La influencia de la Compañía de Jesús en la Revolución de Mayo según Guillermo Furlong

Federico Llera

Introducción general

¿Puede un pequeño sector de la Iglesia Católica como la Compañía de Jesús contarse dentro de la heterogénea serie de influencias que componen la identidad argentina? Responder a esa pregunta y conservar viva su tradición y sus aportes ha sido una de las principales, si no la principal, contribución y pasión del Padre Guillermo Furlong S.J (1889-1974), historiador y sacerdote de la orden jesuita.

La Compañía de Jesús ha aportado un modo de ser que se agrega a los otros, aunque no se encuentre presente de manera uniforme en toda la identidad nacional. Sin embargo, se puede intuir y rastrear en la idiosincrasia de muchos argentinos y, se puede afirmar, que el cuadro de nuestra identidad no estaría completo si no se la señalara. La presencia jesuita en nuestro territorio va, con interrupciones, desde 1585, hasta hoy, incluyendo, por supuesto la figura ineludible en la historia contemporánea del Papa Francisco.

Una de las principales ideas de Furlong es que la influencia de los jesuitas en el pensamiento nacional ha sido tal, que los hombres que en 1810 comenzaron la tarea de la independencia estaban formados bajo esta influencia.

La historia de las ideas argentinas suele narrarse como el tránsito desde la escolástica colonial hacia la modernidad ilustrada, siguiendo una genealogía liberal que culmina en la Revolución de Mayo. Sin embargo, Guillermo Furlong, propone una lectura distinta: ver en el pensamiento jesuítico de los siglos XVII y XVIII el germen de una conciencia nacional previa a 1810.

Según Furlong, las doctrinas del Padre Francisco Suárez sobre el origen del poder —transmitidas en los colegios y universidades jesuitas del Río de la Plata— habrían impregnado la formación intelectual de los hombres de Mayo. En esa línea, la Revolución no sería una simple imitación de la francesa, sino la consecuencia de una tradición hispanoamericana y su manera particular de concebir la autoridad. A partir de esta doctrina, Furlong afirma, que, en las conciencias, ya existía en el Río de la Plata una idea viva de comunidad de la cual la revolución es su cumplimiento.

María Antonia de la Paz y Figueroa

A modo de ejemplo, aun cuando los Jesuitas habían sido expulsados por Carlos III en 1767, fue una mujer: María Antonia de la Paz y Figueroa quien se ocupó de mantener viva la obra de la Compañía de Jesús en el Río de la Plata.

Popularmente conocida como Sor María Antonia, la Madre Antula, una mujer laica, se ocupó de la difusión y aplicación de las enseñanzas de San Ignacio ¾padre fundador de la compañía¾ a través célebre libro de Ignacio: los Ejercicios Espirituales.

“Fueron los Ejercicios Espirituales de San Ignacio el alimento sólido y vigorizante de las multitudes, así en Buenos Aires, como en Montevideo, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba. Vestida con un hábito análogo al de los Jesuitas reemplazó aquella mujer fuerte la acción de los Jesuitas y su sola imagen era una apoteosis de la perseguida Compañía”[1].

María Antonia fundó, entre 1768 y 1799, cuatro casas de Ejercicios y en la ciudad de Buenos Aires llegó a dar los Ejercicios a más de cien mil ejercitantes.

Precursores: Juan Pablo Viscardo y Juan José Godoy

Entre los jesuitas expulsados por Carlos III en 1767, hubo dos que en forma manifiesta y pública abogaron por la ruptura de las posiciones ultramarinas con respecto a la Metrópoli: Juan Pablo Viscardo y Juan José Godoy.

La Carta a los Americanos Españoles, del jesuita peruano Juan Pablo Vizcardo, es mencionada numerosas veces en la obra de Furlong como “la primera clarinada que dio la emancipación americana”[2]. Se valió de ella Francisco Miranda como instrumento eficaz para propagar las ideas de la revolución en las colonias españolas.

