Hacia una gramática criolla del poder

Juan Facundo Besson

El pensamiento político argentino ha oscilado históricamente entre dos grandes gramáticas del poder: una, de matriz europea, racionalista y de raíz iluminista, dominado por los pregoneros de la intelligentzia que recorta la acción política en términos de legalidad, legitimidad y legitimación; otra, más profunda y silenciosa, que se enraíza en las experiencias americanas de convivencia, en la tradición mestiza hispano-indígena y en la praxis popular criolla. Esta segunda tradición —invisibilizada por la teoría política profesional— reinterpreta el poder no como una función administrativa sino como un vínculo ético, como una trama de reconocimiento. Su arquitectura conceptual admite reconstruirse en torno a un trinomio distinto: auctoritas, potestas y aclamatio.

Esta tríada, a diferencia de la tríada liberal, no describe un mecanismo formal de producción del orden, sino un modo de comprender el arraigo del poder y su legitimación comunitaria. Surge de una capa hondamente cultural, donde confluyen el pactismo hispánico, las prácticas comunitarias indígenas, el ethos católico y la experiencia criolla que emerge del suelo pampeano como forma de vida. La “auctoritas” romana, en su sentido clásico, revela ya desde su origen la naturaleza no coactiva del reconocimiento social: “alguien investido de auctoritas era obedecido, no porque pudiera imponer sus decisiones, sino porque, en teoría, sus decisiones eran sabias y justas”. Esa distinción entre fuerza y reconocimiento se vuelve, en suelo americano, el punto de partida para la configuración de un poder político que no se agota en la estructura estatal ni en la formalidad jurídica.

En Roma, la potestas era “propia de los magistrados… Sus decisiones eran obligatorias… porque así lo decía la Ley”. La auctoritas —independiente de la ley, “indelegable y no-territorial”— residía en la persona, en su prudencia[1] y su prestigio. Pero lo singular de la experiencia americana es que estas categorías no se disocian como instancias diferenciadas de un Estado maduro, sino que se mezclan en el terreno vivo de las prácticas comunitarias. El cabildo colonial, la república de indios, la conducción criolla y la mediación del cura doctrinero ensamblaron, en los siglos virreinales, un tipo de autoridad que no se ajustaba a la lógica estamental hispánica ni a la lógica contractualista moderna. Allí donde el mundo europeo producía instituciones especializadas, la América criolla produjo formas de reconocimiento, apropiaciones, armonizaciones e innovaciones.

Juan Agustín García, en “La ciudad indiana”, describió esta matriz originaria como una “civilidad sin Estado”, un modo de convivencia que no requería la arquitectura racionalista de la modernidad porque descansaba en vínculos inmediatos de confianza y en la adhesión personal a figuras de prestigio comunitario. La figura del alcalde, del encomendero paternalista o del capitán de milicias no remitía a un poder jurídico-normativo sino a una suerte de autoridad doméstica extendida, donde la comunidad reconocía virtud, coraje o prudencia. Esa autoridad se aproximaba más al sentido romano —sabiduría reconocida— que a la legalidad moderna. En ese universo, la potestas no podía desvincularse de su legitimación ética: quien ejercía mando debía estar ya revestido de reconocimiento previo. Esa base antropológica forjó una comprensión del poder difícil de captar desde las categorías modernas.

El análisis de la conducción política en la América profunda revela una tensión persistente entre las lógicas fundantes del mestizaje y los imperativos racionalizados de la modernidad. Esta fricción se manifiesta en la dicotomía entre la potestas —el poder legal, técnico, procedimental— y la auctoritas —la autoridad moral, existencial y carismática—, siendo esta última la única fuente de legitimidad reconocida por el hombre americano en su configuración criolla. Allí donde la teoría occidental moderna, hija del liberalismo y de la racionalización administrativa, busca anclar el poder en la legalidad abstracta, la tradición criolla exige que el mando sea expresión de una adhesión vital, no de un expediente jurídico.

