Juan Facundo Besson

La gramática criolla del poder y la superación justicialista del paradigma de la vanguardia

Introducción

Toda civilización construye una determinada gramática del poder. No se trata únicamente de un conjunto de instituciones, de procedimientos jurídicos o de formas de gobierno, sino de un modo específico de comprender la relación entre el hombre, la comunidad y la autoridad. Allí donde unas tradiciones conciben el poder como el resultado de la apropiación de un aparato estatal, otras lo entienden como la expresión de un orden moral preexistente; algunas depositan su confianza en la deliberación racional de los individuos, mientras otras reconocen que toda comunidad política sólo perdura cuando logra organizar las energías espirituales que le permiten perseverar en el tiempo. La política, antes que un sistema de normas, constituye una forma de interpretar la vida colectiva y de responder a una pregunta decisiva: ¿de dónde proviene la autoridad que hace posible la existencia de una comunidad histórica?.

Es precisamente sobre este presupuesto donde el pensamiento de Juan Domingo Perón introduce una ruptura de extraordinaria profundidad. Su teoría de la conducción no constituye una mera reformulación de las doctrinas precedentes ni una adaptación de la ciencia militar al gobierno civil, como frecuentemente se ha sostenido, sino el desplazamiento del fundamento mismo de la política. Desde la Ilustración hasta el positivismo, e incluso en buena parte de las teorías modernas, la transformación histórica fue concebida como la obra de una vanguardia: una minoría ilustrada, una élite científica, un partido o un grupo excepcional encargado de conducir desde arriba a una sociedad considerada destinataria del cambio. El principio estratégico era siempre el mismo: el sujeto creador del orden marchaba al frente y la comunidad lo seguía. Perón subvierte esa lógica.

La conducción deja de descansar en la excepcionalidad de la vanguardia para apoyarse en la fortaleza de una retaguardia organizada, porque, como en toda campaña, la vanguardia puede conquistar posiciones o decidir una batalla, pero sólo la retaguardia asegura el abastecimiento, la continuidad, la formación de cuadros y la recomposición de las fuerzas. Por eso, quienes llegan a conducir deben haber salido de “atrás”, del pueblo, haber conocido sus necesidades, lenguajes, experiencias y contradicciones, porque difícilmente pueda interpretarse aquello que nunca se ha vivido ni escuchado. Como el hombre de la alegoría platónica que rompe sus ataduras, asciende hacia la luz y luego debe regresar a la caverna, el conductor no asciende para separarse de los suyos, sino para adquirir una perspectiva más amplia y volver sobre sus pasos: no olvidarse de dónde salió. Conducir supone así un movimiento permanente de atrás hacia adelante y viceversa: escuchar al pueblo, interpretar sus demandas, comprender el conjunto y devolver aquello recibido convertido en palabra accionada, es decir, en organización, decisión y acción política. La Nación no depende entonces de la genialidad circunstancial de un conductor, sino de un pueblo organizado capaz de producirlo, sostenerlo, orientarlo y reemplazarlo; la conducción deja de ser una simple teoría del mando para convertirse en una teoría de la escucha, el retorno y la permanencia histórica.

Este desplazamiento transforma también la comprensión del conductor. El conductor no produce al pueblo; es el pueblo quien produce al conductor. Antes que un individuo excepcional, constituye una figura, es decir, la forma histórica mediante la cual una comunidad adquiere conciencia de sí misma. Romano Guardini entendía la Gestalt[1] como una forma viva donde una verdad espiritual se hace visible en la historia; Erich Auerbach mostró que la figura no sustituye la realidad, sino que la concentra y la revela; y Hans Urs von Balthasar, al desarrollar una auténtica estética de la figura, sostuvo que toda verdad necesita encarnarse en una forma concreta para poder ser contemplada. Aplicada a la tradición política argentina, esta categoría permite comprender que el conductor no constituye una anomalía biográfica, sino la condensación visible de una experiencia histórica compartida. Artigas, San Martín, Estanislao López, Juan Manuel de Rosas, Felipe Varela, entre otros y, posteriormente, Perón, no inventan las virtudes de sus pueblos; las manifiestan. En ellos la comunidad reconoce aquello que ya existía de manera dispersa en su memoria, en sus costumbres, en sus símbolos y en su tradición. La figura no crea la identidad colectiva: la hace visible y la vuelve históricamente operante.

Esta dimensión simbólica encuentra un fecundo diálogo con la teoría de los arquetipos de Carl Gustav Jung y con la interpretación del camino del héroe elaborada por Joseph Campbell. Para Jung (2010), los arquetipos constituyen estructuras permanentes del inconsciente colectivo que reaparecen bajo diversas formas culturales; Campbell (2006) mostró que el héroe atraviesa un proceso universal de partida, prueba y retorno. Sin embargo, la tradición criolla introduce una diferencia decisiva respecto del héroe moderno. El conductor no abandona definitivamente a su comunidad para alcanzar una realización individual; sale del pueblo y retorna a él. Su itinerario no culmina en la gloria personal, sino en la organización de la comunidad. No vuelve para ser admirado, sino para transmitir doctrina, formar y consolidar instituciones capaces de sobrevivir a su propia existencia. La plenitud del conductor no consiste en perpetuar su centralidad, sino en hacer posible que la comunidad continúe su misión histórica cuando él ya no esté. Allí radica la superioridad estratégica de la retaguardia organizada: mientras la vanguardia puede iniciar el movimiento, sólo la retaguardia garantiza la continuidad de la historia.

Desde esta perspectiva, la autoridad tampoco puede confundirse con el carisma descrito por Max Weber. El carisma remite a cualidades extraordinarias atribuidas a una personalidad singular (Weber, 2002); la auctoritas, en cambio, nace del reconocimiento comunitario y de la continuidad de una tradición. En la tradición política criolla, la autoridad no expresa una jerarquía entre diferentes, propia de las concepciones estamentales, oligárquicas o tecnocráticas del poder, sino una jerarquía entre iguales. El conductor no pertenece a una naturaleza distinta ni ocupa un plano superior respecto de la comunidad; sigue siendo uno de los suyos. Su primacía proviene del reconocimiento de que encarna con mayor plenitud las virtudes compartidas por todos. En este sentido, su legitimidad se manifiesta mediante una verdadera acclamatio, entendida no como un acto emocional o plebiscitario, sino como el reconocimiento público por el cual la comunidad identifica en uno de sus miembros a quien expresa más acabadamente su propia identidad histórica. La acclamatio no crea la autoridad; la hace visible. Constituye el momento en que el pueblo descubre en uno de los suyos la figura capaz de conducir su destino común y confirma públicamente una auctoritas que ya se encontraba moralmente constituida. Por ello la tradición popular afirma, con una profundidad filosófica extraordinaria, que el conductor es «el mejor de los nuestros». La expresión no establece una diferencia ontológica, sino una excelencia moral dentro de una misma comunidad de pertenencia. El conductor ocupa el primer lugar porque permanece entre los suyos y porque los suyos reconocen en él la realización más acabada de aquello que ellos mismos aspiran a ser. Su autoridad no se impone por la fuerza, ni deriva exclusivamente del procedimiento jurídico o del prestigio personal: se revela mediante el reconocimiento comunitario, se confirma en la aclamación y se consolida en el servicio permanente al pueblo.

