El Brasil internacional: El Barón de Río Branco

Martín Hanna Rico Roca

“Eran tiempos de convergencia argentino-brasileña con el Barón de Río Branco y el Presidente Roque Sáenz Peña, que culminará en el Tratado del abc, tratado de arbitraje entre Argentina, Brasil y Chile … Es el comienzo del largo camino que culminará en el Mercosur.” Alberto Methol Ferré, “Los Estados Continentales y el MERCOSUR”

Introducción

Mediante este trabajo pretendemos abordar las líneas argumentativas que dan sentido a la alianza histórica argentino-brasileña. A tal fin hallamos la necesidad de identificar un período y una personalidad política que haya promovido desde Brasil nuestro común entendimiento. Partiendo de las nociones brindadas por Arturo Jauretche y remotadas por Aritz Recalde, indagamos en la política nacional del país vecino. Los puntos que reseñamos refieren a la formación de una clase dirigente y a la intervención en el escenario internacional de la política brasileña. En esa orientación, valiéndonos del enfoque sugerido, y de otros aportes sobre la época, analizaremos la diplomacia del país vecino desde la trayectoria del canciller José María Da Silva Paranhos Jr., Barón de Río Branco. 

En ese sentido, revisten importancia los pasos previos del diplomático aludido, antes de asumir como ministro, así también aquellos en que ejerció su función como ministro, promoviendo la defensa de los intereses del Brasil. Pretendemos reconstruir de esa manera un itinerario político e intelectual que arribe a la alianza estratégica argentino-brasileña, ideada por Juan Domingo Perón, tomando en cuenta su principal antecedente. En esa inteligencia, las percepciones geopolíticas de Río Branco, como así también las del líder justicialista, en modo alguno pueden leerse como simples planes expansionistas. Por el contrario, al hallar la continuidad de este decurso ideológico, buscamos redescubrir nuestro punto de partida para la integración.

1-. El desencuentro

En primer orden, Artiz Recalde sostiene que no es casual la ignorancia que impera en nuestro país acerca del Brasil, ya que en esa opacidad existe un problema no solo de índole económico, sino ideológico. En ese desencuentro, ante el velo que cae sobre la realidad del resto de América del Sur, y producto de su incomprensión, se ha formado nuestra dirigencia política e intelectual. En tal sentido, el investigador afirma que “en nuestro país se aprende la geografía, la historia, la moda, la forma de gobierno o la realidad política de las potencias occidentales, sabiendo poco y mal lo que ocurre en los gobiernos y pueblos de Iberoamérica.” (Recalde, 2016:12). En esa perspectiva, Methol Ferré también adviertía el desconocimiento histórico en relación a los orígenes del Brasil y al pasado común con los países iberoparlantes. Por esa razón afirmaba que, para comprender el significado de la alianza con dicho país, es preciso una revisión integral de la historia de la Cuenca del Plata (Methol Ferré, 1992).

En esa inteligencia, Moniz Bandeira sostenía que Brasil, Argentina, el Uruguay y Paraguay “reflejan … lo que fueron en el momento en que surgieron como actores históricos. Las mutaciones que sufrieron en las diversas etapas de su desarrollo …, y sus contradicciones fueron resultado de la identidad/unidad existente entre ellos.” (Moniz, 2006:25). Es por esos motivos que afrontamos la necesidad del estudio de nuestra subregión del Cono Sur. En particular, la relación con el Brasil, no ha estado exenta de conflictos e intrigas, y las fuentes históricas han dado cuenta de tales peripecias. Desde el establecimiento de los imperios ibéricos en América hasta la Guerra del Paraguay, las tensiones territoriales han configurado una frontera siempre abierta y beligerante. 

En ese orden, la expansión del Brasil hacia el oeste, y el ánimo por recuperar los territorios de las misiones orientales de Argentina, entre otros motivos, enfrentó a ambos Estados desde su conformación. Por otra parte, la rivalidad emergente en la Cuenca, argumenta Moniz Bandeira, “reflejó los vínculos de dependencia comercial que mantenían con terceras potencias diferentes y adversas, Gran Bretaña y Estados Unidos.” (Moniz Bandeira, 2004:31). En esa sinopsis entendemos el desencuentro histórico de los dos grandes países vecinos. No obstante, durante el siglo XX, y con la consolidación de los procesos de formación estaduales, los sectores militares conformarán otra visión en torno a los intereses nacionales y en rededor del conflicto.

A principios del siglo pasado, y en Brasil, hacia fines de la era imperial, como así también en la Argentina, con el apogeo del roquismo, adquiere consistencia el positivismo como corriente de pensamiento. Ese auge ideológico permeará en las capas intelectuales de ambos países, y tanto las clases gobernantes en uno como en otro territorio obrarán bajo ese influjo. No obstante, en el país vecino involucra al movimiento republicano que por aquel entonces gana posiciones dentro del ejército. A partir de entonces, estos sectores tendrán un mayor protagonismo en la vida política de ambos países. En este lado de la frontera el movimiento encabezado por Julio Argentino Roca implicó la unificación y profesionalización de las armas. Por otro lado, en cuanto a los brasileños, dichos grupos pujan por participar en la modernización en ciernes. Finalmente, este proceso dado en la vecina nación culminará con la formación de la República en noviembre de 1889. (Scenna, 1975). 

