Ernesto Dufour

[1] Una primera aproximación  puede encontrarse en Di Vincenzo, F.- Dufour, E., (2020). Indios, criollos, transnacionales y británicos: reflexiones sobre la nacionalidad argentina. Disponible en https://nomeolvidesorg.com.ar/archivo/indios-criollos-transnacionales-y-britanicos-reflexiones-sobre-la-nacionalidad-argentina-por-facundo-di-vincenzo-y-ernesto-dufour/

El presente ensayo cierra una serie de tres trabajos que reflexionan acerca del vínculo vital entre indios, criollos y británicos en la formación surera argentina desde las categorías del llamado revisionismo geográfico[1].  Se trata de una perspectiva “espacialista”, que no escinde las dimensiones histórica y espiritual en el abordaje de lo propio, como un todo acá, tributaria ,en buena medida,de las categorías de geocultura y el estar americano del pensador Rodolfo Ghunter Kusch (1922-1979) y las zonceras sobre el espacio, de Arturo Jauretche (1901-1974). Una perspectiva que da cuenta de una geopolítica surera en la formación nacional argentina cuyo carácter medular – es decir, ligado a la ontología argentina  y no como mero anexo o excrecencia- no resulta lo suficientemente tematizado en clave geo (estratégica- histórica- espiritual) o, lo que es lo mismo,  desde el estar-siendo nacional. Una centralidad surera en pleno auge, visibilidad y creciente dramaticidad debido a los acontecimientos suscitados a partir  del “trapo de Malvinas”[2].  Así, este “fondo de iceberg” malvinero reemerge impetuosa y desfachatadamente como “punta anfibia”[3] por la propia dinámica de los flujos oceánicos… una vez más. 

En esta entrega final nos focalizaremos en dos componentes “biofísicos” nodales desde esta  perspectiva:  Mar y Mestizaje, en tanto numen de nuestra formación territorial (ergo, existencial) que nos permite recolocar el foco de atención en un hecho decisivo y no lo suficientemente procesado -o bien, invisibilizado o desustanciado desde matrices de pensamiento racionalistas-,  el papel de nuestros paisanos los indios durante las invasiones inglesas de 1806-1807.

En la actualidad, cuando se habla genéricamente de la cuestión indígena en la argentina, cobra relevancia mediática la referencia a los mapuches por encima de otras “parcialidades”, estrechamente vinculado al fogoneo por parte de ONGs internacionales con sede en Bristol[4]. En rigor (histórico, geográfico, etnológico), en esa referencia se engloba en realidad a tehuelches, pehuenches, puelches, furilofches, huiliches y demás parcialidades indígenas y criollas ya lo suficientemente mestizadas dado que no hay identidades étnicas o culturales “puras” o intocadas. O, pensando junto a José Vasconcelos en su  libro la Raza Cósmica (1925), no existe tal cosa como la pureza de origen. Siempre venimos de algún otro lado. En última instancia el único origen indubitable es el cosmos en tanto “punto 0” desde donde partimos y – aunque sea apenas perceptible- todavía estamos. Por eso, la identidad mapuche no es puramente mapuche. Los mapuches hoy son básicamente mestizos o criollos. Es cierto que en algunos lugares tierra adentro se puede encontrar “más puros”, pero ya culturalmente argentinos. Por ejemplo, en la festividad mapuche que se desarrolla durante el solsticio de invierno en la que se hace la prerrogativa a la tierra a través del Curanto cocinado en un horno bajo tierra, después de elaborarlo se baila chamamé y todo el folklore argentino.

El paleontólogo, arqueólogo e historiador, Rodolfo Casamiquela[5] afirmaba que el 99% de los que se definen como mapuches son en realidad de origen tehuelche, es decir, “indios argentinos” a diferencia de los mapuches “indios chilenos”, en una suerte de “etnicismo invertido” que asocia linealmente etnia con nación, según su perspectiva. Pensarlo de ese modo también esquemático  y, a la postre, asimismo “purista”, en tanto presupone que argentinos y chilenos somos  “ étnicamente excluyentes” – constituye una ratificación del “nacionalismo de patria chica”, esta vez en clave étnica-antropologica. Nociones que intentamos complejizar en la presente serie de ensayos[6].

Nuevamente, como hicimos mención en las dos entregas anteriores, observamos que el problema de base en la “cuestión indígena” del sur argentino radica en la adscripción etnocentrista – sea la etnia que fuere, incluidas las europeas- como elemento dador de legitimidad y vehículo garante de nacionalidad  per se lo cual supone grupos étnicamente intocados en contraposición (y no en fusión, la cual no significa armonía exenta de conflictos) a otros grupos igualmente “autoengendrados”. Es decir, un enfoque abstracto y a priorístico de carácter  ahistórico, desterritorializado y prepolítico que ha predominado en nuestras conciencias como subproducto de la colonización cultural y pedagógica vinculada, en este caso, a la “vocación racialista” propia del ethos cultural anglosajón de base protestante.

Se trata, por el contrario, en sintonía con la vasta producción del pensamiento nacional latinoamericano, de restituir la densidad histórica y geocultural de la formación territorial argentina vívidamente signada por el mestizaje étnico sí, pero antetodo cultural, categoría nodal que queda absolutamente invisibilizada ante la rigidez metodológica sesgada de taxonomías clasificatorias de base genética y/o “nacional de patria chica”, por caso.

Amelia Podetti, Angel Rosenblat[7] y Graciela Maturo coinciden en señalar al mestizaje como el proceso central en la formación demográfica, cultural y espiritual de la América ibérica cuya fusión de sangres gestó un ethos cultural único y original. La conciencia ecuménica de raíz profundamente cristiana que la civilización española trajo a estas tierras terminó encontrando su cauce acá. Los pueblos indígenas y criollos la hicieron cuerpo “a su manera”. Es decir, amalgamando – no reemplazando- el cristianismo con sus propias creencias ancestrales , conforme al modo de ser y estar en américa,  vitalmente ligado al paisaje y a la comunidad realmente existente. Es lo que lleva a Amelia Podetti[8] a afirmar que el continente americano – forjado en los valores del humanismo indiano, como una vasta unidad geográfica y espiritual de enorme significación a escala planetaria- es quizás la única región verdaderamente católica del mundo en la medida que es el lugar donde los valores cristianos devinieron cultura viva del pueblo mestizo. Basta pensar la enorme significación que representan las peregrinaciones a la Virgen de Guadalupe en México, de Nuestra Señora de Copacabana en Bolivia o de la Virgen de Caacupé en Paraguay, por citar solo tres ejemplos de países considerados con población mayoritariamente indígena. La llegada de España a América no solo cambió para siempre la realidad americana preexistente sino que transformó irremediablemente a la misma España “antes de América” –  en contrapunto con cierto pensamiento hispanista que asume la conquista como una mera expansión cuantitativa de la civilización hispánica en otras latitudes- e, incluso, transformó al propio Catolicismo al “ redimir ” a la Iglesia “transatlántica” de su condición de mera estructura de poder.  Como sostiene Amelia Podetti, la irrupción de América en la historia es tal que crea la propia categoría de Occidente,  permitiendo a europa constituirse como centro gravitacional a escala planetaria y superar su constreñimiento subalterno de siglos en tanto pequeña península del gran continente euroasiático. A despecho también del pensamiento indigenista que promueve la creencia inducida de “naciones” puras e intocadas solo moldeadas por la cosmogonía del “buen vivir”  lo cual  no resiste el más mínimo análisis en cotejo con la verdad histórica y realidad geográfica realmente existente.