Todo ello sólo resulta inteligible si se abandona la antropología abstracta característica de la modernidad. La Verdad XIV del Justicialismo, al definir una filosofía de vida «simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista» (Perón, 1974), remite a una forma concreta de existir. Rodolfo Kusch (2007) denominó estar a esa experiencia originaria del hombre americano arraigado en una tierra, una comunidad y una tradición; Martin Heidegger (2009) mostró que el Dasein nunca existe como una conciencia aislada, sino como un ser-en-el-mundo históricamente situado; y Hans-Georg Gadamer (1999) explicó que toda comprensión acontece dentro de una tradición mediante una permanente fusión de horizontes (Horizontverschmelzung). La conducción política sólo puede comprenderse desde esa historicidad compartida. El conductor participa del mismo horizonte simbólico que su pueblo, comparte su memoria y asume su destino. Conduce porque pertenece, no porque se sitúe por encima de la comunidad. Su autoridad brota de un mismo suelo existencial.

I. La gramática criolla del poder: entre la autoridad y la organización

Toda teoría política comienza, aun cuando no lo explicite, por una determinada concepción de la naturaleza humana. Allí reside el presupuesto silencioso sobre el cual se edifican las instituciones, las formas de gobierno y las doctrinas de organización. Ningún régimen político organiza simplemente el ejercicio del poder; organiza, antes que nada, una determinada idea acerca del hombre y de la comunidad. Por ello, las diferencias entre las grandes tradiciones políticas rara vez radican exclusivamente en los mecanismos institucionales que proponen. Se encuentran, más profundamente, en el modo en que responden una pregunta anterior a toda constitución y a toda legislación: ¿cómo se constituye una comunidad histórica capaz de gobernarse a sí misma? En esa cuestión se encuentra el verdadero fundamento de la autodeterminación, entendida no sólo como la capacidad jurídica de decidir sin injerencias externas, sino, en un sentido más profundo, como la aptitud de un pueblo para darse a sí mismo su propio destino histórico. Tal capacidad no nace de la mera voluntad individual ni de procedimientos institucionales aislados, sino de la existencia de un ethos compartido: una comunidad de memoria, valores, símbolos, creencias, costumbres y fines que proporciona cohesión moral y continuidad histórica. En la tradición clásica, el êthos designaba precisamente ese modo común de habitar el mundo que hacía posible la vida política (Aristóteles, Ética a Nicómaco; Política). Desde esta perspectiva, toda doctrina política constituye, en última instancia, la formulación racional de un determinado ethos colectivo, pues sólo una comunidad consciente de su identidad puede aspirar a gobernarse a sí misma y proyectarse históricamente como sujeto de su propio destino.

La tradición política hispanoamericana no nació de la agregación contractual de individuos aislados, sino de un orden corporativo, jurisdiccional y comunitario formado dentro de la Monarquía. Esta no constituía todavía un Estado nacional unitario en sentido moderno, sino una monarquía compuesta y polisinodial, articulada por reinos, provincias, ciudades, cabildos, audiencias, consejos, corporaciones y comunidades dotadas de competencias diferenciadas, unidas por la fidelidad al monarca y por un derecho plural. La experiencia foral de la Corona de Aragón —fundada en fueros, Cortes, diputaciones y relaciones pactadas entre el rey y los cuerpos del reino— no debe proyectarse mecánicamente sobre América como un «federalismo» moderno, pero sí integra una cultura política hispánica más amplia en la cual la unidad no exigía la supresión de las particularidades territoriales. En Indias, esta lógica quedó jurídicamente expresada en la Recopilación de leyes de los reinos de las Indias de 1680: su libro IV, título VII, «De los cabildos y concejos», reconocía a las ciudades órganos propios de gobierno —alcaldes ordinarios, regidores y otros oficiales—, mientras que los libros II y V distribuían atribuciones entre Consejo de Indias, audiencias, gobernadores, corregidores, alcaldes y demás jurisdicciones, evitando que toda potestad quedara absorbida por una única autoridad administrativa. No se trataba, ciertamente, de soberanías territoriales iguales a las contemporáneas, sino de una constitución histórica basada en la pluralidad de cuerpos y jurisdicciones, en la cual gobernar significaba coordinar, juzgar y conservar derechos particulares antes que imponer uniformemente la voluntad de un centro (Carlos II, 1680/1998, lib. II, IV y V).

Este orden institucional encontraba, además, un fundamento doctrinal en la Escuela de Salamanca. Francisco de Vitoria sostuvo en De potestate civili que la potestad pública responde a la sociabilidad natural del ser humano y pertenece inmediatamente a la comunidad política, no al gobernante como patrimonio personal; Francisco Suárez desarrolló luego la tesis según la cual Dios concede el poder a la comunidad y esta determina históricamente su forma de gobierno, quedando toda autoridad ordenada al bien común y limitada por el derecho (Vitoria, 2017; Suárez, 2015). Sobre ese trasfondo deben comprenderse los cabildos, las milicias vecinales, las comunidades indígenas, las parroquias, los gremios y, durante la crisis de 1808, las juntas: no como anticipaciones de la democracia liberal, sino como expresiones de una comunidad que podía representarse, deliberar y reasumir el ejercicio de la autoridad cuando faltaba el titular legítimo. Las Reformas Borbónicas introdujeron una lógica parcialmente distinta: procuraron intensificar la capacidad fiscal, militar y administrativa de la Corona mediante secretarías, visitadores e intendencias, reducir mediaciones corporativas y someter los poderes locales a funcionarios más directamente dependientes del monarca. No destruyeron enteramente el antiguo entramado jurisdiccional, pero produjeron una tensión entre la concepción tradicional del gobierno —plural, pactista y mediada por cuerpos— y una racionalidad ilustrada más centralizadora, uniforme y ejecutiva. Precisamente porque aquellas prácticas anteriores sobrevivieron, los pueblos hispanoamericanos pudieron responder al colapso de 1808 mediante cabildos abiertos y juntas: la revolución no surgió sobre un vacío institucional ni exclusivamente de principios ilustrados, sino también de la reactivación de una antigua cultura de autogobierno comunitario que el reformismo borbónico había intentado disciplinar sin conseguir suprimirla por completo.

