Resumen
Sin ánimo de exhaustividad, este ensayo buscó identificar algunas conexiones y diferencias entre la universidad y su rol protagónico en la formación de las élites en Argentina y Brasil. En el caso argentino, se intenta mencionar los principales temas abordados por el Seminario Permanente de Historia de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (SPH FD-UBA) y esbozar el papel reservado a la universidad en el programa de gobierno de la Argentina Moderna, basándose en la tesis de la Facultad de Derecho como ámbito de formación de la intelligentsia nacional[1].
En el caso brasileño, la relación con la universidad y el programa de modernización del Estado es algo diferente en su desarrollo, pero coincide con el caso argentino en un aspecto: el fenómeno bacharelismo[2], que según José Murilo de Carvalho es el factor responsable del orden en el siglo XIX.
La principal diferencia entre ambos casos es el desarrollo de universidad “pública” lo cual en Argentina comienza antes del propio Estado moderno en 1821, y en el caso brasileño se inicia en la década de 1930 durante la Era Vargas, respondiendo a una necesidad organizativa producto del trabajo del nuevo Ministerio de Educación y las características propias de la sociedad brasileña.
Ya en el siglo XX, las políticas públicas universitarias de Vargas y Perón buscaron romper con el orden oligárquico establecido, buscando profesionales “con función social” que respondieran a las necesidades del pueblo y ya no al liberalismo político y económico.
En ambos casos, podemos identificar que los relatos de la historia universitaria hacen referencia al fenómeno del bacharelismo como fuerza unificadora entre las élites políticas[3].
1- Introducción: la universidad como territorio oligárquico
Considero importante comprender el desarrollo de ambos países en relación a la universidad como campo de formación para su intelligentsia nacional.
Tradicionalmente, la principal diferencia entre las universidades brasileñas y argentinas es su historia colonial inmediata: en Brasil[4], no hubo universidades como tales hasta el siglo XX, y sus élites intelectuales se formaron en Europa, principalmente en Francia y Portugal, a pesar de la gran labor educativa que los jesuitas habían realizado en el territorio de Brasil hasta su expulsión.
En el caso del dominio español sobre lo que hoy es América Latina, la idea misma de un “virreinato” (del latín Vicis- y Rex) prevalecieron, lo que implicaba un territorio que formaba parte de la corona española. Por lo tanto, al ser gobernado en nombre del rey, éste podía autorizar el funcionamiento de universidades. Así, las universidades de Chuquisaca y Córdoba surgieron como universidades de segunda categoría. Esto significaba que solo podían formar sacerdotes en educación y filosofía, y no en otras áreas diversas del conocimiento, como ocurría en universidades más grandes, como la de Salamanca. Hasta finales del siglo XVII, la Universidad de Córdoba exigía un certificado de pureza de sangre (ORTIZ-SCOTTI, 2018, p. 113) para el ingreso.[5] Esto significaba que los hombres que entraban podían demostrar que su sangre había permanecido cristiana (libre de moros y judíos) durante tres generaciones antes de su época, lo que era un requisito común para ingresar al servicio público durante la Reconquista española y, sobre todo, durante la Inquisición.
El siglo XIX marcó un punto de inflexión dramático en el desarrollo de la educación superior en ambos territorios.
Con la invasión napoleónica, la corona portuguesa fue trasladada a lo que hoy es Brasil, influyendo en la formación de intelectuales en la corte y en la posterior búsqueda de la educación de los hijos de la burguesía y los terratenientes. Los hijos de burgueses y terratenientes del Reino/Imperio de Brasil se vieron empujados a formarse bacharéis en la Universidad de Coimbra, salvo algunas excepciones a fines del siglo XIX, en facultades de derecho de las tres provincias principales de este territorio (Pernambuco, Minas Gerais y Río de Janeiro).
Según CUNHA (2008), desde 1808 la educación superior en Brasil se ofreció en instituciones aisladas, con carreras explícitamente profesionales, especialmente en Derecho, Medicina e Ingeniería. No existía ninguna institución con estatus universitario durante los períodos colonial e imperial. A lo largo de este último período, se presentaron decenas de propuestas para crear universidades, ninguna de las cuales prosperó.