Muy por el contrario, como ya dijimos, se dió un fenomenal proceso de mestizaje sobre todo cultural, insistimos – único en la historia universal y del que todos somos hijos independientemente del apellido o el color de piel que portemos[9]– a partir de la transformación ontológica universal que significó el orden español en América. A partir del cual se fue conformando en el transcurrir de los siglos lo que pensadoras como Graciela Maturo[10] y Amelia Podetti[11] denominan sociedad indiana y comunidad de naciones unidas por la fe[12] forjada en el intercambio vital – que no significa ausencia de conflicto, insistimos, incluso étnicos-  entre indios, españoles, descendientes de africanos y criollos durante más de cuatro siglos en américa.

Se torna necesario no perder de vista que todo proceso histórico no representa un compartimento estanco respecto de otras dimensiones, entre ellas las determinaciones y/o  condicionantes geográficos y la acción política contingente que constituyen, a modo de nudo borromeo, un continuo incesante de politización-espacialización-subjetivación, ce carácter dinámico, al tiempo que relativamente estable, conforme a la metáfora regeneradora de sedimento, noción fecunda que se impone por encima de la de “esencias” o “constructos”, más acordes a las categorías del pensamiento normativo occidental en sus distintas vertientes. En el caso de la “américa antes española” signada por la fe católica revivificada y el mestizaje, no puede pensarse sino desde una espiritualización activa que se despliega cotidianamente en la realidad popular (mestiza , índigena y criolla) en un plano ritual, no como mero dato de color  apenas “superestructural” sino en su núcleo, como horizonte organizador del estar-siendo acá o… nosotros estamos.

Volviendo a nuestro Sur, la llamada expansión araucana o araucanización de las pampas, entonces, fue un proceso largo y complejo que es indisociable a los procesos concomitantes de tehuelchización y criollización sedimentados durante siglos en el vasto espacio de la región patagónico-pampeana, con todo lo que ello conlleva en términos de mutua  fagocitación[13].

¿Y el mar? ¿Cómo jugó en la conformación de nuestro sentido de pertenencia territorial?¿Cómo incorpora la formación argentina en su estar nacional  la patagonia, su litoral marítimo y ,más allá, la Antártida?, el flanco atlántico de la patria, al decir de Rodolfo Kusch. ¿Cuál es el comportamiento de la nacionalidad frente al mar? Kusch, en su geocultura del hombre americano nos brinda un puerto de partida instigante:  “ el mar es un problema del pueblo”[14] en el intento de encontrar respuestas.  En rigor, la obra de Kusch que, bien leída, no se reduce a una etnología del mundo andino,telúrico per se sino, en contraste,  a la del propio no-estar citadino, clasemediero y bienpensante a la luz  de la américa profunda, siempre – este última- prendida al suelo -y por tanto al cielo-  en donde el “ ilustrado aprende del humilde”[15].   

¿Y el mar entonces?… es un problema del pueblo, decíamos junto a Kusch, en la medida que ese no-estar anfibio de la conciencia territorial argentina luego de Caseros y Pavón,  prefigurada por la oligarquía  portuaria triunfante, emerge paradójicamente  de espaldas al mar. Una negación territorial curiosa o, antes bien, culposa dado que el modelo agroexportador que sostiene la cosmovisión terrateniente (y viceversa) requiere, como condición ineludible de existencia, la presencia de barcos y rutas marítimas que permitan alcanzar los mercados en moneda fuerte y poder colocar, mercantilmente hablando,  los productos de la tierra. Así, para la oligarquía argentina, asentada existencialmente en la pampa y la estancia, el mar era un asunto que, en todo caso, la tutela británica debía resolver.

Si nos remontamos a algunos siglos antes y, anfibiamente, hacia las costas de la patagonia oriental, es posible encontrar, curiosamente, elementos en común entre el vínculo primigenio de los tehuelches con el atlántico y la cosmovisión de espaldas al mar de la “parcialidad” oligárquica decimonónica.

A diferencia de los pueblos canoeros del extremo sur,  los tehuelches,  tanto meridionales como septentrionales, no tenían un vínculo funcional con el mar. Si bien desde tiempos ancestrales en tanto poblaciones cazadoras-recolectoras con cercanía al mar, se proveían de recursos marinos encontrados en la costa atlántica de manera estacional,  no manejaban la pesca como parte de sus prácticas de subsistencia. Paulatinamente, su alimento principal se basó en la caza de grandes animales, fundamentalmente guanacos de  la estepa patagónica mediante la utilización de boleadoras. Con  la introducción del caballo a partir del contacto con la sociedad hispano-criolla,  se  reforzó su vínculo con tierra adentro al generar un cambio notable en sus prácticas vitales signadas por el  nomadismo al permitir  el acceso a áreas de caza más distantes, ampliando enormemente y diversificando sus posibilidades de subsistencia.

Si bien los tehuelches no tenían hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX un vínculo económico o logístico con el oceáno profesaban sí un vínculo profundamente espiritual. En la cosmogonía tehuelche, el mar simbolizaba un espacio respetado, casi temido como barrera sagrada. Existen numerosos relatos míticos tehuelches en donde el mar ocupa un rol restrictivo, como un lugar no apto para vivir. Según la antropóloga Alejandra  Siffredi, en su estudio sobre el “ciclo de Elal”, héroe mítico de los aonik’enk  ( tehuelches, en su lengua original) que realiza su viaje final hacia el este, cruzando el océano sobre el lomo de un cisne blanco hacia una isla sagrada inaccesible para los vivos. La autora describe este viaje no como una desaparición, sino como la instauración de un “más allá” geográfico y sagrado que le otorga al océano atlántico un carácter de frontera cosmológica [16].

