La Antártida Sudamericana – capitulo 2° del ABC
Por el presente pretendemos abordar las relaciones entre Argentina y Chile durante el período comprendido entre 1947-1953, haciendo hincapié en los acuerdos celebrados entre ambas naciones que conciernen al continente antártico. Así también se analizará sucintamente el acuerdo conocido como segundo ABC y el Acta de Santiago, suscripta en mayo de 1953. Esta indagación pretende contribuir así a la reflexión en torno a la integración regional partiendo de la experiencia de cooperación argentino-chilena, y desde la situación antártica a mediados del siglo XX. Bajo ese propósito nos planteamos: 1) Explorar los vínculos históricos entre nuestros países, desde un punto de vista centrado en la extensa frontera que los divide, repasando los principales conflictos que preceden los acuerdos mencionados. 2) Elucidar cuales fueron los aportes que trajo el entendimiento entre Ibáñez del Campo y Perón, concerniente al espacio antártico mutuamente reconocido. 3) Exponer los alcances de esta experiencia para pensar la integración sudamericana. Por último, nos preguntamos cómo estas aproximaciones pueden contribuir a la Cuestión Malvinas.
1.La frontera con Chile
Las demarcaciones que nos separan con el país trasandino, durante un pronunciado tiempo, que corre desde nuestra independencia hasta fines del siglo XIX, fueron indefinidas. Esto aparejó consigo discusiones del orden diplomático en las que intervinieron peritos, militares y representantes políticos de uno y otro país lindero. A las discrepancias por la soberanía del litoral oriental de la cordillera se le sumó un punto ciego en torno a las aguas que corren por el estrecho de Magallanes y el Canal del Beagle. En la escalada de este malentendido, las beligerancias siempre fueron posibles, no obstante, ya desde 1874 se consensuó que la navegación del estrecho sea libre para todas las banderas del mundo (Scenna:1981).
Tres años más tarde las naciones enfrentadas firmaron un protocolo por el cual se crearía una comisión mixta para analizar los territorios en disputa, consensuando también que no existían tierras vacantes. Por tanto, la jurisdicción sobre el Atlántico sería soberanía argentina, y el estrecho con sus adyacencias quedaría bajo dominio chileno (Scenna:1981). Sin embargo, la pretensión chilena siempre fue ocupar la Patagonia que hoy por hoy es jurisdicción argentina, cuyos territorios hasta entonces permanecían bajo vigilancia de grupos indígenas, y luego sería adjudicada en importantes extensiones a oficiales y hacendados. Dicha pretensión fue flexibilizándose en la medida que Argentina no solo tendió esfuerzos diplomáticos, sino que reorganizó sus fuerzas armadas y sostuvo la ocupación efectiva del sur patagónico.
En esa dirección, en 1884 el Comodoro Laserre daría un gran paso, y un año más tarde se fundaría la ciudad de Ushuaia bajo su auspicio, revertiendo la tendencia del Estado de limitarse a la zona pampeana y bonaerense. Esta proyección al sur se manifestó en febrero de 1899 en el hito simbolizado en el “abrazo del Estrecho”, oportunidad en que el Presidente Roca viajó al sur para encontrarse con su par chileno, Federico Errázuriz (Scenna, 1981:110). Fue la primera vez que un mandatario argentino se trasladaba al extremo sur del país, y en agosto viajaría para encontrarse en Río de Janeiro con el presidente brasileño, Campos Salles.
De ese modo, más allá de no haberse firmado ningún tratado o compromiso, la gestión de Roca ponía paños fríos sobre las relaciones con ambos vecinos, ante la posibilidad de atender dos conflictos simultáneos. En este contexto, los intereses financieros británicos sospechaban del crecimiento armamentístico de los dos países patagónicos, y por ello su diplomacia auspició un arbitraje para cerrar la controversia con Chile. Reino Unido guardaba a la vez una disputa territorial en la zona más austral del mundo con chilenos y argentinos, y en el Atlántico Sur, desde la usurpación del archipiélago de Malvinas, con nuestro país.
Tras estrechar las paces, mediante los Pactos de Mayo, firmados en Santiago de Chile hacia 1902, los chilenos renunciaran a sus aspiraciones territoriales, al tiempo que Argentina se abstuvo de intervenir en los conflictos del Pacífico (Scenna, 1981). A su vez, se daba un hecho inédito, en tanto los suscriptos pactaron un desarme que cumplirían cabalmente, no obstante, se convino que la corona británica interviniera como árbitro en caso de reanudarse la controversia.