En el caso hispánico, los procesos de emancipación se iniciaron y continuaron hasta 1824 con la derrota del ejército realista en Ayacucho (Perú), y el inicio del proceso de organización y modernización de los nuevos Estados-nación.
En 1821, cinco años después de la firma del Acta de Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, se fundó la Universidad de Buenos Aires, por iniciativa del Presbítero Antonio Sáenz y Bernardino Rivadavia, con una distinción significativa: sería pública, laica y abierta (sin exigencias de certificado de pureza de sangre o renta) con la función específica de formar a los profesionales que la nueva administración independiente de españa iba a requerir.
Al igual que en la América portuguesa, los intelectuales de la actual Argentina continuaron su educación en Europa, generalmente tomando cursos en diversas universidades, como describe Juan Bautista Alberdi en su carta de 1852 a un estudiante en San Juan.[6] Esta carta se considera el primer plan de estudios de una carrera completa de derecho en una universidad argentina (CUELLO, 2012). Sin embargo, como menciona Levaggi, el plan de estudios de la carrera de derecho de la Universidad de Buenos Aires se inspiró directamente en el de la Sorbona (LEVAGGI, 2010).
Si bien a lo largo de este trabajo intentaremos postular que las universidades públicas son la cuna de todas las élites intelectuales de estos dos países, incluso las populares, aún existe la idea de una continuidad elitista en la afiliación universitaria, particularmente en el caso de las carreras de Derecho. De hecho, el proyecto ideológico de los países se debate allí y constituye, sin duda, un tema de debate.
La identidad tradicionalmente eurocéntrica y liberal de la universidad comenzó a ser cuestionada en el siglo XX, un periodo que vio un aumento en la relevancia de las clases populares (incluyendo a las mujeres) y la llegada de los sectores medios a las universidades públicas. Esta irrupción de los sectores medios y populares interrumpió la “normalidad” preexistente, particularmente en el contexto argentino, un espacio que históricamente fue considerado el dominio de quienes se veían a sí mismos como los principales referentes intelectuales del país.
2- La Universidad de Buenos Aires como protagonista de la historia argentina
Las universidades públicas son espacios de formación y desarrollo para profesionales, académicos y figuras culturales. La Universidad de Buenos Aires (UBA) es elegida por profesores, profesionales y líderes sociales, culturales, políticos y económicos para la docencia y el aprendizaje, y gracias a su posición en los rankings internacionales, junto con la Universidade de São Paulo (USP), es una de las más grandes de Sudamérica.
La fundación de la UBA fue singular, pues marcó la unión del centralismo porteño con la influencia de la Iglesia Católica Apostólica virreinal. Bajo el liderazgo de Bernardino Rivadavia y la iniciativa del Presbítero Antonio Sáenz, se implementó la antigua autorización otorgada por un Real Decreto de Carlos III, que permitió al Virreinato del Río de la Plata establecer una universidad para la formación de su élite intelectual y gubernamental.
La UBA fue creada con la misión de ser el centro de formación de líderes nacionales en los ámbitos político, cultural, económico, jurídico y social.
Un breve repaso de su historia revela cómo la UBA ha generado consistentemente discursos hegemónicos y contrahegemónicos en el debate sobre el modelo de Estado argentino. Desde la cuna del liberalismo extremo hasta el nacionalismo de izquierda y de derecha, la UBA ha sido un espacio formativo tanto para el liberalismo, el peronismo y hasta para el comunismo afín al Kremlin.
A pesar de su liderazgo político institucional, la UBA siempre ha sido capaz de generar discursos contrahegemónicos y ha puesto a disposición de sus aulas intelectuales de todo el espectro político, incluidos críticos de las hegemonías globales.
En la UBA, se observan tensiones discursivas tan profundas como las que han caracterizado las disputas hegemónicas globales de los últimos 200 años. La cuestión del adoctrinamiento en un entorno de formación intelectual es mucho más compleja de lo que parece a primera vista.