Las montoneras federales prolongaron esa misma lógica en el conjunto del territorio nacional. Desde Güemes hasta Artigas, desde Estanislao López y Francisco Ramírez hasta Facundo Quiroga, el Chacho Peñaloza, Felipe Varela y los caudillos del litoral y del interior, la resistencia federal expresó mucho más que una disputa por la distribución del poder entre provincias y Buenos Aires. Representó la defensa de una forma histórica de organización política fundada en las autonomías locales, en los cuerpos intermedios y en un pueblo que concebía la comunidad como sujeto previo al Estado. Frente a ella se consolidó un proyecto centralista cuya expresión paradigmática fue Bernardino Rivadavia, inspirado en la importación de instituciones, categorías y modelos europeos concebidos como universalmente válidos, aun cuando resultaran extraños a la experiencia histórica rioplatense.

La oposición de las montoneras no fue, por ello, una mera reacción conservadora ni un rechazo abstracto de la innovación, sino la resistencia de una comunidad organizada frente a la imposición de esquemas políticos ajenos a su propio ethos. Desde las invasiones inglesas hasta los conflictos intestinos, desde la resistencia al centralismo angloporteño hasta la Guerra del Paraná y las luchas nacionales del siglo XX, puede advertirse una constante en la historia argentina: el pueblo organizado ha tendido a enfrentarse, una y otra vez, a quienes procuraron subordinar el destino nacional a intereses, doctrinas o modelos concebidos fuera de su propia tradición histórica. En esa continuidad se inscribe la originalidad del justicialismo, que no inventa una comunidad mediante una ideología importada, sino que sistematiza doctrinariamente una experiencia política largamente sedimentada en la historia argentina, convirtiendo la organización de la retaguardia en el verdadero fundamento de la autodeterminación nacional.

Aquí reside la originalidad histórica del justicialismo. Perón no introduce ex nihilo una teoría de la organización. Lo que realiza consiste en sistematizar doctrinariamente una experiencia política acumulada durante más de un siglo de historia nacional. Su verdadera innovación no consiste en militarizar la política, como sostuvieron algunos de sus críticos, sino en politizar definitivamente la organización, transformándola en el principio ordenador de toda la comunidad nacional. La conducción deja entonces de ser una cualidad individual para convertirse en la expresión superior de una organización previamente constituida. El conductor organiza al pueblo, pero al mismo tiempo es producido por ese pueblo organizado. La autoridad deja de descansar exclusivamente sobre la excepcionalidad personal para apoyarse en una comunidad capaz de reproducir permanentemente sus propias condiciones de existencia.

II. La ilusión de la vanguardia: cuando la política deja de organizar para sustituir

Esta transformación puede advertirse incluso entre autores profundamente enfrentados entre sí. Hobbes deposita la unidad política en el soberano, cuya autoridad pone fin a la dispersión propia del estado de naturaleza; Rousseau la traslada a la voluntad general correctamente constituida; Hegel identifica esa racionalidad superior con el Estado ético (sittlicher Staat), concebido como la realización objetiva de la libertad en la historia. En los Principios de la filosofía del derecho afirma que “el Estado es la realidad efectiva de la Idea ética” (Hegel, 2004, §257), porque en él confluyen la voluntad particular y la voluntad universal en una síntesis racional. La historia universal deja así de ser una mera sucesión de acontecimientos para convertirse en el proceso mediante el cual el Espíritu (Geist) adquiere progresivamente conciencia de la libertad hasta alcanzar su forma institucional más elevada. Aunque Hegel nunca formuló expresamente una teoría del “fin de la historia”, su filosofía supone que el Estado racional constituye la culminación del desenvolvimiento histórico de la libertad, idea que posteriormente sería reinterpretada por Alexandre Kojève y, en un registro muy diferente, por Francis Fukuyama. La política deja entonces de orientarse únicamente por la prudencia práctica para inscribirse en una filosofía de la historia que presupone un sentido objetivo del devenir humano.

Marx y Engels introdujeron esta idea cuando afirmaron que los comunistas constituían “la parte más resuelta” del proletariado y que poseían “la ventaja de comprender claramente las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario” (Marx & Engels, 2015, p. 70). Sin embargo, todavía subsistía en ellos la expectativa de que el propio desarrollo del capitalismo permitiera madurar la conciencia revolucionaria de la clase obrera. Será Lenin quien transforme definitivamente esa posibilidad en un principio permanente de organización política. En ¿Qué hacer? sostiene que “la conciencia socialista moderna sólo puede surgir sobre la base de profundos conocimientos científicos” y que debe ser “introducida desde fuera” en el movimiento obrero (Lenin, 1973, p. 51). La afirmación modifica la naturaleza misma de la conducción: la legitimidad deja de apoyarse en el reconocimiento de la comunidad para fundarse en la posesión de un saber especializado sobre la historia.

Esta diferencia permite comprender también el verdadero sentido de los cuadros en la teoría de la conducción. Toda organización política compleja requiere una plana mayor, dirigentes intermedios y cuadros capaces de traducir la doctrina en acción concreta. Sin ellos, ninguna comunidad puede sostener una conducción permanente. Sin embargo, esos cuadros no constituyen una casta cerrada, una camarilla destinada a monopolizar las decisiones ni un círculo de “amigos del campeón” cuya única legitimidad provenga de la proximidad personal con el conductor. Su autoridad nace de una disposición libre al servicio, de una formación permanente y del sacrificio de quienes deciden dedicar su existencia a una causa que los trasciende. En este punto, la conducción política recupera una antigua intuición de la filosofía clásica: la comunidad no se organiza porque todos realicen idénticas funciones, sino porque cada uno contribuye, según sus aptitudes y responsabilidades, a la realización del bien común. Sócrates-Platón definía la justicia como aquella situación en la cual cada miembro de la ciudad desempeña la tarea que le corresponde conforme a su naturaleza, sin invadir la función de los demás (Platón, 433a-434c). Esa diversidad funcional no implica desigualdad ontológica entre los hombres, sino complementariedad dentro de una totalidad política que sólo alcanza armonía cuando cada uno cumple responsablemente el lugar que libremente ha asumido.

Desde esta perspectiva, la jerarquía deja de constituir un privilegio para convertirse en una responsabilidad. La autoridad no se justifica por la pertenencia a una minoría iluminada ni por el acceso exclusivo a un conocimiento reservado, sino por el servicio prestado a la comunidad y por el reconocimiento que ésta otorga a quienes han demostrado capacidad para conducir. Aristóteles desarrollará esta intuición al sostener que el fin propio de la polis consiste en procurar el bien común y evitar que el gobierno derive en la dominación de una parte sobre el conjunto, ya sea de los ricos, de los pobres o de cualquier otra facción (Política, III, 1279a-1281a). La politeia representa precisamente ese orden en el cual las magistraturas y las jerarquías permanecen subordinadas a la unidad de la comunidad política. En una organización auténticamente popular, la plana mayor y los cuadros no existen para sustituir al pueblo, sino para hacerlo más capaz de gobernarse. Su misión consiste en organizar, formar, coordinar y transmitir la doctrina, preparando constantemente nuevos dirigentes que aseguren la continuidad de la comunidad organizada. De este modo, la conducción adquiere una dimensión profundamente ética: cada hombre aporta al bien común según sus talentos, su vocación y sus responsabilidades, comprendiendo que la vida política exige deberes antes que privilegios.

