Introducción
A mediados del siglo XX el sistema productivo argentino agudizaba su transformación mediante un proceso de industrialización profundo que se desplegaba a todo vapor en lo referido tanto a la industria pesada como en la liviana. La preponderancia de figuras surgidas del ámbito castrense como grandes protagonistas de este proceso, se entiende asociada a la intervención estatal en el desarrollo de las distintas ramas en menor o mayor medida. Manuel Savio fue el gran precursor y quien dio paso a otras figuras menos conocidas como lo fueron los Ignacio San Martín, los Pistarini y los Sosa Molina. El compromiso y el interés de la alta oficialidad militar en protagonizar el proceso de industrialización y la transformación de la matriz productiva tuvieron un carácter indudable.
La industria nacional creció en áreas claves con la vital intermediación estatal durante casi todo el siglo pasado, particularidad que durante los dos gobiernos de Perón fue aún más notoria, siendo contra fáctico cualquier análisis que esquive este dato. La siderurgia, los hidrocarburos, la marina, la aviación y aeronáutica, la industria armamentista y la automotriz, entre varias otras ramas industriales así lo demuestran.
Sin el impulso dado por el estado, otra habría sido la historia en manos de los antiguos perduellis o de los Prébisch por venir luego del golpe contra Perón.
Es oportuno mencionar que un par de décadas antes, en otro gobierno de tinte nacional como lo fue el de Hipólito Irigoyen, también fue un militar (Enrique Mosconi) fue quien sentó las bases para desplegar una de las ramas de la industria más gravitantes para el desarrollo nacional y la posibilidad de ser independientes. Bajo la tutela de Mosconi, la industria hidro-carburifera nacional dio los primeros pasos hacía la soberanía energética, consumando un verdadero sello de industria y orgullo nacional como lo es YPF. Posteriormente con el impulso a otras líneas estratégicas de producción de energía (hidroeléctrica y atómica), aporte sustancial del peronismo en ambos casos, se profundizó en lo relativo a los procesos de desarrollo en la materia. La continuidad de una línea nacional, se manifiesta también en la relevancia de estas acciones de impulso estatal en áreas estratégicas de la industria para la defensa y el desarrollo.
La industrialización durante los dos primeros gobiernos de Juan Perón fue proyectada y ejecutada de forma planificada, no sin vaivenes, pero si con un oriente claro a nuestro entender: el desarrollo para la defensa y el desarrollo para alcanzar una segunda independencia. Los Planes Quinquenales y la creación de diversas instituciones vinculadas a la organización y potenciación del entramado productivo industrial así lo demuestran.
Al mismo tiempo, y por la propia cosmovisión peronista vinculada a la vida en común y la realización colectiva e individual como condición de la existencia, el desarrollo también debía atender la esfera del disfrute y el buen vivir, prestando atención a aquel anhelo fundacional del peronismo, que es la búsqueda constante y medible de que el pueblo sea un poquito más feliz.
A nuestro entender, la industria automotriz es un buen ejemplo para observar en su planificación y desarrollo durante este período (principalmente en lo acontecido en la experiencia del IAME), para corroborar esa verdad ontológica del peronismo la cual reza “la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación”. Se verifica así, un diferencial en la idea de desarrollo que lleva adelante el peronismo y en general de toda la línea nacional, ya que además de una mirada en el plano económico, se le aporta una preocupación por las dimensiones filosóficas y políticas.
- La línea Nacional se expresa en un nuevo proyecto civilizatorio
En 1943 un movimiento militar pone fin institucional a la década infame y a los sucesivos procesos de fraude, mediante un golpe de estado a un “gobierno semilegal”[1] y acontece entonces la toma del poder por parte un grupo de oficiales nucleados en el Grupo Obra de Unificación.
La Revolución de Junio, llegaba para acabar con la la corrupción, la entrega y el saqueo liberal conservador, pero también venía a expresar lo que la línea nacional manifiesta desde los comienzos de la historia patria: independencia, soberanía, autodeterminación, comunidad, justicia, entre otros ejes.
Basados en una política de protección e intervención estatal y una mirada de desarrollo nacional planificado, los indicadores industriales dieron un salto cuantitativo veloz en los años que van desde 1943 a 1946. Prácticamente se duplicó el registro de trabajadores industriales y de plantas fabriles, concentradas principalmente en Capital Federal y el ejido circundante que hoy conocemos como Conurbano.
Hacía 1946 cuando asumía la primer presidencia el Coronel Perón luego de más de dos años de una gestión de la línea nacional, Buenos Aires ya poseía más del 55% los establecimientos industriales y más del 60% del total de los trabajadores industriales del país.
Para la cosmovisión peronista que arribaba al gobierno, el trabajo era considerado no solo un derecho, sino un deber y un compromiso con la comunidad. La visión colectiva y la faz individual no colisionan sino que van de la mano y tan es así, que la realización de los anhelos de ambas se ven en mutua dependencia. La centralidad de la vida en común, el destino compartido y la visión de justicia social, expresan no una retórica sino una nueva manera de organizar la vida.
