Antes de que el Río de la Plata se convirtiera en uno de los escenarios decisivos de la disputa atlántica del siglo XVIII, Colonia del Sacramento ya condensaba en sus murallas, en su puerto y en sus circuitos comerciales una larga historia de rivalidades imperiales. Fundada por Portugal frente a Buenos Aires y disputada de manera recurrente por la monarquía española, la plaza fue mucho más que un enclave fronterizo: constituyó un punto de fricción entre dos coronas ibéricas y, cada vez más, una vía de penetración para los intereses británicos en el sur de América. En ese marco, la expedición anglo-portuguesa derrotada en 1763 y la ofensiva de Pedro de Cevallos no aparecen como episodios aislados, sino como el resultado de un proceso más amplio en el que la guerra europea, el comercio atlántico y la lucha por el dominio del estuario confluyeron de manera dramática sobre las aguas y las costas del Plata.
I. Introducción
La primera gran invasión al Río de la Plata ocurrida entre 1762 y 1763 sólo puede comprenderse adecuadamente si se la sitúa dentro de un proceso más amplio de competencia imperial desarrollado entre las principales potencias europeas desde el siglo XVI. Las rivalidades entre España, Inglaterra y Portugal formaban parte de una dinámica global en la cual las disputas territoriales, comerciales y marítimas se proyectaban simultáneamente sobre Europa y los espacios ultramarinos. En ese contexto, regiones inicialmente consideradas periféricas, como el estuario del Río de la Plata, comenzaron a adquirir un valor estratégico creciente dentro de la geopolítica atlántica. Lo que en apariencia era una frontera marginal del imperio español terminaría transformándose en un punto de interés para potencias marítimas emergentes como Gran Bretaña[1], cuya expansión comercial y naval redefinía el equilibrio de poder en el mundo atlántico (Elliott, 2006; Kuethe & Andrien, 2014).
La rivalidad entre la Monarquía Hispánica y la Inglaterra isabelina constituyó uno de los antecedentes fundamentales de esta competencia. Desde finales del siglo XVI ambas potencias se enfrentaron en múltiples escenarios donde convergían tensiones religiosas, rivalidades económicas y conflictos estratégicos por el control de las rutas marítimas[2]. La crisis diplomática de 1584, que culminó con la expulsión del embajador español Bernardo de Mendoza tras descubrirse su implicación en conspiraciones vinculadas a María Estuardo, marcó un punto de inflexión en las relaciones entre Isabel I y Felipe II. A partir de entonces, la confrontación entre ambas coronas adquirió un carácter más abierto, combinando guerra naval, hostigamiento comercial y conflictos indirectos en distintas regiones del Atlántico[3] (Parker, 1998).
El componente económico de esta rivalidad era central. Durante los siglos XVI y XVII la Monarquía Hispánica había construido un sistema imperial de alcance global basado en la integración de vastos territorios en Europa, América, África y Asia. Este sistema dependía en gran medida del flujo de metales preciosos provenientes de América, particularmente de las minas de Potosí y México, que eran transportados hacia Europa mediante complejas redes comerciales. El control de estas rutas marítimas resultaba esencial para la estabilidad del imperio español y, precisamente por ello, se convirtió en uno de los principales objetivos de las potencias rivales. Inglaterra, interesada en expandir su comercio atlántico, recurrió con frecuencia a la guerra de corso para debilitar el monopolio marítimo español. Corsarios como John Hawkins, Francis Drake y Walter Raleigh atacaron repetidamente el tráfico español en el Atlántico, muchas veces con el apoyo indirecto de la Corona inglesa (Elliott, 2006).
La escalada del conflicto culminó en 1588 con la llamada “Empresa de Inglaterra”, conocida posteriormente como la expedición de la Armada Invencible. Felipe II organizó una poderosa flota destinada a asegurar el control del canal de la Mancha y facilitar una eventual invasión de Inglaterra. La escuadra española partió con el objetivo de coordinar su acción con las fuerzas del duque de Parma en los Países Bajos, pero la operación fracasó tras los combates navales frente a Gravelinas y por las difíciles condiciones meteorológicas que dispersaron gran parte de la flota durante su retirada. Aunque durante mucho tiempo este episodio fue presentado como un punto de inflexión decisivo en el declive del poder español, la historiografía posterior ha mostrado que la derrota de la Armada no implicó una pérdida inmediata de la supremacía marítima hispánica, sino un momento crítico dentro de una rivalidad prolongada que continuaría durante los siglos siguientes (Fernández-Armesto, 1988).
Durante el siglo XVII la competencia imperial adoptó nuevas formas. Inglaterra desarrolló una política más agresiva en el ámbito colonial, especialmente en el Caribe. Bajo el protectorado de Oliver Cromwell, el gobierno inglés impulsó una estrategia conocida como Western Design[4], cuyo objetivo era debilitar la presencia española en las Antillas. La expedición culminó en 1655 con la ocupación de Jamaica, convertida desde entonces en una base estratégica para hostigar el sistema de flotas español. Este episodio alteró el equilibrio colonial en el Caribe y consolidó una presencia territorial inglesa permanente en una región hasta entonces dominada por España (Elliott, 2006).
La rivalidad entre los imperios europeos se intensificó nuevamente a comienzos del siglo XVIII con la muerte sin descendencia de Carlos II en 1700. El monarca español había designado como heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, lo que generó preocupación entre las potencias europeas ante la posibilidad de una unión dinástica entre las coronas francesa y española. Inglaterra, las Provincias Unidas[5] y el Sacro Imperio Romano Germánico respaldaron la candidatura del archiduque Carlos de Austria, desencadenando así la Guerra de Sucesión Española. Este conflicto, desarrollado entre 1701 y 1714, no fue simplemente una disputa dinástica, sino una confrontación por el equilibrio de poder en Europa y por el control de los sistemas imperiales proyectados sobre el Atlántico (Albareda, 2010).
En este contexto, la participación de Portugal adquirió una importancia decisiva. Inicialmente aliado de la causa borbónica, el reino portugués cambió de orientación diplomática en 1703 al incorporarse a la Gran Alianza mediante el Tratado de Lisboa[6]. Ese mismo año se firmó el Tratado de Methuen, acuerdo comercial que estableció condiciones preferenciales para los vinos portugueses en el mercado británico a cambio de facilitar la importación de textiles ingleses en Portugal. El tratado consolidó una estrecha relación económica entre ambos países y fortaleció la inserción británica en el sistema comercial atlántico (Boxer, 1969).
Las consecuencias de esta alianza se extendieron rápidamente al ámbito colonial. La Paz de Utrecht, que puso fin a la Guerra de Sucesión Española, reconoció a Felipe V como rey de España, pero también implicó importantes concesiones a Gran Bretaña. Entre ellas se encontraban el asiento de negros, que otorgaba a la South Sea Company[7] el monopolio del suministro de esclavos africanos a las colonias españolas, y el llamado navío de permiso, que autorizaba el envío anual de una embarcación británica para comerciar legalmente en América. Estas disposiciones abrieron por primera vez una vía institucional para la penetración británica en el comercio colonial hispanoamericano, debilitando el monopolio comercial que había caracterizado al sistema imperial español durante los siglos anteriores (Elliott, 2006).