El jesuita mendocino Juan José Godoy, llamado “precursor de precursores” fue un verdadero militante de la emancipación americana. Expulsado a Italia en 1767, actuó ante la Corte de Inglaterra, entre 1780 y 1783, y ante el gabinete de Washington, en 1783, a favor de la independencia hispanoamericana para que estos la promovieran o al menos la secundaron y favorecieran. Ese mismo año, Godoy sería arteramente invitado a Jamaica, donde seria apresado por la policía española y condenado a cárcel perpetua para pasar los años restantes de su vida y fallecer en la prisión de Santa Catalina, en las proximidades de Cádiz.

Por la influencia de estos y muchos otros más miembros de la Compañía, corresponde a los jesuitas, según Furlong, un puesto entre los precursores de la Independencia. No hay que soslayar que la ausencia directa de los jesuitas en los sucesos de 1810 se puede entender en gran parte debido a que se encontraban, en cierta manera, proscriptos desde su expulsión y que recién volverían a la Argentina oficialmente en 1836, llamados por Rosas, que años más tarde habría de expulsarlos nuevamente. No obstante su ausencia, de acuerdo con la tesis de Furlong, su presencia, aún sutil y subterránea se mantendría como ideario filosófico y político en las conciencias de quienes actuaron por la independencia.

No hay que olvidar que, con anterioridad a 1767, los jesuitas habían dirigido más de cien colegios en toda América Hispana, desde California, y Loussiana hasta Buenos Aires y Santiago de Chile, y recordemos que, si España estableció 33 Universidades en sus colonias, trece de esas Universidades, fueron fundadas y sostenidas por los Padres Jesuitas. Aquellos maestros, arrojados al ostracismo, quedaron vinculados con sus alumnos americanos, a los que se sumaban los de 120 colegios, y no solo simpatizaron con la independencia, si no que contribuyeron a ella por los medios a su alcance.

Francisco Suárez S.J y la filosofía política de la independencia

Dentro de esta larga lista de jesuitas íntimamente relacionados con las ideas de la emancipación y que puede ser ahondada en la extensa enumeración que Furlong hace en Los jesuitas y la cultura rioplatense, hay una figura, por sobre todas las demás, que se destaca una y otra vez: la del Padre Francisco Suarez.

Su presencia fue notoria en las dos universidades rioplatenses (Chuquisaca y Córdoba) y en todos los colegios jesuíticos. Fue el filósofo español más influyente en los reinos de Indias en todo el siglo XVII y la primera mitad del XVIII. También de forma más velada en toda la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX[3].

Para Furlong, Suárez es el más representativo, el más comprensivo y el más penetrante de los filósofos posteriores a la época del Renacimiento y en las américas el mayor expositor del tomismo. Afirma Furlong que “fue durante todo el siglo XVII y XVIII el gran pensador que ejerció mayor influjo en el Río de la Plata”.[4] Su filosofía y su legado nutrió las conciencias de la generación que preparó y ejecutó la Revolución de Mayo. Esto se evidencia, para Furlong, en la frase definitoria y contundente que Cornelio Saavedra pronunció en la célebre jornada del Cabildo: “y que no quede duda de que el pueblo confiere la autoridad o mando”.

De acuerdo a la doctrina suareciana sobre el origen de la autoridad, el poder viene de Dios que lo proyecta a la comunidad humana. Es el pueblo el que la traspasa al gobernante. Este mediatiza el poder y la voluntad popular. En caso de violar el derecho natural, el pueblo tiene la legitimidad para la revuelta. Si el rey desaparece sin legítimo sucesor, el pueblo libre tiene derecho a nombrar su gobierno[5].

Furlong propone resumir el pacto político de Suárez en las siguientes clausulas:

  1. A ninguna persona, física o moral, le viene inmediatamente de Dios la potestad civil, por naturaleza o por donación graciosa
  2. Es mediante el pueblo que le viene al gobernante la autoridad;
  3. El pueblo la otorga, por su libre consentimiento, derivándose de allí los títulos legítimos de gobierno;
  4. Al hacer esa donación o traspaso, hay limitaciones en el poder, así por parte del gobernante que la recibe, y no puede usar de ella a su antojo, como por parte del pueblo que la confiere, quien ya no puede reasumirla a su capricho.[6]

Ante la comúnmente extendida interpretación liberal de que la revolución de Mayo encuentra su mayor inspiración en la revolución francesa y en filósofos como Rousseau o Montesquieu, Furlong va a decir que todas las ideas que se encuentran en el Contrato Social y en el Espíritu de las leyes están tomadas de autores católicos. “A los autores católicos pertenece la parte substancial y nutritiva; a los filósofos franceses tan sólo la salsa con que han sabido hacer agradable las viejas doctrinas católicas”[7].