Cada rincón de la UBA está impregnado de ideología, pero lo que la distingue es que esta responde a una amplia gama de corrientes, algunas incluso contradictorias, que coexisten dentro de la institución. Esta diversidad genera una multiplicidad de sensibilidades, y es difícil encontrar a alguien en Argentina que no tenga alguna conexión directa o indirecta con un egresado de una universidad pública, quizás incluso de la UBA, en particular.
Esta transversalidad e interseccionalidad, que existía mucho antes de la formación del Estado-nación y de cualquier gobierno, hacen de la UBA un espacio que une en lugar de alienar a la sociedad argentina, muy a pesar de los sectores del liberalismo que la reivindican como propia e insisten en otorgarle una continuidad política: Revolución de Mayo – Caseros- Revolución Libertadora.
3 –Bacharelismo argentino y la universidad pública, laica y gratuita.
La Universidad de Buenos Aires (UBA), a través de su Facultad de Derecho, ha provisto 16 presidentes argentinos. Este número es el más alto, superando a la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), que le sigue con dos exalumnos en la presidencia: Néstor Kirchner y Cristina Fernández. La mayoría de los presidentes argentinos son licenciados en Derecho, con la excepción de los líderes militares de los gobiernos de facto y los expresidentes Mauricio Macri (Pontificia Universidad Católica Argentina) y Javier Milei (Universidad de Belgrano), ambas instituciones privadas.
El principal teórico del bacharelismo argentino fue el recientemente fallecido profesor Túlio Ortiz (1942-2021), quien presidió el “Seminario Permanente de Historia de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires” (UBA), que funciona desde 2006 en el Instituto Ambrosio Lucas Gioja de Investigaciones Sociales, Históricas y Jurídicas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. En previsión de la proximidad en aquel momento del bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810, el profesor Ortiz creó este seminario partiendo de la hipótesis de que la Facultad de Derecho era, de hecho, la cuna de la clase dirigente argentina, superando ampliamente a los egresados de otras unidades académicas de la UBA y del resto del país. Incluso creía que el verdadero poder político se discutía, disputaba y legitimaba en las aulas de la Facultad de Derecho de la UBA, y no en el Colegio Nacional de Buenos Aires, como lo habían entendido hasta entonces otros autores como Tulio Halperin Donghi o Pablo Buchbinder, quienes veían a la UBA como una fuerza universalizadora de la política argentina. Sin embargo, coincidiendo con el profesor Ortiz, el poder político residía en los egresados de Derecho de la UBA, tanto en los tres poderes del Estado como en el ámbito privado. Dentro de esta área de investigación se impartieron seminarios anuales, cursos de pregrado y posgrado y se publicaron varios libros y avances de resultados de proyectos de investigación.[7]
Las universidades públicas deberian considerarse el aliado ideal de cualquier gobierno; de hecho, todos los gobiernos han tratado de ganarse su favor, incluso aquellos que podrían considerarse sus peores enemigos.
Hasta 1955, todas las universidades de Argentina eran públicas y financiadas por el Estado. Existían muy pocas, entre ellas la Universidad Nacional de Córdoba, la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Nacional del Litoral. Sin embargo, tras un decreto firmado por Pedro Eugenio Aramburu en 1956, se autorizó a las universidades privadas a otorgar títulos habilitantes, si bien el decreto estipulaba que esto se regularía posteriormente mediante legislación específica.
El principal logro del gobierno del presidente Juan Domingo Perón fue la democratización del acceso a la universidad, permitiendo el ingreso de hijos de familias trabajadoras. Esto se logró al declarar la función social de la universidad y eliminar el costo de la matrícula y derechos de examen, convirtiéndola en completamente gratuita. Sin embargo, la reacción antiperonista comenzó a generar sus propios espacios académicos, buscando cultivar su propia agenda ideológica, al margen de las iniciativas populares.
El hecho de que las universidades sean gratuitas y que el acceso a la educación superior se haya ampliado en pocas generaciones, influenciado también por fenómenos regionales, ha llevado a que la universidad sea percibida como un refugio o centro de difusión de movimientos ideológicos marxistas, peronistas, socialistas y de otras ideologías.