Por otra parte, 1895 el histórico conflicto en torno a las misiones orientales es resuelto mediante un laudo arbitral suscripto por el entonces presidente de Estados Unidos, Grover Cleveland. En esa escena irrumpe José María da Silva Paranhos Jr., barón de Río Branco, quien representa al Brasil con ajustados argumentos. La delegación argentina fue encabezada por Estanislao Zeballos, personaje el cual carga con la responsabilidad de haber perdido el pleito, cerrándose de ese modo una disputa de largo aliento entorno aquellos territorios. A consecuencia de dicha solución, Argentina cede la vía navegable que vincula la Mesopotamia con el resto del país, que por otro lado conecta Río de Janeiro con Mato Groso y Goiás. Esta decisión ocurre en un contexto en que la potencia de norteamérica se erige como principal socio comercial del gigante del sur, mientras que nuestra dirigencia sostiene su vínculo dependiente con Gran Bretaña (Scenna, 1975; Moniz Bandeira, 2004).

2. Política nacional: Brasil

En consecuencia, con este suceso inicia una prolongada tradición diplomática para el Brasil, cuya coherencia es reflejo de una política consistente. Desde tiempos imperiales la clase dirigente brasileña ha mantenido en sus negociaciones con las potencias europeas una visión y un posicionamiento propio de sus problemas. En ese sentido José María Rosa expresa que “por arriba de poderes fuertes o libertades individuales … de ‘instituciones permanentes’ o ‘ideas del siglo’… la fuerte realidad nativa se imponía sobre las importaciones europeas … conservadores o liberales, integraban una misma capa social que, como clase dirigente, no tuvo igual en Iberoamérica.” (Rosa, 2010:27). En tal sentido, agrega: “los aristócratas brasileños del siglo XIX supieron cumplir con aciertos su misión social. Una clase no es una casta, no es un grupo encerrado en su orgullo y ajeno a la realidad circundante… El aristócrata vive identificado con la sociedad que dirige: habla, piensa y actúa en función de una comunidad.” (p. 28).

Moniz Bandeira, si bien advierte que en el siglo XVII Portugal suscribió tratados con Inglaterra que lo redujeron a estado vasallo, señala que tal vínculo no conllevó un condicionamiento para el desarrollo del Brasil.  Por el contrario, “se expresó internacionalmente con mucha mayor autonomía y, la mayoría de las veces, en contradicción con la política de Gran Bretaña.” (Moniz Bandeira, 2006:299, 300). A su vez, “asumió la posición de gran potencia, vis-à-vis de los países de la Cuenca del Plata, a los cuales impuso su hegemonía entre 1850 y 1876.” (p. 300). En esa observancia, Jauretche vislumbraba: “Brasil hace Política Nacional … sabe que su adversario no está en el extranjero, sino en la promoción interna del país y en el acceso de las multitudes al Estado con sus transformaciones económicas, políticas y sociales” (Jauretche, 1976:127). En tal sentido declara que “la historia del Brasil es una dura y continua lucha por el espacio”, y en consecuencia “su inteligencia trabaja para ello y cada etapa de su evolución económica se marcó con el siglo expansivo.” (p. 132)

 En esa dirección, el escritor argentino, considera que los brasileños “han tenido más imaginación que los románticos e iluministas; no fluctuaron con las últimas variaciones de la moda, pues no sirvieron las ideologías, sino que las pusieron a su servicio y se ajustaron a una política nacional” (p. 135). No existe en esta elocución una negación del pensamiento por su origen o por resultar foráneo, sino por su falta de adaptación al medio. Por tal motivo,, Jauretche juzga que para el Brasil el liberalismo fue creador. De modo comparativo, el pensador aludido asevera que el vecino país ha sostenido en el tiempo una inteligencia aplicada a una finalidad consecuente con un “sistema de política nacional.” (p. 149). En dicho marco se entiende su visión internacional, la cual ha tomado en cuenta “los factores imperialistas” (p. 136), así también, fueron considerados en el ámbito educacional. El escritor argentino concluye que el gigante del sur “ha jugado a favor de esos intereses, pero sacando ventajas propias, porque los conoce.” (p. 137)

3. Brasil internacional: una visión global

Samuel Pinheiro Guimarães vislumbra el encuadre del Brasil en el Cono Sur del siguiente modo: “distante de sus vecinos hispánicos por la selva y por amplias regiones deshabitadas de fronteras, el país enfrentó y enfrenta rivalidades … en el Río de la Plata …, pero se encuentra desde su origen en la zona geográfica de influencia de aquella que se convertirá en la superpotencia única, que es actualmente Estados Unidos.” (Pinheiro Guimarães, 2005:21). Durante el siglo XX la potencia del norte, siendo uno de los principales estados industriales, pretenderá imponer y sostener sus intereses en el resto del mundo -particularmente en Sudamérica y el Mar Caribe-. En ese orden, el gigante del Sur no permanecerá marginado, sino que desplegará sus posibilidades estratégicas, manteniendo una relación con Estados Unidos a priori conveniente, empero comercialmente asimétrica. No obstante, ese vínculo le garantizará cierto acompañamiento del Departamento de Estado, por medio del cual Itamaraty evitó el despliegue armamentístico.