Cabe recordar que, entre mayo de 1781 y agosto de 1785, el jesuita Juan José Godoy en Londres, procuraba convencer a los políticos de la Corte de Saint James para que el Gobierno Británico promoviera o, al menos, respaldara y apoyara el levantamiento y la independencia, y que la primera redacción de la Carta a los Americanos Españoles, del Padre Juan Pablo Vizcardo, data de 1780. Nueve años antes de la Revolución de 1789.

Aplicación de la doctrina suareciana en el pensamiento de los hombres de mayo

Si bien es indudable la influencia de la revolución francesa en los hombres de 1810, Furlong insiste en que esta se debe entender como causa ocasional, una ligera influencia, y no como causa eficiente. Para Furlong, el espíritu de los hombres de mayo denota una fuerte inspiración humanista y ligada a la dimensión trascendente de la vida humana.

En este sentido, Cornelio Saavedra, “justo apreciador de los valores tradicionales rioplatenses y aún hispano-americanos” [8], habría, en la tesis de Furlong, estudiado y aprendido estas viejas doctrinas católicas durante su formación humanista en el Real Colegio de San Carlos. La formación de Saavedra era de fuerte raigambre tomista explicada a través de Francisco Suárez.

Este principio jurídico de que el bien común debía prevalecer sobre el privado o particular, y de que los reyes eran para los pueblos y no los pueblos para los reyes, con explícita o implícita referencia al pacto o contrato, existente entre los pueblos y los reyes, era doctrina enseñada en las escuelas rioplatenses desde principios del siglo XVII.

A lo menos, desde 1612 el filósofo español Francisco Suárez fue el pensador que más influyó en los hombres del Río de la Plata, así antes como después de 1767, y nadie combatió al absolutismo real con tanto acierto, y nadie expuso y defendió las doctrinas democráticas tan valiente y denodadamente como ese preclaro pensador de la Compañía de Jesús. [9]

La doctrina de Suárez se inscribe dentro de la tradición de la doctrina española de la democracia y la autoridad. Implica la existencia de un pacto entre el soberano y el pueblo, pacto obligatorio para el pueblo, siempre que el soberano cumpla con sus obligaciones.

América, por la Real Cédula de 1519, constituía un reino independiente de España. Respondía exclusivamente al Rey. Y a este, siempre que cumpliera con el compromiso de sostener, perfeccionar y defender a su Reino de Indias.

A partir de la derrota en la batalla de Trafalgar, el 19 de octubre de 1805, España queda aislada de sus provincias ultramarinas. Se puede consignar este como el antecedente jurídico y filosófico de la Revolución, además de un momento clave para la misma, ya que implica el reconocimiento público de una figura fundamental para ella.

Aislada y bloqueada en el Atlántico por la flota de guerra de Gran Bretaña, España no podía asegurarles la defensa a sus reinos en las Indias. De esta manera el monarca incumple el contrato establecido con su vasallaje. En este contexto las tropas inglesas invaden en dos ocasiones consecutivas el Río de la Plata. El pueblo rioplatense resiste heroicamente al invasor y de estas invasiones frustradas de los británicos se desprenden una serie de consecuencias:

  1. El pueblo de Buenos Aires adquiere clara conciencia de su capacidad militar
  2. Se celebra un Cabildo abierto donde el pueblo mismo en posesión de un derecho que por primera vez ejercita, augural para los sucesos de la Semana de Mayo, destituye del mando al Virrey designado por la Corona – Sobremonte – para designar a quien lo había conducido a la victoria: Liniers.
  3. Se forma el Cuerpo de Patricios, a partir de una proclama de Liniers, con elementos exclusivamente criollos y estos eligen comandante en jefe a Cornelio Saavedra.