Ante este nuevo escenario, la monarquía borbónica emprendió una serie de reformas destinadas a fortalecer el aparato administrativo y militar del imperio. Las llamadas reformas borbónicas procuraban centralizar el poder de la Corona, aumentar la eficiencia fiscal y reorganizar el sistema defensivo colonial frente a la creciente competencia de las potencias marítimas del norte de Europa. Dentro de esta estrategia, regiones antes consideradas periféricas comenzaron a adquirir una importancia estratégica creciente. El Río de la Plata era una de ellas. Su posición geográfica lo convertía en un punto de acceso privilegiado al interior sudamericano y en un nodo potencial para el comercio atlántico (Kuethe & Andrien, 2014).
En ese marco se inscribe la historia de Colonia del Sacramento, enclave portugués fundado frente a Buenos Aires en 1680. Desde su origen, la colonia funcionó como una plataforma comercial y militar que permitía a Portugal —y más tarde también a los intereses británicos— penetrar en el sistema económico del Río de la Plata. Su existencia evidenciaba las debilidades estructurales del monopolio comercial español y revelaba que el estuario rioplatense se había convertido en un espacio de competencia entre imperios. La disputa por Colonia del Sacramento, lejos de ser un conflicto puramente local, formaba parte de un proceso más amplio de rivalidad geopolítica en el Atlántico Sur (Halperín Donghi, 1972).
Las tensiones acumuladas durante décadas culminaron finalmente en el conflicto de 1762-1763, cuando la Guerra de los Siete Años trasladó las rivalidades europeas al escenario rioplatense. La ofensiva emprendida por Pedro de Cevallos contra Colonia del Sacramento y la posterior expedición anglo-portuguesa destinada a recuperar la plaza constituyeron uno de los episodios más significativos de esta confrontación. La destrucción del navío británico Lord Clive frente a las fortificaciones de Colonia en enero de 1763 simbolizó el fracaso de la empresa invasora y puso de manifiesto la capacidad defensiva del sistema colonial español en la región. Al mismo tiempo, reveló que el Río de la Plata había ingresado definitivamente en el horizonte estratégico de las potencias atlánticas.
II. Colonia del Sacramento y la frontera rioplatense
El Río de la Plata de fines del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII fue un espacio donde las fronteras políticas se entrelazaban con intereses económicos, rivalidades imperiales y dinámicas sociales complejas. Lejos de constituir una periferia irrelevante del imperio español, la región presentaba características que la convertían en un escenario atractivo para potencias rivales. La abundancia de ganado cimarrón en la Banda Oriental, la relativa debilidad del control administrativo español y la existencia de circuitos comerciales clandestinos creaban condiciones propicias para el desarrollo de actividades económicas que escapaban al rígido sistema mercantil impuesto por la Corona. El contrabando había llegado a convertirse en una práctica estructural de la economía regional, funcionando como una vía informal de integración del espacio rioplatense al comercio atlántico (Barba, 1978; Moutoukias, 1988).
En este contexto debe entenderse la fundación de Colonia del Sacramento en 1680. La iniciativa respondió a una estrategia deliberada de la monarquía portuguesa orientada a ampliar su presencia en el Atlántico Sur y a establecer una puerta comercial hacia los territorios españoles del Río de la Plata. Tras la restauración de la independencia portuguesa en 1640[8], Lisboa se vio obligada a redefinir su política imperial en un escenario de recursos limitados y de creciente competencia europea. Brasil se convirtió entonces en el eje central de la expansión atlántica portuguesa, y desde allí comenzaron a proyectarse iniciativas destinadas a consolidar nuevas posiciones estratégicas en regiones fronterizas con los dominios españoles (Boxer, 1969).
El encargado de llevar adelante esta empresa fue Manuel Lobo, gobernador de Río de Janeiro desde 1678. Siguiendo instrucciones del príncipe regente don Pedro —futuro Pedro II de Portugal—, Lobo organizó una expedición destinada a establecer un asentamiento frente a Buenos Aires. El objetivo era doble: crear un enclave comercial que permitiera intercambiar productos europeos por bienes procedentes del interior sudamericano, especialmente plata y cueros, y consolidar una presencia territorial que equilibrara el predominio español en la región (Monteiro, 1937).
La expedición portuguesa llegó al Río de la Plata a comienzos de 1680 y se instaló inicialmente en la isla de San Gabriel. Poco después se inició la construcción de una pequeña fortificación que daría origen a la Colônia do Santíssimo Sacramento. Desde el punto de vista urbanístico y militar, el asentamiento era todavía precario. Sus defensas consistían en empalizadas de madera y terraplenes improvisados, y la guarnición apenas superaba los cuatrocientos hombres. Sin embargo, el valor estratégico de su ubicación era evidente. Desde la colonia se podía observar el movimiento de embarcaciones en el estuario y establecer contactos comerciales con los habitantes de Buenos Aires y con comerciantes que operaban en el interior del virreinato del Perú (Possamai, 2006).
La reacción de las autoridades españolas fue rápida. El gobernador de Buenos Aires, José de Garro, percibió inmediatamente el peligro que representaba la presencia portuguesa frente a la ciudad. En un primer momento intentó abordar la situación por vías diplomáticas. Según relató Simão Pereira de Sá, Garro adoptó una actitud aparentemente conciliadora mientras evaluaba la situación militar y organizaba la respuesta. Pero detrás de esa prudencia inicial se encontraba una decisión firme: la presencia portuguesa en el estuario constituía una amenaza directa al control español del comercio regional y debía ser eliminada (Pereira de Sá, 1993).
Una comisión española se presentó entonces ante Manuel Lobo para exigir la evacuación del asentamiento. El comandante portugués rechazó la demanda. Abandonar la colonia implicaba renunciar a una empresa que la monarquía portuguesa consideraba esencial para su estrategia atlántica. Consciente de la inferioridad de sus fuerzas, pero decidido a cumplir las órdenes recibidas, Lobo optó por resistir.
La respuesta militar española no tardó en materializarse. Garro reunió una fuerza considerable compuesta por tropas regulares de Buenos Aires, milicias locales y contingentes indígenas guaraníes provenientes de las misiones jesuíticas. Estas reducciones habían desarrollado durante el siglo XVII un sistema de milicias disciplinadas que participaban regularmente en la defensa de las fronteras coloniales. La incorporación de estos guerreros otorgó a las fuerzas españolas una notable superioridad numérica frente a la pequeña guarnición portuguesa (Azarola Gil, 1940).
El sitio de la colonia se prolongó durante varias semanas. Las condiciones dentro de la fortificación se deterioraron con rapidez: las enfermedades comenzaron a afectar a la guarnición, las provisiones escasearon y la presión militar del ejército sitiador aumentó de manera constante. Pereira de Sá describió el fuerte impacto psicológico que producía en los defensores la presencia de los guaraníes, señalando que éstos “asombraban no sólo por el feroz gesto de los indios sino por la rapidez con que disparaban innumerables flechas acompañadas de gritos estridentes” (Pereira de Sá, 1993, p. 15).
