Alejandro Kwiatkowski

Reflexiones cortas sobre la conducción política en manos del pueblo organizado: el ejemplo de la bandera de Malvinas

La tela desplegada sobre las Islas Malvinas en el Mundial 2026 al finalizar el partido de la selección nacional contra Inglaterra, configura la importancia de la conducción política en manos del pueblo argentino. Fue un hecho emanado netamente desde el pueblo. Jugadores profesionales, que en su mayoría se desempeñan en Europa, fueron los portantes ante los ojos del mundo de un pedazo de tela de unos 2 metros x 2 metros, originalmente una sábana de hotel, sustraída e intervenida por otro grupo de argentinos que viajaron hasta Estados Unidos. La leyenda del trapo la conocemos todos: “Las Malvinas son argentinas”. A su vez, se ha puesto en la voz de muchos comunicadores la idea de que el gobierno de Milei gracias a esa acción viró en su discurso hacia una “malvinización”, aunque sin profundizar demasiado en los motivos sino más bien en las consecuencias, centrada en el utilitarismo por parte del gobierno, lo cual es casi una obviedad.

El despliegue de la bandera no ha sido un acto de planificado patrioterismo demagógico, sino una fiel expresión espontánea de la causa popular por excelencia, que se coló en medio del principal evento deportivo/cultural del mundo e incomodó a diferentes esferas del poder.

Trataremos aquí de esbozar algunas reflexiones desde nuestra corriente del pensamiento nacional, retomando conceptos propios de la doctrina justicialista que nos servirán para darle sentido a conceptos de comunidad, patria y conducción política.

¿Por qué hablamos de una conducción política por parte del pueblo?

Porque ese hecho forzó a poner en agenda una causa popular, de las más sagradas que tiene el pueblo argentino, que es la causa Malvinas. A su vez, sabemos que es una causa contra el imperialismo a nivel internacional, tanto que los medios de prensa coloniales británicos en sus portales pusieron el grito en el cielo con titulares como:

Argie Arrogance (The Sun, 15/6/26)

Falklands banner fury (Daily Mail, 15/6/26)

Fury over argentina, Falklands banner held up by Premmier League stars grows (Daily Mirror, 16/6/26)

Fury explodes in Britain at Argentina players in Falklands banner row as stars face calls to have visas revoked (The Standard, 16/7/26)

Falkland Islands athletes slam Argentina World Cup banner during Commonwealth Games (Metro, 25/7/26)

Como vemos, “arrogancia”, “furia” repetidas veces, el pedido de revocación de la visa a los jugadores de la primera división inglesa y hasta la destrucción de una bandera argentina por parte de los usurpadores en los juegos de la monarquía, son algunas de las reacciones que se pudieron ver frente al legítimo y entrañable suceso por parte de los compatriotas.

Nada hay de arrogante en defender lo que a uno le corresponde, lo que toman por arrogancia es la insumisión del pueblo argentino, transgrediendo las norma Número 1 de la FIFA y su corrección política: no emitir mensajes políticos. Eso sí, cuando se trata de mensajes que no alteran el orden del poder sí se puede, por ejemplo mensajes en favor de minorías en el hemisferio norte, lo cual no está mal, pero es un mensaje “de ellos”. Pero en este caso, el mensaje “nuestro” es bien claro, no olvidamos y no perdonamos, las islas del Atlántico Sur son nuestras y los usurpadores son, casualmente, uno de los “dueños del circo” deportivo/ideológico.

El título del apartado puede sonar familiar, y es que la unidad de concepción del pueblo argentino, ha llevado a la unidad de acción de los muchachos del hotel y los de la cancha. Y, de todas maneras, hay que ejecutar esa acción frente a la adversidad, incluso legal (posibilidad de sanciones deportivas y civiles, por ejemplo).

“La acción está siempre por sobre la concepción, porque en este tipo de preparación de multitudes lo que hay que presentar en un punto de partida es una unidad de concepción, para que esa unidad de concepción, consecuente en la marcha del tiempo, vaya realizándose con absoluta unidad de acción. Solamente así es posible vencer en los grandes movimientos colectivos.” (Perón, 1952, p. 4).

Tomando el ejemplo anterior y desde el pensamiento nacional, la perspectiva que nos convoca en esta revista, podemos rastrear al menos tres premisas que nos sirven para evaluar esta situación: el pueblo argentino es insubordinado; la historia la hacen los pueblos; lo mejor que tenemos es en esta tierra es el pueblo.