Para el peronismo el desarrollo del país es una misión patriótica que se piensa no como una aventura de hasta ver donde llegamos o para que nos da, sino que se imagina y ejecuta como condición para consolidar la independencia y con perspectiva de Defensa Nacional, donde el camino no es el de la agresión, el ataque y el dominio sobre otros, sino que concibe a la idea de defensa como central, tendiendo a vigorizar posiciones y dotar a la Nación de fortalezas y capacidades para evitar ser agredidos, toda vez que demuestra poder defenderse si fuera necesario. Persuasión por capacidad de acción manifiesta, expresando la relevancia de la paz como valor y la elección del tiempo por sobre la sangre.
Por otro lado, no puede considerarse que este movimiento histórico haya tenido una fascinación vacía con respecto a la tecnología. Muy por el contrario Perón advirtió en La Comunidad Organizada sobre los riesgos de sujeción a la tecnología y el materialismo intrínseco a esta, cuyo peligro latente son la náusea o la insectificación.
No hay dudas que el cientificismo positivista ha impulsado grandes avances tecnológicos, pero justamente imbuidos de ese carácter materialista. El humanismo integral que rige a peronismo entiende que estos avances y herramientas tecnológicas deben estar al servicio de la persona humana y de la vida en común, poseer ejes morales rectores y estar subordinada al bienestar y felicidad del pueblo. Perón entendía que sin desarrollo tecnológico ni ciencia propia es imposible lograr una verdadera soberanía nacional y por ende se pondría en cuestión la defensa nacional. Los avances tecnológicos deben ponerse al servicio de la comunidad para resolver cuestiones concretas que posibiliten el desarrollo industrial estratégico (energía, transporte, etc.), y para tal fin deben tener participación estatal.
La posición es más cercana a lo que podemos mencionar como tecno-nacionalismo, entendido como aquella posición en que el desarrollo tecnológico y productivo debe vincularse con una posición independiente de la nación, con el fin último de robustecer la capacidad de Defensa de la misma. El mismo Perón sostenía que “la defensa Nacional exige una poderosa industria propia, y no una cualquiera, sino una pesada, para eso es indudablemente necesaria una acción oficial del estado”[2] . Esta idea es propia del siglo XX, y la misma resurgió varias veces, la última fue hacia la década del 80 para ser reutilizada en principio en oposición a la tecno-globalización.
El Tecno-nacionalismo de fin de siglo[3] llega con algunos cambios sustanciales respecto a lo que había sido, toda vez que intenta constituirse como una doctrina geopolítica y económica, la cual vincula el desarrollo tecnológico y la innovación con el desvelo por la seguridad nacional. Su principal preocupación ante el mundo globalizado fue reducir la dependencia tecnológica de fuerzas extranjeras mediante alianzas público-privadas locales, revalorizando una vez más el rol del estado. Sin bien el concepto es el mismo, no podemos dejar de advertir un cambio devenido en el eje rector: lo que era soberanía, desarrollo estratégico y defensa nacional, hacia fines de siglo pasa a ser más una inquietud en términos de seguridad nacional y competencia en el desarrollo de tecnología. Es claro, que cuando hablamos de peronismo debemos pensar en soberanía científico tecnológica con proteccionismo, desarrollo local con impulso estatal y control nacional estratégico.
La contracara de estas políticas soberanas se manifestaba en las políticas liberal-conservadoras, que sostienen históricamente el modelo agroexportador y de producción de materias primas, mientras profundizan el coloniaje mediante endeudamiento, engordando así a los enemigos de la patria de dentro y fuera, debilitando la posición soberana e independiente de nuestra Nación. Desde esta óptica, es bien poca y focalizada la incorporación tecnológica y además suele ser importada sin vistas de desarrollo genuino.
La dependencia de un país, debe ser entendida antes que nada como la aceptación de una posición subordinada. Mientras que la necesidad de asistencia puede ser real o instalada por el dominador una vez que logra quebrar el sentimiento soberano de un pueblo, la dependencia suele avanzar y consolidarse en un campo multidemensional (económico, política, cultural, etc.) y es ejercida por las potencias centrales (de fuerte carácter industrial) sobre los países periféricos a las que suele ser caracterizarse como simples productores de materia prima, donde el lacayismo de la oligarquía nativa (que en el fondo al responder al capital extranjero es tan foránea como este), que además responde a la vieja sociedad de “la plutocracia importada, representada por capitales cuyos dueños duermen en Londres o en Nueva York, cuyos sirvientes a sueldo manejan nuestra economía desde los ministerios y las representaciones públicas, y trafican con el patrimonio argentino” [4].
La imagen de granero del mundo a nuestro entender fortalece profundamente el imaginario de alacena de suministros, pintando un país con una conducta huérfana de deseo y de voluntad por dejar de ser parasitados, enajenados y expoliados de nuestra producción, riqueza y de nuestro futuro.
Este tipo de caracterizaciones no son azarosas y guardan en si mismas el poder del estigma[5], etiquetado externo que deteriora la autopercepción y daña la identidad, cuyo uso sistemático suele derivarse en profecías auto cumplidas.