El desenlace se produjo el 7 de agosto de 1680, cuando las fuerzas españolas lanzaron el asalto definitivo contra la plaza. Según las crónicas de la época, el ataque fue facilitado por la información proporcionada por un desertor paulista que reveló a los sitiadores los puntos más vulnerables de la defensa portuguesa. Bajo el mando de Antonio de Vera y Mujica, las tropas españolas irrumpieron en la fortificación tras un violento combate. La plaza cayó rápidamente y Manuel Lobo fue capturado y trasladado prisionero a Buenos Aires (Azarola Gil, 1940; Possamai, 2006).
Sin embargo, la victoria militar española no resolvió el conflicto. Apenas un año después, mediante el Tratado Provisional de Lisboa de 1681, la monarquía española aceptó devolver la plaza a Portugal. El episodio puso de manifiesto que Colonia del Sacramento no era simplemente una fortificación disputada en una frontera colonial, sino una pieza dentro del complejo sistema diplomático que regulaba el equilibrio de poder entre las coronas ibéricas.
A partir de su restitución, la colonia comenzó a desempeñar un papel cada vez más importante en la economía regional. Desde el punto de vista comercial, funcionó como un punto de redistribución de mercancías europeas que ingresaban clandestinamente al mercado rioplatense. Productos manufacturados —muchos de ellos de origen británico— llegaban al enclave portugués y desde allí eran trasladados hacia Buenos Aires y otras regiones del virreinato del Perú. A cambio, los comerciantes portugueses obtenían plata, cueros y otros productos derivados de la abundante ganadería de la región (Moutoukias, 1988).
Este comercio clandestino no se limitaba a agentes portugueses. Numerosos comerciantes criollos de Buenos Aires participaron activamente en estas redes de intercambio. De este modo, la rivalidad política entre las coronas coexistía con una compleja trama de intereses económicos compartidos. La colonia se convirtió así en una suerte de válvula de escape para el rígido sistema mercantil español, permitiendo la circulación de mercancías extranjeras que de otro modo no habrían podido ingresar legalmente al mercado colonial (Jumar, 2016).
La explotación del ganado cimarrón de la Banda Oriental desempeñó un papel fundamental en este sistema económico. Las vastas llanuras del territorio oriental albergaban enormes poblaciones de reses salvajes cuya caza permitía obtener grandes cantidades de cueros, uno de los productos más demandados en los mercados europeos. Desde Colonia del Sacramento, esos cueros eran embarcados hacia Brasil y posteriormente redistribuidos hacia otros puertos atlánticos, integrando al Río de la Plata en redes comerciales que conectaban América, Europa y África (Possamai, 2006).
Para las autoridades españolas de Buenos Aires, la presencia portuguesa seguía siendo una amenaza constante. La colonia representaba una fisura en el monopolio comercial que la Corona intentaba mantener sobre sus territorios americanos. No obstante, la realidad económica del puerto revelaba una situación más ambigua: muchos comerciantes porteños obtenían beneficios significativos del comercio clandestino con Colonia, lo que generaba una relación contradictoria entre las autoridades coloniales y las redes comerciales locales. Así, la colonia se transformó en un espacio donde la rivalidad política coexistía con una intensa cooperación económica (Jumar, 2016).
La dimensión internacional del conflicto se amplió todavía más durante las primeras décadas del siglo XVIII con la creciente presencia británica en el comercio atlántico. Los acuerdos derivados de la Paz de Utrecht facilitaron la inserción de comerciantes británicos en las redes económicas del Río de la Plata. En este contexto, Colonia del Sacramento ofrecía una infraestructura portuaria alternativa que facilitaba operaciones comerciales clandestinas vinculadas a esa actividad. El enclave portugués comenzó así a desempeñar un papel estratégico en la articulación de intereses portugueses y británicos en el Atlántico Sur.
Hacia mediados del siglo XVIII, la colonia se había consolidado como un nodo central de la economía fronteriza del Río de la Plata. Sus fortificaciones se habían ampliado, su población había crecido y su actividad comercial se había intensificado. Colonia ya no era simplemente una plaza militar, sino también una ciudad portuaria activa que funcionaba simultáneamente como factoría comercial y como instrumento diplomático en las negociaciones entre España y Portugal.
III. La crisis de 1761 y la ofensiva de Cevallos
Las tensiones acumuladas durante décadas estallaron finalmente en el contexto de la Guerra de los Siete Años. La anulación del Tratado de Madrid de 1750 mediante el Tratado de El Pardo, firmado el 12 de febrero de 1761, marcó un punto de inflexión en la geopolítica sudamericana del siglo XVIII. El nuevo acuerdo establecía que el tratado anterior quedaba “cancelado, casado y anulado”, restableciendo el estado jurídico previo y reabriendo formalmente el conflicto territorial entre las monarquías ibéricas en el espacio rioplatense. Esta decisión no constituyó simplemente una modificación diplomática puntual, sino el reconocimiento del fracaso de un intento por fijar una delimitación estable en la frontera colonial entre España y Portugal. El sistema territorial establecido en Madrid había resultado incapaz de contener las tensiones generadas por la expansión portuguesa y por las dinámicas económicas propias de las regiones fronterizas del sur de América (Sierra, 1967).
El tratado de 1750 había buscado resolver el problema de los límites coloniales sustituyendo la antigua línea de Tordesillas[9] por el principio del uti possidetis[10], según el cual cada potencia conservaría los territorios que ocupaba efectivamente. Sin embargo, su aplicación práctica generó conflictos significativos en diversas regiones del continente, especialmente en las Misiones Jesuíticas del Paraguay. Allí, la decisión de trasladar varios pueblos guaraníes desde territorios asignados a Portugal provocó una resistencia armada que derivó en las llamadas guerras guaraníticas entre 1754 y 1756. Estos enfrentamientos revelaron la distancia existente entre los acuerdos diplomáticos elaborados en Europa y la realidad social y territorial de las fronteras americanas, donde las poblaciones indígenas, los colonos y las autoridades locales defendían intereses a menudo incompatibles con las decisiones tomadas en las cortes metropolitanas (Kuethe & Andrien, 2014).
En el caso del Río de la Plata, la anulación del tratado reabrió un problema que llevaba décadas sin resolverse: la presencia portuguesa en Colonia del Sacramento. Desde su fundación en 1680, el enclave había funcionado como una cuña estratégica dentro del espacio rioplatense. Su ubicación frente a Buenos Aires permitía observar el movimiento de embarcaciones en el estuario y facilitaba el contacto con comerciantes que operaban dentro del sistema colonial español. Al mismo tiempo, su actividad económica había contribuido a consolidar redes de contrabando que integraban la región al comercio atlántico, debilitando el monopolio comercial que la Corona española intentaba mantener sobre sus dominios americanos (Moutoukias, 1988; Halperín Donghi, 1972).
