilini, 2020: 65). La palabra unidad se presenta, casi como una predestinación -aunque sea también una elección- en Chiara Lubich. Ahora bien, el Concilio de Trento es más bien conocido por ser una reacción a la Reforma Protestante. Se inscribe en la tensión divisoria de la reforma y contrarreforma. Por ello, deja un sabor amargo a pesar de su intento de unidad. Al respecto, reflexiona el Papa Pablo VI:
La ciudad de Trento había sido elegida para facilitar el encuentro, para hacer de puente, para ofrecer el abrazo de la reconciliación y la amistad. Trento, no tuvo esa alegría y esa gloria. Pero Trento, siempre deberá desear que ello se dé , como nosotros, como todo el mundo católico. Trento deberá surgir como símbolo de este deseo, aún hoy, hoy más que nunca, vivo, implorante, paciente, orante. Ésta ciudad deberá, con la firmeza de su fe católica no constituir una frontera, sino abrir una puerta, no cerrar un diálogo, sino mantenerlo siempre abierto; no echar en cara errores sino buscar virtudes; no esperar a quien no ha venido desde hace cuatro siglos, sino ir a buscarlo fraternalmente (Gentilini, 2020:407).
Ese deseo de reconciliación y amistad que no se logra en Trento, se asume con más claridad en el Concilio Vaticano II, y puede ser una clave para comprender la vocación y la obra de Chiara.
En medio de la Segunda Guerra Mundial, entre bombas y refugios, transcurren los tiempos fundacionales de la Obra de María (Movimiento de los Focolares), la experiencia de comunidad que impulsa Chiara junto a otras compañeras, no surge como teoría, sino como necesidad vital. Cabe señalar que el nombre: “focolares” es atribuido por los vecinos que observan la reunión de comunidades en torno a la propuesta de Chiara. “Foco” es el lugar donde el fuego calienta el ambiente, o simplemente el hogar donde se encuentra un calor especial.
La unidad, en los focolares, era un llamado y también una especie de espacio-tiempo existencial para la supervivencia compartida. Pero es en el año 1949 en el que se produce un “pacto de unidad” entre Chiara y uno de sus compañeros: Igino Giordani, escritor, periodista, diputado en la Asamblea Constituyente italiana y conocido en el Movimiento como “Foco”. Giordani ve en la unidad vivida por el Movimiento la realización concreta de lo que él había buscado como político cristiano. Sin embargo, irrumpe en el año 1948 dentro del movimiento como un auténtico “otro en tanto que otro”. Mientras las comunidades focolares eran juveniles y femeninas, él se acerca como padre de familia, político maduro y un intelectual reconocido. El denominado pacto de unidad es verdaderamente un ejercicio de reconocimiento y anonadamiento para que el otro tenga lugar. Es un pacto que deriva en una relación sinérgica entre ambos y que expresa, en toda su hechura, el sentido de la unidad con la que vivió y tal como la comprendió Chiara. Dicha unidad estaba fundada en una experiencia y en una reflexión filo-teológica que emanaba del denominado “misterio de la Santísima Trinidad”. Así lo expresa Chiara, muchos años más tarde:
El Padre genera al Hijo por amor. Saliendo totalmente, por así decir, de sí mismo se hace -de alguna manera- “no ser” por amor; pero justamente así es Padre. El Hijo, a su vez, como eco del Padre, vuelve por amor al Padre, se hace él también, en un cierto modo, “no ser” por amor y justamente así es Hijo; el Espíritu Santo que es el recíproco amor entre el Padre y el Hijo, su vínculo de unidad, se hace él también, de alguna manera, “no ser” por amor, ese no ser, ese “vacío de amor”, en el cuál Padre e Hijo se encuentran y son uno: pero justamente así es Espíritu Santo. Si consideramos al Hijo en el Padre, al Hijo tenemos que pensarlo como una nada (nada de Amor) para poder pensar en un Dios-uno. Y si consideramos al Padre en el Hijo, tenemos que imaginar al Padre como una nada (nada de Amor) para poder pensar en un Dios-Uno. Son tres las Personas de la Santísima Trinidad, y sin embargo, son Uno porque el Amor no es y es al mismo tiempo (Gentilini, 2020: 195).
Anonadarse será traducido por Chiara como una expresión y un método de donación que permite el reconocimiento mutuo sin anular la identidad. Hay aquí una analogía con el poliedro, nuevamente.