De acuerdo a la cosmovisión tehuelche, el origen del mar, o Arrok en su lengua, surge del llanto condensado del dios Kóoch, abrumado por su soledad, antes de la creación de la tierra firme. También incluye el mito de Goos, ballena que habitaba en un principio en la tierra, siendo un animal inofensivo de cuatro patas pero que, por su gigantismo, al bostezar o respirar fuerte absorbía las tolderías, guanacos, personas y todas las cosas del entorno que desaparecían dentro de su panza, haciendo imposible la vida. Por eso, interviene el dios mítico Elal, creador de todo para salvar a su pueblo. Elal se transforma en un tábano que se deja tragar por Góos con el fin de hacer picar su garganta y estómago con fuerza. Así, la ballena comenzó a toser y estornudar de forma tal que expulsó ilesos a todas las personas y animales que llevaba dentro. Elal determinó que la tierra firme era muy pequeña y frágil para un ser de semejante tamaño, por lo que decretó que el hogar ideal de Góos sería el mar. Al entrar al agua, sus patas cortas se convirtieron en aletas. Desde entonces, las ballenas viven en el océano, alimentándose únicamente de peces para no volver a dañar a nadie.

Siffredi y Bórmida[17] analizan detalladamente el rol de las ballenas y otros seres marinos en la cosmología tehuelche como custodios de las almas o entidades psicopompas[18], vinculando directamente la presencia empírica de los cetáceos en las costas patagónicas con el plano espiritual del pueblo tehuelche. Las metáforas y analogías posibles con Malvinas y el poder talasocrático británico devienen imágenes potentes.

Los tabúes del agua, explicados desde la perspectiva de la fenomenología de la religión, daban cuenta para los tehuelches del por qué ingresar al mar o navegar “violaba el orden establecido por los dioses”. La misma herejía podría aplicarse , en clave ritual, al pensamiento oligárquico argentino y su (in)conciencia oceánica de espalda al mar,  en el transcurso del ceremonial de sus negocios con los británicos dentro del panteón del libre comercio  al  prosternarse ante las ventajas comparativas de la pampa. La cuestión nos remite a las zonceras espaciales que nos legara Jauretche, “ el mal que aqueja a la argentina es la extensión”, “ a Buenos Aires le conviene replegarse sobre sí misma”. Tal vez por ello, Domingo Faustino Sarmiento sostenía que la Argentina no debía poseer una flota naval de guerra sino una escuadra de carácter fluvial con base principal en la ciudad de Zárate, a la vera del río Paraná, ahicito nomás de las estancias.

Lo cierto es que con la llegada de expediciones europeas a partir del siglo XVI se establecen numerosos contactos entre europeos y tehuelches en las costas patagónicas y paulatinamente, con el correr de los siglos, a esta cosmovisión se le solapan nuevas capas de sentido respecto “de lo que viene del mar”, directamente vinculadas al intercambio y comercio de objetos variados. Estos contactos pasaron de encuentros esporádicos a conformar un circuito comercial fluido durante los siglos XVIII y XIX, al punto de constituirse en una práctica de supervivencia recíproca,  tanto para los europeos – para quienes las costas patagónicas eran territorios desolados, carentes de riqueza, donde ninguna semilla prende, atravesados por el frío, viento y escasez de agua dulce- como para  los indígenas que incorporaron a sus prácticas el intercambio y el comercio como estrategia de supervivencia y poder de negociación con los blancos. Este intercambio creciente se desarrollaba  en distintos puntos patagónicos, muy particularmente en la Bahía de San Gregorio ( allí donde el estrecho de Magallanes se estrecha aún más), la bahía de San José -en la actual península Valdés- y en el estratégico asentamiento de Carmen de Patagones, en la desembocadura del rio Negro.                                                                                                                                      Para la sociedad hispano americana el mar meridional era un problema en el sentido que durante los primeros tres siglos de conquista española la formación territorial tenía una proyección casi exclusivamente altoarribeña,  volcada al norte y al pacífico hacia el eje Potosí- Lima- El Callao, con un carácter fuertemente telúrico. El flanco atlántico – el más débil- representaba un factor de amenaza ante las incursiones de  potencias rivales Inglaterra, Francia y Portugal. A partir del siglo XVIII  el contrabando de productos británicos a través de la Colonia del Sacramento en manos portuguesas implicaba el drenaje  ilegal de la codiciada plata potosina a través de esa vía.

Siguiendo a Kusch, el actual territorio argentino se conformó a partir de 4 núcleos geopolíticos primigenios, todos mediterráneos ( Norte , Cuyo, Paraguay y Del Plata). En principio, el eje litoral termina encontrando su sede en Asunción. Pocos saben después del paso por la escuela que la fundación definitiva de Buenos Aires en 1580 se realizó desde Asunción, capital del Guairá y no desde la península española. De aquella expedición integrada, según distintas fuentes, por unas 300 personas en total de las cuales solo unos 10-12 eran peninsulares , unos 50- 60 criollos americanos y el resto indios guaraníes. El eje que se aglutina en torno a los Valles Calchaquíes proveniente del norte, con origen en el corredor Lima y el Alto Perú. Finalmente, el eje que ingresa por Chile y se ubica en Cuyo.                                                  

El tradicional abandono de las costas meridionales por parte de la corona tuvo un punto de inflexión a mediados del siglo XVIII. En el caso de la patagonia España la reclamaba legalmente pero no tenía presencia efectiva. En principio,  realizó  expediciones exploratorias organizadas desde Buenos Aires. La expedición del piloto Jorge Barne con licencia del gobernador de Buenos Aires exploró la zona del puerto natural de San Julián en 1752. Tras la llegada de la dinastía de los Borbones al trono español (1765-1788), los asuntos geoestratégicos cobran relevancia debido , entre otros asuntos, al apoyo español a los independentistas norteamericanos y las posibles represalias británicas en otras partes del globo, especialmente en aquellos puntos más vulnerables de la América española como lo eran las costas patagónicas. Entre 1766 y 1770, se emanan once órdenes reales con destino al gobernador de Buenos Aires,  Francisco Bucarelli, sobre la cuestión de las avanzadas inglesas y francesas en el atlántico sur. El asentamiento  de Port Saint Louis en Malvinas de 1764 por parte de Francia y el de Port Egmont en 1770 en manos inglesas establecidos con el fin de controlar el pasaje bioceánico por parte de las potencias marítimas generaron alarmas en la corona.