La importancia estratégica del estuario fue comprendida con particular claridad por Pedro Antonio de Cevallos, quien asumió el gobierno de Buenos Aires en 1756. Militar de carrera y con experiencia en campañas europeas, Cevallos interpretó la situación del Río de la Plata dentro de un marco geopolítico más amplio. Desde su llegada a la gobernación percibió que el control del estuario constituía una condición esencial para garantizar la seguridad del comercio colonial y para preservar la comunicación entre el Atlántico y el interior sudamericano. El puerto de Buenos Aires representaba un punto de conexión fundamental entre las rutas marítimas atlánticas y los circuitos comerciales que vinculaban el litoral con las regiones mineras del Alto Perú. En ese sentido, el dominio efectivo del Río de la Plata resultaba indispensable para asegurar el funcionamiento del sistema económico del virreinato del Perú (Zorraquín Becú, 1981).
La presencia portuguesa en Colonia alteraba profundamente ese equilibrio. Para Cevallos, el enclave no era simplemente una fortificación rival situada frente a Buenos Aires, sino una amenaza estructural para la arquitectura imperial española en el extremo sur de América. Desde allí se facilitaba la introducción de mercancías extranjeras en el mercado rioplatense, muchas de ellas de origen británico, lo que debilitaba el sistema de monopolio comercial que la Corona intentaba preservar. Además, la colonia podía convertirse en una base naval desde la cual potencias rivales proyectaran operaciones militares sobre el estuario. En consecuencia, la eliminación de ese enclave se convirtió en uno de los objetivos centrales de su política.
El contexto internacional reforzaba esta percepción. En 1756 había estallado en Europa la Guerra de los Siete Años, un conflicto que rápidamente se transformó en una confrontación global entre las principales potencias del sistema atlántico. América del Norte, el Caribe, África occidental, el subcontinente indio y el océano Pacífico se convirtieron en escenarios donde las potencias europeas disputaban el control de territorios estratégicos y de rutas comerciales fundamentales para la economía imperial (Simms, 2008).
España ingresó en este conflicto de manera relativamente tardía. Durante el reinado de Fernando VI, la política exterior española había procurado mantener una posición de neutralidad frente a la rivalidad entre Francia y Gran Bretaña. Sin embargo, la situación cambió con la llegada al trono de Carlos III en 1759. El nuevo monarca consideraba que el creciente poder marítimo británico representaba una amenaza directa para la estabilidad del imperio español. Por ello reforzó la alianza con Francia mediante el Tercer Pacto de Familia firmado en 1761, acuerdo que comprometía a las monarquías borbónicas en una acción conjunta contra Gran Bretaña y significaba, en la práctica, la entrada de España en la guerra (Lynch, 1989).
La incorporación española al conflicto tuvo repercusiones inmediatas en el Río de la Plata. Portugal mantenía desde hacía siglos una estrecha alianza con Gran Bretaña, consolidada por tratados comerciales y acuerdos políticos que vinculaban profundamente las economías de ambos países. En consecuencia, cualquier confrontación entre España y Portugal en América debía interpretarse también como una extensión de la rivalidad global entre las potencias europeas.
Frente a este escenario, Cevallos decidió pasar a la ofensiva. A comienzos de 1762 comenzaron los preparativos para una operación militar destinada a capturar Colonia del Sacramento. Ese mismo año llegó desde Cádiz la fragata Victoria, enviada por la Corona española con órdenes explícitas de apoyar una campaña contra el enclave portugués. Este envío indicaba que el gobierno de Madrid había resuelto abandonar una estrategia puramente defensiva en el Río de la Plata y adoptar una política más activa.
Durante los meses siguientes, el gobernador organizó una fuerza considerable compuesta por tropas regulares, milicias urbanas y contingentes indígenas provenientes de las reducciones administradas por la Compañía de Jesús[11] en el espacio misionero del Paraguay. Desde el siglo XVII, estas reducciones jesuíticas habían desarrollado un sistema de organización social y militar particular, en el cual los pueblos guaraníes eran instruidos en el manejo de armas y en la disciplina de milicias con el objetivo de defender las misiones y colaborar en la protección de las fronteras imperiales. En ese contexto, las milicias guaraníes constituían una parte esencial del sistema defensivo de la monarquía española en la región, ya que contaban con experiencia en operaciones militares y estaban familiarizadas con el terreno fronterizo. A comienzos de septiembre de 1762, Cevallos reunió aproximadamente 2.700 milicianos y organizó el cruce del estuario con el apoyo de una pequeña escuadra formada por una fragata, un navío armado, varias lanchas artilladas y transportes. Poco después se sumaron cerca de 1.200 guerreros guaraníes procedentes de las misiones jesuíticas, lo que incrementó considerablemente la capacidad operativa de las fuerzas españolas (Ganson, 2003).
El sitio de Colonia del Sacramento comenzó formalmente el 5 de octubre de 1762. Las tropas españolas avanzaron mediante un dispositivo que combinaba aproximación terrestre con bombardeo de artillería. La guarnición portuguesa, comandada por Vicente da Silva da Fonseca, resistió durante varias semanas. Sin embargo, el bloqueo naval organizado desde Montevideo impidió la llegada de refuerzos y provisiones. Las fuerzas españolas establecieron trincheras cada vez más cercanas a las murallas y reforzaron sus posiciones de artillería, debilitando progresivamente la capacidad defensiva de la plaza (Possamai, 2006).
Finalmente, ante la escasez de municiones y alimentos y la imposibilidad de recibir ayuda externa, Vicente da Silva da Fonseca decidió capitular el 31 de octubre de 1762. Dos días después, las tropas de Cevallos ingresaron en la ciudad. La captura de Colonia del Sacramento representó una de las victorias militares más importantes obtenidas por España en el Río de la Plata durante el siglo XVIII. No obstante, el éxito militar no significaba el final del conflicto. Mientras Cevallos consolidaba la ocupación, en Londres se estaba organizando una expedición naval destinada a intervenir en el estuario rioplatense.
IV. La expedición anglo-portuguesa y el combate de 1763
La toma de Colonia del Sacramento por las fuerzas de Pedro de Cevallos modificó profundamente la situación estratégica en el Río de la Plata. Lo que hasta ese momento había sido una plaza portuguesa que facilitaba el comercio clandestino con Buenos Aires pasó a convertirse en un punto fortificado bajo control español, preparado para resistir eventuales intentos de recuperación. Sin embargo, la guerra en curso entre las potencias europeas aseguraba que el conflicto en el estuario no terminaría con la caída de la ciudad. En el contexto de la Guerra de los Siete Años, las operaciones militares en América debían entenderse como parte de un sistema estratégico más amplio en el cual los territorios coloniales podían transformarse rápidamente en escenarios de confrontación directa (Kuethe & Andrien, 2014).