Desde el 30 de abril de 1807, con la abdicación de Carlos IV, América era, de jure, independiente. El monarca había roto el contrato existente entre él y los reinos americanos. Dominada la Metrópoli por los invasores, el pacto entre el pueblo y el rey estaba caduco. Al rebelarse los americanos no podían ser acusados de insurrectos, en última instancia solo manifestaban su decisión de no ser franceses y su conducta quedaba legalmente justificada. Pero no fue sino hasta la caída de Sevilla, a principios de 1810 y a partir de la proclama del 18 de mayo del Virrey Cisneros, que el camino hacia la revolución de Mayo se abrió claramente para el pueblo resuelto a reasumir su derecho.

Ese mismo día, según las memorias de Saavedra, junto con Castelli y Belgrano acordaron pedir a Cisneros autorización para que se celebrase un Cabildo Abierto al que concurriese el pueblo a deliberar y resolver sobre su suerte. Fue el mismo Saavedra quien dirigiéndose a Cisneros con motivo de la resolución de convocar a un Cabildo Abierto le dijo “El que a Vuestra Excelencia dio autoridad para mandarnos, ya no existe; de consiguiente, tampoco Vuestra Excelencia la tiene ya”.[10] A partir de esta intervención, con fecha el 19 de mayo, apenas un día después de su proclama, Cisneros autorizó la celebración del Cabildo Abierto.

Cornelio Saavedra, padre de la patria.

Esa fue la doctrina sobre la que se basó la Revolución de Mayo, y no es otra que la doctrina suareciana que Saavedra había aprendido en las aulas bonaerense bajo el magisterio del piadoso sacerdote Carlos Montero, y se refería al Pacto de sumisión o contrato público, tan antiguo en España y tan aceptado en la época de los Augsburgos, como desconocida y aun anatematizado en la época opresora de los Borbones.[11]

“Y que no quede duda de que el pueblo confiere la autoridad o mando”, tales fueron las palabras que pronunció Saavedra junto a su voto en el Cabildo Abierto y que gran mayoría de votantes hicieron suyas. Ante la ausencia de soberano, el poder recaía nuevamente en la comunidad. Las palabras de Saavedra responden a la doctrina defendida y divulgada en el Río de la Plata por el Padre Francisco Suárez. Saavedra, por su formación, estaba imbuido en la doctrina clásica española de la era de los Augsburgos. Durante el SVIII, a partir del absolutismo de los Borbones, esta doctrina se había debilitado en la Metrópoli. En los reinos de Indias, sin embargo, se mantenía viva gracias a los jesuitas.

De ella tomaba su convicción Saavedra, con fundamentación filosófica y jurídica. Entre los pueblos y los reyes existía un contrato bilateral, con derechos y deberes por ambas partes. Abdicada la corona y caída la Península, el contrato se encontraba caduco y justificaba la revolución argentina.

“El proceso revolucionario conducido por Saavedra fue de naturaleza esencialmente jurídica. Encontró su fundamentación en el derecho y se hizo utilizando las instituciones existentes. La transformación política de la Semana de Mayo se produjo siguiendo los cauces del derecho y buscando el establecimiento de un gobierno legítimo fundado en la voluntad popular”[12].

Conclusión

La lectura de Furlong sobre la Revolución de Mayo recupera una tradición de pensamiento que la historiografía liberal tendió a relegar. Al situar en el corazón del proceso emancipador la influencia jesuítica, propone una genealogía del pensamiento nacional que no nace de la Ilustración europea, sino de la tradición teológica hispanoamericana. En esa matriz, la autoridad no se opone al pueblo, sino que se funda en él.

Esta reinterpretación no busca negar la influencia de las ideas francesas, sino situarlas como causa ocasional frente a una raíz más profunda y original: la de un pensamiento político americano gestado en las aulas jesuíticas y en las conciencias criollas. De este modo, la Revolución de Mayo puede leerse no solo como ruptura con la Metrópoli, sino como continuidad de una forma de pensar la comunidad.