Existen ciertas particularidades dentro de la profunda diversidad de las universidades argentinas que merecen ser destacadas. Por ejemplo, la segunda ley universitaria argentina (la primera fue la Ley Avellaneda de 1885), la Ley 13.031, se promulgó en 1947, durante el primer gobierno de Perón.
Esta ley, parte del primer plan quinquenal del Partido Justicialista, que enfatizó la función social de la universidad en sus primeros cuatro artículos. También reconoció a los profesores e investigadores como trabajadores de tiempo completo y estableció que el espacio universitario debía dedicarse exclusivamente a la educación.
No se permitían actividades políticas y los representantes estudiantiles tenían voz pero no voto en el gobierno universitario, siguiendo la propia tradición de la UBA. A diferencia de los principios que impulsaron la reforma en Córdoba de 1918, la UBA ya presentaba características distintivas: era pública, laica, gratuita y, de hecho, contaba con dos cátedras casi desde su origen. Recién en 1954, con la tercera ley universitaria nacional, los estudiantes obtuvieron voz y voto en las juntas directivas de las facultades de la UBA.
La prohibición de las actividades políticas estudiantiles en los recintos universitarios se remonta al primer golpe cívico-militar del siglo XX, en 1930. Desde entonces, ningún gobierno ha manifestado intención de derogar esta medida.
El reformismo universitario en la universidad de Buenos Aires es un tema muy interesante, ya que, pese a la recepción que tuvo por parte de algunos alumnos, incluso de futuros intelectuales del nacionalismo (tanto de izquierda como de derecha); la adopción del discurso reformista fue una apropiación del antiperonismo, propia de los intelectuales golpistas de 1951 y 1955.
Si bien el peronismo surgió como un fenómeno de posguerra y, entre otras cosas, como una reacción anticomunista, su “interferencia” en la universidad se limitó principalmente a las actividades sindicales y al apoyo material y económico a los nuevos estudiantes. Inicialmente, no promovió una gran libertad política, aunque tuvo que negociar casi al final de su gobierno en 1954, como se mencionó anteriormente. Las críticas que podrían hacerse a las gestiones peronistas universitarias del segundo plan quinquenal suelen ofender con el personalismo peronista a la moral liberal, aunque quienes fusilaron profesores[8] fueron los libertadores (CUELLO, 2017).
Los universitarios, tanto aquellos que adhirieron al primer movimiento peronista como quienes se opusieron abiertamente, experimentarían una evolución que culminaría en la provisión de intelectuales propios para el movimiento popular, reflejando el desarrollo histórico de la nación.
El actual edificio de la Facultad de Derecho de la UBA, utilizado como símbolo de la universidad pública argentina, fue construido en tiempo récord durante el primer gobierno de Perón.
La ley que regularía las universidades privadas y la inversión privada en educación superior fue promulgada durante el gobierno de Arturo Frondizi, aunque con un alto costo político que incluyó la renuncia de su vicepresidente en una medida conocida como “libre o laica”.
Las primeras universidades financiadas con fondos privados fueron: el Museo Social Argentino, donde el abogado Mariano Cúneo Libarona, exministro de Justicia de Milei, es rector de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales; y de la Universidad de Belgrano, donde se graduó el economista Javier Milei. La Universidad Católica Argentina, donde se graduó el ingeniero Mauricio Macri, ya existía antes de la aprobación de la ley, pero no estaba autorizada a otorgar diplomas de calificación. En contraste, entre los graduados de la UBA se encuentran la vicepresidenta Victoria Villarroel, abogada; el ministro de Economía, Luis Caputto; el asesor privado del presidente, el economista Federico Sturzenegger; y, en el otro extremo ideológico, el gobernador de Buenos Aires, el economista Axel Kicillof, doctor en Economía.
Los hitos más importantes en la democratización de la educación superior en Argentina son tres: primero, en 1918, con la reforma universitaria que abrió la educación superior a la clase media y a los hijos de inmigrantes; luego, en 1949, con la instauración de la educación universitaria gratuita, ampliando el acceso a los hijos de las clases populares; y finalmente, en 2010, con la creación de las llamadas universidades del Bicentenario, ampliando el acceso a los habitantes del área metropolitana de Buenos Aires, marcando un paso significativo hacia una Argentina más inclusiva.