La tradición helénica denominaba idiōtēs al ciudadano que reducía su existencia al ámbito exclusivamente privado (idios), desentendiéndose de los asuntos comunes. No era una descalificación intelectual, sino una crítica moral a quien renunciaba a participar en la construcción de la polis. También la comunidad organizada presupone que nadie puede reclamar únicamente derechos sin asumir obligaciones. Cada miembro está llamado a contribuir, en la medida de sus capacidades, al sostenimiento material, institucional y espiritual de la comunidad, porque la justicia social no consiste solamente en distribuir bienes, sino en comprometer a todos con la producción, conservación y perfeccionamiento del orden común que hace posible la vida compartida.

La experiencia del denominado socialismo real mostró con claridad las consecuencias de esta deriva. En la Unión Soviética, la progresiva identificación entre el Partido Comunista y el Estado consolidó la nomenklatura, un sistema de selección y promoción de dirigentes que terminó configurando una burocracia estable con acceso privilegiado a los principales cargos políticos, administrativos y económicos (Voslensky, 1984). Procesos semejantes se verificaron en la República Democrática Alemana, donde el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) estructuró una compleja burocracia político-administrativa apoyada en un extenso aparato estatal y de seguridad, así como en otros regímenes inspirados en el marxismo-leninismo, en los cuales la conducción partidaria fue concentrando progresivamente las decisiones estratégicas y reduciendo los ámbitos de deliberación social. En tales experiencias, el partido dejó paulatinamente de concebirse como un instrumento para organizar al pueblo y tendió a convertirse en un aparato orientado a reproducir su propia conducción. La paradoja histórica resulta significativa: una teoría que proclamaba la emancipación de las clases trabajadoras terminó generando, en numerosos casos, una nueva estratificación política definida no por la propiedad privada de los medios de producción, sino por el control del aparato partidario y estatal. Precisamente por ello, el problema filosófico no radica exclusivamente en una doctrina determinada, sino en toda concepción que funda la legitimidad del mando en la supuesta superioridad de una minoría antes que en el reconocimiento y la organización permanente de la comunidad.

Precisamente en este punto comienza la originalidad del pensamiento político de Juan Domingo Perón. Su reflexión no parte de preguntarse quién posee la interpretación correcta de la historia, sino de comprender cómo un pueblo llega a reconocerse como sujeto de su propio destino. Por ello, la doctrina no constituye un cuerpo de conocimientos reservado a especialistas ni una construcción ideológica destinada a modelar artificialmente a la sociedad. Es, antes bien, la formulación racional de una experiencia histórica sedimentada en la vida nacional, la expresión consciente de un ethos compartido que reúne valores, creencias, tradiciones y principios surgidos del propio devenir de la comunidad. La doctrina es, en este sentido, una doctrina nacional: no crea la Nación, sino que le proporciona lenguaje, orden y conciencia a aquello que el pueblo ya vive de manera implícita. Su función consiste en hacer inteligible el sentido profundo de la comunidad organizada, convirtiendo una experiencia histórica dispersa en un principio permanente de acción política. Bajo esta perspectiva adquieren un significado singular las Veinte Verdades. Su forma aforística no responde a una decisión retórica accidental, sino a una tradición intelectual mucho más antigua. Al igual que las gnômai de la Grecia arcaica o los fragmentos de los presocráticos, condensan en proposiciones breves una verdad práctica nacida de la experiencia antes que de la deducción lógica. Del mismo modo que Heráclito concebía el logos como el orden común que los hombres debían descubrir y no inventar, las Verdades Justicialistas procuran expresar el orden moral, social y político que la Nación reconoce como propio. No constituyen un catecismo partidario ni un programa coyuntural, sino apotegmas destinados a preservar la memoria doctrinaria de la comunidad, sintetizando en fórmulas sencillas principios permanentes como la justicia social, la solidaridad, la dignidad del trabajo, la primacía del bien común y la centralidad del pueblo como sujeto histórico.

Desde esta comprensión, la conducción adquiere un sentido radicalmente distinto al de toda concepción vanguardista. En Conducción Política, Perón sostiene que “la organización vence al tiempo” (Perón, 2016), porque ninguna comunidad puede depender exclusivamente del talento circunstancial de un individuo, por extraordinario que éste sea. La permanencia histórica sólo es posible cuando la doctrina deja de ser patrimonio de una élite para convertirse en patrimonio espiritual de toda la Nación. Los cuadros, los predicadores, los dirigentes intermedios y las organizaciones libres del pueblo no reciben una verdad secreta reservada a iniciados, sino que asumen la responsabilidad de custodiar, transmitir, revitalizar y actualizar una doctrina que pertenece a la comunidad en su conjunto. La autoridad, por ello, no deriva del monopolio del conocimiento ilustrado ni de la pertenencia a una minoría esclarecida, sino de la fidelidad al ethos nacional y de la capacidad de organizar a la comunidad conforme a los principios que ella misma reconoce como propios. La doctrina deja así de funcionar como una ideología destinada a disciplinar a la sociedad para convertirse en la conciencia reflexiva de la Nación, es decir, en el puente que vincula la experiencia histórica del pueblo con su proyección hacia el futuro, garantizando que el cambio político no implique una ruptura con la identidad nacional, sino el desarrollo orgánico de sus potencialidades permanentes.

III. La retaguardia como sujeto político: de la guerra al gobierno

La disciplina militar jamás confundió la importancia de la vanguardia con la fuente real de la victoria. Desde las campañas medievales hasta las formulaciones contemporáneas de la Gran Estrategia, los tratadistas comprendieron que el combate visible representa apenas una fracción del fenómeno bélico. El frente impresiona porque concentra el heroísmo, el riesgo y el sacrificio; sin embargo, la suerte de las campañas suele decidirse mucho antes de que los ejércitos entren en contacto. Allí donde el observador inexperto contempla únicamente el choque de las armas, el estratega advierte la existencia de un complejo entramado de abastecimientos, comunicaciones, reservas, moral, inteligencia, producción, disciplina y conducción que hace posible, precisamente, la existencia misma del frente. Ninguna vanguardia combate sola. Siempre combate sostenida por una retaguardia cuya eficacia suele pasar inadvertida precisamente porque cumple adecuadamente su función.