En Londres, mientras se desarrollaba el sitio de Colonia, se organizaba una expedición naval destinada a intervenir en el Río de la Plata. El proyecto surgió de la convergencia entre intereses políticos y comerciales vinculados al expansionismo británico. Diversos comerciantes y financistas asociados al comercio atlántico percibían en la región rioplatense una oportunidad estratégica. El control del estuario permitiría establecer un punto de penetración hacia el interior sudamericano y abrir nuevas rutas comerciales hacia las regiones mineras del Alto Perú. Además, la alianza histórica entre Gran Bretaña y Portugal facilitaba la posibilidad de coordinar una operación conjunta destinada a debilitar la posición española en el Atlántico Sur (Bowen, 2006).
La expedición fue financiada parcialmente por capitales vinculados a la British East India Company[12], una de las corporaciones comerciales más poderosas del imperio británico. Este dato resulta particularmente significativo porque revela el carácter híbrido de muchas empresas militares británicas del siglo XVIII, en las cuales los intereses del Estado se entrelazaban con los de grandes compañías comerciales. En ese contexto, la expedición al Río de la Plata debía entenderse también como un intento de reproducir en el Atlántico Sur un modelo de intervención que había resultado exitoso en otros escenarios coloniales.
El mando de la operación fue confiado al comodoro Robert MacNamara. La escuadra estaba compuesta por varios buques de guerra, entre ellos el navío Lord Clive, la fragata Ambuscade y el buque Gloria, además de otras embarcaciones menores. El Lord Clive, rebautizado en honor al célebre militar británico Robert Clive, había sido reforzado con mayor artillería antes de partir hacia el Atlántico Sur. La tripulación incluía tanto marinos profesionales como voluntarios atraídos por la posibilidad de obtener botín en caso de una eventual captura de Buenos Aires, lo que evidencia el carácter parcialmente mercenario de la expedición (Díaz Buschiazzo, 1982).
La flota zarpó con el objetivo inicial de atacar Buenos Aires. Sin embargo, al llegar a Río de Janeiro en octubre de 1762, MacNamara recibió noticias que alteraron sus planes: Colonia del Sacramento había caído en manos de las fuerzas españolas dirigidas por Cevallos. La expedición ya no podía contar con el apoyo de la plaza portuguesa ni con la posibilidad de utilizarla como base logística para una operación contra Buenos Aires. En consecuencia, MacNamara decidió que el primer objetivo debía ser recuperar Colonia.
Tras recibir refuerzos portugueses proporcionados por el gobernador del Brasil, Gomes Freire de Andrade, la escuadra continuó su viaje hacia el Río de la Plata. El 10 de diciembre de 1762 los buques aparecieron frente a Montevideo, donde capturaron una embarcación española que les proporcionó información sobre la situación en el estuario. A pesar de saber que la ciudad estaba ahora fuertemente defendida por tropas españolas, MacNamara resolvió continuar la operación.
La navegación en el Río de la Plata presentaba dificultades significativas para cualquier fuerza naval extranjera. El estuario se caracteriza por una hidrografía compleja, con extensos bancos de arena, canales cambiantes y zonas de aguas poco profundas. Para maniobrar con seguridad en esas condiciones era indispensable contar con prácticos locales que conocieran los pasos navegables. La expedición anglo-portuguesa carecía inicialmente de ese conocimiento preciso, lo que limitaba su capacidad de movimiento y aumentaba el riesgo de que los buques quedaran expuestos al fuego enemigo (Kuethe & Andrien, 2014).
Cevallos era plenamente consciente de estas dificultades y decidió aprovecharlas en su estrategia defensiva. Tras la captura de Colonia había ordenado reforzar las fortificaciones de la ciudad y establecer un sistema permanente de vigilancia sobre los accesos marítimos. Las baterías costeras fueron reorganizadas y se instalaron puestos de observación en puntos estratégicos del estuario, incluyendo la isla de San Gabriel. El objetivo era impedir que cualquier escuadra enemiga pudiera acercarse a la plaza sin ser detectada.
La defensa de Colonia no dependía únicamente de las murallas de la ciudad. Cevallos concibió el sistema defensivo como una combinación de artillería costera, vigilancia naval y control de los canales de acceso. Este enfoque reflejaba una comprensión precisa de las condiciones geográficas del estuario. En un escenario donde los buques de gran calado debían maniobrar con cautela para evitar los bancos de arena, las baterías situadas en tierra podían convertirse en armas extremadamente eficaces.
Un documento particularmente revelador de esta preparación defensiva es la carta enviada el 4 de enero de 1763 por el capitán Juan Antonio Guerrero, comandante del navío Don Zenón, al gobernador Cevallos. En ella señalaba con claridad la vulnerabilidad de los buques enemigos ante el uso de proyectiles incendiarios: “Los navíos que vienen son de madera; la bala roja los despachará breve” (Archivo General de la Nación, 1763). La referencia a la bala roja, un proyectil de hierro calentado al rojo vivo antes de ser disparado, refleja el conocimiento técnico que los artilleros españoles tenían sobre la manera de provocar incendios en las embarcaciones de madera.
A comienzos de enero de 1763 la escuadra anglo-portuguesa se aproximó finalmente a Colonia del Sacramento. El 4 de enero los buques se posicionaron frente a la plaza, y el 6 de enero comenzó el combate. MacNamara dispuso sus principales navíos frente a los baluartes españoles con la intención de someter las defensas mediante un intenso bombardeo. El Lord Clive se situó frente al baluarte de Santa Rita, la Ambuscade frente a San Pedro de Alcántara y el Gloria frente al sector de San Miguel.
La estrategia británica consistía en utilizar la potencia de fuego de sus buques para destruir las baterías costeras y abrir el camino para un eventual desembarco. Sin embargo, el plan presentaba debilidades importantes. La escuadra carecía de una fuerza de infantería suficientemente preparada para ejecutar una operación anfibia compleja. En consecuencia, el éxito de la empresa dependía casi exclusivamente de la capacidad de la artillería naval para neutralizar rápidamente las defensas de la ciudad.
El intercambio artillero comenzó alrededor del mediodía y se prolongó durante aproximadamente cuatro horas. Desde el punto de vista técnico, la batalla representó un intenso duelo entre la artillería naval británica y las baterías costeras españolas. Aunque los buques contaban con un armamento considerable, las condiciones del estuario dificultaban sus maniobras. Los vientos y las corrientes limitaban la capacidad de los navíos para mantener posiciones de combate óptimas, mientras que las baterías situadas en tierra podían disparar con mayor estabilidad y precisión.
Durante el combate se produjo el episodio decisivo. Una bala al rojo disparada desde las baterías españolas impactó en el Lord Clive. El proyectil provocó un incendio que se extendió rápidamente por la nave, alimentado por materiales inflamables como la brea y el alquitrán. Las llamas se propagaron con rapidez a lo largo del casco y alcanzaron los depósitos de municiones. Las fuentes contemporáneas coinciden en que el incendio se volvió incontrolable en pocos minutos. El Lord Clive ardió de popa a proa, y gran parte de la tripulación murió en la explosión que siguió al fuego. Entre las víctimas se encontraba el propio MacNamara. La pérdida del navío insignia tuvo un impacto devastador en la moral de la escuadra anglo-portuguesa y desorganizó por completo la operación (Díaz Buschiazzo, 2015).