Incluso durante el bloqueo anglo-francés de 1838, la UBA, a pesar de la falta de fondos en su presupuesto, nunca cerró sus puertas. Ni siquiera los gobiernos militares del siglo XX lograron semejante aberración. La actual hostilidad del presidente Javier Milei hacia las universidades públicas argentinas es una situación verdaderamente inusual y anómala en la historia. Sin precedentes, forma parte de una estrategia integral y no fragmentada, íntimamente ligada a la destrucción de la cultura argentina.
4- El Bacharelismo Brasileño: Unificación de la Élite
Según José Murilo de Carvalho, la educación superior era el elemento de unificación ideológica de la élite del gobierno imperial. Lo atribuía a tres razones:
1- Casi toda la élite imperial poseía educación superior, lo que creaba una imagen de una “isla de gente culta en un mar de analfabetos”.
2- La educación superior se centró en la formación jurídica y proporcionó un núcleo homogéneo de conocimientos y habilidades.
3- La enseñanza jurídica se concentró en la Universidad de Coimbra, en Portugal, hasta la independencia, y después de la independencia, en cuatro capitales de provincia, o dos si se considera que la enseñanza jurídica es el foco principal.
De modo similar a lo que sucedía con los estudios de Derecho en la UBA en Argentina, esta concentración temática y geográfica fomentó acuerdos personales entre los estudiantes de las diversas capitanías y provincias. Además, dentro de este ámbito, se inculcó una ideología homogénea, impuesta por el riguroso control ejercido sobre las escuelas tanto por los gobiernos de Portugal como de Brasil.
Hasta aproximadamente 1850, la mayor parte de la élite intelectual de lo que hoy es territorio brasileño se formaba en la Universidad de Coímbra en Portugal, heredera de la universidad medieval de Lisboa. La gran mayoría de los políticos brasileños estudiaron derecho en Coímbra tras la “Reacción”, a finales del siglo XVIII.
Fue una política sistemática del gobierno colonial portugués impedir el establecimiento de instituciones de educación superior en los territorios de las colonias. De hecho, José Murilo cita al Consejo Portugués de Ultramar, que afirma explícitamente que “uno de los lazos más fuertes que sustentaban la dependencia de las colonias era la necesidad de venir a estudiar a Portugal”. En aquel entonces, España contaba con 25 universidades en sus colonias, que fueron progresivamente sustituidas por universidades de los estados independientes de América hacia la década de 1820.
Según Murilo de Carvalho, a partir del crecimiento del Estado brasileño moderno después de 1889, la cohesión de las élites de Brasil trascendió la mera escolarización. La pertenencia a determinados círculos, como escuelas extranjeras, la práctica de deportes, ciertos pasatiempos o la afiliación a específicas religiones, también pasó a ser un factor determinante en la cohesión de estas élites.
El perfil aristocrático de diferenciarse del vecino será un legado del pasado colonial brasileño hasta la actualidad. El antropólogo Michel Alcoforado, radicado en Río de Janeiro, ha indicado que la riqueza no denota pertenencia a las élites brasileñas, sino pertenencia (o apariencia de pertenencia) a círculos cerrados. En este caso, un título en Derecho de la USP u otras universidades en las capitales estatales aún tiene un papel importante en la agencia de lobby político del país.
Conclusión
Tanto el sistema de licenciatura argentino como el brasileño fueron fenómenos locales que respondieron a características muy particulares de las sociedades brasileña y argentina, respectivamente.
En ambos países, el sistema de bacharelismo será responsable de la forma republicana de gobierno y el federalismo, con sus propias particularidades. Si bien ambos países tienen un orden federal, la élite política se caracteriza por una fraternidad política basada en la amistad y las relaciones interpersonales forjadas en la formación académica de los licenciados, especialmente de los graduados en Derecho. En el siglo XIX, la educación jurídica fue un factor clave en Argentina y en el Brasil.
En el caso de las carreras argentinas, se trató de un fenómeno liberal posrevolucionario centrado en la UBA, mientras que en Brasil continuó entre el imperio y la república con los graduados de Coimbra hasta el pleno desarrollo de las facultades de Derecho en los principales estados latifundistas (São Paulo, Pernambuco, Río de Janeiro y Minas Gerais).