Carlos Piñeiro Iñíguez sostenía al respecto: “las agresivas formulaciones de la política externa norteamericana … no fueron contrarrestadas para nada por Itamaraty, sino aprovechadas para encontrar un espacio propio respaldado” (p.287). Más bien empleó un juego inteligente y consecuente con sus intereses, en concordancia, Río Branco comprendió “que los Estados Unidos se convertiría en una potencia primero continental y luego mundial, diseñó un posicionamiento ventajoso para su país, pero sin dejar de lado las buenas relaciones con los vecinos sudamericanos.” (p.286). En esa percepción, en respuesta a la política del garrote y la doctrina Monroe, Brasil diseñó su propio esquema de inserción internacional. Tal movimiento implicaba tener consciencia del modo en que gravitaba la potencia del norte en la región, siendo un factor disuasivo su estrecho vínculo comercial.

Por otro lado, la relación con Argentina fue ambivalente, si bien nuestra cancillería desconfiaba de las intrigas provenientes tanto de Chile como del Brasil, adoptó una actitud de acercamiento hacia ambos países de manera defensiva. Moniz Bandeira a ese respecto dice que “las veces que se deterioraban sus relaciones con Chile”, su postura tendía a flexibilizarse con el vecino del Atlántico Sur, “haciendo lo mismo cuando recrudecían las tensiones en la Cuenca del Plata.” (Moniz Bandeira, 2004:49). Por otra parte, nuestro país temía represalias por parte de los brasileños a consecuencia de las disputas por las misiones orientales, y para el caso en que se involucrasen en una guerraEn esa inteligencia, la estrategia optada por el Palacio de San Martín, en épocas de Roca, solventó un entendimiento con el vecino lusoparlante (Moniz Bandeira, 2004; Palacio, 1977; Scenna, 1975). 

En esta lectura cabe destacar la iniciativa del segundo gobierno roquista, el cual afrontaba un conflicto latente con Chile por los límites patagónicos. En vistas a un posible enfrentamiento con el país trasandino Argentina intensificó sus armamentos y emprendió la adquisición de barcos de guerra. Coetáneamente, para sostener el rearme, el gobierno recurría al endeudamiento público, lo que provocó en 1901 una crisis política en el plano interno. El sector de Carlos Pellegrini se oponía a conformar una garantía especial en el Banco Nación que fuera respaldada con los recursos aduaneros, motivo por el cual la alianza política se quebró (Palacio, 1977). En simultáneo, Roca estrechaba relaciones con el país transandino, al atisbar una posible coalición de éste con Brasil; a la vez que se apersonaba en Río de Janeiro para neutralizar otro posible frente. Asimismo, tras la decisión arbitral sobre las Misiones, aproximaron sus posiciones, evitando el fuego cruzado y morigerando las tensiones latentes (Moniz Bandeira, 2004; Scenna, 1975).

En ese contexto, en la Cuenca de la Amazonia, los pactos suscriptos en mayo y julio de 1904 entre Brasil y Perú sirven como precedentes para comprender la vinculación diplomática que sostienen los lusoparlantes frente a la influencia estadounidense. La conciliación arribada por la amazonia tiene su origen en el conflicto por el Acre con Bolivia, ocasión en la cual la empresa angloamericana Bolivian Syndicate había arribado al alto Amazonas para administrar una zona rica en caucho. En esa oportunidad los lusitanos se habían opuesto a la política del gran garrote que operaba tras los intereses de la compañía de capitales propios. El artificio quedó claro cuando Estados Unidos tiende sus buenos oficios, ya que el representante en la negociación por los brasileños, Rothschild, guardaba, a la vez, relación con el consorcio de la arrendataria, y con la persona responsable de los acuerdos sobre el pago de los daños (Moniz Bandeira, 2004)

Por otro lado, da Silva Paranhos Jr. indignado por este error de confianza, al presentarse un nuevo reclamo por territorios soberanos, toma nota y aparta la solución del arbitraje estadounidense. Esta vez el canciller brasileño, frente a la vindicación del Perú por otros territorios del Amazonas, advierte el modo en que operaba la diplomacia del dólar. En ese sentido, atisba las verdaderas intenciones que ocultaba Wall Street y el Departamento de Estado, en tanto especuladores de la bolsa yanqui intentaban obtener privilegios semejantes a las acreencias de Bolivian Syndicate en el Acre. En esa lectura, Río Branco comprende el sojuzgamiento encubierto, toda vez que se avasallaban los derechos de los estados soberanos a entender en sus propios asuntos, involucrando intereses particulares por sobre cuestiones territoriales. Bajo esa consideración, el ministro del Brasil, aseveraba que el Departamento de Estado pretendía dicha injerencia “para contrariar los intereses de las mayores naciones de América del Sur, ya tratadas con tanta desconsideración.” (Ob. Cit. p. 77). 

Para el diplomático la delimitación de las fronteras entre los países del sur debía ser desprovista de sujeciones externas. De esa manera afirmaba: “es nuestro derecho operar en política en esta parte del continente sin tener que pedirle permiso o dar explicaciones a ese gobierno [de Washington]. (Ob. Cit. p. 78). En esa inteligencia se concertó en el Palacio de Itamaraty en septiembre de 1909 el tratado con el Perú que puso fin a aquel conflicto, acrecentando el territorio lindero para el Brasil. Previamente, durante la Tercera Conferencia Interamericana celebrada en Río de Janeiro en 1906, Río Branco había reafirmado la relación de los países latinoamericanos con Europa, contrariando la política panamericanista promovida por Estados Unidos. Lo cual cobra sentido al avizorar la pugna de intereses en rededor de la explotación de la Amazonia por parte de particulares, tanto de los europeos como estadounidenses, amparados por sus respectivos Estados. (Cisneros, 2002).