La insubordinación

Respecto al primer punto, podemos remitir sencillamente al postulado de Marcelo Gullo (2010), quien plantea el fenómeno de la insubordinación fundante, como una resistencia a la ideología de la potencia industrial-militar, lo cual brinda un marco en el ejercicio real de la de soberanía. La insubordinación de nuestro pueblo tiene raíces profundas en la defensa de la patria frente al invasor inglés, a comienzos del siglo XIX. El poderío colonial de la principal potencia industrial, marítima y militar del globo, fue repelido y enfrentado en al menos en cuatro ocasiones: 1806, 1807, 1845 y 1982. De esas fechas, dos se han convertido en feriados nacionales en Argentina: el Día de la Soberanía Nacional (20 de noviembre) y el Día del Veterano y los Caídos en la guerra de Malvinas (2 de abril). Habría que constatar, esto queda en manos del lector/a, cuántos antecedentes de insubordinación frente al imperio británico se encuentran en la historia moderna por parte de un mismo pueblo.

De más está decir, que son sobrados los ejemplos de resistencia frente al colonialismo inglés a lo largo y ancho del mundo, pero especialmente en lugares donde no han logrado implantar su población. Caso contrario son varios territorios que hasta el día de hoy forman parte integral de la corona británica, estos son reinos de la Mancomunidad británica como Australia, Nueva Zelanda o Canadá, entre otros, cuyo jefe de gobierno es el Primer Ministro, pero su jefe de Estado es el rey Carlos III.

El carácter de insubordinación se destaca a lo largo de la historia argentina y de diferentes maneras. A diferencia de otras identidades populares, la comunidad que se organiza en suelo argentino posee característica de insumisión y de creatividad, que en otras comunidades no son tan explícitas. Podemos dar otro ejemplo en la defensa de los derechos laborales y el nivel organizativo del movimiento obrero argentino. Respecto al de otros países vecinos, es sumamente potente, incluso lo fue en los momentos más oscuros cuando la dictadura genocida propuso desestructurar su capacidad de acción, como indican Ferraresi y Galasso (2021). Por otra parte, esa creatividad es la que empuja a ser “rápidos” a la hora de organizar desde un cantito popular, hasta una movilización espontánea de decenas de miles de personas ante la muerte de un ídolo popular. La insumisión y la creatividad, conjugadas, han dado como resultante que un grupo de personas decida continuar con un reclamo soberano de su pueblo a partir de una sábana escrita, probablemente sin imaginar hasta donde llegarían sus consecuencias.

La historia la hacen los pueblos

Lo anterior nos remite a otro axioma dentro del pensamiento nacional: la historia la hacen los pueblos. Expresaba Juan Perón en su obra La hora de los pueblos editada en 1968 en su exilio en Madrid:

“Durante casi todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX en que el sistema capitalista impuso su ley y se ha ufanado en destacar sus conquistas técnicas y científicas, se ha guardado muy bien de confesar que, aparte del empeño de los técnicos y hombres de ciencia, todo el esfuerzo material ha gravitado sobre las nobles espaldas de los trabajadores y de los pueblos sometidos, a los que jamás les han llegado, en proporción a sus sacrificios, los beneficios de tales conquistas que, en muchos casos, más bien han servido para la destrucción y la muerte.” (2017, p. 117).

Los pueblos que buscan su destino y defienden su forma de vida y su justicia, no lo hacen en contra de nadie, sino en favor de su propia liberación. La causa Malvinas y la defensa de la soberanía está en el primer orden de prioridades del imaginario argentino. A nadie le han pedido permiso los y las miles de voluntarios que se ofrecieron a participar en la Defensa de Buenos Aires de 1806-1807 como aquellas personas que lo volvieron a hacer en 1982. ¿En defensa de una autoridad, en defensa de un nombre propio? No, en pos del bien común, que es la pertenencia a una misma patria. A nadie le han pedido permiso aquellos que pintaron la sábana y tampoco los jugadores que la han extendido ante centenares de miles de personas que lo vieron en vivo, por televisión o a través de las redes sociales.

Ese pueblo argentino, encarnado por un grupo de insubordinados en un hotel y en una cancha, ha vuelto a hacer historia y ha incomodado a los resortes de poder internacional, con una acción tan simple y práctica como es el pedido de justicia por una causa que consideran sagrada.

Lo mejor que tenemos en esta tierra es su pueblo

El tradicional dicho vox populi, vox Dei, nos da la pauta a nivel histórico-social que son los pueblos los que emiten un juicio justo sobre los hechos. Por lo tanto, el pueblo busca su verdad en todo momento, no solo cuando su expresión coincide con nuestro posicionamiento ideológico particular. Si la parte mayoritaria de un pueblo se expresa contrariamente a lo que sostenemos o pensamos de forma individual, deberíamos entender el por qué. “Lo correcto” para el pueblo siempre debe ser lo colectivo, bajo el amparo de una acción hacia el bien común.