En ese contexto, Gran Bretaña no descuidaba sus intereses, ya que, en una carta patente, plasmaría sus pretensiones más allá del paralelo 50°, incluyendo bajo su dominio la Patagonia, la Península Antártica y las islas adyacentes, territorios argentinos y chilenos (Scenna, 1981; Fontana, 2025). Nueve años más tarde delineará sus dominios desde el paralelo 58°, excluyendo la Patagonia, las Islas Georgias del Sur y Sandwich del Sur, no obstante, terminada la Primera Guerra Mundial, internará extenderse por completo al sexto continente.
Por otra parte, salvando contadas excepciones, Argentina no demostró a comienzos del siglo pasado un interés particular por integrar sus territorios sureños al resto del continente, siendo contraria la actitud guardada por Chile, que desplegó sus esfuerzos en ese sentido. La ausencia del Estado argentino se contrastaba con la política de poblamiento y colonización de tierras del país vecino (Scenna, 1981). Además, confiando en la extensa geografía argentina, y en las posibilidades que brindaba el progreso en ciernes, los sectores dirigentes descuidaron la frontera con el país trasandino.
Para ese entonces, a 100 años de la ocupación ilegal de las Islas Malvinas, se actualizó las desconfianzas hacia los ingleses, y se desestimó su intervención como árbitro para trazar los límites con Chile. A la vez que la corona británica avanzaba en sus pretensiones sobre nuestro sector antártico, y siendo notorio hacia mayo de 1938, se desestimó su arbitraje; tal injerencia también perjudicaba a Chile, pues era objeto de las mismas ambiciones (Scenna, 1981).
2. La Antártida Sudamericana
La Segunda Guerra Mundial hará que nuestras Fuerzas Armadas recalen en la necesidad de modernizarse y hacerse de pertrechos, ante el fuerte crecimiento armamentístico de Brasil; dado que había aumentado su capacidad bélica merced de su alianza con Estados Unidos. Simultáneamente, Chile pactaba con los norteamericanos su ingreso a la contienda, coordinando la defensa hemisférica a cambio de nuevos armamentos; lo que se instrumentaba por medio de leyes de préstamo y arriendo (Scenna, 1981; Conil Paz, Ferrari, 1964).
En este escenario irrumpe el movimiento conocido como GOU (Grupo de Oficiales Unidos) (Potash, 1981), y más tarde la gran movilización del 17 de octubre de 1945 pone en escena a los trabajadores organizados, junto con amplios sectores de la comunidad (Chávez, Cantoni, 2003). El emergente de esta revolución nacional es Juan Domingo Perón, quien plantea en este contexto una estrategia común a los países hispanoamericanos.
Con esta impronta, en 1947 Argentina y Chile firmaron una declaración conjunta reconociendo sus derechos recíprocos en el sexto continente, lo cual incluía la armonización de las tareas científicas, así como de la explotación de los recursos allí existentes (Scenna, 1981). Además, se aspiraba delimitar así la frontera entre ambos países en el confín más austral. Allí se expresaba: “Los Ministerios de Relaciones Exteriores de la República Argentina y de Chile, reunidos en Buenos Aires y animados por el propósito de llevar a cabo una política amistosa de determinación de la frontera de ambos Estados en la región Antártica” (Genest, 20019:106).
Bajo esta orientación, en marzo de 1948 las cancillerías de Chile y Argentina suscribieron en Santiago la “Declaración de derechos de Chile y Argentina en la Antártida Sudamericana”, en la cual se estableció la defensa conjunta de los territorios que por derecho les correspondían a los suscriptos. Incluyeron además la demarcación del sector comprendido entre los meridianos 25° y 90° de longitud Oeste de Greenwich, reconociendo la soberanía territorial de ambos estados (Fontana, 2025; Genest, 2001). Asimismo, se pactó continuar la administración, la exploración, la vigilancia y el fomento en la región fronteriza, aún indefinida, y se aclaraba que en el sector antártico de cada suscripto se debía actuar “dentro de un espíritu de cooperación recíproca” (Genest, 2001:109). Por último, los firmantes se comprometían a sostener las tratativas para concertar la delimitación pendiente.