Según Carlos Astrada, la emergencia del poder político legítimo en la tradición gauchesca no se halla en el orden jurídico-formal, sino en la “adhesión vital” del pueblo a la figura que encarna su destino histórico. En esta matriz ética, el gaucho aparece como un sujeto trágico que rechaza el mandato arbitrario porque lo experimenta como agravio a su dignidad. El ideal de libertad y autonomía es innegociable y constituye el fundamento último de la obediencia. Martín Fierro, arquetipo de dicha dignidad, lo expresa sin ambages: “Mi gloria es vivir tan libre / como el pájaro del cielo” (Canto I). Por eso, la obediencia no es un imperativo externo, sino un acto de reconocimiento. El criollo se “entrega solo al que considera digno”, y esa dignidad nunca procede del cargo, sino de la probidad moral, la justicia ejercida y la rectitud demostrada en la praxis. Este ethos reinstala la primacía de la auctoritas sobre la potestas: el poder solo es aceptado cuando surge del respeto íntimo que inspira el conductor, nunca de la formalidad que lo inviste.

La resistencia a la potestas meramente técnica se comprende cabalmente al incorporar la perspectiva de la geocultura formulada por Rodolfo Kusch. Para Kusch, el mestizaje es la matriz de un pensamiento relacional anclado en la experiencia del “estar” americano, que se opone al “ser alguien” occidental, ligado a la objetividad, la propiedad y la racionalización. La tradición política moderna, de raíz maquiaveliana, racionalizó el poder y lo separó de toda ética trascendente, convirtiéndolo en pura técnica, cálculo, eficacia y adquisición, conservación y expansión del poder. Desde la sensibilidad popular, esa escisión es percibida como una fagocitación que violenta el equilibrio del “estar”. En el mundo simbólico del criollo, la imposición de un poder desvinculado de la tierra y de la comunidad se traduce en maltrato e injusticia:

Lo miran al pobre gaucho
 como carne de cogote:
 lo tratan al estricote,
 y si ansí las cosas andan
 porque quieren los que mandan
 aguantemos los azotes

 (Canto 9).

La injusticia, así entendida, no es un error de gestión ni un defecto técnico, sino la consecuencia directa de una conducción que ha perdido su fundamento ético y se erige desde el principio del “ser alguien”, principio que es experimentado como autoritario. El orden político buscado debe, entonces, emerger del pensamiento negado y popular, donde el jefe mantiene el lazo con la evidencia de la tierra, con la comunidad y con aquello que Kusch entiende como la gravitación telúrica del “estar”.

La aclamatio aparece, en este sentido, como el hilo vital que enlaza la auctoritas con la potestas: es el momento en que el prestigio moral se convierte en energía de conducción. No se trata sólo de un reconocimiento pasivo, sino de un proceso activo mediante el cual la comunidad, sintiendo y amando una doctrina[2], transforma la autoridad moral en capacidad real de dirección. En esa operación colectiva, la aclamatio funciona como aquello que Perón identificaba en la formación política: no basta conocer la doctrina; es necesario sentirla, incorporarla como mística y convertirla en fuerza motriz. Así, la conducción —ese arte que exige principios, intuición y una respuesta inmediata a los fenómenos del cuerpo social— emerge como la realización última del prestigio reconocido. La aclamatio es, entonces, la condición que permite que la auctoritas no quede en mero enunciado y que la potestas no derive en simple técnica: es el punto en que la comunidad otorga, por su propia dinámica vital, la legitimidad operativa para que alguien pueda conducir. Por ella, la autoridad se vuelve dirección, y la dirección se vuelve un acto colectivo donde teoría, doctrina y acción encuentran su unidad. Ella articula el lazo afectivo entre el conductor y el pueblo organizado, convirtiendo en legítimo el ejercicio de la fuerza siempre que la figura consagrada preserve el equilibrio del vínculo colectivo. En Roma “la palma abierta de la mano representaba la potestad”, mientras “dos dedos levantados simbolizaban la autoridad”. La aclamatio sería, en claves criollas, el gesto comunitario que habilita a la mano a abrirse o cerrarse: el momento simbólico en que la multitud dice sí, éste es. No hay separación entre ética y política, porque es la conducta del líder lo que mantiene vivo el reconocimiento.