4. Del conflicto al acercamiento

Mientras tanto, la rivalidad en la Cuenca del Plata no cesaba, y en circunstancias de renovación de las Fuerzas Armadas en Argentina y vertiginoso crecimiento de su Marina, Brasil desconfió de sus objetivos. La carrera armamentística fue estimulada por Gran Bretaña, y aprovechando el antagonismo entre los países ribereños, suministró pertrechos y financiamiento a los posibles contendientes. En simultáneo, Brasil estipulaba una vía alternativa de acceso a los territorios de Mato Groso, conectando Goiás, San Pablo, Paraná y Santa Catarina. El paso obligado de las flotas brasileñas por el canal de Martín García obturaba la navegación en la margen occidental de la cuenca.  De ese modo, Brasil proyectó su salida al Atlántico Sur con la construcción de un ferrocarril que transitase por las fronteras del Paraguay y Bolivia. En tal sentido acota Scenna: “pronto los rieles brasileños y bolivianos constituyeron una sola línea, en un intento de convertir a São Paulo en el puerto atlántico del Altiplano” (Scenna, 1975:289).

Sin perjuicio de la rivalidad propiciada, tanto Río Branco como Roca sostuvieron la necesidad de un entendimiento, lo cual fue comprendida por los británicos. El ministro inglés en Río de Janeiro en 1908, W. Haggard, así lo informó, destacando que “el ex presidente Julio A. Roca … estaba convencido de la ventaja de estar en buenos términos con Brasil.” (Moniz Bandeira, 2004:90). El canciller brasileño vislumbró la conveniencia del vínculo, y en esa inteligencia se expresó al anoticiarse de la independencia de Panamá, aseverando que “solo reconocería a la nueva república de acuerdo con la Argentina y Chile, pues, … las tres primeras naciones de América del Sur debían actuar simultáneamente, fortalecidas por la unidad de puntos de vistas y de procedimiento.” (Ibíd.). En ese sentido, el representante argentino en Brasil, Gorostiaga, decía que el Barón “era partidario de celebrar un convenio entre los tres países para llegar a un acuerdo que garantizase la paz en el Cono Sur.” (Ibíd.).

A partir de allí se prosiguen conversaciones entre los tres puntales del sur, en las cuales cada uno preserva sus correspondientes intereses. En esa órbita, Río Branco demarca su zona de influencia y reivindica la cuenca de la Amazonia, incluyendo la correspondiente a Bolivia y Perú. En 1907, aún quedaba pendiente el controvertido límite con el país de la capital incaria, mientras que su frontera con el vecino del altiplano quedó delimitada en noviembre de 1903 con el Tratado de Petrópolis. Por otro lado, Argentina sostenía su primacía sobre Uruguay y las regiones meridionales del Paraguay, como así también dentro del territorio boliviano, en tanto que Chile “reclamaba completa libertad de acción … sobre las provincias de Tacna y Arica” (Moniz Bandeira, 2004:91); suspendido su reclamo tras la Guerra del Pacífico. Empero, el diplomático brasileño, tuvo que sortear las intrigas del ex-canciller argentino, Zeballos, y un supuesto plan de reconstrucción del Virreinato del Río de la Plata. En esa oportunidad respondió prevaliendo la unidad por sobre el conflicto, y sosteniendo que la documentación aportada para probar esa elucubración era falsa, y por tanto no habría ordenes en torno a dicho objetivo (Moniz Bandeira, 2004; Scenna, 1975).

Por el contrario, da Silva Paranhos Jr. afirmaba estar “convencido de que una cordial inteligencia entre Argentina, Brasil y Chile sería de gran provecho para cada una de las tres naciones y tendría influencia benéfica”, dentro y fuera de ellos (Scenna, 1975:295). La estrategia de Río Branco no preveía la Guerra, sino que, considera Scenna, “Brasil debía tener armas suficientes y poderosas, pero aceitadas y bien guardadas como elemento disuasorio, no compulsivo.” (Ibíd). Y, por sobre el distanciamiento añorado por las potencias europeas y de Norteamérica, como así también ante un posible liderazgo de la Argentina en el cono sur, confiaba en una alianza con nuestro país (Scenna, 1975). En tal elocución, el acuerdo era extensivo a Chile, y en torno a ello el Continente debía gravitar. Al respecto, Scenna afirma: “Río Branco estaba convencido de que era el único sistema para terminar con las guerras en Sudamérica y descontaba que Itamaraty sería el conductor del pacto tripartito.” (Scenna p. 295).

Durante el gobierno de Figueroa Alcorta, y bajo la dirección diplomática de Zaballos, las relaciones con el Brasil se encontraron al borde de sucumbir ante un frágil equilibrio geopolítico. El vecino país afrontaba la reorganización de su ejército y aumentaba su poderío naval, sin embargo, dicho repliegue armamentístico no ocultaba pretensiones belicistas. Estima Moniz Bandeira que apuntaba a robustecer su posición en el mundo, “a fin de evitar imposiciones de otros poderes.” (Moniz Bandeira, 2004:91). Estados Unidos sospechaba de los postulados internacionales del gigante del Sur, que en la Conferencia de la Haya de 1907 proclamaba el principio de la igualdad de los Estados soberanos. En ese contexto, del otro lado de Iguazú, el canciller argentino había proyectado planes de alcance bélico que consistían en una guerra preventiva. Sus ambiciones lo llevaron a realizar movimientos militares en la costa uruguaya que comprometieron al país con los vecinos orientales; buscó una alianza ofensiva con Chile fallida y pretendió que el Brasil limitase su despliegue naviero. (Scenna, 1975).