Tras la destrucción del Lord Clive, el resto de los buques se vio obligado a retirarse. La Ambuscade había sufrido daños graves durante el combate y el Gloria no estaba en condiciones de continuar el bombardeo por sí solo. La expedición, concebida como una operación destinada a recuperar Colonia y eventualmente atacar Buenos Aires, terminó en un fracaso completo.
La batalla del 6 de enero de 1763 demostró que la superioridad naval británica no garantizaba automáticamente el éxito en escenarios costeros complejos. En el Río de la Plata, las condiciones geográficas y la organización defensiva española neutralizaron gran parte de las ventajas técnicas de la escuadra invasora. La destrucción del Lord Clive se convirtió así en un símbolo del fracaso de la expedición anglo-portuguesa y en uno de los episodios más dramáticos de la historia naval del Atlántico Sur.
V. La expansión española en la frontera oriental
La destrucción del Lord Clive representó un punto de inflexión en la campaña del Río de la Plata. El fracaso de la expedición anglo-portuguesa no sólo aseguró la permanencia española en Colonia del Sacramento, sino que alteró profundamente el equilibrio militar en la región. Al desaparecer la amenaza inmediata de una escuadra enemiga capaz de recuperar la plaza, Cevallos dispuso de una oportunidad estratégica excepcional: transformar una victoria defensiva en una ofensiva destinada a neutralizar el sistema portugués de fortificaciones en la Banda Oriental. Desde su perspectiva, el control efectivo del estuario no podía limitarse a la posesión de Colonia; requería también eliminar las posiciones lusas que garantizaban la comunicación entre el Brasil meridional y las zonas fronterizas del Río de la Plata (Sierra, 1967).
La estrategia adoptada por Cevallos respondía a una concepción amplia de la guerra de frontera. El enclave de Colonia estaba vinculado a una red de posiciones portuguesas que incluía fortificaciones como Santa Teresa, San Miguel y la villa de Río Grande de San Pedro. Estas posiciones formaban parte de un sistema defensivo destinado a asegurar el control de las rutas terrestres que conectaban el sur del Brasil con la Banda Oriental. Mientras estas fortalezas permanecieran en manos portuguesas, la estabilidad del dominio español en el estuario seguiría siendo precaria. Por esa razón, el gobernador decidió avanzar hacia el este con el objetivo de desarticular esa estructura defensiva y consolidar una frontera más segura para los territorios bajo jurisdicción de Buenos Aires (Kuethe & Andrien, 2014).
La campaña comenzó a organizarse pocas semanas después del combate naval. Durante los primeros meses de 1763 Cevallos concentró tropas en Maldonado y reorganizó las fuerzas disponibles en la región. El ejército que marcharía hacia la frontera oriental estaba compuesto por una combinación de tropas regulares, milicias criollas y contingentes indígenas procedentes de las misiones guaraníes. Estas milicias desempeñaban un papel esencial en las campañas fronterizas debido a su conocimiento del terreno y a su capacidad para operar en condiciones logísticas complejas. En el Río de la Plata, la defensa del territorio dependía en gran medida de la colaboración entre autoridades coloniales, milicias locales e indígenas misioneros, lo que otorgaba a la guerra de frontera una fisonomía distinta de la de los conflictos europeos (Ganson, 2003; Kuethe & Andrien, 2014).
El primer objetivo de la ofensiva fue la fortaleza de Santa Teresa, situada en una posición estratégica cerca de la actual frontera entre Uruguay y Brasil. Esta fortificación había sido construida por los portugueses a finales de 1762 bajo la dirección de Tomás Luis de Osorio y estaba destinada a controlar el paso costero entre la Banda Oriental y el Brasil meridional. Su ubicación permitía vigilar las rutas terrestres que atravesaban la región y dificultaba cualquier intento de expansión española hacia el norte.
A comienzos de abril de 1763, Cevallos inició la marcha desde Maldonado con un ejército compuesto por varios miles de hombres y un considerable parque de artillería transportado en carretas. La logística de la campaña resultó particularmente compleja debido a la escasez de caminos y a las dificultades de abastecimiento en una región escasamente poblada. No obstante, la superioridad numérica y la rapidez de la operación permitieron que las fuerzas españolas alcanzaran las proximidades de la fortaleza en pocos días.
El asedio comenzó el 17 de abril de 1763 con la instalación de baterías de artillería frente a las defensas portuguesas. La guarnición de Santa Teresa se encontraba en una situación desfavorable. Además de ser numéricamente inferior, estaba aislada y carecía de perspectivas realistas de recibir refuerzos desde Brasil. La noticia de la destrucción del Lord Clive y de la derrota de la expedición anglo-portuguesa había debilitado profundamente la moral de las fuerzas lusas en la región. El 19 de abril la fortaleza capituló. Gran parte de la guarnición había desertado antes del asalto final, y Tomás Luis de Osorio fue capturado junto a poco más de un centenar de soldados.
El siguiente objetivo fue el Fuerte de San Miguel, otra de las posiciones estratégicas del sistema defensivo portugués en la región. A diferencia de Santa Teresa, la resistencia allí fue mínima. La rápida caída de la fortaleza anterior y la ausencia de refuerzos desmoralizaron a la guarnición portuguesa, que optó por rendirse sin ofrecer una resistencia significativa. Esta capitulación confirmó que el dispositivo defensivo luso se encontraba profundamente debilitado tras la derrota naval sufrida en Colonia.
La campaña continuó con el avance hacia Río Grande de San Pedro, uno de los principales asentamientos portugueses en el sur del Brasil. La ciudad, fundada en 1737, funcionaba como un importante centro militar y comercial que articulaba las comunicaciones entre el Brasil meridional y las zonas fronterizas del Río de la Plata. Su captura representaba un golpe estratégico considerable para la presencia portuguesa en la región.
Las fuerzas de Cevallos alcanzaron Río Grande en abril de 1763. La superioridad militar española y la situación estratégica desfavorable obligaron a las autoridades portuguesas a abandonar la ciudad y retirarse hacia São José do Norte, en la orilla opuesta de la laguna de los Patos. La ocupación de Río Grande permitió a los españoles capturar artillería, municiones y diversos recursos militares, fortaleciendo así su posición en la región.
La conquista de estas posiciones representó el momento de mayor expansión territorial española en el extremo sur del Brasil durante el siglo XVIII. Durante algunos meses, la autoridad de la monarquía española se extendió sobre territorios que tradicionalmente habían estado bajo control portugués. Desde el punto de vista militar, la campaña de Cevallos demostró la capacidad operativa de las fuerzas coloniales del Río de la Plata y la eficacia de una estrategia que combinaba operaciones navales, asedios terrestres y movilización de milicias regionales.
La ocupación de Río Grande tuvo también consecuencias demográficas y administrativas. Parte de la población portuguesa fue trasladada hacia el sur, particularmente hacia la región de Maldonado, donde posteriormente se fundaría el poblado de San Carlos. Este movimiento de población formaba parte de una estrategia destinada a reorganizar el territorio bajo control español y a reducir la presencia de comunidades potencialmente hostiles en las zonas recién ocupadas.