Con el correr del tiempo, los artilugios de los países centrales que ejercen la dominación logran profundizar los mecanismos de sujeción, desplegando toda su imaginería y recursero particular, que incluyen la presencia estelar del endeudamiento de los países periféricos, para que de esta manera el desarrollo de estos se vea comprometido también hacia adelante. Las deudas son un poco de presente y casi todo futuro.
La respuesta de la línea nacional ante la política de dependencia de las potencias centrales, se sustenta desde los principios de nuestra historia como nación, sobre la reivindicación de lo nuestro y en el convencimiento profundo de que debemos ser artífices de nuestro propio destino, ninguno elemento de la ambición de nadie (parafraseando a Perón en Declaración de principios de la Doctrina Peronista).
En términos del Coronel Luis Vicat “para evitar esa dependencia, es que todos nuestros esfuerzos deben aunarse, tendiendo hacia un objetivo determinado, haciendo que la frase bastarnos a nosotros mismos represente una divisa de acción, una poderosa idea motriz de nuestras actividades. Ese ideal de bastarnos a nosotros mismos no debe interpretarse en el sentido de aislarnos de las demás naciones, cosa que representaría un colosal error, acompañado de un irreparable egoísmo”[6].
Este bastarnos a nosotros mismos debe entenderse no como una necesidad de autonomía per se, sino como una condición para alcanzar objetivos estratégicos como el desarrollo económico, producto de una percepción de país soberano, con una identidad determinada y con proyección a futuro.
Hay un conjunto de conceptos que parecen interactuar sistemáticamente a lo largo de nuestra historia como nación. Entendemos a estos como patrimonio de la línea nacional, siendo los mismos aquellos que recobran bríos a partir del año 43: soberanía – independencia –defensa y desarrollo nacional.
Perón crea una doctrina ordenada y sistemática, que es a la vez un emergente nacido en el mismo pueblo, es un por y un para el movimiento peronista: el Justicialismo, ya en su nombre aparece una referencia directa y clara a la centralidad de la justicia social.
La idea de Justicia Social impregnará entonces todas las acciones de gobierno ya que es entendida como el valor más alto. Mientras que la Independencia Económica nos habla de romper las cadenas del tutelaje foráneo, la Soberanía Política indicaba que los destinos de la patria deben nacer en el pueblo soberano quien se da una forma de gobierno y sostiene un estado que solo brega por un interés, el del verdadero soberano: el pueblo.
Mientras tanto, en el plano internacional, la Tercera Posición es en esencia lo que sostienen las tres banderas. En lo geopolítico un posicionamiento equidistante de ambas potencias y en lo filosófico, emana de un ontos nacido en ese novedoso proyecto civilizatorio llamado Comunidad Organizada, donde derechos y deberes, realización colectiva e individual se ven profundamente vinculados.
2. Industrialización para el desarrollo: revolución peronista contra el status quo liberal conservador
La industrialización del país es una acción central y estratégica para alcanzar la Justicia Social. No solo porque los resultados de un proceso de industrialización permite mejoras sustanciales en el acceso al trabajo remunerado (creando más y mejores puestos calificados), lo que provoca un impacto inmediato en la calidad de vida de gran número de compatriotas, sino que alcanzar cierto desarrollo de la industria nacional posiciona a la nación en el concierto internacional, fortaleciendo su cariz soberano y avanzando a su vez en la búsqueda de independencia económica.
En la perspectiva colectiva, rápidamente se dejarán ver los resultados positivos mediante el robustecimiento de lo que podemos considerar la idea de nación soberana, y de un estado fuerte, interventor y regulador en favor de los intereses del pueblo. Además de ser un derecho y poseer la virtud de dignificar al hombre, el trabajo tiene para el peronismo una dimensión intrínseca vinculada a ofrecerse, dar, para sostener la vida en común.
En cuanto a la vinculación de desarrollo de la industria y la defensa nacional, debemos volver a la idea de capacidad de defendernos. Sin dudas que la incorporación de los avances tecnológicos son condición para tener competencias en este terreno. El peronismo no se enamora de la tecnología, sino que la entiende como una herramienta que bien utilizada debe estar al servicio de un buen vivir.
En los militares de GOU y principalmente en Perón y en aquellos que lo acompañaron en sus dos primeros gobiernos, el desarrollo de industrias estratégicas para la defensa nacional fue uno de los motores del proceso de industrialización local, y el rol del Estado nacional como impulsor de medidas y acciones, tenía su punto más alto en las “empresas estatales”, las verdaderas protagonistas de muchos de los procesos. La línea nacional identifica la necesidad de consolidar la autonomía, la autosuficiencia y autoabastecimiento, como conductas de independencia y al mismo tiempo fundamenta a esta posición en la idea de nación soberana. Finalmente, aun por razones de defensa nacional, la industrialización se impone, ya que “en el mundo moderno la industria es el único factor decisivo de fuerza que no puede improvisarse ni reemplazarse. La independencia estratégica es inseparable de la independencia industrial”[7].