Por su parte, el gobierno justicialista mantuvo campañas anuales, construyó destacamentos, bases y estaciones científicas, transformando a nuestro país en el líder científico de la Antártida. Se realizaron también campañas de exploración polar que tensionaron las relaciones con Gran Bretaña (Fontana, 2025). La Comisión Nacional del Antártico ideó un plan para delimitar la zona que le correspondía a Argentina; estudiar los medios para alcanzar acuerdos con otros Estados con presencia antártica; y planificar expediciones (Fontana, 2025). El planeamiento involucraba adquirir buques y aviones aptos para el medio, así como hacer presencia marítima en el territorio, e instalar bases estaciones permanentes en la región noroccidental, entre otros aspectos (Fontana, 2025).
Sin embargo, las fricciones con Reino Unido son de larga data, y en especial, a comienzos de la década de 1940, se profundizaron en nuestros dominios antárticos. Los ingleses fundaban sus pretensiones antárticas en que se derivaban de sus posesiones de ultramar (Fontana, 2025). A pesar de ello, las campañas argentinas progresaron en su dirección polar y se promocionaron actividades conjuntas con las expediciones chilenas. Al respecto, el presidente Perón refería que “El magno asunto de la Antártida”, guardaba una única directiva, la cual era “defender la soberanía de la República y acreditar ante el mundo los derechos imprescriptibles de la zona discutida” (Fontana, 2025:187).
En las travesías hacia el lugar más recóndito del país, los expedicionarios habrían de descubrir los estragos producidos por la Operación Tabarín, que constituyó “un ataque secreto y directo a la soberanía argentina sobre el sector antártico” (Fontana, 2025:169). Las incursiones inglesas fueron durante la Segunda Guerra, y se extendieron luego de la caída del Tercer Reich, siendo reconocidas por el Foreign Office, en cuyos comunicados esgrimía que se realizaban contra las actividades chilenas y argentinas. Era notoria la pretensión de frenar el avance argentino, no obstante, durante el peronismo, las intrigas británicas hallaron un valladar.
Al notar la amplia presencia argentina en el sector antártico, los ingleses evaluaron la posibilidad movilizar sus fuerzas armadas, empero, su dependencia hacia los productos argentinos, así como la expectativa del acuerdo Miranda-Eddy, hizo rever la intervención (Conil Paz y Ferrari, 1964; Fontana, 2025). Sin perjuicio de lo cual, hacia 1948 los enfrentamientos eran solapados y continuos, y se llegaron a intercambiar notas de protesta, causando la reacción argentina el repliegue británico con dirección a las Islas Malvinas. Argentina, había establecido poco tiempo antes una instalación permanente en Isla Decepción, y reafirmaba sus derechos soberanos sobre el territorio disputado efectuando tareas de exploración y relevamiento cartográfico.
El canciller Bramuglia denunció las agresiones británicas precisando el carácter ilegítimo de la ocupación de las Islas Malvinas, e hizo lo propio por el Sector Antártico Argentino, a la vez que propuso un estatus jurídico político para a la región (Fontana, 2025). En ningún momento encontraron simpatía estas reclamaciones por parte del Departamento de Estado, y sin perjuicio de ello, Chile y Argentina expresaron conjuntamente en sede Interamericana su posición relativa a la Antártida Sudamericana (Fontana, 2025). Para reafirmar la defensa de los territorios antárticos, en abril de 1948, el gobierno incluyó a la Antártida Argentina en la jurisdicción de Tierra del Fuego (Fontana, 2025).
3. Perón e Ibáñez
Hacia fines de 1951 el presidente argentino, refería en la prensa escrita que el país debía prepararse frente las disputas territoriales venideras, ya que, esta vez la injerencia del colonialismo se manifestaría principalmente en el plano ideológico y económico (Perón, 2021:155). Este nuevo orden, caracterizado por el crecimiento poblacional y la demanda de alimentos, se plasmaría en espacios continentales, y el centro se desplazaría hacia el Atlántico Sur, por lo cual, la formación de unidades económicas se tornaba imprescindible. Tanto Argentina como Brasil y Chile no contaban con la autosuficiencia para integrar tal entidad por sí solos, no obstante, si pudieran unirse bajo esa perspectiva, encauzarían la unificación de los pueblos americanos de raíz latina. Decía el cronista, guardando su identidad bajo el seudónimo Descartes: “La unidad comienza por la unión y ésta por la unificación de un núcleo básico de aglutinación” (Perón, 2021:156).