Basil H. Liddell Hart distinguió cuidadosamente la estrategia militar de la Gran Estrategia (Grand Strategy). Mientras la estrategia tiene por objeto “distribuir y aplicar los medios militares para cumplir los fines de la política” (Liddell Hart, 1967, p. 335), la Gran Estrategia posee un alcance considerablemente más amplio, pues integra la totalidad de los recursos nacionales —militares, económicos, industriales, científicos, diplomáticos, financieros y morales— en función de los objetivos políticos del Estado. Su propósito no consiste únicamente en obtener la derrota del adversario en el campo de batalla, sino en preservar la capacidad de acción de la propia comunidad política durante el conflicto y en asegurar una paz compatible con los intereses nacionales. En palabras del propio autor “el objetivo de la guerra es un mejor estado de paz” (Liddell Hart, 1967, p. 338). Desde esta perspectiva, la victoria no depende exclusivamente de la destrucción de las fuerzas enemigas, sino de la capacidad de la Nación para sostener el esfuerzo político, económico, social y moral sin erosionar las bases de su propio poder.

El justicialismo invierte por completo esa lógica. El conductor no se sitúa por encima de la comunidad ni constituye una conciencia externa destinada a iluminarla. Surge de ella, expresa su ethos histórico y permanece sometido a su permanente verificación. De allí que Perón sostenga que “el conductor es un hombre como todos los hombres, pero que tiene una misión que cumplir” (Perón, 2016), y que insista en que la conducción sólo resulta posible cuando existe una doctrina compartida y una organización capaz de convertir al conjunto del pueblo en protagonista de su propio destino. No es casual que una de las Veinte Verdades Justicialistas afirme que “el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo“, mientras otra establece que “como doctrina política, el Justicialismo realiza el equilibrio del derecho del individuo con el de la comunidad“. Ambas verdades expresan una misma concepción: la auctoritas y acclamatio no nace de una minoría iluminada, sino de una comunidad organizada que produce desde su propio seno a quienes habrán de conducirla. El conductor, por ello, no consume el capital moral del pueblo ni gobierna desde una distancia intelectual; organiza, forma y multiplica las capacidades de la retaguardia hasta hacer posible que la organización sobreviva incluso a la desaparición de quien circunstancialmente la encabeza. La autoridad deja entonces de descansar en el carisma personal para apoyarse en una doctrina nacional, en instituciones permanentes y en un pueblo políticamente organizado.

Atento a lo mencionado, se explica por qué el pensamiento de Juan Domingo Perón nunca elaboró una teoría del partido de vanguardia comparable a la desarrollada por el marxismo europeo. El centro de gravedad de la organización política no reside en una estructura partidaria destinada a monopolizar la representación del pueblo, sino en la vitalidad de la comunidad organizada. Sindicatos, asociaciones profesionales, cooperativas, mutuales, organizaciones empresariales nacionales y múltiples instituciones intermedias integran las Organizaciones Libres del Pueblo, concebidas no como simples mediadoras entre el Estado y la comunidad toda, sino como ámbitos concretos donde la Nación desarrolla su capacidad de iniciativa, organización y participación. En esta arquitectura institucional, el Estado no monopoliza la soberanía efectiva ni absorbe toda la vida social; tampoco abandona la comunidad a la fragmentación propia del individualismo liberal. La función de la conducción consiste precisamente en articular esas energías diversas dentro de una misma orientación doctrinaria, preservando simultáneamente la autonomía funcional de cada institución y la unidad del proyecto nacional. Allí donde el liberalismo disgrega los vínculos comunitarios y el estatismo concentra todas las decisiones, el justicialismo organiza la comunidad como sujeto activo de la conducción política.

La noción justicialista de unidad de concepción y unidad de acción sólo puede comprenderse adecuadamente desde esta perspectiva. No constituye una exigencia de uniformidad ideológica ni una técnica de disciplinamiento interno, sino la condición que hace posible la cooperación entre instituciones, funciones y responsabilidades diversas. La doctrina no opera como un catecismo destinado a homogeneizar las conciencias, sino como el lenguaje común que permite coordinar voluntades diferentes en torno a un mismo destino histórico. En este punto el pensamiento justicialista converge con una antigua intuición de Aristóteles: la polis no alcanza su perfección eliminando las diferencias, sino armonizándolas alrededor del bien común. Una comunidad política deja de existir cuando la unidad se transforma en homogeneidad absoluta, porque entonces desaparece la pluralidad de funciones que hace posible la vida en común. Perón recupera este principio al distinguir entre el elemento material y el elemento espiritual de toda organización. El primero comprende las estructuras, las jerarquías, los reglamentos y los recursos; el segundo expresa la doctrina, la finalidad compartida y la voluntad colectiva que confiere sentido a esas estructuras. Sin organización, la doctrina se reduce a una aspiración abstracta; sin doctrina, la organización degenera inevitablemente en burocracia.

IV. Perón y la revolución silenciosa de la organización

El contraste con la tradición de los tratados sobre el príncipe resulta, en este punto, inevitable. Desde Maquiavelo, una parte decisiva del pensamiento político moderno se concentró en las cualidades extraordinarias del gobernante: su virtù, su prudencia, su aptitud para reconocer la ocasión, su capacidad de dominar la fortuna y su disposición para reunir, según las circunstancias, la astucia del zorro y la fuerza del león. Max Weber trasladaría esa pregunta al problema sociológico del liderazgo, del carisma y de la responsabilidad específica de quien actúa dentro de un orden estatal fundado en el monopolio legítimo de la violencia. Perón no elimina la figura del conductor ni desconoce la importancia de sus aptitudes personales, pero desplaza el centro del problema desde la excepcionalidad individual hacia la organización colectiva. La conducción comprende tres elementos inseparables —el conductor, los cuadros auxiliares y la masa— y su eficacia depende de la educación y perfectibilidad conjunta de los tres, no de la genialidad aislada del vértice. En sus palabras, la conducción puede alcanzar un grado superior sólo mediante “la educación de los tres elementos fundamentales”: “el conductor superior, los cuadros auxiliares de la conducción y la masa” (Perón, 1951, p. 253).

La distancia respecto de Maquiavelo no supone, sin embargo, una ruptura absoluta. Ambos autores parten de una comprensión realista de la acción política y rechazan la pretensión de gobernar mediante fórmulas abstractas indiferentes a las condiciones concretas. En “El príncipe”, la virtù designa la capacidad de actuar sobre un mundo contingente, reconocer la oportunidad y limitar el dominio de la fortuna; no equivale simplemente a virtud moral, sino a energía creadora, inteligencia situacional y aptitud para modificar la relación entre voluntad y circunstancia. Perón formula un razonamiento próximo cuando distingue los principios relativamente estables de la conducción de sus formas de ejecución, necesariamente variables. La conducción es ciencia en cuanto posee principios y una teoría susceptible de estudio, pero es arte porque el conductor debe crear frente a situaciones irrepetibles: “La conducción es más bien una facultad que se desarrolla que una cuestión teórica que puede aprenderse” y, precisamente por ello, “se comprende o no” (Perón, 1951, p. 13). Conducir las circunstancias cumple así una función análoga a gobernar la fortuna: no significa someter mecánicamente la historia a la voluntad, sino interpretar las fuerzas existentes, conservar la iniciativa y escoger el procedimiento adecuado al lugar, al tiempo y a la situación.