En esta clave, la aclamatio criolla puede comprenderse como la supervivencia, en tierras americanas, de una forma hispánica de entender el poder que hunde sus raíces en el pactismo aragonés y en la razón práctica de los teólogos-juristas de la Escuela de Salamanca. Tanto Vitoria como Suárez –aunque este último introdujera tensiones que preludian el racionalismo moderno– partían de una premisa que la tradición aragonesa ya intuía: la comunidad no es un agregado de individuos, sino un cuerpo moral que reconoce autoridad allí donde percibe virtud, prudencia y capacidad de custodiar el bien común. En Aragón, la potestas regia se equilibraba con fueros, Cortes y costumbres vivas, de modo que la auctoritas no era un atributo abstracto del monarca, sino el fruto de un reconocimiento situado, casi corporativo. Ese humus pactista, que concebía la autoridad como algo recibido y no impuesto, viajó a América junto con la administración de los Austrias, hibridándose con el mundo indígena y dando lugar a una comprensión del poder donde la ética de la conducción prevalecía sobre la forma jurídica del mando.

Por eso, cuando la Monarquía Hispánica se trasplantó al Nuevo Mundo bajo el régimen polisinodial de los Austrias, lo que llegó no fue un absolutismo, sino una constelación de prácticas consuetudinarias, órganos colegiados y equilibrios territoriales que recordaban que la autoridad debía ser prudente, deliberada y vinculada al cuerpo social. En ese contexto, las enseñanzas de Vitoria sobre la iurisdictio no fueron doctrinas abstractas, sino categorías vividas cotidianamente en cabildos, reducciones y comunidades criollas. La crítica suarista al absolutismo –aunque tensionada por su teoría de la traslación– convivió en América con la experiencia guaranítica, donde el jefe era reconocido antes por su conducta que por su investidura; y también con la emergencia del mestizaje criollo, que produjo un modo propio de conferir autoridad basado no en la pureza sanguínea ni en la legalidad formal, sino en la aptitud moral para sostener un orden justo. La auctoritas, así, no emanaba del título, sino del vínculo viviente entre conductor y comunidad, y la potestas se legitimaba por la continuidad concreta de ese reconocimiento.

La ruptura borbónica quebró aquella arquitectura tradicional que había articulado pactos, fueros y mediaciones comunitarias. Al imponerse la potentia absoluta del centralismo francés, las categorías pactistas —y con ellas la sensibilidad criolla para reconocer autoridad— fueron reemplazadas por una racionalidad administrativa que pretendió clausurar el juego vivo de la aclamatio. Sin embargo, ese gesto no logró borrar la tradición recibida. Los criollos, formados en el mestizaje entre las doctrinas de Salamanca, las costumbres aragonesas, las prácticas cabildales y la ética comunitaria indígena, preservaron otra manera de entender el poder. Para ellos, ni la legalidad bastaba por sí misma ni la legitimación se agotaba en un procedimiento formal: lo decisivo era la continuidad moral entre quien conduce y el pueblo que lo habilita. De esa matriz —premoderna, pero recreada en clave americana— surgió una sensibilidad política distinta, donde la auctoritas se reconoce por la conducta, la potestas se ejerce como arte prudencial y la aclamatio funciona como el acto comunitario que confiere vida a la autoridad, como en la antigua corona de Aragón o en la filosofía política de Suárez, pero transfigurada por la experiencia histórica de estas tierras.

La modernidad europea, en cambio, edificó su edificio conceptual sobre la figura del individuo propietario y sobre un Estado soberano que pretendía prescindir de toda textura comunitaria. Ese andamiaje, que convirtió a la forma jurídica en garantía autosuficiente de legitimidad, se completó con un gesto aún más radical: la destrucción deliberada de las mediaciones corporativas que habían sostenido la vida social durante siglos. La Ley Le Chapelier de 1791, prohibiendo gremios, simbolizó esa ruptura a gran escala. Europa declaró sospechoso todo vínculo comunitario que no emanara del Estado, y expulsó del corazón del orden político a los cuerpos intermedios que organizaban oficio, pertenencia y sentido. La norma escrita reemplazó así a la experiencia viva, y la abstracción individualista se impuso sobre la memoria organizada de los oficios.