Varias décadas después de ese primer impulso, cuando el Movimiento de los Focolares ya se había expandido por numerosos países, la pregunta por la política que siempre había estado presente, se volvió inevitable: ¿se podía vivenciar esa unidad vocacional en la vida pública? ¿Era posible trasladar esa experiencia relacional de las y los focolares al ámbito del conflicto social (lo público) y de la práctica política concreta? En efecto, la incorporación de Igino Giordani en 1948 introduce en el carisma de la unidad una dimensión explícitamente política. Su experiencia parlamentaria y su concepción de la política como servicio al bien común permitieron traducir la intuición espiritual de la unidad en categorías públicas. Pero recién a mediados de los años noventa, en Italia, políticos de distintas pertenencias comenzaron a reunirse con Chiara. El sistema político italiano atravesaba una profunda crisis. La confrontación partidaria había erosionado la confianza pública. En ese contexto, nació el Movimiento Políticos por la Unidad (MPPU) como una rama del Movimiento de los Focolares. Un Movimiento nacido de la inspiración de la unidad primigenia, del mismo carisma. Sostiene Lubich:
El Movimiento por la Unidad (…) es pues portador de una nueva cultura política. Pero de su manera de ver la política no nace un nuevo partido. Cambia el modo de hacer política: aun permaneciendo fieles a sus propios auténticos ideales, el político de la unidad ama a todos, como dijimos, y por ello, en cada circunstancia busca lo que une (Lubich, 2003:162).
Chiara define la política como “el amor de los amores” (Lubich, 2002). Esta afirmación condensa el núcleo de su pensamiento político. La política se comprende como amor social estructurante. El MPPU se configuró así como laboratorio histórico de esta intuición. Lo que prima para un político por la unidad es un compromiso de fraternidad que se dirime entre el conflicto y el ideal de aceptación y consenso. No es un acuerdo programático, sino una decisión de no romper el vínculo lo que permite avanzar y construir un “mundo unido”, con otros. El desacuerdo puede permanecer pero la descalificación disminuye porque el “otro en tanto que otro” es reconocido. Esto queda comprobado en el mandamiento focolarino de “amar el partido del otro como si fuera el propio”. Sin perder la identidad ni claudicar en las convicciones, el político de la unidad comprende que hay un otro que se identifica con otro partido y, por el respeto y el amor a la democracia, elige amar, aceptar y asumir la diversidad en lugar de pretender su eliminación. Desde esta perspectiva, la fraternidad no es ingenuidad ni neutralización del conflicto. Es método. Método que integra libertad e igualdad bajo un principio relacional. Método que reconoce en el adversario un hermano en el marco de la responsabilidad pública. Como sostiene en una de sus intervenciones, la política se vuelve osadía y se piensa situadamente desde la experiencia de cada pueblo aunque en aras de la unidad.
Hoy queremos pensar la política con otras palabras -ya lo señalábamos- como quizás jamás haya sido concebida, hacer que nazca -pase la osadía- una política de Jesús, como Él la piensa y que puede nacer por medio de nosotros allí donde estamos: en los parlamentos nacionales y regionales, en los consejos municipales, en los partidos, en los diferentes grupos de iniciativa cívica y política, en el gobierno y en la oposición. Además, la unidad vivida entre nosotros, de esta manera, también hay que llevarla, a modo de “levadura”, dentro de los diferentes partidos, entre los partidos, en las instituciones, en todos los ámbitos de la vida pública, en la relación entre los Estados.
Cada pueblo puede entonces atravesar sus propios confines y mirar más allá de él mismo amando la Patria de los demás, como si fuera la propia, de manera que la presencia de Jesús pueda establecerse también entre los pueblos y los Estados y hacer de la humanidad una familia universal, pero sobrepasa el limitado concepto de sociedad internacional, pues en su interior, las relaciones entre las personas, grupos, pueblos están pensados de manera que puedan derribar las divisiones y las barreras de todo tipo.
Este es el objetivo del Movimiento por la Unidad, que empieza a florecer hoy en los cinco continentes, capaz de crear nuevos proyectos y de atraer personalidades de todo nivel y posición política. Los miembros del movimiento de los focolares están presentes en él ejercitando su propia profesión o su compromiso civil, junto a muchas otras personas que han conocido el Ideal de la unidad y lo viven, aun no potenciando a nuestra Obra (Lubich, 2003: 162-163)
La unidad se vive en un “entre” que implica un “nosotros”, una comunidad que está asentada en una Patria, pero que se abre a otras comunidades y a otras patrias. Hay una cierta analogía con el concepto del Papa Francisco de concebir al “planeta como Patria y a la humanidad como pueblo”. Es la presencia siempre misteriosa y a la vez fácticamente real de la fraternidad universal que se vuelve camino, senda y proyecto de un Movimiento. La fraternidad se coloca, así, a la par de los otros dos principios del tríptico francés. En efecto, si bien la libertad y la igualdad han llegado a expresar “frutos de civilización”, la exclusividad con la que se han tratado en algunos momentos de la historia ha llevado o bien en el “privilegio del más fuerte” (exclusivismo de libertad), o bien en el “colectivismo que masifica” (exclusivismo de igualdad) (Lubich, 2004).