Hacia mediados del siglo XX y en pleno gobierno peronista, la industrialización es un hecho histórico incontrastable. En muchos sectores de la industria se ven notorio crecimiento, en casi todos ellos se registra un protagonismo del estado respecto al capital privado.
El sector de transporte de personas y bienes no será la excepción, e ingresa en una nueva fase de desarrollo. Al anterior apogeo de barcos y trenes, le sucede el despertar de la aviación y del transporte automotriz en sus diversas modalidades. Será la creación de una empresa estatal por parte del gobierno peronista, la que dará el puntapié inicial para el desarrollo de esta rama industrial estratégica a nivel local, dotándola de una impronta única.
3. La experiencia del IAME : vehículos para el trabajo y para el disfrute del pueblo trabajador.
“Señor, si usted me permite, yo le voy a fabricar automóviles en el país”[8], fue el desafío del Brigadier Ignacio San Martín al Presidente Coronel Perón, cuando aún era ministro de Aeronáutica, no tardó en cumplirse. En ese momento en nuestro país solo se ensamblaban vehículos fabricados en el exterior, y las dificultades macro económicas del contexto internacional demoraban la radicación de nuevas empresas, alejando así la posibilidad de que en Argentina se dé inicio a una nueva etapa para lograr aportes significativos en esa cadena de valor. La importación no era ventajosa toda vez que el crecimiento de la demanda era sostenido y eso bienes, escasos, por lo cual el precio tendía a ser oneroso y para la mayoría del pueblo privativo. Además el contexto no permitía la incorporación privada de bienes de capital para el desarrollo específico. Este contexto hacia propicio una intervención estatal, dado que la producción local se presentaba como una potencial solución al desabastecimiento ante una demanda creciente y sostenida, toda vez que la inversión que se efectuará correctamente podría con celeridad obtener resultados.
Concluyendo el primer periodo del gobierno peronista, aún no se habían radicado nuevas empresas automotrices y las que ya estaban instaladas se dedicaban a ensamblar autopartes y motores de distinto origen. Debido al crecimiento sostenido del consumo y al mejoramiento de la calidad de vida de la población, los automóviles que no se fabricaban en el país era lógico que terminaran importándose, dejando en claro que el problema planteado para el sector radicaba en atender la demanda con una mirada distinta.
El desafío de fabricar automóviles en nuestro territorio, fue avalado de inmediato y con gran celeridad se desplegaron una serie de acciones que dieron nacimiento a Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (IAME), entidad constituida mediante la absorción de lo que antes era la Fábrica Militar de Aviones más un fuerte financiamiento crediticio del Banco Industrial de la República Argentina, con la idea de que sea una empresa autárquica bajo la dirección del Brigadier San Martín.
Si bien la aeronáutica nacional poseía un historia reciente bastante fructífera, la idea que abrigaba San Martín incluía un plan superador al esquema planteado con la Fábrica Militar de Aviones, este incluía una posición subsidiaria estatal que se desplegaría mediante una empresa promotora de innovación y producción estratégica, con el objetivo final de producir más que herramientas militares o vehículos de transporte, soluciones para los desafíos del momento.
En un par de años de existencia de IAME, no solo se habían diseñado los modelos en los distintos segmentos y se los producía a una escala satisfactoria, sino que además todo acontecía bajo un criterio general que atendía a una idea de desarrollo estratégico. Los vehículos producidos allí tenían entonces, dos objetivos claros: herramientas de transporte para el trabajo y el desarrollo (camiones, camionetas, tractores), tanto como para el disfrute (deportivos, motos, familiares). Con el precepto de que en la vida en común, debemos alcanzar la realización colectiva e individual y entendiendo que la felicidad del pueblo está vinculada al goce y el disfrute, es que la industria automotriz se ocupó y no fue ajena a esta pauta, orientando parte de sus esfuerzos a pensar y producir bienes de consumo familiares, personales, recreativos, etc., demostrando que la búsqueda de la felicidad del pueblo no es solo declarativa, sino una de las realidades efectivas.
Los automóviles y moto-vehículos fueron producidos con la idea de ser durables, útiles y accesibles, pensados para satisfacer las necesidades del pueblo trabajador de las ciudades y del campo. La cosmovisión peronista se encuentra inoculada en cada acción de su gobierno y siempre incluye una dimensión existencial, donde la búsqueda de la felicidad del pueblo vincula profundamente con el disfrute y el buen vivir. Hay también aquí un orgullo argentino cimentado en una identidad propia y en una revalorización del proceso histórico, basta ver los nombres de cada vehículo y de cada aeronave diseñada y producida en el complejo IAME, para entender que el desarrollo productivo y la autodeterminación nacional se jugaban juntos. Esta asociación entre industria, tecnología, ciencia, trabajo técnico e identidad nacional es otro de los sellos característicos de lo que venimos sosteniendo como tecno-nacionalismo.