Ese quiebre, devastador en el Viejo Mundo, no llegó a América de modo total. En estas tierras, donde la colonización combinó jerarquías rígidas con resistencias capilares, sobrevivió una sociabilidad heredera de la lógica gremial aunque desprovista de su marco formal. El gaucho —lejos de ser un sujeto aislado— conservó una tradición de mediaciones que recordaba al viejo mundo corporativo: una ética del oficio rural transmitida de generación en generación, normas no escritas que regulaban trabajo, lealtad y autoridad, y una forma consuetudinaria de organización que encontraba en la milicia una prolongación natural. Ese “estatuto del gaucho”, más costumbre que código, actuó como refugio de la memoria gremial abolida en Europa, ahora resignificada en clave criolla. En esas prácticas persistió algo que la modernidad europea había decidido hacer desaparecer: la idea de que la dignidad del trabajador se afirma no en la pura individualidad, sino en un cuerpo social que se reconoce solidario.

En ese terreno fértil emergió el caudillo, figura ininteligible para una matriz liberal que sólo concibe individuos frente al Estado. El caudillo pudo ser conductor, protector y órgano representativo de las masas rurales precisamente porque la trama comunitaria que lo sustentaba no había sido demolida. Allí donde Europa había roto la mediación gremial para fundar la legalidad moderna, América conservó otra forma de legitimidad: una auctoritas nacida de la experiencia colectiva, una potestas reconocida y no simplemente otorgada, una aclamatio como condensación viva de una comunidad organizada, aun sin gremios formales. No resulta extraño que Jauretche lo describiera como “el sindicato del gaucho”: ante la ausencia de corporaciones institucionalizadas, el caudillo asumía la función protectora, negociadora y representativa que en Europa habían cumplido los gremios antes de su proscripción.

Ese subsuelo comunitario explica también la persistencia del fuero gaucho, la adhesión a las milicias y la fuerza de las montoneras. Donde la modernidad europea quiso instalar un individuo desarraigado, la experiencia criolla mantuvo viva una ética común del trabajo y la defensa. Fue esa continuidad la que permitió que, ya en el siglo XX, el Estatuto del Peón no apareciera como una anomalía, sino como la actualización política de un hilo histórico sedimentado en la memoria popular. Mientras Europa desmantelaba sus viejas corporaciones en nombre de la ley, estas tierras conservaron una noción de comunidad trabajadora que encontró en el gaucho su expresión temprana y en el peronismo su reorganización moderna.

Frente a la arquitectura moderna y abstracta, el universo criollo desarrolló otra gramática del poder: en él, la autoridad no surge de un procedimiento sino del arraigo, de la fidelidad, de la percepción concreta de que quien manda encarna más que una regla, encarna un modo de vida compartido. La autoridad criolla es vivida, afectiva, situada; no se funda en expedientes, sino en la memoria moral de la comunidad. La validez del poder, en este horizonte, no se reduce a la corrección jurídica: requiere resonar con una trama ética e histórica que le dé espesor. La ley no basta si no expresa la voluntad profunda de la comunidad, del mismo modo que la institución fracasa cuando carece de reconocimiento social.

Esa fricción entre una autoridad sustentada en la norma y otra sustentada en el vínculo marcó la historia argentina. Muchas veces la legalidad fue desplazada por figuras cuyo prestigio ético superó la fuerza de la ley escrita; otras veces la ley fue moldeada por minorías poderosas, vaciada de sentido comunitario. La estabilidad solo aparece cuando poder y ley se someten a un doble principio: que la fuerza del mando respete el límite jurídico, y que la norma respete el horizonte de valores reconocidos por la comunidad.

Esta tensión se manifestó claramente en el siglo XIX en la disputa entre unitarios y federales. Los primeros buscaban un Estado racionalizado a imagen europea; los segundos defendían un poder basado en comunidades locales y en la autoridad moral de sus jefes naturales. El liberalismo condenó al caudillismo sin comprender que se trataba de una forma alternativa de articular autoridad y obediencia, donde la auctoritas precedía a la potestas y la legitimidad no nacía de un diseño institucional, sino del reconocimiento colectivo.