En ese contexto, dos informes de profusa difusión  en los círculos de poder europeos generaron un fuerte impacto. El de Ambrosio O’Higgins de 1767  -futuro gobernador de Chile y luego Virrey del Perú además de padre del prócer chileno Bernardo O´Higgins-  en el que alertaba sobre el expansionismo británico en la patagonia  proponiendo medidas concretas de carácter integral y en perspectiva geoestratégica con una visión muy adelantada para la época que consistía en la creación de pueblos patagónicos y el establecimiento de una línea de postas, fortines y encomiendas entre la patagonia oriental y la ciudad de Valdivia asegurando los dominios hispánicos meridionales.  Según O´Higgins, entre estos seis fortines y los tres puertos patagónicos se pondría en marcha un circuito comercial de singular potencial. El intercambio comercial con los indios les facilitaría progresar hasta convertirse en ciudades. Y el conocido informe del padre Tomás Falkner, “Descripción de la Patagonia” de 1774, jesuita británico converso de origen  protestante que había misionado 40 años en la pampa- particularmente en las sierras bajas próximas al Cabo Corrientes, que luego se bautizara como Lagunas de los padres en honor a aquella misión- en el que tenía como objetivo demostrar que las costas patagónicas eran más propicias para un asentamiento británico que las Islas Malvinas por su condición menos hostil en términos ambientales. El padre – acusado por numerosas fuentes como espía británico- proponía que los ingleses se establecieran en la desembocadura del río Negro donde podrían establecer vínculos con los pueblos indígenas en contra de España y así sentar las bases para la captura posterior de Valdivia, Valparaíso y todo el Reino de Chile, antesala a la codiciada riqueza del Virreinato del Perú[19].

En este marco, la corona española tomó tres medidas decisivas. Por un lado, la creación del Virreinato del Río de la Plata con sede en Buenos Aires. Por otro, la recuperación de la plaza de Colonia de Sacramento en 1777 en manos portuguesas, vasallos de los británicos desde 1640. Y por último,  la creación de cuatro fuertes en la patagonia dentro de la jurisdicción de Buenos Aires desde dónde se inicio la exploración y ocupación de la Patagonia continental,  el fuerte de Nuestra Señora del Carmen de Patagones, en la margen izquierda de la desembocadura del río Negro; la villa de Puerto Deseado, el fuerte de San José, en la península de Valdés y la Nueva Colonia de Floridablanca, en la bahía de San Julián.

Mapa de la península Valdés  (1779) elaborado por Basilio Villarino, funcionario del Virreinato del Río de la Plata en el Fuerte del Carmen

Mapa de la península Valdés  (1779) elaborado por Basilio Villarino, funcionario del Virreinato del Río de la Plata en el Fuerte del Carmen

Con la creación del virreinato del Río de la Plata, el eje atlántico con asiento en Buenos Aires comienza paulatinamente a tener primacía respecto de los restantes núcleos geopolíticos primigenios como resultado de la respuesta española a las crecientes incursiones de otras potencias en la américa meridional. Buenos Aires pasó de  ser una “pequeña aldea” y  puesto de avanzada del contrabando británico- lusitano  en el último confín meridional del imperio, próximo a la frontera con el indio, a una “gran aldea” con estatus y recursos de una capital virreinal. Buenos Aires hacia finales del siglo XVIII era centro del contrabando de productos británicos desde Colonia del Sacramento y puerta de salida ilegal de la plata potosina. Con la creación del virreinato en 1776 se rompe con la tradicional conexión con la metrópoli a través de Lima. El vínculo naval directo a través del tránsito atlántico era lo que demandaba la élite criolla de la ciudad, deseosa de beneficiarse con el comercio de ultramar inglés de manera legal, el cual los borbones habilitaron intermitentemente estableciendo la aduana del puerto con apertura temporal o esporádica del comercio mar afuera.

Fermín Chavez[20], ubica el punto de partida de la cultura y la nacionalidad argentina en gestación, desde la óptica popular, no en un acto de tipo institucionalista, al gusto del pensamiento normativo liberal,  como el 25 de mayo de 1810 o la declaración de Independencia de 1816, sino en el momento y lugar donde emerge un sentido de arraigo y pertenencia a la comunidad. Siguiendo la huella de los relatos orales, cielitos, romances y versos gauchescos y payadas en clave historicista – ¿de qué otro modo pueden expresarse las ideas vivas del sentir popular?- Chávez ubica ese embrión del sentido de lo propio en 1777 precisamente luego del acontecimiento que significó la recuperación de Colonia del Sacramento en manos portuguesas. En aquel año, el  Virrey Pedro de Cevallos atacó y rindió esa plaza estratégica defendida por una flota angloportuguesa. Dicha acción generó una enorme algarabía popular y prolongados festejos en la banda occidental del Plata dando inicio a lo que Fermín Chavez dió en llamar la gauchipolítica. Crucial para entender la formación argentina durante el siglo XIX en tanto matriz cultural resistente a las imposiciones del poder oligárquico con base en la dicotomía sarmientina de Civilización y barbarie. Un episodio gravitante que marca el encuentro ( tan friccionado como revelador)  entre tierra y mar. El suelo -y por tanto, el cielo-  “detonado” desde el mar como resultante de la colisión frontal entre lo telúrico y lo talasocrático. 

Aquel acontecimiento  gauchipolítico de 1777 tendría una nueva manifestación décadas después, durante las invasiones inglesas, activada, una vez más, ante el avasallamiento imperial talasocrático[21]. Lo mismo sucedería en el siglo posterior, en 1982, con la reapropiación gauchipolítica del pueblo argentino de un nuevo “chicotazo” entre lo telúrico y talasocrático, al tiempo que manifestación anfibia del pueblo argentino durante la guerra de Malvinas. ¿O acaso por qué los soldados pelearon como lo hicieron en Malvinas con una entrega y convicción que es reconocida por los propios británicos ? ¿Por qué lo hicieron ? Si el grueso de la tropa no era profesional ( por tanto no por obligación laboral) ni mucho menos por plata, dado que no eran mercenarios como los gurkas. La respuesta es simple y al mismo tiempo misteriosa, los argentinos de a pie ( en las islas, mares, cielos y plazas del continente)  lo hicieron por la patria. Y como surge de los testimonios de los propios veteranos, La Patria, no era para ellos, en el momento álgido de estar prendidos a los pozos de trinchera, el DNI, las “vacas o la estancia” o cualquier otra “abstracción” semejante. Ni mucho menos la defensa de los “cálculos de poder” de un régimen dictatorial. Patria era el compañero de al lado o jefe directo presente junto a ellos,  el sentimiento de amor o gratitud hacia sus familiares, aferrados a las cartas y oraciones, el recuerdo del juramento a la bandera o  el palpar el crucifico o rosario junto a  la certeza íntima que lo que se estaba haciendo tenía sentido, un sentido justo y digno, al que había que honrar estando a la altura…nosotros estamos. Si cultura nacional es poder nacional, nos decía Fermín Chávez, el estar nacional [22] es poder nacional.