Tras renunciar, y luego de la asunción de Roque Sáenz Peña, la perspectiva de cooperación primó, al ponderarse la relación con el Brasil. En ese sentido, agrega Scenna, el nuevo mandatario juzgaba que “la paz sudamericana sólo podía sostenerse en base a un firme entendimiento” entre ambos países (Ob. Cit. p. 296). Según el historiador argentino, “Sáenz Peña, buscaba una coordinación política conjunta en un plano de paridad, una suerte de eje que permitiera la formación de un bloque compacto frente a los Estados Unidos en expansión y como base de una hegemonía dual sobre el continente.” (p. 297). Este cambio de dirección propicia otra política internacional, un encuentro inusitado hasta entonces, se morigeran las tensiones fronterizas, y se relega el lugar de Estados Unidos para evitar la guerra. En ese sentido, ante la imposición de Zeballos de una “equivalencia naval” (Moniz Bandeira, 2004:97), Río Branco había postulado la “no injerencia en asuntos domésticos nacionales” (p. 99), considerando al Departamento de Estado como posible representante de sus intereses en Argentina.

5. El entendimiento político

Estados Unidos estimaba que el entendimiento entre Argentina, Brasil y Chile podía resultar hostil para sus intereses, en tanto proponía “contener su influencia en el Cono Sur … a pesar de que el énfasis mayor consistiese en la seguridad interna” de los firmantes (Ibíd.)Entre diciembre de 1908 y febrero de 1909 se realizó el intercambio de minutas entre las repúblicas referidas del proyecto titulado “Pacto de Cordial Inteligencia”. El canciller brasileño eludió la cuestión relativa al Perú y Bolivia, que pudo haber distanciado a la Argentina, como así también “cualquier procedimiento que … imposibilitase o dificultase” llevar a cabo el acuerdo. No obstante, tal inteligencia cobra sentido frente a la beligerancia propuesta durante la presidencia de Howard Taft, bajo la llamada diplomacia del dólar. Durante su mandato se reencausa el reclamo de la compañía estadounidense “Alsop & Co.” contra el país transandino. En consecuencia, el secretario de Estado, Phillander C. Knox, conmina mediante un ultimátum al Palacio de la Moneda para que indemnice a la mencionada firma (Ob. Cit.).

Es en este contexto que irrumpe una nueva estrategia de cooperación ideada fundamentalmente por Río Branco. Frente a tal escenario, el diplomático comprendió que el accionar del país norteamericano se dirigía a “justificar la intervención a favor de Perú en las cuestiones de Tacna y Arica,” (Moniz Bandeira, 2004:100). El canciller brasileño advirtió que en ese caso estaría dispuesto a romper relaciones diplomáticas con el Estados Unidos. Es a razón de ese suceso que los tres vértices del Cono Sur se unieron, en defensa del país compelido. Al modo de ver de Moniz Bandeira, Chile era considerado una pieza importante de la política regional, por ello la intervención a su favor buscaba preservar la influencia recíproca de los tres australes. Sin perjuicio de ello, agrega, la cooperación, “correspondía al espíritu del Pacto ABC: enfrentar solidariamente las cuestiones internacionales que envolviesen a los tres países.” (p. 100).

Por otro lado, el acercamiento entre Argentina y Brasil tendría otro grado más de proximidad con el giro ofrecido por Sáenz Peña en política internacional, y en ese sentido designará a Ramón J. Carcáno en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Será este diplomático el encargado de la misión en Río de Janeiro con Río Branco en marzo de 1911. De este encuentro no surge ningún acuerdo formal, sin embargo, los cancilleres harían gestiones “para limitar sus armamentos y renunciar a la compra de nuevos buques de guerra” (Scenna, 1975:298). Acto seguido el flamante ministro argentino confirmará tal compromiso por parte del nuevo presidente brasileño Hermes Rodrigues da Fonseca, comunicando el resultado de la misión a su par argentino. El representante del país más austral pretendía mediante este entendimiento aumentar el respeto por sobre las demás naciones y preparar “una política de verdadera solidaridad americana” (Moniz Bandeira, 2004:110).

El Barón de Río Branco aprovechó la ocasión para proponerle al canciller argentino la firma del “Tratado de Cordial Inteligencia Política y Arbitraje”, llamado ABC, y mostrarle el proyecto en ciernes. Cárcano argumentó que no sería aceptado por su gobierno, considerando las hipotéticas repercusiones en Estados Unidos y los recelos que podría despertar en el Perú. Sin perjuicio de ello, en las conversaciones se puso en valor la posibilidad de sostener la neutralidad frente a un conflicto “y las relaciones de buena vecindad, en caso de revolución o conmoción, y reciprocidad de estudios e informaciones sobre armamentos y construcciones navales.” (Ibíd.). Asimismo, ante las proyecciones de comprar un nuevo acorazado de poderío bélico, Río Branco admitió que los dreadnoughts, adquiridos por capitales germanos, no eran aptos para la navegación fluvial y para la defensa del territorio. De ese modo, a consecuencia de la reunión, el gobierno brasileño desistió de adquirir un nuevo pertrecho (Ob. Cit.).