En este marco, la tríada criolla —auctoritas, potestas, aclamatio— expresa un modo distinto de concebir la política, ajeno a la tríada liberal que separa legitimidad, legalidad y legitimación. Aquí la aclamatio no es la opinión voluble de la multitud, sino la manifestación de la continuidad ética entre jefe y comunidad: un acto de donación política. La comunidad reconoce a quien la representa; la norma, entonces, debe ser digna de esa obediencia. Cuando la ley carece de auctoritas, se vuelve letra muerta; cuando la potestas se ejerce sin reconocimiento, deviene tiranía. En cambio, cuando las tres dimensiones se equilibran, el orden político adquiere densidad.

Trasladar esta tríada al pensamiento argentino no es un ejercicio erudito, sino una iluminación: América no es una copia defectuosa de Europa, sino una elaboración propia. La auctoritas criolla es ética, la potestas es personal y prudencial, la aclamatio es comunitaria y no individualista. Esta combinación genera una forma de poder donde liderazgo y vida moral se vuelven inseparables, y donde la comunidad evalúa de modo constante a quien conduce. Por eso nuestra tradición, más aristotélica que maquiaveliana, no concibe la política sin virtud. Y por eso figuras como Artigas, Güemes o Perón no pueden comprenderse fuera de esa unidad entre ética y poder que la teoría política profesional, encerrada en su laboratorio liberal, no logra descifrar. La tríada criolla no es un residuo arcaico: es una forma viva de pensar el poder desde estas tierras, fundada en la continuidad histórica de un pueblo que nunca aceptó ser reducido a individuos solitarios frente al Estado, porque siempre se supo comunidad antes que abstracción jurídica.

El constitucionalismo europeo moderno, hijo de la Revolución Francesa, del iluminismo y de una razón legisladora que pretende ordenar el mundo desde abstracciones universales, concibe la potestas como un punto de partida previo a toda comunidad. Su arquitectura unitaria y racionalista se edifica sobre la idea de que la ley precede al vínculo social y lo modela desde afuera, continuando una larga tradición que llega al liberalismo reformista. Ese marco exógeno alimentó en la Argentina, durante la colonia y buena parte del siglo XIX, una formación intelectual que Alberini describía con precisión: una enseñanza importada, que convivió en Córdoba, Chuquisaca y Buenos Aires con la penetración de ideas modernas de Locke, pasando por Rousseau hasta el iluminismo benthamista. Pero mientras esas corrientes intentaban imponer un constitucionalismo a priori, la vida política real del territorio seguía otra lógica, una lógica más antigua y más propia, en la que la comunidad, antes que la ley, era la que otorgaba forma y medida al poder.

En ese trasfondo emergió un constitucionalismo distinto, no escrito en la retórica universalista del derecho europeo, sino encarnado en prácticas federales, pactistas y consuetudinarias, donde la potestas no se imponía desde arriba sino que brotaba de la auctoritas reconocida en los jefes naturales de cada provincia. Fue el orden de los caudillos, pero no como desviación, sino como continuidad de una matriz espiritual y material forjada en el mestizaje y consolidada en la experiencia americana del mando y la defensa. Las comunidades del Plata no se organizaban por la fría regularidad de un procedimiento, sino por el calor de un reconocimiento recíproco, tal como Alberini intuía al revisar la historia filosófica de nuestras constituciones, contraponiendo el iluminismo abstracto de Rivadavia con la densidad histórica que Pedro de Angelis y los caudillos federales imprimieron al país real. Así, mientras Europa avanzaba hacia un constitucionalismo racional-legal, homogéneo y centralizado, en América se afirmaba un constitucionalismo otro: territorial, plural, empírico, nacido del pacto y no del diseño previo, alimentado por la ética común y no por la geometría del legislador.

Por eso, en la Argentina de la Confederación, la auctoritas antecedió siempre a la potestas. Alberini lo comprendió al advertir que la filosofía que pretendió injertarse desde Europa nunca logró reemplazar la experiencia vivida de las provincias, donde el mando se legitimaba por la conducta, la presencia y la capacidad de conducir a la comunidad en la guerra y en la paz. Esa legitimidad concreta —que los pactos federales, la acción de Artigas, de Güemes, de López y de tantos otros encarnaron— no fue un resabio primitivo, sino el modo criollo de comprender el poder político. Un poder que no se decreta, que no nace del papel ni de la voluntad iluminada de un reformador, sino de la aclamación que la comunidad otorga a quien reconoce como digno. Allí donde el constitucionalismo europeo ve déficit institucional, el constitucionalismo criollo ve continuidad y arraigo. Y es esa tradición —federal, consuetudinaria, espiritual y propia— la que sigue marcando, aun hoy, la diferencia entre una legalidad exógena y una legitimidad que nace de la tierra, de la historia y de la convivencia real entre quienes habitan el país.