Furlong, en La revolución de Mayo, esboza un concepto extendido de Patria que trasciende el espacio y el tiempo, definido por ellos, pero no circunscrito a los mismos. La Patria para Furlong “es una unidad de destino dentro de la totalidad del mundo físico y dentro de la universalidad del mundo histórico”[13]. Si no fuera así, sin esta dimensión trascendente, la Patria sería algo momentáneo, inmediato, físico, visible y tangible. Para Furlong “un pueblo que no posee sentimientos comunes, intereses idénticos, creencias semejantes, no pasara de ser una polvareda de individuos sin cohesión, sin duración y sin fuerza”.

Sin un objetivo común, ni trascendental no puede haber Patria. Por eso, para Furlong, es posible hablar de Patria antes de 1810. Ya que la misma se encontraba en las ideas, las conciencias y los corazones de aquellos que la parieron. Entre esas conciencias, para Furlong, la presencia de los sacerdotes jesuitas y sus ideas resulta insoslayable.

BIBLIOGRAFÍA

Furlong G. (1994). Los jesuitas y la cultura rioplatense. Buenos Aires: Secretaría de Cultura de la Nación; Editorial Biblos.

Furlong, G. (1960). La revolución de mayo. Buenos Aires: Club de Lectores.

Furlong, G. (1979). Cornelio Saavedra. Padre de la Patria Argentina. Buenos Aires.

Recalde, A. (2025). Clase 1: introducción. Vida y obra de Guillermo Furlong [Apuntes de clase]. Seminario Universidad, Ciencia y Pensamiento Nacional y Latinoamericano. UNLa

Fuanna, A., “Guillermo Furlong: La influencia hispánica en las universidades de América y el pensamiento de Suárez como fundamento teórico”, Revista Contrafilo, Universidad Nacional de Lanús, [Disponible en: https://revistacontrafilo.unla.edu.ar/768/admin/universidad_pnyl/] (Fecha de consulta: 26/10/2025).

Giacobone, M. P., “El aporte de Guillermo Furlong a la historia de la filosofía argentina”, Revista Contrafilo, Universidad Nacional de Lanús, [Disponible en: https://revistacontrafilo.unla.edu.ar/el-aporte-de-guillermo-furlong-a-la-historia-de-la-filosofia-argentina/] (Fecha de consulta: 26/10/2025).

Zorraquín Becu, R. (1960) Cornelio de Saavedria. En Historia, año V, núm. 18, Buenos Aires.


[1] Furlong G. (1994). Los jesuitas y la cultura rioplatense. Buenos Aires: Secretaría de Cultura de la Nación; Editorial Biblos, p. 166.

[2]  Ibid., p. 170.

[3] Furlong, G. (1960). La revolución de mayo. Buenos Aires: Club de Lectores.  p. 39.

[4] Furlong G. (1994). Los jesuitas y la cultura… ed. cit., p. 91.

[5] Recalde, A. (2025). Clase 1: introducción. Vida y obra de Guillermo Furlong [Apuntes de clase]. Seminario Universidad, Ciencia y Pensamiento Nacional y Latinoamericano. UNLa

[6] Furlong, G. (1960). La revolución de mayo… ed. cit., pp. 40-41.

[7] Furlong, G. (1979). Cornelio Saveedra. Padre de la Patria Argentina. Buenos Aires. p. 16.

[8] Furlong, G. (1979). Cornelio Saveedra… ed. cit., p. 16.

[9] Furlong, G. (1960). La revolución de mayo… ed. cit., pp. 38-39.

[10] Saavedera, C. (1960). Memoria póstuma, p. 361.

[11] Furlong, G. (1979). Cornelio Saveedra… ed. cit., p. 41.

[12] Zorraquín Becu, Ricardo. Cornelio de Saavedria. En Historia, año V, núm. 18, Buenos Aires, 1960, pp. 5-8.

[13] Furlong, G. (1960). La revolución de mayo… ed. cit., p.12.

Federico Llera
Federico Carlos Llera cursa la Especialización en Pensamiento Nacional y Latinoamericano (UNLa). En ese marco trabaja sobre las distintas posiciones en torno a la presencia jesuítica dentro del pensamiento nacional. Como Licenciado en Comunicación Social desarrolla su actividad profesional en vinculación con PyMES del sector industrial. Además, escribe y hace música.
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