Este entendimiento se comprende al advertir no solo los elementos comunes, sino los factores de discordia. En tal sentido, Moniz Bandeira destaca que Argentina y Brasil se hallan unidos histórica y geográficamente por las rutas del Atlántico Sur y por “fronteras vivas comunes”, asimismo, sus economías resultaban complementarias -dado que eran países predominantemente agroexportadores en el esquema de división internacional del trabajo-. No obstante, la rivalidad se consolidó por razones políticas, ya que “ambos países pretendían ejercer la hegemonía en América del Sur.” (p. 109). Afirma el brasileño, en concordancia con lo susodicho por Scenna, que la unidad sería posible en tanto conformasen un bloque frente al expansionismo estadounidense, de modo tal que compartieran su hegemonía en el continente.

6. El ABC: una obra póstuma

En 1912 fallece el Barón de Río Branco dejando a su postre todo un cuerpo doctrinario que hará escuela en Itamaraty. En ese sentido, tanto Brasil como Argentina, bajo el mandato de un nuevo canciller y presidente, continuaron la idea de lograr una cooperación para preservar la seguridad de los Estados del sur. El 25 de mayo de 1915 Chile y los vecinos del Atlántico firmaron el pacto conocido como ABC, cuyas bases fueron las propuestas por el célebre doctrinario del sur. Murature por Argentina, canciller de Victorino de la Plaza, Lauro Müller y Alejandro Lira, respectivamente por la cancillería brasileña y chilena, arriban a un acuerdo provisorio, empero no será aprobado por el Congreso argentino. Existían por aquél entonces, discrepancias en torno a la política internacional del gobierno, y el radicalismo comenzaba a ejercer su influencia en ese recinto (Scenna, 1975). No obstante, para comprender el significado de la acción solidaria es preciso destacar el antecedente en su contexto.

En la coyuntura que se firma el pacto Estados Unidos pretendía imperar en la política sudamericana desplegando su estrategia expansionista, a la vez que afirmaba de ese modo su injerencia en los asuntos internos de México. Son los albores de la revolución azteca, y por entonces las fuerzas insurgentes sitian al gobierno de Huerta, quien sostiene una política comercial de puertas abiertas vinculada a los intereses del capital británico. El vecino del norte decide intervenir en este conflicto, buscando garantizar la preponderancia de sus negocios de particulares. El 9 de abril de 1914 se produce el desembarco -cerca de mil fusileros infantes de la marina yanqui-, lo cual provoca el reproche tanto de la alianza revolucionaria como de los gobiernos sudamericanos (Moniz Bandeira, 2004; Vivian Trías, 1975). Este hecho concita una respuesta diplomática conjunta y precipita la puesta en funcionamiento del acuerdo pergeñado por Río Branco.

Tras la iniciativa del canciller chileno, Alejandro Lira, los representantes de Argentina y Brasil tienden sus buenos oficios. El Ministerio de Relaciones Exteriores de la nación transandina consideraba que el precedente era un hecho de primordial relevancia para los destinos del continente. En ese sentido Moniz Bandeira afirma que tal intervención pudo haber precipitado el comienzo de una guerra entre Estados Unidos y México, lo que se evitó, en parte, por la iniciativa diplomática. Asimismo, el historiador brasileño subraya que la cancillería chilena era consciente de que la libre injerencia estadounidense en disputas internas regionales resultaría imponderable en un futuro. En esa orientación, se contemplaba que la nación imperialista podría aducir defender intereses de sus conciudadanos “y preservar la legalidad” de sus actos injerencistas. (Moniz Bandeira, 2004:113).

En ciernes el objetivo de Estados Unidos se cumplió, ya que fue depuesto Huerta, y por tal motivo consintió la mediación tripartita, aspirando a ejercer un control indirecto sobre el nuevo gobierno mexicano. Este antecedente implica un límite, ya que fue frustrada la llamada “diplomacia del dólar”, que contemplaba el uso de la fuerza para someter las áreas de influencia norteamericanas. En ese sentido, para la visión geopolítica estadounidense, subraya el historiador Vivian Trías, “si no se oponen trabas restrictivas del viejo colonialismo fundado en la posesión militar y política de los territorios explotados, la Unión puede enfrentar victoriosamente, por su mayor potencial económico, la competencia interimperialista.” (Trías, 1973:49). En ese entonces, estaba en juego el control económico por parte de capitales monopólicos de las repúblicas iberoamericanas, y México era arena de ese proceso.

En esta elocución, y bajo este contexto, Estados Unidos preserva su derecho a intervenir “cuando un gobierno no paga sus deudas, o no puede mantener la vigencia del orden en su propio territorio, o incurre en ‘actos brutales o deshonestos’” (Ibíd.). Frente a este posicionamiento se erige la concreción de los planes de Río Branco. La acción fue conducente, y la política del garrote cedió ante la cooperación para la paz, que se tradujo en la conferencia de Niagara Falls. Producto del entendimiento renuncia Huerta y es instituido un gobierno provisional en México, dice Moniz Bandeira, “favorable a la reforma agraria y a los cambios políticos.” (Moniz Bandeira, 2004:114). A su vez, cabe resaltar que este consenso logrado emerge de los equilibrios políticos regionales, ya que se trataba de los tres países con mayor influencia y preponderancia en el Cono Sur. Chile dominaba el pacífico, y entre Argentina y Brasil sostenían el control del litoral atlántico; entre ellos se neutralizaban mutuamente, y frente al imperio norteamericano oponían “una fuerza a la poderosa política exterior” del Departamento de Estado (Ibíd.).