En ambos procesos, el “bacharel” será responsable del proceso de modernización de los Estados-nación, y, sobre todo, en ambos casos los bacharéis se han atribuido la construcción de La República y la propiedad del poder legítimo en ambos países. El bacharelismo en América Latina en general tiene una aspiración oligárquica y una identidad liberal funcional al latifundismo local.
En cuanto al sistema de bacharelismo y los gobiernos calificados de populistas de Vargas y Perón, Boris Fausto y otros historiadores destacan que el régimen de Vargas fue más institucional y menos ideológico, mientras que el peronismo fue más rupturista, volcado a los movimientos sociales, y polarizador. Ambos representaron “populismos latinoamericanos”[9], pero con estrategias diferentes: Vargas buscó modernizar Brasil sin romper completamente con las élites, y Perón impulsó un proyecto más disruptivo, confrontando a la oligarquía tradicional para la formación de una Nueva Argentina, distinta a la república oligárquica bacharelista. [10]
Por su parte, el régimen de Vargas y la universidad tenían una relación algo mejor, según María Helena Capelato, ya que “en el Brasil de Vargas no había una polarización política como en la Argentina peronista”.
Una de las principales diferencias entre Brasil y Argentina en cuanto a las carreras de Derecho y sus implicaciones fue la regulación de las universidades privadas y la representación estudiantil, que, en el caso del “Estado Novo”, estuvo presente desde el principio. En Argentina, las universidades privadas fueron autorizadas por un decreto de la Revolución Libertadora, en marzo de 1956, y reguladas por Arturo Frondizi[11]. Esto condujo a otro problema universitario en Argentina, conocido como “Libre o Laica”. Quienes apoyaban la posibilidad de que las universidades privadas otorgaran títulos académicos aceptaron esta idea, y a partir de ahí, se fortalecieron las universidades católicas (pontificias) y aquellas con capital privado, como el Museo Social Argentino o la Universidad de Belgrano.
La idea de movilidad social está estrechamente vinculada a la práctica de obtener una Bacharelato en Brasil, la cual, junto con las prácticas del poder local (llamado coronelismo[12]), conforma una compleja red de tradiciones en una sociedad profundamente racista en pleno desarrollo económico. El imaginario político brasileño responde a la tradición coronelista y a la práctica de obtener un bacharelato; a veces, coronel y bacharel son la misma persona en los gobiernos locales del interior del país.
Brasil es el país más grande y desarrollado de Sudamérica, aunque su población universitaria aún es pequeña en relación con su población total. La cuestión de las universidades brasileñas y la inclusión de otros actores en las carreras de grado y posgrado sigue siendo un tema abierto en el país, con debates en torno a las cuotas y las políticas públicas que implementan acciones afirmativas (cuotas y políticas de acción afirmativa para la retención estudiantil de grupos marginados: negros, pardos, indígenas, quilombolas, mujeres madres, etc.). En el interior de Brasil el acceso a la universidad aún garantiza el ascenso social.
A pesar de que Argentina ha mantenido una alta tasa de alfabetización hasta 2020 y la educación ha sido eje central de la política nacional desde la independencia, las universidades públicas y la educación universitaria en general están siendo objeto de un asedio constante por parte del actual gobierno del ultraderechista Javier Milei. Este ataque se manifiesta particularmente a través de la violencia simbólica, discursiva y presupuestaria. Los equipos técnicos de su gobierno generalmente están compuestos por personas con posgrados de Estados Unidos o graduados de universidades privadas, aunque hay ministros formados en la UBA (pero alineados con los intereses de las élites terratenientes y el mundo de la especulación financiera). La universidad y el saber siguen siendo un territorio en disputa.
Imagen de portada. Fuente: Boletín Oficial de la Facultad de Derecho de 1950.
Bibliografía
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MURILO DE CARVALHO, José de, La construcción del orden, Río de Janeiro, Civilização Brasileira, 2006. WOLTER, Roberto Enrique. “La educación superior en la Era Vargas”. En Revista Maiêutica, Indaial, v. 4, n. 1, 131-142, 2016.