Sin embargo, la consolidación de estas conquistas dependía de factores que escapaban al control directo de Cevallos. Mientras se desarrollaba la campaña en el Río de la Plata, en Europa avanzaban las negociaciones destinadas a poner fin a la Guerra de los Siete Años. Como había ocurrido en conflictos anteriores, las decisiones tomadas en las cancillerías europeas terminarían influyendo de manera decisiva en el destino de las conquistas militares obtenidas en América.
El Tratado de París, firmado el 10 de febrero de 1763, estableció las condiciones para el fin del conflicto entre las potencias europeas. Aunque el acuerdo confirmó la supremacía colonial británica en diversas regiones del mundo, también dispuso una serie de restituciones territoriales destinadas a restablecer el equilibrio entre las monarquías europeas. En el caso del Río de la Plata, el tratado obligó a España a devolver Colonia del Sacramento a Portugal a finales de ese mismo año (Lynch, 1989).
La decisión reflejaba una característica recurrente de la política imperial del siglo XVIII: las conquistas obtenidas en las fronteras coloniales podían ser sacrificadas en el marco de negociaciones diplomáticas más amplias. Para los oficiales y soldados que habían participado en la campaña, esta restitución resultó profundamente frustrante. Sin embargo, desde la perspectiva de la política europea, el Río de la Plata era sólo uno de los múltiples escenarios donde se negociaba el equilibrio global entre las potencias.
A pesar de esta restitución, la campaña de Cevallos dejó una huella duradera en la historia del Río de la Plata. Las operaciones de 1762-1763 demostraron que la región tenía un valor estratégico mucho mayor del que tradicionalmente le habían atribuido las autoridades metropolitanas. El conflicto puso de manifiesto la vulnerabilidad del estuario frente a incursiones extranjeras y evidenció la necesidad de reorganizar la defensa del territorio. En los años siguientes, estas lecciones influirían en la política imperial española y contribuirían a fortalecer la idea de que el Río de la Plata debía contar con una estructura administrativa y militar más autónoma, percepción que desempeñaría un papel importante en la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776.
VI. Conclusión
La campaña del Río de la Plata entre 1762 y 1763 constituye uno de los episodios más significativos de la historia militar y política de la región durante el siglo XVIII. A primera vista, el conflicto podría interpretarse como una disputa local entre España y Portugal por el control de un enclave fronterizo. Sin embargo, un análisis más amplio revela que los acontecimientos vinculados a Colonia del Sacramento formaban parte de un proceso mucho más complejo, en el cual convergían rivalidades imperiales, intereses comerciales globales y transformaciones estructurales del sistema atlántico. La destrucción del Lord Clive frente a las fortificaciones de Colonia y la posterior campaña terrestre de Pedro de Cevallos deben entenderse, por lo tanto, dentro del marco de la Guerra de los Siete Años, conflicto que proyectó la competencia entre potencias europeas sobre múltiples escenarios distribuidos por todo el mundo (Simms, 2008).
Desde la perspectiva británica, la expedición anglo-portuguesa reflejaba la creciente importancia estratégica del Atlántico Sur dentro del sistema imperial británico. Durante el siglo XVIII, Gran Bretaña consolidó una expansión global basada en la combinación de supremacía naval, capital mercantil y alianzas diplomáticas. La tentativa de intervenir en el Río de la Plata respondía a esa lógica: identificar puntos vulnerables dentro del sistema colonial español y transformarlos en plataformas de penetración comercial y militar (Bowen, 2006).
Para la monarquía española, los acontecimientos de 1762 y 1763 tuvieron un significado ambivalente. Por un lado, la campaña dirigida por Cevallos evidenció que el sistema colonial aún conservaba una considerable capacidad de reacción. La defensa de Colonia del Sacramento y la derrota de la expedición anglo-portuguesa demostraron que la combinación de tropas regulares, milicias locales e indígenas misioneros podía constituir una fuerza militar eficaz en escenarios fronterizos. La organización defensiva implementada por Cevallos, basada en la coordinación entre artillería costera, vigilancia naval y conocimiento del terreno, permitió neutralizar las ventajas técnicas de la escuadra británica y provocar una de las derrotas navales más significativas sufridas por Gran Bretaña en el Atlántico Sur durante el siglo XVIII (Díaz Buschiazzo, 2015).
Por otro lado, la campaña también puso de manifiesto las debilidades estructurales del sistema imperial español en la región. La gobernación de Buenos Aires dependía administrativamente del Virreinato del Perú, cuya capital se encontraba a miles de kilómetros de distancia. Esta dependencia dificultaba la toma de decisiones rápidas y limitaba la capacidad de reacción frente a amenazas externas. Asimismo, la persistente presencia portuguesa en la Banda Oriental y la creciente actividad comercial británica en el Atlántico Sur revelaban que el equilibrio regional podía alterarse con relativa rapidez.
El resultado de la campaña estuvo además condicionado por factores diplomáticos que escapaban al control de las autoridades locales. El Tratado de París de 1763 dispuso la restitución de Colonia del Sacramento a Portugal, evidenciando una característica recurrente de la política imperial del siglo XVIII: los territorios conquistados en América podían convertirse en piezas de negociación dentro de acuerdos diplomáticos más amplios entre las potencias europeas. No obstante, sería un error considerar que la campaña fue estéril desde el punto de vista estratégico. La experiencia acumulada durante esos acontecimientos transformó la percepción que la monarquía española tenía del Río de la Plata. La región dejó de ser vista como una periferia administrativa distante para convertirse en un espacio clave dentro de la arquitectura defensiva del Atlántico Sur.
En este sentido, la derrota de la expedición anglo-portuguesa no sólo mostró la eficacia militar de Cevallos, sino que anticipó la centralidad futura del estuario en la geopolítica imperial. Las invasiones británicas de 1806 y 1807 confirmarían, décadas más tarde, que el Río de la Plata había adquirido un valor estratégico duradero dentro del mundo atlántico. La historia de Colonia del Sacramento durante este período ilustra, así, cómo un enclave aparentemente marginal podía convertirse en un punto de intersección entre imperios en competencia. La destrucción del Lord Clive y el fracaso de la empresa invasora de 1763 no fueron, por ello, un episodio militar aislado, sino una manifestación temprana de un ciclo más amplio de disputas por el control del Atlántico Sur.
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[1] El Reino de Gran Bretaña se constituyó formalmente en 1707 mediante las Acts of Union, que unificaron los reinos de Inglaterra y Escocia bajo un único parlamento y una misma estructura estatal con sede en Westminster (Black, 2001).