De ese modo se arriba a la firma del tratado, no obstante, el rigor de los términos ideados por Río Branco, y el propósito de la misión Carcáno, no verán la luz, sino que las disposiciones concertadas resultaron divergentes. El 25 de mayo de 1915 se estableció que “las controversias que surgiesen por cualquier motivo entre dos de las partes contratantes y que no pudiesen ser resueltas por vía diplomática o arbitraje, tendrían que ser sometidas a una investigación e informe de una comisión permanente, antes de cualquier comienzo de hostilidades.” (Ibíd.). Estas líneas implicaban quitar de la órbita de Estados Unidos el contralor de la seguridad interna de los Estados sudamericanos, y consolidar un proceso de unidad, sin perjuicio de no avanzar sobre la integración regional. Empero, el contexto internacional, y el comienzo de la Guerra Mundial, como así también el emerger del radicalismo, conllevarán trabas para su puesta en vigencia. 

En ese escenario, el Presidente Victorino de la Plaza decidió no someter la aprobación del “Tratado de No Agresión, Consulta y Arbitraje” (ABC) al trámite parlamentario de la cámara de diputados. El mandatario argentino previó que la conformación de la cámara baja era favorable al radicalismo, cuyo líder rechazaba el acercamiento, y no se expuso a la derrota. Asimismo, la recepción del pacto en Bolivia, Educador, Colombia, Venezuela, Uruguay y Perú no fue propicia. La cancillería con sede en Lima exponía que “no debería hacer exclusión ni fundarse en preponderancias inaceptables, sino inspirarse en los principios del derecho y del respeto mutuo,” (Moniz Bandeira, 2004:115). Aún regía el panamericanismo como perspectiva, y en esta órbita se consideraba la asimetría de fuerzas como un obstáculo insalvable. La gran nación del norte americano no consentía el acuerdo definitivo, recelaban que pudiera surgir una influencia adversa a su poderío en la región, habida cuenta del conflicto europeo emergente. (Ob. Cit.).

Conclusión: un acuerdo inconcluso

Hemos pasado revista de este proceso bajo la convicción de que es pertinente y necesaria una reconstrucción de los antecedentes que involucran nuestra integración. En ese sentido, juzgamos que es preciso una revisión de las condiciones que posibilitaron el acuerdo del primer ABC. En esa dirección, advertimos que tras la consolidación y formación de los Estados en la Cuenca del Plata ocurrieron dinámicas de expansión territorial y conflictos fronterizos. En ese marco, fue Río Branco el principal hacedor de un equilibrio favorable a los intereses del Brasil, sosteniendo la paz como principio rector. El célebre canciller expresa una continuidad en el desarrollo político del Estado brasileño, un modo de organización que, independientemente de las formas de gobierno, preservó la unidad como criterio. A la vez, su accionar en el escenario sudamericano denota un quiebre, una forma de entendimiento político hasta entonces incipiente.

Los acercamientos previos y coetáneos, promovidos bajo la Presidencia de Roca, y concretados durante el gobierno de Roque Sáenz Peña, implicaron acciones previas y necesarias para arribar al acuerdo mentado. Así también, los presupuestos asentados por Río Branco, expuestos en la misión Carcáno, sentaron las bases del definitivo acuerdo concertado. A su vez, no es posible vislumbrar la escena regional sin destacar el rol y la preponderancia de la gran nación norteamericana. En esa inteligencia, el panamericanismo fue parte del consenso internacional en que los grandes países del sur se desenvolvieron. No obstante, el Barón de Río Branco apeló al arbitraje en diálogo con el Departamento de Estado, en tanto y en cuanto primasen los lineamientos de Itamaraty. El canciller brasileño fue consciente en todo momento de los factores de poder regionales, y Estados Unidos es uno de ellos.

En esta línea de pensamiento se enrola una tradición diplomática de larga duración que no solo perduró en Brasil, sino que tuvo alcances en Argentina. La experiencia del ABC, aunque frustrada por no haber sido ratificada en este país, hallará décadas después otros seguidores. En esa elocución, el entonces Presidente Juan D. Perón, bajo el pseudónimo “Descartes”, escribía en el diario “democracia” en 1951: “Hace ya muchos años un brasileño ilustre que veía lejos — Río Branco — lanzó la idea del ABC, pacto político regional destinado a tener proyecciones históricas”. A su vez, consideraba preciso comprender que la “unidad comienza por la unión y ésta por la unificación de un núcleo básico de aglutinación”. En esta óptica podemos leer la polémica que suscitó en el resto de los países sudamericanos el acuerdo, cuyas implicancias asociaban a intentos hegemonistas. En ese sentido parte de la prensa uruguaya acusaba que los países concertantes pretendían una distribución de las áreas del continente (Cisneros, 2002).