A finales de su primer gobierno, y a comienzos del segundo, Perón avanzó en su objetivo de concertar con Chile sus intereses recíprocos, para así articular una alianza estratégica con Brasil. La propuesta esbozada por el presidente argentino se conoció como el segundo ABC, puesto que rescataba un pacto similar, formulado a principios del siglo XX por un diplomático brasileño, entre los mismos suscriptos.
En este segundo capítulo del ABC Perón aspiraba a profundizar su acercamiento con ambos socios, lo cual fue posible durante la gestión de Getulio Vargas en Brasil y Carlos Ibáñez del Campo en Chile. El liderazgo político del militar chileno respondía a una necesidad de abordar los problemas nacionales, incluyendo los de índole económico como sociales, y ante la falta de respuestas conducentes por parte de la dirigencia partidaria liberal (Sagredo Baeza, 2014). El peronismo concertó semejantes aspiraciones en el escenario local, al planificar un desarrollo industrial a partir de la estructuración de los intereses de su comunidad, auspiciando así la justicia social mediante hondas reformas (Chávez, Cantoni, 2003).
En esta sintonía Ibáñez del Campo creó el Consejo Nacional Chileno para el Tratado de Unión Económica con la Argentina, oportunidad en la cual, en noviembre de 1953, decía: “es una vieja aspiración mía, surgida del estudio de innumerables factores económicos y espirituales comunes” (Cisneros, Píñeiro Iñíguez, 2002). Sin embargo, el derrotero del presidente chileno hasta suscribir los compromisos aludidos con nuestro país no fue fácil, y encontró arduas resistencias dentro de la oposición para cerrar el pacto. He de allí que en las posteriores elecciones presidenciales fuera derrotado; el presidente chileno tuvo que atravesar un contexto adverso y con preminentes opiniones contrarias al entendimiento con el gobierno argentino (Scenna, 1981).
No obstante, si bien la delegación argentina suscribió con Chile en mayo de 1953 las conocidas Actas de Santiago apuntalando la unión económica entre ambos países, en Brasil la dirigencia política no se alineó con esta propuesta. De esa manera, la pretensión de Perón de articular una alianza que diera forma a un frente bioceánico en el Cono Sur, fraguó. Asimismo, las Fuerzas Armadas en el país trasandino observaban con recelo las negociaciones emprendidas, puesto que temían perder el apoyo de los Estados Unidos. Por lo cual, pese al primer entendimiento, el acuerdo de complementación económica, que preveía una unión aduanera, no llegó a buen puerto (Moniz Bandeira, 2004).
Sin perjuicio de ello, es dable destacar que, en el encuentro concertado entre ambos mandatarios en Santiago, se convino “reunir buques militares de ambos países en la Isla Decepción para reconstruir las instalaciones” (Fontana, 2025:255). Tales esfuerzos cobraban sentido habida cuenta de las últimas agresiones británicas en la isla antártica, por las cuales se habían detenido miembros de las fuerzas armadas argentinas, provocando así también importantes estragos en las instalaciones gubernamentales. Esta ofensiva había tenido lugar en febrero de 1953, bajo pretexto de repeler los planes argentinos por recuperar las Islas Malvinas, sustrayéndose a su vez importantes documentos para las campañas antárticas de nuestro país.
Por tal motivo, los argentinos y chilenos acordaron la defensa conjunta de los territorios agredidos para el caso de que los ingleses continuaras su accionar bélico contra “cualquiera de las escuadras, la chilena o la argentina” (Fontana, 2025:255). No obstante, se desistió de movilizar a las fuerzas armadas contra las británicas luego de que el país vecino reconstruyera el refugio allí apostado, y puesto que los invasores no protestaron. Tras este incidente Argentina continuaría su campaña antártica prevista para ese año (1953/1954), arribando en octubre el entonces refugio de Petrel. Al llegar allí los expedicionarios avizoraron que el cartel propio había sido remplazado por otro de la corona británica. Así también, un mes después se reconstruyó la base de Bahía Esperanza, hallándose al mando de la expedición el capital Jorge Leal.