[1] N. de A. Este trabajo se enmarca dentro de una investigación mayor sobre la Facultad de Derecho de la UBA durante el primer peronismo.
[2] El bacharelismo en Brasil es un sistema político, social y cultural, predominante desde la época del Imperio, caracterizado por la valorización excesiva del bacharel (graduado en Derecho), como élite intelectual y política.
[3] N. de A. Lo que Ramón Doll denominaría la tiranía de los curules, en Acerca de una Política Nacional, Buenos Aires, Difusión, 1939.
[4] “A diferencia de España, que estableció universidades en sus colonias americanas ya en el siglo XVI, Portugal no solo desalentó, sino que prohibió, la creación de tales instituciones en Brasil. En cambio, la metrópoli otorgó becas para que un cierto número de hijos de colonos estudiaran en Coímbra, y también permitió que los colegios jesuitas ofrecieran cursos de educación superior en Filosofía y Teología. La primera institución de educación superior en Brasil fue fundada por los jesuitas en Bahía, sede del gobierno general, en 1550. (…) Al prohibir la creación de universidades en la colonia, Portugal pretendía evitar que los estudios universitarios actuaran como auxiliares de los movimientos de independencia, especialmente a partir del siglo XVIII, cuando el potencial revolucionario de la Ilustración se sintió en varias partes de América. Otros aspectos deben considerarse en esta diferencia, especialmente la disponibilidad de recursos docentes en cada uno de los países colonizadores. En la España del siglo XVI, había ocho universidades famosas en toda Europa, mientras que Portugal solo tenía una: Coímbra y Évora, esta última siendo pequeña. Con más habitantes y más universidades, la población educada en España era mucho mayor que en Portugal”. (CUNHA, 2007, p. 152)
[5] Textualmente se puede señalar: “En este sentido, si bien la UBA no es la primera Universidad del país, si es destacable que ya desde sus orígenes era igualitaria. En otras palabras, como bien señalan, entre otros, Rabinovich y Ortiz, la UBA no exigió como requisito la prueba de “limpieza” o “pureza” de sangre que, como es sabido, era un requisito que ya en aquellos tiempos podríamos considerar como discriminatorio pues consistía en probar que la sangre de los antepasados no se encontraba manchada –o por así decirlo, cruzada con nuevos cristianos–, visibilizando así la igualdad como característica que la ha acompañado desde sus orígenes.”
[6] ALBERDI, Juan Bautista. “Carta sobre los estudios convenientes para formar un abogado con arreglo a las necesidades de la sociedad actual en Sud América (escrita por el abogado Alberdi a un joven compatriota suyo, estudiante de Derecho de la Universidad de Turín, en Italia) en “Obras completas”, Buenos Aires, 1886, tomo III, ps. 343-353.
[7] El trabajo del SPHFD- UBA está disponible en el sitio web de la Facultad de Derecho de la UBA.
[8] Sobre el fusilamiento a profesores de la FD-UBA ver: https://www.derecho.uba.ar/publicaciones/libros/pdf/facultad-de-derecho-y-ciencias-sociales-historia-argentina/clemente-braulio-ros.pdf
[9] El concepto de populismo aquí utilizado responde a desarrollo por LACLAU, Ernesto. La razón populista. Sofía Laclau (trad.), 1º ed. 10 reimp ed., Ciudad de Autónoma de Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2020.
[10] El peronismo tuvo su propia cultura jurídica y sus intelectuales destacados. El tema de la relación entre las Facultades de Derecho y la doctrina de la Nueva Argentina se desarrolla en otros trabajos.
[11] El vicepresidente de Frondizi presentó su renuncia por este motivo.
[12] Siguiendo al profesor MOREIRA VASCONCELOS, se puede definir a un Coronel como un terrateniente varón, generalmente de raza blanca, con o sin rango militar, cuya influencia en la vida sociopolítica local del Brasil interior es muy marcada. Es importante no confundir esta figura con la figura del Caudillo, presente en nuestra historia nacional, a pesar de ciertas similitudes; un análisis comparativo entre ambas requeriría de un estudio aparte.