En la actualidad, la “profundidad abisal” del sentimiento malvinero en tanto constituye uno de los núcleos más potentes de la cultura popular argentina el cual desborda el contorno de las islas hacia los sentidos oceánicos y más allá antárticos, jalonados por una multitud de acciones de nuestra comunidad a lo largo de la historia y la geografia nacional. Un sentimiento que perturba y subvierte las zonceras espaciales de la intelligentsia, tal como da cuenta , una vez más, la reciente declaración denominada “Malvinas y la disidencia”[23], firmada por aproximadamente 90 personas pertenecientes a ámbitos intelectuales, universitarios y científicos en el que pretenden separar la “cuestión” Malvinas de la “causa” Malvinas. Constriñendo la usurpación territorial a una mera controversia, de carácter casi administrativo, reducida al campo del derecho internacional. 

Así, la acción popular ( no los diplomáticos ni los expertos) invisten  ese “lejano sur adonde vamos” – por tierra, mar y cielo- como  símbolo vivo que desborda todo territorio pero que -sin embargo- no puede inteligirse sino a través de él. Lo  surero se nos aparece no como un mero ambiente o locación escenográfica sino como una fenomenal cosmogonía de lucha y pertenencia a partir de la cual desplegar el ser y el estar en la parte más austral del continente americano. El sur no como el “fin del mundo”, así configurado por la imaginación europea, sino -acaso- el principio de todo.

En el cierre de la presente serie de ensayos, recuperamos un acontecimiento surero de primer orden de la formación argentina estrechamente ligado a las determinaciones del poder británico y la respuesta consecuente del pueblo realmente existente, más allá de toda mistificación o idealización que se desprende del planteo realizado.

Proponemos, a continuación, explorar un evento de enorme significación -subestimado o bien desustanciado como dato “curioso, anómalo o especulativo” por parte de la historiografía y la antropología académica-: la participación indígena durante las invasiones inglesas de 1806-1807 en el bando criollo, a despecho de las elucubraciones del padre Falkner.

Como es sabido, el  25 de Junio de 1806 una escuadra inglesa comandada por William Carr Beresford (Londres, 1768-1854) con 12 buques y 1660 hombres desembarcó en las costas de Quilmes con el objetivo de tomar la ciudad de Buenos Aires. De acuerdo a reportes de inteligencia las tropas inglesas sería recibidas como “libertadores”[24]. La Reconquista de la ciudad se realizó bajo condiciones y características extraordinarias. La máxima autoridad del virreinato de la Plata, el Virrey Sobremonte (Sevilla, 1745-1827) tomó una serie de malas decisiones, como por ejemplo: replegar a los veteranos de armas y a las milicias a la fortaleza sin siquiera saber el número de las fuerzas invasoras o la de retirarse apresuradamente del escenario hacia la campaña sur, más precisamente, Monte Grande.[25] Por otra parte, el virrey cumplió con las disposiciones establecidas por la corona española frente a una posible invasión: proteger el tesoro y replegarse hacia la ciudad de Córdoba para preparar desde allí una reconquista[26].

En consecuencia, los habitantes de Buenos Aires y la campaña sin la autoridad máxima presente tenían tres opciones sobre su destino. La primera, era la de aceptar el dominio inglés, más de un habitante embelesado por las supuestas bondades del libre comercio y la revolución industrial (como Mariquita Sánchez de Thompson o José Martínez de Hoz, comerciante de sebo y cueros, designado como administrador de aduanas por los ocupantes) eligió esta opción[27] junto a 64 vecinos vinculados a la “pandilla del barranco”,  al decir de Jorge Abelardo Ramos a los comerciantes porteños que se beneficiaban del contrabando de productos británicos que firmaron lealtad a las autoridades de facto inglesas, embrión de la oligarquía portuaria argentina. La segunda, consistía en esperar la reconquista que iba a venir desde la provincia de Córdoba. La tercera, era conformar milicias con los vecinos, orilleros y otros hombres y mujeres del Río de la Plata dispuestos y dispuestas a sacar de estas tierras a los anglosajones.

A los pocos días de la invasión de los ingleses, el plan de la Reconquista ya estaba en marcha. Álzaga se reunió con el comerciante porteño Juan Martín de Pueyrredón y Santiago de Liniers. Pueyrredón, hizo correr la voz en la campaña y en poco tiempo logró reunir a “los orilleros”. En la Reconquista, como señalan los estudiosos, los vascos, sevillanos y catalanes junto  a los orilleros, criollos, mestizos, pardos y mulatos, “ las castas” además de franceses que vivían en el Río de la Plata, a pesar de las múltiples diferencias de toda índole participaron en una misma lucha para expulsar al “inglés invasor”. No por extranjero en sí sino por ajeno a lo propio. No por distinto sino porque significaba una afrenta hacia la tradición arraigada en tres siglos en nuestras pampas signada por una misma religión, o bien, prácticas, liturgia y valores ecuménicos que se entreveraban con otras costumbres y vivencias de “tierra adentro”, condensándose en aquello que se dió en llamar catolicismo popular, vívidamente presente en la cultura criolla, hispánica pero también indígena en américa[28].

En resumen, existía una tradición común, palabra que deriva del latín traditio, que quiere decir “entregar” y/o “trasmitir” con base en valores del humanismo indiano[29]macerado durante tres siglos. Con los europeos vino el afán de lucro mercantil y la violencia que emanan de la voracidad por el oro y la plata, claro está, pero también llegó a estas tierras un humanismo de base cristiana, surgido de una cosmovisión medieval (no moderna, no material), que no había transitado la Revolución Industrial ni la Reforma protestante. De variadas maneras los sacerdotes y las congregaciones religiosas compartieron la cosmologia cristiana con los “naturales” lo cual pudo fundirse o amalgamar con otras creencias propias de estas tierras,  como la de los indios pampas y los gauchos, pardos o morenos logrando mantener un vínculo espiritual o metafísico entre los habitantes del Río de la Plata. En el marco de lo que Graciela Maturo denomina pensamiento teándrico[30] (comunión teo: Dios/antro:Hombre)aquel pensamiento que no cercena la dimensión mítica y la fe trascendente a la hora de pensar y obrar en las cosas del mundo.

Un  catolicismo que tampoco fue el mismo luego de entrar en contacto con la tierra americana. Se trató, en rigor, de una transfiguración de doble vía. No hubo aculturación sino fagocitación, en palabras de Rodolfo Kusch, del ser (europeo) por el estar ( americano). Fagocitación entendida como reabsorción de las influencias provenientes de Europa y otras latitudes. Hacer propio acá lo que viene de allá. Un humanismo popular de raíz cristianaque encontró en América el suelo propicio donde redesplegarse al encontrar “su lugar en el mundo”, como sostiene Amelia Podetti[31]. Habilitando y legitimando ante “los ojos de Dios y del Rey” el profuso mestizaje realmente existente a través del derecho indiano.