También existe un punto de contacto decisivo en la consideración del pueblo como fundamento político más firme que las minorías privilegiadas. Maquiavelo observa que los “grandes” desean mandar y oprimir, mientras el pueblo pretende, ante todo, no ser oprimido; por eso, el príncipe que se apoya en el pueblo posee una base más segura que aquel que depende de una oligarquía cuyas ambiciones nunca pueden ser enteramente satisfechas. Perón recoge esa intuición antioligárquica, pero transforma profundamente el estatuto del sujeto popular. El pueblo no es únicamente una fuerza social que limita a los poderosos o proporciona estabilidad al gobernante. Es una comunidad llamada a conocer la doctrina, organizar sus objetivos trascendentales, formar cuadros, ejercer responsabilidades y actuar incluso cuando la conducción superior queda momentáneamente interrumpida. Al recordar el 17 de octubre de 1945, Perón subraya que la masa “perdió el comando, perdió la conducción” y, sin embargo, “actuó por su cuenta; ya estaba educada” (Perón, 1951, p. 89). Allí se encuentra la diferencia esencial: el pueblo maquiaveliano constituye una base social del poder; el pueblo argentino para Perón debe convertirse en un poder organizado capaz de asumir una iniciativa histórica.

Esa transformación permite distinguir, además, entre masa y pueblo. La masa no es definida por su origen social ni por una inferioridad intrínseca de sus integrantes, sino por su condición inorgánica: es una pluralidad todavía carente de doctrina común, conciencia solidaria, encuadramiento funcional y capacidad coordinada de acción. El pueblo aparece cuando esa multiplicidad adquiere organización espiritual y material. Por eso Perón sostiene que “no puede conducirse lo inorgánico”: el pueblo desorganizado permanece en el nivel de la masa, mientras la conducción propiamente dicha presupone un organismo en el cual las partes hayan adquirido conciencia de su función dentro del conjunto (Escuela Superior Peronista, 1954, p. 172). El tránsito de masa a pueblo no consiste, por tanto, en una operación retórica por la cual el conductor atribuye una identidad a sus seguidores; es un proceso de educación política, organización y elevación de la conciencia comunitaria. Eva Perón lo expresaba con precisión al describir la historia del peronismo como la transformación de una “masa sufriente y sudorosa” en “un pueblo con conciencia social, con personalidad social y con organización social”.

En este aspecto, la proximidad de Perón con Clausewitz resulta más profunda que una simple comunidad de vocabulario militar. Clausewitz había mostrado que ninguna operación posee significado por sí misma, porque la guerra sólo puede ser comprendida en relación con el objetivo político que la orienta. La estrategia articula acciones parciales dentro de una totalidad; relaciona medios y fines, concentra fuerzas en el punto decisivo y somete cada éxito táctico al sentido general de la guerra. Perón traslada esa lógica de conjunto al campo político, pero al hacerlo modifica su objeto: ya no se trata prioritariamente de conducir un ejército, sino de organizar una comunidad nacional. La doctrina establece la finalidad; la teoría interpreta sus principios; la estrategia determina los grandes objetivos; la táctica adapta la acción a las circunstancias concretas; y la ejecución convierte la concepción en realidad. De allí su afirmación terminante: “De la doctrina se pasa a la teoría, de la teoría se pasa a las formas de ejecución” (Perón, 1951, p. 66). La conducción política es, en consecuencia, pensamiento estratégico aplicado a una Nación que busca transformar sus recursos dispersos en poder organizado.

Pero la relación entre estrategia y política no conduce en Perón a la militarización del cuerpo social. La diferencia entre mando castrense y conducción política es sustancial: mientras el primero puede fundarse en la obediencia reglamentaria, la segunda depende de la persuasión, la doctrina compartida y la participación consciente. La organización para Perón debía ser “libre”, “persuasiva sobre los miembros que la integran” y dotada de “impulsión intrínseca”; es decir, debía encontrar su energía principal en las convicciones y responsabilidades de sus propios integrantes, no en una coacción ejercida desde arriba. Al mismo tiempo, debía combinar unidad estratégica con iniciativa territorial: “conducción centralizada y ejecución descentralizada” (Escuela Superior Peronista, 1954, pp. 92-93). La unidad de conducción no significa concentración burocrática de cada decisión, sino preservación del objetivo general; la descentralización no equivale a dispersión, sino a libertad responsable de los cuadros que conocen la doctrina y dominan la situación concreta.

Aquí se comprende el sentido profundo de la fórmula “unidad de concepción y unidad de acción”. La primera pertenece a la organización espiritual: doctrina, finalidad común, solidaridad, criterios compartidos para interpretar la realidad. La segunda corresponde a la organización material: funciones, estructuras, responsabilidades, medios y formas de ejecución. No existe oposición entre ambas, porque la acción unificada sólo puede surgir de una comprensión común, mientras la doctrina que no se traduce en organización y realización termina reducida a una profesión de fe impotente. Perón lo explica mediante una secuencia pedagógica precisa: cada integrante debe conocer, comprender y sentir la doctrina; la unidad doctrinaria permite que los problemas sean percibidos y apreciados de una manera semejante, y “de una misma manera de percibir y de apreciar resulta una misma manera de proceder. Eso lleva a la unidad de acción” (Perón, 1951, p. 81). La doctrina no suprime la inteligencia personal: proporciona el horizonte común que hace posible descentralizar sin disolver la unidad del Movimiento.

Esta prioridad de lo cualitativo explica la conocida máxima según la cual “la organización vence al número y al tiempo”. La frase no debe ser leída como una negación de los recursos materiales ni como una exaltación romántica de minorías disciplinadas. Su sentido es más preciso: el número sólo se convierte en fuerza política cuando sus componentes pueden actuar solidariamente, distribuir funciones, mantener continuidad y concentrar esfuerzos sobre objetivos comunes. Una multitud numerosa pero fragmentada puede ser vencida por una fuerza menor que posea cohesión, doctrina y dirección. La organización es capaz incluso de “vencer a la muerte” porque conserva y transmite una causa más allá de la duración biológica de sus fundadores (Perón, 1951). No se trata de inmortalizar al jefe mediante un culto personal, sino de construir las condiciones orgánicas para que la doctrina, las instituciones y los cuadros sobrevivan a la desaparición de quienes las iniciaron.