En esta clave, la aclamatio no es un rito accesorio, sino el momento constituyente del poder político. A diferencia del voto secreto y obligatorio, que busca garantizar igualdad formal, la aclamación es una práctica comunitaria que expresa una valoración moral compartida. Es el pueblo reunido diciendo quién es “digno”, retomando la intuición romana de que la autoridad es una forma de saber socialmente reconocido. Cuando la multitud aclama, convierte la virtud privada en legitimidad pública. Produce un acto político fundante que habilita el ejercicio de la fuerza y, al mismo tiempo, limita su alcance.

Este equilibrio entre habilitación y límite es central. En la tradición criolla, la potestas legítima es aquella que se mantiene siempre en relación con la auctoritas. El pasaje romano enseña que la crisis política surge cuando “el que tiene dos dedos levantados quiere levantar los tres restantes”, es decir, cuando quien detenta autoridad pretende convertirse en poder absoluto. Tal movimiento —convirtió Augusto en modelo inaugural— destruye la distinción originaria entre prestigio y fuerza, precipitando la confusión entre el saber prudencial y el gobierno coactivo. La Argentina ha experimentado reiteradamente esta tensión: figuras que nacieron como líderes reconocidos por su virtud comunitaria derivaron en intentos de concentración de poder, y allí se fracturó el pacto.

Sin embargo, la historia argentina también muestra el reverso de esa lógica: gobiernos que, incapaces de despertar adhesión real, intentaron sostenerse únicamente en la formalidad del cargo. Allí donde la cultura política exige una legitimidad que preceda al ejercicio del mando, la pura legalidad resulta insuficiente. De ese desajuste proviene la fragilidad de ciertos gobiernos constitucionales: pudieron ocupar el lugar del poder, pero no lograron encarnar un principio que la comunidad reconociera como propio, y sin ese reconocimiento profundo ningún liderazgo se estabiliza.

El 17 de octubre constituye la expresión más nítida de esta matriz cultural. La multitud que marchó ese día no lo hizo convocada por un reglamento ni en defensa de un procedimiento, sino porque intuyó que su conductor, injustamente detenido, representaba un orden más justo que el sostenido por las autoridades de turno. El reclamo por su liberación no fue una mera protesta: fue una afirmación colectiva que colocó por encima del dispositivo institucional al vínculo vivo entre el pueblo y quien consideraba su representante legítimo. Ese gesto multitudinario reorganizó la escena política y convirtió un liderazgo todavía incipiente en una fuerza plenamente arraigada.

En ese acontecimiento se vuelve visible la lógica interna de la tríada criolla: la autoridad reconocida permite que la comunidad se exprese, y es esa expresión la que da solidez al mando. El poder no surge del título que lo habilita, sino de la relación que lo sostiene. El 17 de octubre no sólo mostró la energía de un pueblo movilizado, sino la forma en que, en nuestro país, la legitimidad se constituye antes que nada en el plano comunitario.

Esta comprensión del poder encuentra un eco profundo en la lectura aristotélica del pasaje del oikos a la polis. En el ámbito doméstico germina la vida en común, todavía regida por desigualdades naturales y necesidades inmediatas. Pero ese primer orden contiene ya la posibilidad de una forma superior de convivencia. Cuando los hogares se articulan en aldeas y estas en una polis, la vida humana se vuelca a un plano donde la palabra compartida funda la igualdad política y transforma el vínculo originario, conservando su densidad comunitaria pero despojándolo de su carácter jerárquico, en un primer momento.