Los anglosajones, por el contrario, invadieron portando otra cosmovisión (materialista, racionalista, utilitaria, liberal, protestante, individualista: moderna), que nada tiene que ver con la idea de dejarse fagocitar sino de imponer. Llegaron con otra idea de guerra, ya que no querían apropiarse del Río de la Plata por necesidades “telúricas” (no era una guerra por alimento o por subsistencia, como era el caso del enfrentamiento recurrente en la frontera entre “estancieros” e “indios”) sino por el afán de obtener mayores beneficios materiales y estratégicos conforme a su lógica de despliegue de poder a escala mundial luego de la batalla de Trafalgar en 1805 y las necesidades e intereses emanados de su revolución industrial. Estas tierras – con todos los recursos y comunidades dentro- eran concebidas por los ingleses como una mercancía más o recurso utilitario. 

Ahora bien, ¿quiénes eran los orilleros que expulsaron a los ingleses? Diferentes estudiosos han mostrado que eran los que vivían en los bordes de la ciudad, gauchos, “pardos e indios amigos”, algunos eran peones de estancia, otros tenían una pequeña vivienda con alguna huerta y animales de corral. En muchos casos con mujer e hijos eran “conchabados” (viviendo en la propiedad de otro). Subsistían con el trabajo “por temporada”, no permanente, que requerían las estancias[32] que se integraron activamente a los cuerpos de milicias nuevos y preexistentes fundamentalmente el batallón de indios, pardos y morenos al mando del Coronel Juan Beverina quién elabora en un informe una narración circunstanciada, metódica y documentada de las invasiones [33], milicia que tuvo una actuación decisiva en la defensa de Buenos Aires, como así lo expresa el parte oficial del Teniente general John Whitelocke, al mando de los invasores. En las orillas, o más allá de ellas, también las tolderías indias en las cercanías, con sus grupos, tribus y linajes cuyos representantes, se acercaron al cabildo para sumarse a la Reconquista una vez anoticiados de acción británica[34] .

El 22 de diciembre de 1806, luego de la Reconquista, se presentan ante las autoridades virreinales diez caciques de los indios Pampas, que habían llegado al Cabildo de Buenos Aires para prestar su ayuda en la guerra contra “los colorados” (ingleses) ante la eminente segunda invasión ofreciendo 20000 indios de pelea junto a cinco caballos de recambio cada uno, entre ellos estaban los caciques Chuli Laguini, Paylaguan, Catemilla (o Cateremilla), Negro y Lorenzo[35]. Previamente, como señalan las historiadoras Silvia Ratto y Maria Teresa Piragino[36], el 17 de agosto del mismo año, apenas a cinco días de la reconquista, los cabildantes habían recibido en la sala capitular al “indio Pampa Felipe con don Manuel Martín de la Calleja, quien dijo responder por diez y seis caciques de los Pampas y Cheguelches (tehuelches) que estaban decididos a prestar auxilio con gente, caballos y cuanto sea necesario frente al invasor ´colorado´”[37]. El indio Felipe volvió el 15 de septiembre, en este caso en nombre del cacique Catemilla ratificando la oferta de gentes y caballos frente a una inminente segunda invasión inglesa.

“A los hijos del Sol: a los que tan largas noticias tenemos de lo que han ejecutado en mantener estos reinos; a los que gloriosamente habéis echado a esos colorados [ por los ingleses] de vuestra casa, que lograron tomar por una desgracia; a vosotros que sóis los Padres de la Patria, venimos a manifestaros nuestra gratitud, no obstante que por nuestros diferentes enviados os tenemos ofrecidos cuantos auxilios y recursos nos acompañan […] ofrecemos veinte mil de nuestros súbditos, todos ellos gente de guerra y cada cual con cinco caballos; queremos sean los primeros a embestir a esos colorados que parece aún los quieren incomodar(…)Nada os pedimos por todo esto y más que haremos en vuestro obsequio: todo os es debido, pues que nos habéis libertado, que tras de vosotros siguieran en nuestra busca: tendremos mucha vigilancia [para] rechazarlos por nuestras costas donde contamos con mayor número de gente que el que os llevamos ofrecido: nuestro reconocimiento en la buena acogida que dais a nuestros frutos, y permiso libre con que sacamos los que necesitamos es lo bastante a recompensarnos con este pequeño servicio  ”[38]

El texto mencionado fue realizado por uno de los intérpretes , lenguaraces– que en general eran mestizos o indígenas- que asistieron al Cabildo en los encuentros regulares que las autoridades de la Corona Española en el Río de la Plata tenían con los representantes de los pueblos indígenas. En este caso, corresponde a una reunión ocurrida ese 22 de diciembre de 1806, entre las autoridades coloniales.

Como señala el historiador Abelardo Levaggi, las relaciones de intercambio y asistencia entre los pueblos indígenas y las autoridades de la Corona tenían larga data. Levaggi en su sustanciosa investigación demuestra que ambas partes habían acordado la colaboración militar en el caso de que alguna de ellas se encuentre en peligro. Incluso, la Corona Española era consciente del estado de fragilidad en el cual se encontraban las costas patagónicas, en ese sentido, la ayuda que ofrecían los caciques, como señala Silvia Ratto[39], no se limitaba a la defensa de la ciudad, además comprendía la vigilancia y control de las costas hacia el sur.

En pocas palabras, gente que estaba a la “orilla de la civilización” pero que no vivían fuera de ella, en una suerte de “desconexión existencial” con el mundo hispano-criollo [40]. Muy por el contrario, “las castas” dentro de la campaña y, más allá de ella, en las tolderías fueron profundamente interpeladas por la afrenta británica. Como señala María Teresa Piragino, con base en las actas del Cabildo y los periódicos de la época disponibles en el Archivo General de la Nación[41], la participación en la defensa de pampas , tehuelches y mapuches fue notoria y decisiva. Aquí no sucedió aquello que las crónicas y estudios relatan acerca de la realidad que encontró Hernán Cortés en la conquista de México con los pueblos tlaxcaltecas y otros pueblos sometidos por los mexicas (aztecas) en virtud de lo cual estableció las alianzas con los pueblos sometidos que le permitieron a los apenas 500 españoles reunir un ejército de 100000 guerreros para tomar Tenochtitlán. Nada de eso sucedió aquí con la llegada de los ingleses a contrapelo de lo imaginado por Tomás Falkner, décadas atrás. Aquí no hubo “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, porque no eran tales.