La misma lógica permite precisar el significado de la retaguardia. En la tradición militar, la retaguardia asegura comunicaciones, abastecimiento, reemplazos, continuidad logística y profundidad estratégica; sin ella, la fuerza desplegada en el frente queda aislada y su superioridad momentánea se vuelve insostenible. En el pensamiento de Perón, la retaguardia no es una población pasiva colocada detrás de una vanguardia esclarecida. Está formada por el conjunto de organizaciones, cuadros, militantes, trabajadores y organizaciones libres que sostienen la acción política, preservan la doctrina y reemplazan las funciones que puedan quedar vacantes. Construir desde abajo significa preparar esa profundidad orgánica antes de colocar al conductor en el vértice. Perón es categórico: “Es inútil dar a una masa inorgánica y anárquica un conductor”; primero debe formarse la masa, edificar sobre ella y sólo al final situar al conductor, porque, cuando sus integrantes están capacitados, “el conductor es a veces conducido por los propios elementos de la conducción” (Perón, 1951, p. 87).

La retaguardia invierte así el modelo de la vanguardia iluminada. En el esquema vanguardista, una minoría se atribuye una conciencia superior de la historia y transmite desde arriba una línea que los cuadros intermedios deben ejecutar. En el justicialismo, los cuadros no reciben una verdad exterior al pueblo: organizan, actualizan y realizan una doctrina que aspira a expresar los valores, necesidades y fines de la comunidad nacional. Su misión no se reduce a retransmitir órdenes, porque deben interpretar el terreno, armonizar intereses, formar nuevos militantes y mantener la cohesión del conjunto. La unidad doctrinaria amplía su iniciativa en lugar de disminuirla. Cuanto más profundamente comparten el objetivo estratégico, menos necesario resulta reglamentar cada movimiento táctico. De allí que la capacidad discrecional del ejecutor deba crecer con su preparación y que la conducción superior no pueda “enmendarle la plana al que sabe y conoce la situación local” (Escuela Superior Peronista, 1954, p. 204). La organización no sustituye la inteligencia personal; la distribuye a lo largo de todo el cuerpo político.

Dentro de esta arquitectura adquieren su verdadero sentido los realizadores, los predicadores y los cuadros auxiliares. El realizador convierte la concepción en obra, enfrenta las resistencias concretas y asegura que la doctrina no quede detenida en el plano de las declaraciones. El predicador persuade, comunica las razones de la acción y renueva la adhesión espiritual que mantiene unido al Movimiento. Perón los concibe como funciones complementarias: “El realizador es un hombre que hace sin mirar al lado y sin mirar atrás. El predicador es el hombre que persuade para que hagamos todos, simultáneamente, lo que tenemos que hacer” (Perón, 1951, p. 63). El cuadro ideal reúne ambas capacidades, aunque la organización debe reconocer las diferentes aptitudes y asignar a cada persona la función en la que pueda prestar mayor utilidad. Esta división funcional no establece una aristocracia política cerrada, sino una pedagogía comunitaria destinada a convertir capacidades desiguales en contribuciones complementarias.

La doctrina cumple aquí una función enteramente distinta de la ideología entendida como sistema cerrado. Es un principio de inteligibilidad y coordinación: permite interpretar los acontecimientos desde ciertos valores permanentes, elaborar teorías adecuadas a cada época y escoger formas de ejecución correspondientes a circunstancias cambiantes. Por eso Perón advierte que las doctrinas políticas no pueden ser eternas en todas sus formas, aun cuando los principios que las sustentan conserven permanencia; deben actualizarse conforme evolucionan las condiciones de espacio, tiempo y comunidad. La doctrina se origina en la experiencia histórica del pueblo, se sistematiza mediante la conducción y vuelve al pueblo como conciencia organizada. “En la doctrina radica todo —afirma Perón— porque mediante la doctrina todos pensamos de una manera similar”; pero esa semejanza no exige identidad mecánica de opiniones, sino una concepción común de la vida y de la acción colectiva (Perón, 1951, p. 65).

Esta relación entre doctrina, pueblo y organización tampoco puede separarse de la dimensión ética del justicialismo. Maquiavelo distingue la eficacia política de las virtudes morales ordinarias y enseña al príncipe a entrar en el mal cuando la conservación del Estado lo exige. Perón admite que la conducción demanda flexibilidad, astucia y firmeza, pero rechaza que tales capacidades puedan quedar liberadas de toda finalidad moral. El zorro y el león sólo resultan admisibles en clave justicialista cuando la inteligencia estratégica sirve para descubrir las trampas tendidas contra la comunidad y la fuerza protege al pueblo frente a la dominación exógena y las traiciones. La astucia que degrada la confianza colectiva destruye la organización espiritual; la fuerza dirigida contra el pueblo anula la fuente misma de legitimidad del conductor. Por eso Perón define al Movimiento como “idealista y moral” y vincula la conducción con una acción solidaria nacida de la doctrina: “Cuando todos los hombres piensan de una misma manera y sienten de un mismo modo, la solidaridad viene sola”.

La ética pública del justicialismo se aproxima, en este sentido, a la tradición aristotélica: la política no constituye una técnica neutral destinada a conquistar o conservar el mando, sino una praxis orientada al bien común de la comunidad organizada. La finalidad suprema del Justicialismo no consiste en el poder por el poder mismo, sino en “alcanzar la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación“, mediante la cultura nacional, la justicia social, la independencia económica y la soberanía política, armonizando los valores materiales y espirituales con los derechos y deberes del individuo y de la comunidad. Esta concepción, sin embargo, no descansa sobre una visión ingenuamente optimista de la naturaleza humana. Perón conocía profundamente las pasiones, las ambiciones, el afán de predominio y las deformaciones que suelen acompañar el ejercicio del poder; por ello insistía en que la moral debía estar respaldada por la organización. La confianza en los hombres nunca podía excluir la responsabilidad, el contralor ni la disciplina, porque el verdadero resguardo de la comunidad no reside únicamente en la virtud individual, sino en una organización suficientemente sólida como para impedir que los intereses particulares prevalezcan sobre el bien común.

V. El fuego que no se apaga

Toda filosofía política termina enfrentándose, tarde o temprano, con un mismo interrogante: cómo asegurar la continuidad histórica de una comunidad más allá de las contingencias propias de toda generación. La conquista del poder constituye siempre un episodio excepcional; la permanencia de un proyecto colectivo, en cambio, representa una tarea infinitamente más compleja. Las revoluciones pueden modificar gobiernos; las guerras pueden alterar fronteras; las constituciones pueden reformarse; incluso las instituciones pueden desaparecer y reconstruirse. Sin embargo, ninguna Nación logra proyectarse históricamente si pierde la capacidad de organizar las fuerzas espirituales, culturales, económicas y políticas que hacen posible su propia existencia. En este punto reside, probablemente, la contribución más original del pensamiento político de Juan Domingo Perón. Su reflexión no pretende resolver únicamente el problema clásico de quién debe gobernar, sino una cuestión anterior y mucho más profunda: cómo debe organizarse un pueblo para que la conducción deje de depender del azar biográfico de hombres excepcionales y pase a constituirse en una capacidad permanente de la comunidad. Allí comienza una verdadera teoría de la duración histórica. El problema ya no consiste en acceder al gobierno, sino en construir una organización capaz de sobrevivir al tiempo sin perder identidad ni dirección.