En el IAME se fabricó una extensa línea de vehículos bajo la marca Institec (sedán, rural, camión), el popular y longevo Rastrojero (en versiones Willys y Diésel que aún vemos circular por barrios del conurbano como herramienta de trabajo) y también diversos modelos deportivos o familiares, cuya finalidad se orientaba más al mejoramiento de la calidad de vida que a la idea de herramientas para el trabajo, incluyendo en el diseño la idea de integrar el mundo urbano y rural, ya que ambos son característica de nuestro territorio.
El complejo produjo los tractores Pampa y más adelante los Fiat, pensados para el chacarero y no para grandes latifundios. Una herramienta noble, accesible y duradera que acompañaría la idea del Segundo Plan Quinquenal al que muchos interpretaron como la vuelta al campo. El hito de la maquinaria pesada para el campo y la mecanización del proceso agrícola generaron un impacto no solo a nivel local sino que un diferencial en la región. La influencia gravitante de la maquinaria y de la vinculación de esta con el trabajador, permitió mayor volumen de producción y mejor competitividad, ya que “el proceso, ya acelerado, de mecanización, complementado con la preparación del personal idóneo, preparado en escuelas y en el Ejército, para bien emplear y conservar la maquinaria, completará en pocos años un aumento apropiado de una producción más intensiva y de menor costo”[9]
La célebre motocicleta Puma (en cilindradas de 100, 125 y 200 cm³), estaba pensada para agilizar y abaratar los tiempos de viaje diario, pero también era reivindicada como una socia para el ocio y como un moto vehículo accesible y popular dentro de la clase trabajadora en el segmento joven.
En poco tiempo el complejo llegó a emplear a 12.000 personas y se estructuró en un entramado de diez plantas fabriles especializadas de diversa complejidad, que además de automotores producían desde aviones y motores de reacción, hasta elementos de motonáutica. Allí se desplegó una sinergia creativa y técnica que le dio mayor rapidez al desarrollo de ambos sectores.
Tras este empuje estatal, florecieron en la zona centro del país (fundamentalmente en las provincias de Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires) miles de empresas pequeñas y medianas, vinculadas a esa cadena de valor. Al mismo tiempo se generaban las condiciones para que poco a poco proyectos de mayor envergadura (que incluían fuertes inversiones en bienes de capital para motorizarlos) fueran apareciendo en el corto y mediano plazo (Fiat Concorde, IKA, Gilera, etc.).
La industria metal mecánica vinculada a esta rama (desde rodamientos, engranajes, motorización compleja, hasta pequeños y simples talleres mecánicos), se multiplicó exponencialmente.
A corto plazo muchas de la piezas y repuestos necesarios pasaron a ser de industria nacional y el desarrollo de otras ramas industriales en colaboración con la automotriz, crecieron sistemáticamente. Poco a poco, se originaron diversas empresas cuyo objeto era la fabricación de otras maquinarias sustentadas en la misma base de tecnología, metalmecánica y motorización. Queda así de manifiesto una de las virtudes del impulso estatal planificado en la creación de nuevas industrias, toda vez que se va tejiendo entre esa acción publica un entramado de mayor complejidad y diversidad con las inversiones privadas, que de carácter subsidiario van abonando el tejido productivo. La no menor industria del caucho y la goma, crecen exponencialmente también ampliando la radiación del empuje inicial.
En una comparativa de datos censales industriales, entre 1950 y 1954 se duplicaron los establecimientos vinculados con la industria automotriz y el número de empleados, mientras que el parque automotor existente en circulación creció en un 25% en el mismo período [10].
El impacto productivo de IAME abarcó otros sectores, por ejemplo la Aeronáutica donde se Destacó el Pulqui II, un avanzado caza a reacción que voló en 1950 y alcanzaba los 1.040 km/h, seguido por modelos emblemáticos como el Huanquero, Guaraní y más tarde Pucará. Además de aeronaves de uso militar, también se desarrollaron otros con destino de uso turístico (ejemplos entre otros son Chingolo y Colibrí, modelos pensados para uso civil). Es claro que en la aeronáutica se lograron los mayores desarrollos tecnológicos (la propulsión a reacción, el uso de materiales novedosos, turborreactores, etc.), que al estar interconectadas en el Complejo Industrial, muchos de estos avances o novedades tecnológicas eran vinculadas rápidamente a la industria automotriz, logrando así no solo la incorporación de nuevas tecnologías sino potenciando la capacidad técnica de los trabajadores. Este saber hacer de miles de trabajadores fue una de las variables principales para que la provincia de Córdoba se conforme como epicentro nacional de la industria automotriz que ha persistido con la instalación posterior y continua de empresas y plantas.
Al mismo tiempo en Motonáutica también se lograron éxitos con embarcaciones de turismo y el motor fuera de borda como el emblemático Surubí, pensados para la utilización cotidiana en la navegación del entramado fluvial de ríos y espejos de agua interiores, tanto como para la recreación y el deporte.
En el fomento e impulso estatal que se le dio a la industria automotriz bajo el gobierno de Perón (sin olvidar el inestimable protagonismo del Brigadier San Martín), puede corroborarse mucho de aquello que más arriba comentamos. La necesaria intermediación estatal, la visión estratégica del sector desarrollado (toda vez que las dinámicas de los cambios en la vida urbana y rural llevaban a la necesidad de otros medios y herramientas) y fundamentalmente la forma de ver la vida en común en su dimensión realista y existencial que el peronismo tiene en el seno de su cosmovisión filosófica, se encuentran reflejadas en el IAME y su accionar.