Los caciques pampas y tehuelches informan a través de su lenguaraz que oficiaba de traductor que una vez enterados de la invasión pactaron la paz con los araucanos con quienes estaban en guerra para aunar esfuerzos en la defensa ante los colorados. Posteriormente, algunos días después de la visita de Catemilla y demás caciques al Cabildo se presentan, en pleno fervor popular en la preparación para la defensa ante la inminente invasión, varios Caciques principales en su mayoría araucanos. Entre ellos, Epumer, Errepuento y Turuñamquu quienes manifestaron tener dominio en “Pitulquen , Valdivia y Chile hasta el Cabo de Hornos” expresando su sentimiento al igual que sus hermanos pampas, de fraternidad y ofrecimiento de auxilio, avalando lo dicho por ellos, que renunciaron a guerrear entre sí para defender la tierra frente al enemigo extranjero.

Si bien el apoyo militar de los caciques e indiadas allende la frontera no fue aceptado de manera directa por los cabildantes “ a menos que sea necesario” fue acogido con beneplácito y gratitud. El Cabildo mandó a realizar escudos honoríficos “ A los caciques Pampas y Aracucanos” y les brindó yerba mate y otros suministros además, en el caso de alguno de los Caciques, aporte dinerario. En virtud de ese ofrecimiento se les encomendó la vigilancia de la extensa costa bonaerense hasta el puerto de Patagones al que se comprometieron a defenderlo. Según narra el Dr. Hipolito Vieytes, editor del “semanario de agricultura”, en diciembre de 1806, a propósito del apoyo de los “naturales de la tierra” en la defensa frente a los colorados:

“Pueblos sabios de la Europa. Que blasonáis tanto de filósofos, y que hacéis alarde de ultrajar a los que habitan fuera de ese pequeño ángulo del mundo; Ved hoy a ese hombre que llamáis bárbaros, porque aún no conocen el arte de disfrazar su corazón, y de pararse con los pomposos adornos que degradan la libertad del hombre; Ved hoy como saben expresar su reconocimiento y gratitud para sus fieles amigos; Ved hoy como para confusión de los que quieren deprimir el concepto del nombre español tratándolo de tirano para con estas razas errantes ha producido el indio pampa un documento* que revivirá de memoria contra la pertinaz emulación de nuestros enemigos, y de confusión eterna a sus crédulos partidarios”[42].

El apoyo efectivo indígena al gobierno virreinal expresa una “constatación empírica” elocuente del horizonte epistémico aquí propuesto con eje en la imbricación/ entrelazamiento/ fusión antes que en la particularización o contraposición- de los pueblos pampas, tehuelches, araucanos y araucanizados con la sociedad hispano-criolla el cual permite superar la secuencia dicotómica (vieja trampa del europometrismo[43] racionalista) civilización/ barbarie, tiempo/ espacio, indio/criollo, araucano/ tehuelche, argentino/ chileno que tiende a extremar las diferencias y prescribir identidades solipsistas. Desde una mirada que no aplana o armoniza las diferencias que realmente existían pero que las reorganizan dentro de un horizonte de sentido ligado al estar o nosotros estamos en términos de no concebir la propia existencia, o sobrevivencia, sin “ese otro” que es  parte ya de mi propio mundo. Una conciencia ecumenica, propia d ela causas nacionales en el sentido de defensa de lo propio,  que emerge cuando “todo se da vuelta”  o,  desde la cosmovisión de los pueblos andinos, la tierra deviene pachackuti, entendido como descalabro existencial  del espacio-tiempo por hambruna, epidemia, sequía o invasión.

Por imperativo histórico, ético y geográfico los pueblos indígenas ya no pueden ser escindidos del mundo hispanocriollo -base del mestizaje fundante de nuestro ethos cultural– en el vasto espacio patagónico y pampeano, el cual – a su vez- no puede pensarse desgajado de su litoral marítimo y las determinaciones geopolíticas que lo atraviesan desde el siglo XVI en adelante, como parte decisiva de la formación territorial argentina.

En pocas palabras, y a modo de cierre, aquello que se entiende por Nación o nacionalismo, no surge de las instituciones ni de los próceres como prescribe la tradición normativa del estado, más bien todo lo contrario, nace de acciones, movilizaciones, acontecimientos vitales de emancipación colectiva cuya  raíz es -ante todo- ética. Desde un sentido de pertenencia a una comunidad fundada en un principio de orden justo, como aquella Reconquista de Buenos Aires de 1806, en donde confluyeron gauchos, negros, mulatos, indios, criollos de las provincias, porteños y españoles, con intereses diversos y circunstancias disimiles pero unidos bajo una misma fe trascedente, ligada a un nosotros estamos.

Enseña británica capturada durante las invasiones inglesas. Expuesta en la actualidad en el  Convento de Santo Domingo de la ciudad Buenos Aires


[1] Originalmente, la serie fue pensada en cuatro entregas. Por razones editoriales hemos decidido condensar el planteo en tres envíos.  Resultando el presente la culminación de la serie.

[2] El 15 de julio de 2026 en el mundial de fútbol en EEUU al finalizar el partido entre Argentina e Inglaterra, de enorme carga simbólica,  unos ignotos hinchas argentinos se las arreglaron para introducir (dado que no estaba permitido)  una bandera con la consigna Las Malvinas son Argentinas que ante su inminente decomiso por las autoridades deciden arrojarla al campo de juego donde es tomada y desplegada por los jugadores luego del triunfo argentino ante inglaterra (con el mismo resultado de 2 a 1 que aquel mítico partido del Mundial de México 86  y los “sagrados” goles de Diego Maradona)  ante la mirada de cientos de millones de espectadores en el mundo frente a la pantalla de TV.

[3] Agradezco a Facundo Besson la expresión de “patria anfibia” surgida en una comunicación personal.

[4] Ver https://www.mapuche-nation.org/

[5] Entrevista periodística,  publicada el 7 de septiembre de 2005 en el Diario El Chubut, bajo el título “Casamiquela, duro con los mapuches que lo ‘escrachan’”.

[6] Casamiquela, Carlos, Patagonia: 13.000 años de Historia, Buenos Aires, Emecé Editores, 2001.

[7] Rosenblat, Ángel, La población indigena y el mestizaje en América, Editorial Nova, Buenos Aires, 1954.

[8] Podetti, Amelia, La irrupción de América en la Historia, Buenos Aires. Ediciones Capiangos, 2015.

[9]Carnese, Francisco, Cocilovo, José, Goicoechea, Alicia, Análisis histórico y estado actual de la Antropología Biológica en la Argentina, RUNA, Archivo Para Las Ciencias Del Hombre, 1992, 35-67.

[10]Maturo, Graciela, Argentina y la opción por América, San Antonio de Padua, 1983; El Humanismo en la Argentina Indiana y otros ensayos sobre la América Colonial, Buenos Aires, Editorial Biblos, 2011.