Desde esta perspectiva adquiere un significado completamente nuevo la noción de retaguardia organizada. No constituye un recurso retórico tomado del lenguaje militar ni una metáfora destinada a exaltar el sacrificio silencioso de quienes permanecen lejos de la primera línea. Representa, por el contrario, la categoría política que permite comprender dónde reside realmente la continuidad histórica de una comunidad. Allí se preserva la memoria colectiva; allí se transmite la doctrina; allí se forman los cuadros; allí se consolidan las instituciones; allí se produce la riqueza; allí se educan las nuevas generaciones y allí se fortalece el entramado moral que sostiene la vida nacional cuando la coyuntura deja de ofrecer respuestas. Las victorias políticas pertenecen siempre al tiempo breve; la organización pertenece al tiempo largo de la historia. Por esa razón, la retaguardia constituye el verdadero patrimonio estratégico de una Nación. Mientras las vanguardias concentran la atención sobre el acontecimiento, la retaguardia trabaja silenciosamente sobre aquello que hace posible todos los acontecimientos futuros. Una comunidad puede perder un gobierno y recuperarlo; puede atravesar derrotas económicas, militares o electorales; incluso puede padecer prolongados períodos de adversidad. Lo que jamás puede permitirse es perder la capacidad de organizarse, porque en ese momento comienza a disolverse el sujeto mismo de la historia.

La doctrina constituye el principio que hace posible esa permanencia. No representa un conjunto de consignas destinadas a movilizar adhesiones circunstanciales, ni un sistema cerrado de proposiciones elaborado al margen de la experiencia histórica. Su función consiste en convertir la memoria política de un pueblo en criterio permanente de organización. Mientras las ideologías modernas suelen definirse por la defensa de intereses sectoriales o por la adhesión a determinados modelos teóricos, la doctrina justicialista aspira a expresar una experiencia nacional compartida. En ella convergen la historia, la cultura, las instituciones, el trabajo, las tradiciones y las aspiraciones de una comunidad que procura comprenderse a sí misma para orientar racionalmente su futuro. La unidad de concepción no elimina la diversidad de lecturas, lo individual, ni la pluralidad de funciones; proporciona un horizonte común que permite coordinar inteligencias, distribuir responsabilidades y evitar que la acción política quede reducida a la mera administración de conflictos coyunturales. La doctrina transforma la dispersión en organización porque convierte un conjunto de voluntades individuales en una comunidad consciente de su propio destino. Allí donde existe doctrina, la conducción deja de descansar exclusivamente sobre el prestigio personal de los dirigentes y comienza a apoyarse en convicciones compartidas que sobreviven a quienes circunstancialmente ejercen el gobierno.

Desde esta perspectiva, el legado más profundo del justicialismo consiste en haber devuelto a la Nación la confianza en su propia capacidad de organizarse. Buena parte del pensamiento político contemporáneo osciló entre dos alternativas igualmente insuficientes: depositar todas las esperanzas en el Estado o abandonarlas al libre juego de las fuerzas sociales. Perón propone una tercera posibilidad. El Estado resulta indispensable, pero no puede reemplazar la iniciativa creadora de la comunidad; el mercado constituye una realidad económica que debe ser reconocida, pero no puede convertirse en el principio ordenador de la vida nacional; el partido político desempeña una función institucional necesaria, pero no puede absorber la riqueza del Movimiento ni sustituir la vitalidad de las Organizaciones Libres del Pueblo. La verdadera fortaleza de una Nación surge de la articulación armónica entre esas dimensiones bajo la conducción de una doctrina común y al servicio de un destino compartido. Allí radica el sentido más profundo de la Comunidad Organizada: no una sociedad uniformada ni un Estado omnipresente, sino un pueblo consciente de su responsabilidad histórica y capaz de asumir colectivamente la tarea de conducir su propio desarrollo.

En definitiva, la mayor originalidad del pensamiento político de Juan Domingo Perón no consiste en haber elaborado una nueva teoría del partido, del Estado o del liderazgo, sino en haber desplazado el centro mismo de la política. La cuestión decisiva deja de ser quién ejerce el poder para convertirse en cómo una comunidad produce las condiciones de su propia permanencia histórica. Esa transformación altera la comprensión tradicional de la autoridad, de la representación, de la democracia y de la organización. El verdadero sujeto de la historia deja de ser la élite, el partido o el conductor para pasar a ser un pueblo que ha aprendido a organizarse alrededor de una doctrina, a distribuir responsablemente la conducción entre sus instituciones y a reproducir, generación tras generación, las condiciones espirituales y materiales de su continuidad. Allí reside, probablemente, la contribución más original del justicialismo a la filosofía política contemporánea. No haber concebido una nueva técnica para conquistar el poder, sino haber comprendido que la verdadera revolución consiste en organizar una comunidad capaz de trascender a sus dirigentes sin perder jamás la unidad de su destino. Porque, en última instancia, las victorias pertenecen siempre a una época, mientras que las naciones sólo sobreviven cuando logran convertir la organización en cultura, la doctrina en conciencia colectiva y la conducción en patrimonio permanente de su pueblo.

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[1] La noción de Gestalt empleada en este trabajo sigue el sentido desarrollado por Romano Guardini y posteriormente profundizado por Hans Urs von Balthasar, y no debe confundirse con la psicología de la Gestalt elaborada por Max Wertheimer, Wolfgang Köhler y Kurt Koffka. En Guardini, la Gestalt designa una forma viviente (lebendige Gestalt) en la que una unidad espiritual se hace históricamente visible, integrando en una totalidad orgánica elementos materiales, simbólicos y existenciales que no pueden comprenderse por separado (Guardini, 1996). Balthasar amplía esta perspectiva al sostener que toda verdad sólo puede ser plenamente conocida cuando se manifiesta en una figura concreta (Gestalt), entendida como la forma histórica donde el ser se ofrece simultáneamente a la inteligencia, a la contemplación y a la experiencia (Balthasar, 1985). La figura no constituye, por tanto, una mera representación exterior ni un símbolo convencional, sino la manifestación visible de una realidad más profunda que sólo puede ser comprendida en la unidad entre forma y sentido.

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Juan Facundo Besson
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