La experiencia nacida en la “frontera” de Trento y al calor de la Segunda Guerra Mundial, se tradujo así en praxis institucional. La unidad no como homogeneidad, sino como tejido. La política no como campo de batalla permanente, sino como espacio exigente de construcción compartida. La unidad y la fraternidad universal, en Chiara, si son utopía, lo son en tanto causa que nos tira hacia adelante a buscar ese lugar soñado no de manera trasnochada sino con conciencia crítica, capacidad política y fortaleza comunitaria. Son también catacresis, es decir metáforas de lo esperado y formas de explicar lo inexplicable: que un pueblo se encuentre entre sí y con “otros en tanto que otros”, que se acepten y construyan un nuevo estilo de vida, que las fronteras se caigan que los límites se disipen sin que por ello se pierda la identidad colectiva, que un nosotros nuevo surgido del entrecruzamiento intercultural y la búsqueda del bien común se vuelvan realidad efectiva reconociendo que hay un sentir ético e histórico presente y arraigado en lo humano universal.
Reflexión final abierta al diálogo
Por todo lo dicho, la consigna o el lema que elegimos para esta hora es: fraternidad o muerte. No es una dicotomía más ni una dialéctica cerrada. La muerte es parte de la existencia, dirá Heidegger (1951) que el hombre es un “ser-para-la-muerte” (Ser y tiempo, §50). La muerte es inevitable y justamente por ello, la vida cobra un sentido especial. Pero por otra parte, la fraternidad -como sostiene Del Percio (2014)- es ineludible. Convivimos con otros y, en algún punto somos hermanos al menos por condición social. Por ello, la fraternidad no puede resultar meramente un ideal a alcanzar (una utopía, en cierta medida), sino también una metáfora que nos abre caminos inesperados, inexplicables, poco probables y transformadores como los de Francisco de Asís y Chiara Lubich. Esos caminos se podrían resumir en la palabra sinodalidad que el Papa Francisco pretende potenciar en la de la Iglesia Católica en particular, pero que es asimilable por cualquier grupo, colectivo o pueblo que pretende alcanzar de manera poliédrica la felicidad.
Fraternidad o muerte, es un llamado, un grito de unidad que puede o no ser escuchado, pero que está y nos convoca. Probablemente en este tiempo de “tercera guerra mundial de a pedacitos”, haya muchos Franciscos y Chiaras por allí, cruzando la línea invisible de la lógica amigo-enemigo y desbordando el conflicto bélico que nos aqueja y nos agobia. Allí, nos encontrarán: aprendiendo de las y los que le dicen no a la guerra, aunque no por ello dejan de reconocer el conflicto; percibiendo la audacia de las y los que dialogan cuando incluso el diálogo se presenta como imposible; construyendo comunidad con aquellos y aquellas que trascienden toda frontera e intentan vivir la unidad con el lenguaje del a-mor (de la vida).
- Imagen de portada. Fuente: www.religiondigital.org
- Imagen en artículo. Fuente: www.antoniomariabaggio.it
Referencias bibliográficas
Celano T. (1998). Vida primera de San Francisco. Madrid: BAC.
Del Percio E. (2014). Ineludible fraternidad. Conflicto, poder y deseo. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fundación CICCUS.
Francisco (2020). Fratelli Tutti. Sobre la fraternidad y a amistad social. Buenos Aires: Conferencia Episcopal Argentina.
Francisco (2023). Discurso del Papa Francisco en el 80 aniversario de la fundación del Movimiento de los Focolares.
Francisco de Asís (s/f). Escritos completos de San Francisco de Asís. Directorio Franciscano. Ver: https://iveinarabic.org/wp-content/uploads/2022/02/143b10e0-64e8-47ce-9d47-514588f745e0.pdf Consultada el 4 de marzo de 2026.
Francisco de Asís y Buenaventura. (2010). Escritos. Leyenda mayor. Florecillas. Madrid: BAC.
Gentilini M. (2020). Chiara Lubich. El camino de la unidad entre historia y profecía. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ciudad Nueva.
Heidegger M. (1951). Ser y tiempo. Trad. José Gaos. México: Fondo de Cultura Económica.
Le Goff J. (1999). San Francisco de Asís. Barcelona: Paidós.
Leclerc É. (2014). Francisco de Asís: un hombre nuevo para una sociedad nueva. Salamanca: Sígueme.
Lubich C. (2002). Europa unida por un mundo unido. Discurso al Movimiento Europeo, Madrid (España). Ver: https://www.focolare.org/es/el-amor-de-los-amores/ Consultada el 4 de marzo de 2026.
Lubich C. (2003). Una nueva cultura para una nueva sociedad. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ciudad Nueva.
Lubic C. (2004). “La fraternidad universal”. Sttugart: AL. Disponible en: https://www.focolare.org/es/news/2020/10/05/chiara-lubich-la-fraternidad-universal/.
[1] Ver: https://www.uu.se/en/press/press-releases/2025/2025-06-11-ucdp-sharp-increase-in-conflicts-and-wars?utm_source=chatgpt.com Consultada el 4 de marzo de 2026.
[2] Sobre analéctica ver: Duusel (1974) Scannone (1990 – 2009).