El mejor producto del imperialismo ha sido crear una masa anestesiada e individualizada, anclada únicamente a los valores materiales, alejada de la trascendencia y de la pertenencia a una comunidad. Como nunca, estas tendencias son profundizadas por los fenómenos de las redes de consumo, sin embargo, la capacidad de organización política es un hecho humano en sí mismo. El pueblo organizado es el responsable de modificar los destinos de la patria, esto fue, es y será. Y su organización es necesaria para transmitir hacia el resto de las personas la búsqueda de un fin común: felicidad, justicia, igualdad.

¿Por qué la conducción política siempre está en manos del pueblo?

Esto lo podemos afirmar al ver que, la acción de la bandera donde se coordina la insubordinación, la verdad popular (no iluminista) y la acción, ha llegado a modificar hasta el tono de los discursos (guionados, tal vez) de un presidente que representa fielmente un gobierno antipatriótico. La causa más sagrada del pueblo argentino no puede ser desoída, aunque sea por una cuestión de conveniencia, por el más cipayo y entreguista de los argentinos.

El impulso popular se ha manifestado de manera masiva, primero logrando la postergación del debate parlamentario sobre la modificación de la Ley de Tierras que debió realizarse al poco tiempo del acontecimiento del trapo, lo cual hubiera sido un mal momento para el proyecto de extranjerización de tierras del gobierno nacional.

Luego, ese impulso se extendió a las calles en la marcha realizada el 6 de agosto de 2026, justamente rechazando la extranjerización de las tierras frente al Congreso, lo cual tuvo su correlato político en la eliminación de ese punto de la ley por parte del parlamento. Esto, sin contar que el proyecto había sido modificado para “limitar” hasta cierto porcentaje la extranjerización. Todo eso fue eliminado.

El 3 de septiembre de 2026, el presidente Milei por primera vez en tres años de gobierno antinacional cerró su discurso pronunciando “viva la patria”, en vez de su famoso “VLLC”. Creíble, o no, lo cierto es que fue un sacudón hacia el interior de su fuerza política (tal vez un mensaje a la vicepresidenta) y hacia el exterior, donde nuevamente la prensa británica se alteró por su tono “soberanista”, lo cual sería imposible de comprender sin la movilización del pueblo argentino.

Por último, el estado de alerta popular sirve también como advertencia para los miembros del poder judicial, hacia quienes el pueblo deposita su confianza, a riesgo de ser traicionada. Olvidan aquellos que la justicia, como el amor, la valentía o la igualdad, son valores espirituales y no puramente materiales como los que están detrás de la ambición del capitalismo desregulado al extremo o del post-humanismo que nos proponen en estos tiempos, generando una “cultura del descarte” como denunciara Francisco en su encíclica Fratelli Tutti (2021).  

Es la acción fraternal del pueblo la que termina marcando el pulso de una comunidad que “persigue fines espirituales y materiales, que tiende a superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que el individuo puede realizarse y realizarla simultáneamente” (Perón, 2006, p. 43).

Por todo lo anterior, afirmamos que el pueblo es el sujeto de la historia y es quien tiene en su capacidad de organización y acción, la clave para modificar la realidad social. Que el pueblo organizado en una doctrina simple y práctica, conduce su propio destino, siempre. Que los males no pueden durar por siempre. Y que las Malvinas, son argentinas.

Imagen de portada. Fuente: Foto del local de indumentaria Malvinas Siempre (Facebook)

Referencias bibliográficas:

Ferraresi, Alfredo y Galasso, Norberto (2021). Historia de los trabajadores argentinos. Buenos Aires, Colihue.

Gullo, Marcelo (2010). La insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones. Buenos Aires, Biblos.

Papa Francisco (2020). Carta Encíclica Fratelli Tutti. Sobre la fraternidad y la amistad social. Disponible en: https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html

Perón, Juan Domingo (1952). Conducción política. Buenos Aires, Ediciones Mundo Peronista.

Perón, Juan Domingo (2006). La Comunidad Organizada. Buenos Aires, Instituto Nacional “Juan Domingo Perón” de Estudios e Investigaciones Históricas, Sociales y Políticas.

Perón, Juan Domingo (2017). La hora de los pueblos (1968); Latinoamérica: ahora o nunca (1967). Buenos Aires, Biblioteca del Congreso de la Nación.

Alejandro Kwiatkowski
Profesor en Historia y Licenciado en Cs. Sociales y Humanidades – UNQ. Especialista en Pensamiento Nacional y Latinoamericano – UNLA.
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