Reflexión final
Pretendemos aportar con estas indagaciones a la Cuestión Malvinas, entendiendo que no pueden soslayarse, si se pretende abordar desde un enfoque integral la problemática que nuclea a nuestro sector antártico con el Atlántico Sur. Salvando las particularidades de cada región, las Islas Malvinas, las Islas Georgias y Sándwich del Sur y el Territorio Antártico forman parte de un todo geopolítico, pues comprendiendo su espacio conjuntamente se proyectan distintos intereses sobre los recursos allí existentes (Caplan, Eissa, 2015). A la vez, integran una misma administración gubernamental con la isla grande de Tierra del Fuego, por lo que es menester hallar una solución que abarque todo el territorio que la jurisdicción comprende.
Por otro lado, nuestro conflicto con el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte cobra notoriedad desde que se pone de relieve el despliegue que importa la base militar de Monte Agradable, ubicada en el archipiélago de Malvinas. En el encadenamiento de enclaves que sostiene la potencia noratlántica, a través de distintos territorios marítimos, ha de descubrirse el fundamento de su dominio en el Atlántico Sur. No obstante, nuestro país tiene su propio punto de partida para ingresar a la Antártida, y, por ende, su propia proyección en el puerto de Ushuaia, cuyo vértice sirve de enlace con 13 bases antárticas.
A su vez, los territorios argentinos ocupados integran la región sudamericana, o bien son parte de una zona contigua, como lo es la Antártida, cuyos reclamos sostienen dos estados del Cono Sur. El congelamiento de las reclamaciones que prevé el Tratado Antártico en nada empece esta situación. Al revisar las relaciones argentino-chilenas y el planteo de una Antártida Sudamericana, notamos que desde allí se tornó posible una defensa eficaz de nuestros territorios, lo cual puede significar un punto de partida para pensar la desconolonización de nuestro continente.
Ahora bien, en la época del primer peronismo nuestro país intensificó la presencia estatal en el sexto continente, ya sea para fines científicos como logísticos. Lo cual, es útil para repensar una estrategia que articule una Argentina Bicontinental, sumando a ello una tarea pedagógica, metódica y comunicacional que visibilice estas circunstancias, mayormente ausentes en la agenda presente. Hace falta una honda retrospectiva, toda vez que los esfuerzos antárticos, y las realizaciones argentinas logradas a mediados del siglo pasado, son fruto de una conciencia que engloba a la Antártida desde fines del siglo XIX.
En definitiva, el gobierno justicialista reafirmó la soberanía argentina integrando los espacios marítimos y antárticos, al tiempo que nacionalizó los puertos, efectuó un control estatal tanto de las principales vías fluviales como de las marítimas, y consolidó una marina mercante (Bilmes, 2025). En ese marco pudo concebirse la idea de una Antártida Sudamericana; de otro modo, el mero enunciado tendría el tenor de una simple declaración. Sin embargo, la cuestión antártica sigue representando un hito en la memoria de nuestros pueblos, y, en particular, para nosotros y para los chilenos, significa un camino hacia la autodeterminación. Esperamos contribuir con estas líneas a revincularnos con nuestra realidad bicontinental.
Imagen de portada. Fuente: Perón saluda al General Pujato a su regreso de la Antártida. Cortesía de Diana Pujato de Miller. Fuente: “La Pugna Antártica”, Pablo Fontana, 2025, Buenos Aires.
Bibliografía utilizada
Bilmes, J. (2025). La construcción histórica de la Argentina bicontinental: proyectos de país, territorio y pensamiento nacional. Ponencia presentada en las IV Jornadas de la Cuestión Malvinas en la UNLP, La Plata, 10-11 de diciembre. Manuscrito aún no publicado
Caplan, S. G., Eissa S. G. (2015). Análisis estratégico del Sistema Malvinas, Antártida y Atlántico Sur. Serie Documentos de trabajo n° 28, Escuela de Defensa Nacional. Ministerio de Defensa. Presidencia de la Nación. Febrero de 2015.
Chávez, F., Cantoni, J. C., Manson, E. y Sulé, J. (2003). Homenaje a José María Rosa: Historia argentina (tomo XIV). El justicialismo. Ediciones Oriente.
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Moniz Bandeira, L. A. (2004). Argentina, Brasil y Estados Unidos: De la Triple Alianza al MERCOSUR. Grupo Editorial Norma.
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Potash, R (1981). El ejército y la política en la Argentina. 1928-1945. De Yrigoyen a Perón. Editorial Sudamericana.
Sagredo Baeza, R (2014). Historia mínima de Chile. Una interpretación actual de los procesos esenciales que han dado forma a la historia de Chile. Turner Publicaciones.
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