La finalidad de estos estímulos de intervención estatal, era generar las condiciones para que pueda alcanzarse una la gestión asociada público privada de desarrollo e inversión para ciertos sectores, en pos de una mirada nacional, donde el gobierno ejecutaba aquellas acciones necesarias y se presentaba como el propulsor dando el puntapié fundamental mediante la instalación de aquellas “empresas del Estado que de acuerdo con nuestra orientación, deben crear grandes construcciones industriales dando trabajo y sirviéndose de las empresas privadas, mediante la colaboración y cooperación”[11] tal como sostenía Juan Perón citado por Leopoldo Frenkel, el fin de estas acciones estatales no es monopolizar sino impulsar el desarrollo de sectores, alentando la aparición de inversiones privadas y junto a ellas la asociación de los empresarios en el fomento estratégico.
Las máximas rectoras de trabajar por la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación trasvasan cada acción y constituyen una posición unívoca. Esta posición también dotará de esta impronta a la industria automotriz del IAME, donde los vehículos producidos no solo se pensaban como herramientas, sino que también estuvieron diseñados para el disfrute y el mejoramiento de la calidad de vida de las personas.
La mirada despectiva sobre la producción de motos o autos deportivos que ocuparon parte relevante de la agenda planificada, básicamente está sustentada en una incomprensión profunda de la filosofía peronista o directamente en un odio de clase que es el mismo desprecio que recientemente se ha manifestado de forma pública en aquello de que “le hicieron creer al empleado medio que podían comprarse plasmas o viajar al exterior”[12], apareciendo allí una continuidad en esa intención manifiesta de obturar la dimensión del buen vivir para los trabajadores y sectores populares.
Por el contrario, no hubo ese tipo de críticas al desarrollo de vehículos utilitarios y maquinarias rurales, ya que estos parecían encajar en el imaginario capitalista tanto como en el colectivista, donde el trabajador vale solo como fuerza o como generador de valor.
La dimensión humana que el peronismo pone en juego en su acción política, ha generado a lo largo de nuestra historia el rechazo manifiesto de los sectores oligárquicos y anti nacionales de todo color.
4. El retorno al coloniaje: la Libertadora y el influjo del Plan Prébisch
El Plan Prébisch (1955-1956), solicitado por el gobierno militar tras el golpe que derrocó a Perón, diagnosticó de forma muy liviana una crisis fundada en una economía estancada por el sesgo antiexportador, el desmedido consumo y con creciente inflación, proponiendo como solución un ajuste monetarista y la apertura al FMI y al mercado de bienes importados.
Incorpora a su análisis el concepto de sustitución de importaciones y darle a este el rango de modelo o plan que nunca tuvo para el gobierno Peronista, siendo en realidad una herramienta coyuntural utilizada en el marco de un diseño general de desarrollo soberano y estratégico como lo hemos descripto más arriba. Raúl Prébisch propone entonces el viejo remedio de la liberalización económica, menos estado y más libre mercado. Aunque su propuesta no se aplicó totalmente, el plan sentó las bases para el desmantelamiento del IAPI y una vuelta al mercado entre privados, moderando el rol del estado.
Es de interés para nuestro análisis plantear un contrapunto entre la idea de desarrollo de áreas industriales estratégicas para la Defensa como una mirada opuesta a la que pregonaron aquellos economistas que acompañaron el golpe de estado que derrocó a Perón. Puntualmente esto que planteó Raúl Prébisch, visión surgida de un supuesto desarrollista que permeó con fuerza en el debate de ideas de aquel momento y con las que el proceso de industrialización del peronismo y la idea de desarrollo para la defensa tienen más rupturas que continuidades.
Las divergencias más agudas se encuentran a nuestro entender en la mirada displicente de Prébisch sobre el desarrollo estratégico nacional, tanto como en la idea de la industrialización y su relevancia, los motivos y formas de llevarla a cabo, que es ni más ni menos “retroceder veinte años en la consideración de los asuntos públicos, no es una perspectiva que incite al optimismo”[13].
El peronismo como parte de la línea nacional, piensa en el vivir con lo nuestro como ya comentamos, y en esto, los planes Quinquenales así lo demuestran. Es pensar en cómo podemos ser nosotros mismos desde nuestra posición soberana y desde una óptica realista.
Al entenderse como una Tercera Posición equidistante a las dos potencias del mundo bipolar, el peronismo no hace centro en el desarrollo del capital sino que el eje es el ser humano y el trabajo en una dimensión compleja. La idea de un pueblo feliz junto a la de una Nación fuerte y altiva, son los objetivos centrales de la vida en común y el marco en el que debe analizarse el proceso de industrialización y el rol del estado en este proceso llevado a cabo por Perón. Las intervenciones con perspectiva industrialista, responden a una mirada soberana del proceso de desarrollo, tanto como a otro imperativo ordenador, la independencia económica.