[11]Podetti, Amelia, “La irrupción de América en la Historia”, en Revista Hechos e Ideas, Buenos Aires, Noviembre-Diciembre 1986, pp. 33-47.

[12] Idem.

[13] La fagocitación cultural es un concepto acuñado por el pensador argentino Rodolfo Kusch que describe la absorción y transformación de los elementos de la cultura occidental (el “ser”) por parte de la cultura americana o popular (el “estar”) para crear algo nuevo y propio en su libro América profunda (1962).

[14]  Kusch, R. (1976). Geocultura del hombre americano. Fernando García Cambeiro.

[15] Dice Kusch (1976) , “[…] si en los sectores populares se dice algo, en el sector culto se dice cómo. Esto no implica una división sino más bien una falsa elección de dos elementos que se correlacionan. Es natural que haya correlativamente un algo y un cómo en el decir, pero no es natural que ambos se distancien y se sobrevalore el cómo sobre el algo.  […] El pensamiento popular constituye antes que todo una situación óntica cristalizada en una afirmación ética”. “[…] Porque pensemos cuánto del imperialismo de clase media tiene la racionalidad. Y si no fuera así, habría hermandad, en suma, comunidad organizada, ésa que no logramos constituir”.

[16] Ver Siffredi, Alejandra. (1968). El ciclo de Elal, héroe mítico de los aoník’enk”. Revista Runa, XI, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires,p.149- 160.

[17] Ver file:///C:/Users/Vanesa/Downloads/Dialnet-MarceloBormidaVistoATravesDeSusPublicacionesEnLaRe-8934656%20(1).pdf

[18] Un psicopompo es una deidad, espíritu, ángel, demonio o animal cuya función es guiar y acompañar las almas de los recién fallecidos desde la Tierra hasta el más allá.

[19] Para ampliar ver Lacoste, Pablo (2002). La guerra de los mapas entre Argentina y Chile

una mirada desde Chile. Disponible en https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5707489

[20] Chávez, Fermín, Epistemología para la periferia. Ana Jaramillo Comp. EDUNLA, Remedios de Escalada, 2012.

[21] Que no fueron apenas dos, como lo normativiza  la historia oficial de cuño liberal sino ocho, de acuerdo a numerosas fuentes historiográficas.

[22] O , al decir de Carl Schmitt,  ”el mundo no está en el espacio, es el espacio el que está en el mundo” en su notable libro Tierra y Mar.

[23] Ver https://www.perfil.com/noticias/opinion/malvinas-y-la-disidencia.phtml

[24] Ver https://www.sas.cglnm.com.ar/public/PAC/083/Historia%20General.pdf

[25]Garzón, Rafael, Sobremonte y Córdoba en las Invasiones Inglesas, Córdoba, Ediciones del Corredor Austral, 2000.

[26]Cutolo, Vicente Osvaldo, Nuevo diccionario biográfico argentino (1750-1930), Buenos Aires, Elche, 1930.

[27]Ver Mizraje, María Gabriela, Mariquita Sánchez de Thompson, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2003 y  Rapoport, Mario, La saga de los Martínez de Hoz y el banquero arrepentido-. Disponible en https://www.iade.org.ar/noticias/la-saga-de-los-martinez-de-hoz-y-el-banquero-arrepentido.

[28] Como por ejemplo el caso de la Cacica tehuelche María la grande que portaba un enorme crucifijo y aros con la virgen María.

[29] Maturo, Graciela, El humanismo en la argentina indiana. E. Biblos, Buenos Aires, 2011.

[30] Maturo, Graciela, Palabra y símbolo: el conomiento fundante. Buenos Aires, Ed. Pronombre, 2014.

[31] Podetti,Amelia. La irrupción de América en la Historia. Ediciones Capiangos, 2015.

[32]Mayo, Carlos, “Sobre peones, vagos y mal entretenidos, el dilema de la economía rural rioplatense durante la época colonial”, en Anuario IEHS, 2, Tandil, U. N. C. B. A., 1987; Sábato, Hilda y Romero, Luis Alberto, Los trabajadores de Buenos Aires. La experiencia de mercado 1850-1880, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1992

[33] Beverina Juan, Las invasiones inglesas al río de la plata 1806-07. Círculo militar. Biblioteca del Militar. vol. 244/45, Buenos Aires, 1939.

[34]Pomer, León, El soldado criollo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971; Rosa, José María, Del municipio indiano a la provincia argentina, Buenos Aires, Peña Lillo, 1974; Mayo, Carlos, Estancia y sociedad en La Pampa 1740-1830, Buenos Aires, Biblos, 2004.

[35]Muñiz, Romulo, Los indios Pampas, Buenos Aires, Ed. Bragado, 1966.

[36] María Teresa Pirangino. Los indígenas en las invasiones inglesas. En Conflictos en el Atlántico Sur (siglos XVII-XIX)- Circulo Militar, Buenos Aires, 1988.

[37]Ratto, Silvia, “¿Revolución en las Pampas? Diplomacia y malones entre los indígenas de Pampa y Patagonia”, en: Fradkin, Raúl (Editor), ¿Y el pueblo donde está? Contribuciones para una historia popular de la Revolución de la independencia en el Río de la Plata, Buenos Aires, Prometeo, 2008, pp.223-253.

[38] Archivo General de la Nación, Libro Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires, 1907-1934 (IV: II), p. 373, citado por Levaggi, Abelardo en: Paz en la Frontera. Historia de las relaciones diplomáticas con las comunidades indígenas en Argentina, Buenos Aires, Ediciones Universidad del Salvador, 2014, p. 133.

[39]Ratto, Silvia, La frontera bonaerense (1810-1828): espacio de conflicto, negociación y convivencia, La Plata, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 2003.

[40] Para el porteño, eran los que vivían en el confín. La mirada citadina de esta gente se encuentra en los cuentos y poemas de Jorge Luis Borges, llenos de cuchilleros, gauchos perseguidos, indios y cautivas o en el Don Segundo Sombra de Ricardo Guiraldes. Algo de la mirada de la campaña se puede encontrar en las novelas por entregas de Eduardo Gutiérrez o Hilario Ascasubi (Santos Vega, Juan Moreira), y sin dudas, en La Guerra Gaucha o El Payador de Leopoldo Lugones y en El Martín Fierro de José Hernández. Ver Buela, Alberto, Aportes a la tradición Nacional, Buenos Aires, Ed, Theoría, 1998.

[41] Ibidem, pp. 101-129.

[42] Ibidem pág. 129 * el Documento es “ Razonamiento de los caciques Pampas” incluidos en las Actas del Cabildo.

[43] Concepto acuñado por Fermín Chavez en Epistemología para la Periferia. Remedios de Escalada, ADUNLA, 2012.

Ernesto Dufour
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