[2] Entre los principales episodios bélicos, políticos y religiosos que estructuraron la confrontación anglo-hispánica entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII pueden señalarse: (1) la rebelión de los Países Bajos contra la Monarquía Hispánica (desde 1568), apoyada indirectamente por Inglaterra; (2) las acciones corsarias inglesas contra el comercio imperial español en el Atlántico —especialmente las expediciones de Francis Drake entre 1577 y 1580—; (3) la ejecución de María Estuardo en 1587, que consolidó la ruptura entre Inglaterra y las potencias católicas; (4) la guerra anglo-española de 1585-1604, que incluyó la expedición de la Armada Invencible de 1588; (5) las campañas navales inglesas contra puertos y flotas españolas en el Caribe y el Atlántico durante las décadas siguientes; y (6) la llamada Conspiración de la Pólvora (Gunpowder Plot) de 1605, en la cual un grupo de católicos ingleses liderados por Robert Catesby —entre cuyos participantes se encontraba Guy Fawkes— intentó volar el Palacio de Westminster durante la apertura del Parlamento con el objetivo de asesinar al rey Jacobo I y restaurar el catolicismo en Inglaterra, episodio que evidenció la persistencia de las tensiones religiosas heredadas del ciclo de conflictos entre la Inglaterra protestante y las potencias católicas europeas.(Fraser, 1996 y Sharpe, 2000)
[3] Entre los principales episodios bélicos, políticos y religiosos que estructuraron la confrontación anglo-hispánica entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII pueden señalarse: (1) la rebelión de los Países Bajos contra la Monarquía Hispánica (desde 1568), apoyada indirectamente por Inglaterra; (2) las acciones corsarias inglesas contra el comercio imperial español en el Atlántico —especialmente las expediciones de Francis Drake entre 1577 y 1580—; (3) la ejecución de María Estuardo en 1587, que consolidó la ruptura entre Inglaterra y las potencias católicas; (4) la guerra anglo-española de 1585-1604, que incluyó la expedición de la Armada Invencible de 1588; (5) las campañas navales inglesas contra puertos y flotas españolas en el Caribe y el Atlántico durante las décadas siguientes; y (6) la llamada Conspiración de la Pólvora (Gunpowder Plot) de 1605, en la cual un grupo de católicos ingleses liderados por Robert Catesby —entre cuyos participantes se encontraba Guy Fawkes— intentó volar el Palacio de Westminster durante la apertura del Parlamento con el objetivo de asesinar al rey Jacobo I y restaurar el catolicismo en Inglaterra, episodio que evidenció la persistencia de las tensiones religiosas heredadas del ciclo de conflictos entre la Inglaterra protestante y las potencias católicas europeas.(Fraser, 1996 y Sharpe, 2000)
[4] El “Western Design” fue la estrategia militar impulsada por Oliver Cromwell en 1654–1655 para atacar el imperio colonial español en el Caribe y quebrar su predominio en el Atlántico. La expedición inglesa, dirigida por el almirante William Penn y el general Robert Venables, fracasó en su intento inicial de conquistar Santo Domingo, pero logró ocupar Jamaica en 1655, isla que desde entonces se convirtió en una base estratégica para la expansión inglesa y para el hostigamiento al comercio marítimo español en la región (Elliott, 2006).
[5] Las denominadas “Provincias Unidas” eran las siete provincias del norte de los Países Bajos —Holanda, Zelanda, Utrecht, Güeldres, Overijssel, Frisia y Groninga— que, tras la Unión de Utrecht (1579) y el Acta de Abjuración (1581), dejaron de reconocer la soberanía de Felipe II y conformaron la República de las Provincias Unidas de los Países Bajos, entidad política que funcionó como una república confederal hasta su reconocimiento internacional en la Paz de Westfalia (1648).
[6] El Tratado de Lisboa (1703) dispuso que Portugal reconociera al archiduque Carlos de Austria como rey de España, autorizó la entrada y abastecimiento de tropas aliadas en territorio portugués y estableció una alianza militar con Inglaterra y las Provincias Unidas contra Felipe V, integrando a Portugal en la estrategia de la Gran Alianza durante la Guerra de Sucesión española (Albareda, 2010, pp. 93–95).
[7] La South Sea Company, fundada en 1711 por iniciativa del ministro tory Robert Harley, fue una compañía privilegiada británica creada con el doble objetivo de gestionar parte de la deuda pública inglesa y explotar las oportunidades comerciales derivadas del Tratado de Utrecht. En virtud del asiento concedido por España en 1713, obtuvo el monopolio del suministro de esclavos africanos a los dominios americanos de la Monarquía Hispánica durante treinta años, así como el derecho a enviar anualmente un “navío de permiso” con mercancías a puertos españoles de ultramar.
[8] La llamada Restauración portuguesa refiere al movimiento político iniciado el 1 de diciembre de 1640, cuando la nobleza y sectores de la administración portuguesa se sublevaron contra la monarquía hispánica, poniendo fin a la Unión Ibérica (1580-1640) y proclamando rey al duque de Braganza como Juan IV de Portugal. Este hecho inauguró la Guerra de Restauración luso-española, que concluyó con el reconocimiento de la independencia portuguesa por la monarquía española en el Tratado de Lisboa de 1668 (Elliott, 2002).
[9] La línea de Tordesillas fue la demarcación fijada por el Tratado de Tordesillas de 1494 entre Castilla y Portugal, que estableció un meridiano situado a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde para dividir las zonas de descubrimiento y conquista en los territorios ultramarinos. Como explica el historiador español Antonio Domínguez Ortiz, el acuerdo dispuso “una línea imaginaria que repartía las futuras conquistas oceánicas entre ambas coronas ibéricas” (Domínguez Ortiz, 2001, p. 57).
[10] El uti possidetis es un principio jurídico aplicado en la delimitación territorial según el cual cada potencia conserva los territorios que efectivamente ocupa o administra al momento de fijarse los límites, privilegiando la posesión efectiva por sobre los títulos abstractos de soberanía. Como explica Antonio Truyol y Serra, este criterio implica que “cada parte conserva lo que posee de hecho”, principio que en América fue utilizado para redefinir fronteras coloniales y sustituir delimitaciones anteriores de carácter meramente convencional (Truyol y Serra, 1998, p. 146).
[11] La Compañía de Jesús, fundada en 1540 por Ignacio de Loyola, desarrolló en la América hispánica un sistema misional caracterizado por la concentración de poblaciones indígenas en reducciones, comunidades organizadas bajo dirección religiosa pero con cabildos indígenas propios. En la región del Paraguay y del Río de la Plata estas reducciones incorporaron progresivamente milicias guaraníes, armadas con autorización de la Corona desde la década de 1640 para defender la frontera frente a incursiones de bandeirantes y otros grupos hostiles. Estas milicias, organizadas en compañías dirigidas por caciques indígenas y coordinadas por los misioneros, llegaron a convertirse en una de las fuerzas militares más importantes al servicio de la monarquía española en la región, participando en campañas defensivas y en operaciones ordenadas por los gobernadores del Río de la Plata y Paraguay (Avellaneda, 2005).
[12] La British East India Company fue una compañía mercantil inglesa fundada por carta real de Isabel I el 31 de diciembre de 1600 (Governor and Company of Merchants of London Trading into the East Indies). Aunque creada para el comercio con Asia, con el tiempo adquirió funciones militares y administrativas y se convirtió en uno de los principales instrumentos de la expansión imperial británica durante los siglos XVII y XVIII (Bowen, 2006).