Volviendo al Plan Prébisch, podemos ver como allí se agita la panacea del capital extranjero tal como decía Arturo Jauretche, abandonado la posición del desarrollismo que dice ser su ideología, toda vez que resigna soberanía y pregona endeudamiento sin explicar cómo esto se constituiría en una solución. Entonces “aparece como un contrasentido la forma obsesiva en que Prébisch destaca la necesidad del empréstito…al punto de dedicar la mayor parte de su Informe a la justificación de ese recurso excepcional”[14], además presupone modificaciones del tipo de cambio que harán caer los precios, rompiendo toda la lógica previa esgrimida por el mismo Prébisch quien solía sostener la idea de que nos acometía un problema de balanza de pagos ante la caída de exportaciones junto a la caída del ahorro nacional, ¿entonces como más deuda podría balancearnos?.
Básicamente la solución por él planteada para alcanzar el ahorro, es hacerlo mediante endeudamiento, lo que lleva a poner a gravitar intereses extranjeros en todas las determinaciones claves para las inversiones en el desarrollo estratégico y como si fuera poco, conllevaría aparejado habilitar las importaciones para sustituir bienes para mejorar la oferta.
Parafraseando a Jauretche, entendemos como él lo hace, que el del crecimiento no es un problema de oferta sino de demanda, que debe atacarse fortaleciendo el tridente de producción, empleo y recaudación comprendido como el motor de un crecimiento realista, que además posibilita acceso a bienes y a una mejor calidad de vida, toda vez que habilita la mejora en la distribución del ingreso.
Sin embargo Prébisch insistió además de tomar deuda, en devaluar la moneda, congelar o contener los sueldos y abrir el mercado exterior sosteniendo que el crecimiento durante el peronismo era desordenado y artificial, que la industrialización si bien real carecía de competitividad y de la tecnificación suficiente, ante lo cual proponía darle nueva centralidad al agro, entrando en flagrante contradicción con los preceptos que sostenía desde la CEPAL. En la las recomendaciones económicas vertidas por Prébisch subyace en realidad un sustrato político colonial, es como ver a un bagual pidiendo le coloquen recado, freno y silla.
Desde esa posición servil es que sostiene muchas de sus ideas sobre lo que considera la realidad, ideas que parecen estar tomadas de datos sueltos y ordenados de forma insidiosa, con el fin de mostrar como inviable el proyecto del gobierno peronista. El mentado Informe “en su apuro de coleccionar números que revelen empobrecimiento llega al colmo de inventar un balance de pagos”[15] del ejercicio de 1955 que aún no había concluido.
Pero la ignominia en nuestro país no empieza ni acaba con Raúl Prébisch. Si nos remontamos en la línea endeudadora tendremos al estelar Bernardino Rivadavia más de un siglo antes. Lamentablemente vendrán otros con pensamientos más o menos decorados, con aristas más o menos violentas, pero siempre con el imperativo de tomar deuda y abrir la economía y liberar a los designios del mercado el futuro de nuestro pueblo sin que haya sorpresa en esto, ya que “forman legión los entregadores…mientras triunfan los miserables designios de los perduellis sobre la ignorancia de un pueblo candoroso y hambriento”[16].
5. Conclusiones
La creación del IAME dinamizó el pre-existente sector aeronáutico nacional y podemos decir que fue un parteaguas a nivel local, toda vez que “desempeñó un rol central en la ulterior puesta en marcha de la industria automotriz y del tractor Argentina”[17].
La impronta del IAME destaca en generar las condiciones para la concurrencia de un desarrollo serio del sector, principalmente en lo que refiere al entrenamiento de una mano de obra calificada tan necesaria para que eso suceda. Al mismo tiempo, en lo referido a su objetivo estratégico, el desarrollo de esta rama de la industria pensaba estimular el acceso a bienes amortizables para el mundo del trabajo rural y urbano (tractores, camiones y camionetas para el transporte) como vehículos para el disfrute y el mejoramiento de la calidad de vida.
La intervención del Estado, orientada, planificada y sostenida en pos de coordinar y ejecutar para crear o impulsar sectores industriales mediante la inversión tecno-productiva, fue parte de la visión peronista sobre ese proceso. Esta se complementaba con la expansión del conocimiento y la re significación del rol de la inversión privada, toda vez que esas inversiones de los empresarios terminaban formando parte de una alianza tácita con lo público. Este inter-clasismo (donde el estado representaba los intereses del pueblo), se expresó de forma acabada en el Justicialismo, del que podemos decir que cultivó cierto perfil tecno-nacionalista complejo, toda vez que bregó por una síntesis entre los intereses de sectores opuestos políticamente.
La mirada tecno-nacionalista se reflejó no solo en los Planes Quinquenales, sino en las acciones de gobierno y particularmente en el fomento a la industria nacional, donde el desarrollo tecno-productivo planificado sería acompañado desde el ámbito de la educación de oficios, escuelas técnicas y niveles profesional-científico, buscando amalgamar una relación entre producción, trabajo y educación tal vez única en nuestra historia. Esta visión de unidad entre esferas que parecían estar separadas, solo puede pensarse, entenderse y llevarse a cabo con el sostén filosófico de una comunidad organizada, donde la cosmovisión comunitaria particular del peronismo incluye la idea de realización individual junto a la de sostenimiento de la vida en común en mutua dependencia. Nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza.