Al respecto, Methol Ferré dirá años después que la alianza entre Argentina y Brasil implicaba “el único centro que hacía posible que Chile, Uruguay, Bolivia, Perú, en definitiva que todo el resto de América del Sur, pudiera integrarse.” (Methol Ferré, 2015:50). Es este el gran aporte que reviste primordial importancia para el presente, ya que en esa unión se halló históricamente el principal factor de poder de la región. En esa dirección apunta Pinheiro Guimarães, al referir que cualquier estratega del Departamento de Estado, de Defensa, como del Tesoro de Estados Unidos, advierte “que la construcción de vínculos estrechos de cooperación política y económica entre Brasil y la Argentina, con el objetivo del fortalecimiento tecnológico, político, militar y económico y de reducción de su dependencia externa, crearía, con el tiempo, un centro de poder en América del Sur que afectaría profundamente la influencia política, militar, económica e ideológica estadounidense en la región y, en consecuencia, su capacidad de acción a nivel mundial.”  (Moniz Bandeira, 2004:20). 

Finalizando, creemos que los desafíos que propone el siglo XX aún despliegan interrogantes pendientes, problemáticas que se suscitan en el presente y que conforman una situación previa desde donde debería partir nuestro proyecto de integración. Por ese motivo hemos ahondado en este aspecto vertebral para el destino hispanoamericano, ya que comprenderlo conlleva una aproximación seria en rededor de la cuestión nacional latinoamericana. En ese sentido, la ausencia de una pragmática propia en el plano político e internacional ha derivado en equívocos y oscilaciones que hacen caso omiso del rumbo aquí reseñado. En esa dirección, consideramos que la perspectiva de Río Branco puede contribuir decisivamente a pensar esta cuestión desde una perspectiva política autónoma. 

Por último, Methol Ferré ha sostenido la necesidad de consolidar la alianza argentino-brasileña, y en esa inteligencia se expresaba en una conferencia dada en Argentina en el 2002: “cuando el Fondo Monetario Internacional prolonga la agonía de la economía argentina ¿por qué lo hace? … Porque quieren cortar esa alianza nueva y potencial … que es la alianza argentino-brasileña. ¿Por qué? ¡Porque es el “cortocircuito” fundamental de la unidad de la América del Sur! Si eso se interrumpe, ¡adiós Unión Sudamericana! … Porque ¡con quién se puede aliar Brasil! Aliarse con Argentina es virtualmente aliarse con el resto de América del Sur. … El asunto es la lianza de lo fundamental, y la alianza del Brasil con la Argentina es la alianza entre lo más importante del mundo sudamericano” En tal elocución agregaba: “el único centro de poder serio en Sudamérica lo puede construir una alianza argentino-brasileña.” (Methol Ferré, 2002). En definitiva, en la actualidad este dilema aún tiene consistencia.

Imagen de portada: Manuel Ferraz de Campos Salles, Julio Argentino Roca y Barón de Rio Branco. Fuente: imagen tomada de www.lamañana.uy

Bibliografía utilizada

  1. Cisneros Andrés, Piñeiro Iñíguez Carlos. “Del ABC al MERCOSUR. La integración latinoamericana en la doctrina y praxis del peronismo”, Grupo Editor Latinoamericano, 2002, Buenos Aires.
  2. Jauretche Arturo. “Ejército y Política. La patria grande y la patria chica”, A. Peña Lillo Editor, 1976, Buenos Aires.
  3. Juan Domingo Perón. “Descartes. Política y Estrategia (no ataco, critico)”, Buenos Aires, 1953. Edición digitalizada, disponible en línea: <https://www.labaldrich.com.ar/wp-content/uploads/2013/03/Pol%C3%ADtica-y-Estrategia-Descartes-Per%C3%B3n.pdf >. [Consulta: 21/08/2024].
  4. Methol Ferré Alberto. América del Sur: de los estados-ciudad al Estado Continental Industrial, Conferencia organizada por el Foro San Martín para la Integración de Nuestra América. Centro Cultural Hernández Arregui, Buenos Aires, 12 de julio de 2002. Disponible en línea:
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  1. ——————“Perón y la alianza argentino-brasileña. Con textos complementarios”, Ediciones del Corredor Austral, Córdoba, 2015.
  2. Moniz Bandeira Luis Alberto. “La formación de los Estados en la cuenca del Plata”, Grupo Editorial Norma, 2006, Buenos Aires.
  3. —————————————“Argentina, Brasil y Estados Unidos. De la Triple Alianza al Mercosur”, Grupo Editorial Norma, 2004, Buenos Aires.
  4. Palacio Ernesto. “Historia de la Argentina. 1515-1955”, A. Peña Lillo Editor, 1977, Buenos Aires.
  5. Pinheiro Guimarães Samuel. “Cinco siglos de periferia. Una contribución al estudio de la política internacional”, Prometeo Libros, 2005, Buenos Aires.
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  7. Rosa José María. “La caída de Rosas”, Punto de Encuentro, 2010, Buenos Aires.
  8. Scenna Miguel Ángel. “Argentina-Brasil. Cuatro siglos de rivalidad”, Ediciones La Bastilla, 1975, Buenos Aires.
  9. Trías Vivian. “Historia del imperialismo norteamericano. Tomo I. La pugna por la hegemonía”, A. Peña Lillo Editor, 1975, Buenos Aires.
  10. Trías Vivian. “Imperialismo y geopolítica en América Latina”, Cimarrón. Librería-editorial, 1973, Buenos Aires.

Martín Hanna Rico Roca
Abogado (UBA). Estudiante de la Especialización en Pensamiento Nacional y Latinoamericano (UNLa)
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