            En la comunidad criolla, la figura del conductor no aparece como una autoridad exterior ni como una investidura otorgada desde arriba, sino como el hombre en quien se le reconoce una rectitud que no necesita proclamarse. El reconocimiento antecede al mando: primero se juzga la hombría de bien, la firmeza serena, la capacidad de afrontar la adversidad sin perder la compostura. De ese humus moral nace la conducción. Los versos que celebran el coraje sin estridencias y la dignidad que no se arrodilla esbozan ese ideal: el respeto se gana no por el miedo que se inspira, sino por la mesura con la que se conduce la propia vida. En ese universo, el que manda es ante todo un igual que ha demostrado, con el ejemplo, que puede sostener a los suyos.

Las virtudes que atraviesan la cultura popular rioplatense —la lealtad, la palabra firme, la hospitalidad, la valentía sin atropello— componen la trama ética que permite distinguir entre quien merece conducir y quien sólo ostenta un cargo. La figura del cantor rural —ese que transmite en coplas la memoria común— funciona como un recordatorio de que la autoridad legítima surge de la coincidencia entre la conducta privada y la expectativa colectiva. Su voz no vale por su volumen, sino por su autenticidad: dice lo que el pueblo siente y no logra formular. En esa identificación radica su peso moral, un tipo de auctoritas nacido del reconocimiento inmediato que otorga la comunidad cuando ve reflejados sus principios en otro.

Esa misma sensibilidad explica por qué, en el imaginario criollo, la autoridad no se confunde con la imposición. La ley puede ordenarlo todo, pero si no coincide con el sentido de justicia compartido, se vuelve una tela endeble que sólo retiene al débil. La crítica no apunta contra la idea de orden, sino contra su deformación. El gaucho que rechaza la arbitrariedad no pretende romper la convivencia: pretende restaurarla conforme a un código moral no escrito pero profundamente arraigado. La protesta aparece entonces como el gesto de quien defiende la dignidad de la comunidad frente a un poder que se ha apartado de ella.

De esta matriz surge una concepción criolla de la conducción que no glorifica al caudillo ni desprecia la institucionalidad: lo que propone es que ninguna estructura formal puede sustituir al juicio moral de la comunidad. La conducción auténtica sólo se estabiliza cuando existe sintonía ética entre el conductor y los conducidos, cuando las virtudes encarnadas por uno coinciden con las expectativas del otro. Por eso la autoridad verdadera se reconoce antes de que se formalice, y la obediencia surge como una forma de confianza, no de sometimiento. Allí donde la mirada moderna ve informalidad o desorden, esta tradición percibe coherencia y arraigo. Porque, para ella, el poder nace y perdura únicamente cuando se alinea con ese horizonte moral que el pueblo reconoce como propio.

  • imagen extraída de: https://pulperia.ar/pulperia-anclaje-de-tradiciones/

[1] La prudencia, o phrónesis en la filosofía aristotélica, se define como una virtud intelectual y ética fundamental, considerada la disposición racional, verdadera y práctica que tiene el ser humano para deliberar correctamente sobre lo que es bueno y conveniente para vivir bien en general. Es la cualidad propia del entendimiento práctico que orienta la acción hacia la realización del bien supremo del hombre, yendo más allá del simple conocimiento teórico al referirse a las cosas humanas y lo que es objeto de deliberación para dirigir cualquier acción hacia fines determinados. En esencia, la phrónesis es la capacidad efectiva para guiar la acción rectamente al discernir y elegir los medios rectos a nuestro alcance para alcanzar el bien, siendo especialmente relevante para los administradores y políticos en el ámbito ético-político.

[2] La doctrina es esencialmente un sistema teórico y práctico que ofrece grandes líneas de orientación y principios para guiar la acción, buscando una unidad de concepción y acción dentro de un grupo o comunidad, y destacándose por su intención de ser realizable, adaptable y coherente con una realidad concreta. Se diferencia de la ideología, que es un sistema de ideas que, a menudo, estructura la realidad, camufla una voluntad de poder y puede operar como una “falsa conciencia” que oculta la dominación. A su vez, se distingue del dogma, que es una proposición o creencia indiscutible dentro de un sistema, cuya aceptación es obligatoria y se resiste a la crítica o modificación, operando con una rigidez epistémica que la doctrina busca evitar para mantenerse elástica y vigente.

Juan Facundo Besson
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