El golpe de estado que derrocó a Perón vino a intentar recomponer una visión de país previa, mirando al pasado, y así como se imaginaban retrocediendo en el tiempo hacia el granero del mundo, desataron especialmente infinidad de retrocesos en los sectores de la industria que habían sido impulsados por aquellas empresas estatales o mixtas. Los ecos de aquello propuesto en el Plan Prebisch como el fin del IAPI y la apertura de los mercados, asestaron cambios drásticos también en la industria automotriz.
Al alentarse el fin de la intervención estatal y la apertura sin control, allanaron el camino a la radicación de grandes automotrices de capital multinacional, que veían en Argentina solo un pequeño eslabón en la conformación de su cadena de valor, obturándose a largo plazo la posibilidad de un desarrollo completo y soberano.
Sin embargo, el desarrollo automotriz del caso IAME debe verse a nuestro entender como exitoso, toda vez que provocó en el sector el despliegue de un complejo entramado subsidiario, que en distintos niveles pasó a ser parte estable de nuestro perfil productivo como país. Con tiempos mejores y con tiempos peores, la industria automotriz y la metal mecánica asociada a esta, han sido y son referencia, destacándose no solo por la calidad de su mano de obra con expertiz técnica y calidad innovadora, sino por el know how empresarial que ha quedado instalado. Cada tanto, Argentina vuelve a destacarse en esta rama industrial, pareciendo estar siempre preparada para los desafíos del mercado. Lo que indudablemente se ha perdido es la impronta de desarrollo soberano como horizonte estratégico.
Autor: Juan Martín Busnelli, Lic. Sociología U.B.A, Diplomado en Gestión y Control de Políticas Públicas (FLACSO) y Tránsito y Transporte (UAI).
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[1] Senna, Miguel Ángel : “Los Militares”. Ed. Belgrano, 1980, pag. 196
[2] Perón, Juan Domingo: Discurso por el Día de la Industria en la sede Central de UIA, La Industria y la Defensa Nacional. Revista, Junio 1944, pag.6.
[3] Cheng Li (1994). “The yin and yang of east Asia” Disponible en línea : https://www.icwa.org/wp-content/uploads/2015/09/CL-12.pdf
[4] Torres, José Luís: “Los Perduellis. Los enemigos internos de la patria”, Ed. Freeland, 1973,pag 136.
[5] Goffman, Erving (1998) “Estigma, la identidad deteriorada”, Ed. Amorrortu
[6] Vicat, Luís: “Defensa Nacional Industrial. Bastarnos a nosotros mismos” , pag2, en Fragmento de la conferencia leída en el Círculo Militar de Buenos Aires el 17 de julio de 1925, según transcripción de Benjamín Villafañe Chaves en Miseria de un país rico, pp. 106-141. Transformado en texto electrónico por Carlos E. Solivéres, Bariloche, enero de 2011.
[7] Peron, Juan: “La Fuerza es el derecho de las bestias”. Ed. Cicerón, 1958, pag 42.
[8] Frenkel, Lepoldo: “Juan Ignacio San Martín. El Desarrollo de las industrias aeronáuticas y automotriz en la Argentina”, Germano Artes Gráficas, 1992 , pag. 97
[9] Perón, Juan: “La Fuerza es el derecho de las bestias”. Ed. Cicerón, 1958, pag. 40.
[10] Harari, Ianina: “Los alcances de la producción automotriz bajo el peronismo”, Ponencia, XI Jornadas Inter escuelas Departamento de Historia UNT , 2007, pags. 4 y 5.
[11] Frenkel, Lepoldo: “Juan Ignacio San Martín. El Desarrollo de las industrias aeronáuticas y automotriz en la Argentina”, Germano Artes Gráficas, 1992 , pag. 130
[12] González Fraga, Rosendo disponible en línea: https://www.lanacion.com.ar/economia/gonzalez-fraga-le-hicieron-creer-al-empleado-medio-que-podia-comprarse-plasmas-y-viajar-al-exterior-nid1903034/
[13] Perón, Juan: “La Fuerza es el derecho de las bestias”. Ed. Cicerón, 1958, pag. 133.
[14] Jauretche, Arturo: “El Plan Prebisch. Retorno al coloniaje”, Peña Lillo, 1974, pag. 121
[15] Perón, Juan: “La Fuerza es el derecho de las bestias”. Ed. Cicerón, 1958, pag. 133.
[16] Torres, José Luís: “Los Perduellis. Los enemigos internos de la patria”, Ed. Freeland, 1973,pag 159.
[17] Frenkel, Lepoldo: “Juan Ignacio San Martín. El Desarrollo de las industrias aeronáuticas y automotriz en la Argentina”, Germano Artes Gráficas, 1992 , pag. 125.
